Contralínea  

CDHDF confirma anomalías en caso Sergio Dorantes

Yenise Tinoco
La Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal confirma las irregularidades denunciadas en el caso del periodista Sergio Dorantes, acusado de asesinar a su ex esposa, y recomienda a la Procuraduría capitalina investigar a servidores públicos por la presunta fabricación de un testigo.

Sergio Dorantes

 


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El caso del periodista Sergio Dorantes Zurita podría dar un vuelco tras la resolución publicada por la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF). Y es que el pasado 12 de abril se emitió una recomendación que revela omisiones y anomalías atribuibles a funcionarios de la Procuraduría capitalina.

Según documentó la CDHDF, las denuncias hechas por el defensor Manuel García son ciertas: la única prueba que obra en contra del fotorreportero es el dicho de un testigo supuestamente falso. Hasta el momento, el Ministerio Público carece de pruebas materiales en contra de Dorantes Zurita, por el asesinato de su ex esposa, Patricia Dehesa.

Para solventar las irregularidades en el proceso penal FCH/CUH-2/3255/05-12, la Comisión recomienda al procurador Rodolfo Félix Cárdenas que continúe la averiguación previa que se le sigue a servidores públicos que participaron en la investigación del homicidio, durante la gestión de Bernardo Bátiz. De acuerdo con la información recavada por el ombudsman capitalino, dichas indagatorias están congeladas. 

La CDHDF solicita también que, a través de su Visitaduría General, se realice un estudio técnico-jurídico de la averiguación previa en contra de Dorantes Zurita.

A lo largo del proceso, iniciado en julio de 2003, la defensa del fotorreportero demostró la falsedad del testimonio que incrimina a Sergio Dorantes en la escena. Por este dicho, la Procuraduría capitalina pagó mil pesos al testigo.

El falaz testimonio indica que el periodista salió de la casa de Patricia Dehesa el día del crimen, 2 de julio de 2003. Meses después, el delator no sólo se retractó sino que confesó haber recibido mil pesos del Ministerio Público a cambio de identificar al procesado.

Por esta sola prueba, y de no acatarse la recomendación de la CDHDF, Sergio Dorantes podría pasar el resto de su vida en prisión.

La investigación

Al reiniciar las investigaciones sobre el caso, la CDHDF descubrió un expediente plagado de irregularidades. La queja por la violación de los derechos humanos de Dorantes Zurita fue interpuesta en dos ocasiones por la defensa: el 14 de abril de 2004 y el 26 de mayo de 2006.

Luis Ángel Jiménez Maldonado, visitador encargado del asunto, revela la existencia de dos expedientes, ya que dentro de la averiguación previa hay un acumulado.

Dicho anexo abre una investigación contra Luis Eduardo Sánchez, supuesto testigo; María del Rocío García, ministerio público encargada de llevar el caso, y de Alfredo Briceño Martínez, medio hermano de ésta última, por la probable comisión de los delitos de falsedad ante autoridades y delitos en el ámbito de procuración de justicia.

Esa averiguación se inició en el Juzgado Vigésimo Cuarto de lo Penal en el Distrito Federal, por la retractación de Sánchez como testigo. Y es que en diciembre de 2003 éste aseguró que María del Rocío le había pagado mil pesos por declarar que había visto salir a Dorantes Zurita de la oficina de su ex esposa el día y la hora en la que suponen fue asesinada, y que el contacto entre él y la ministerio público fue Briceño Martínez.

Por estas anomalías, el 12 de abril la CDHDF recomendó a la Procuraduría la realización del estudio técnico-jurídico, y que, en caso de que ese análisis descubra conductas que pudieran constituir responsabilidades administrativas o penales, se dé vista a la Contraloría Interna y a la Fiscalía Central de Investigación para Servidores Públicos.

La cárcel

Desde el pasado 20 de febrero, el periodista se encuentra recluido en una cárcel de máxima seguridad en Oakland, California, y, según lo estableció un juez de Estados Unidos, ahí enfrentará el proceso de extradición a México, pues el pasado 18 de abril le fue negada la libertad bajo caución.

Silvia Dorantes dice que en las cartas que le envía su hermano, éste sintetiza su condición de encierro de la siguiente manera: “Te escribo desde las puertas del infierno”. Para la familia, esto es devastador.

La difícil situación familiar no sólo se ciñe al proceso contra Dorantes Zurita. Sergio Cervantes, cuñado del inculpado, afirma haber sido amenazado: “Cabrón, síguete metiendo y te vamos a partir la madre a ti y a tu familia. Ya dejen de chigar”, le han dicho por teléfono.

La queja

Además de solicitar que reabra las investigaciones contra sus funcionarios y determine la situación del testimonio falso, la recomendación CDHDF/122/04/COY/D11702.000 incluye acciones dirigidas a fortalecer y dar certeza de la Procuraduría.

La CDHDF dice que para garantizar la no repetición de actos como los que fueron materia de la queja, la dependencia puede presentar un programa de trabajo, para aplicar un modelo integral de procuración de justicia.

Además, recomienda la participación oportuna de los servicios periciales. En el caso del asesinato de Patricia Dehesa, antes de que se levantaran las pruebas necesarias para esclarecer el caso, policías, reporteros y fotógrafos de diferentes medios entraron a la escena del crimen.

Por ello, la Comisión pide que en el proyecto se incluya la forma de proteger y preservar el lugar de los hechos, el método de participación de los elementos de la Policía Judicial y demás auxiliares del Ministerio Público en cada una de las etapas de la investigación, así como los mecanismos de supervisión de la actuación ministerial.

Por último, la CDHDF exhorta a la Procuraduría para que realice un convenio de colaboración con la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal, respecto de los procedimientos que deberá observar su personal para la preservación del lugar en el que se presuma que se ha cometido un hecho delictivo.

 

Carta de un periodista preso en EU

Estimado Miguel

Te saludo cordialmente desde la prisión de máxima seguridad de Santa Rita, en California, Estados Unidos. Fui detenido por los Marshalls el 20 de febrero en el lugar donde siempre me encontré desde que salí de México. Una población llamada Sebas Topol.

Inmediatamente fui esposado y conducido a San Francisco, ante la juez que ordenó mi detención y me leyó el cargo de extradición por parte de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal y comenzó mi proceso de extradición. Fui después a la audiencia, esposado en grilletes y conducido con otros 12 prisioneros a la cárcel de Santa Rita, a unos 50 kilómetros de San Francisco. Ahí fui fichado, se me quitaron mis ropas y se me vistió en un traje de papel desechable.

Primero fui introducido a una habitación con bancos de cemento alrededor de las paredes y un excusado con lavamanos de acero inoxidable. Este cuarto sucio y manchado con desperdicio humano, de toda clase de graffiti, con los nombres y obscenidades de muchos criminales que han pasado por ahí anteriormente. Ahí estuve por más de dos horas, junto con un grupo de detenidos anglosajones. Ocho de ellos se unieron al grupo y varios se tendieron a dormir en el frío piso de cemento. El olor y hediondez del cuarto era insoportable, más el sudor de todos nosotros creó un ambiente nauseabundo.

Después de cuatro horas fuimos enviados, esposados con grilletes, a una zona de recepción, donde en una habitación de 2.50 x 4 metros nos encerraron a 15 personas de varias razas y edades. Ahí nos aventaron la “cena”: una bolsa de celofán con dos sándwiches de carne fría, dos galletas rancias y un plátano mallugado. Todos devoramos esa comida, unos sentados en el excusado y otros comiendo en el sucio lavabo.

Te comento que todos mis “compañeros” ya han sido residentes de este lugar y les parece familiar. Se me llamó después de dos horas de espera y se me fotografió, se me puso un brazalete de plástico con mi número y fotografía y nuevamente se me encerró en la misma habitación apestosa. Alrededor de las 23 horas (yo fui detenido a las 7:30 de la mañana) me pasaron con la enfermera: me pesó y me preguntó si tenía enfermedades crónicas y qué medicina tomaba. Firmé una responsiva médica y me enviaron a otra habitación del mismo tamaño pero con sólo 8 detenidos, algunos de ellos golpeados y con heridas perchadas. Ahí esperé dos horas más.

Alrededor de la una de la mañana nos llevaron en grilletes –todo movimiento o traslado en la cárcel es en grilletes– a otra habitación de unos 6 x 4 metros. Ahí había unos 30 detenidos. El lugar era espantoso. Personas durmiendo en el piso o en el excusado y el lavamanos apenas tiene un chorrito de agua y no hay papel sanitario. Ahí pasé mi primera noche, tratando de dormir entre los cuerpos de otros tantos prisioneros y el olor nauseabundo a excremento, orina, sudor, vómito y flatulencia de los prisioneros.

Alrededor de las 6 de la mañana del día 21, la puerta se abrió y el guardia con arrogancia y desprecio reculó con el olor desagradable de esta habitación. Empezó a hacer una lista y separaron a algunos prisioneros. En ese momento, al fondo de la habitación, se abrió una ventana con cortina metálica y de acuerdo al nombre en la lista se entregaron los uniformes: rojo (alta peligrosidad), amarillo (peligrosidad) azul (baja peligrosidad).

Nos desnudaron y nos vestimos con calzones de algodón, camisa y pantalones enormes con resorte en lugar de cinturón, una camiseta rala de algodón, calzones muy usados de algodón y en mi caso unas sandalias del número 13, mi talla de zapatos es 9, así que me era muy difícil caminar. Poco a poco nos llamaron por lista y nos enviaron en grupos a varias crujías. A mi se me llevó con tres prisioneros a un patio de basquetbol abierto con altas paredes; ahí, en el frío de las 7:30 de la mañana, titiritando, se nos dio una bolsa con el desayuno.

Lo mismo que la noche anterior y se nos pidió esperar. Otra espera de una hora y cuarto y nos dijeron que ahí no había lugar para nosotros. Nuevamente, en grilletes, caminamos a través de la cárcel y sus patios interiores hasta la crujía 6 West.

Entramos a lo que se llama el cuarto de TV y sin sillas ni baño esperamos tendidos en el piso por el cansancio de 3 horas. Finalmente, un oficial nos llamó por lista. Mi turno llegó y me pasaron a una pequeña celda, me desnudé y me examinaron los orificios corporales en busca de objetos ocultos, incluyendo el ano. Se me explicó un poco del comportamiento y las reglas de la prisión, finalmente, después de 32 horas, casi sin comer ni dormir, entré a la crujía 6 West, Ala E, celda 1, se abrió la puerta y un prisionero (mi compañero) se levantó enojado y gritó al guardia que él no me quería ahí y que no se hacía responsable de lo que me sucediera.

El guardia lo mandó al carajo y le dijo que “entre los dos nos las teníamos que arreglar”. El prisionero balbuceó y se volvió a acostar en su catre. El guardia cerró la puerta de acero y finalmente vi mi celda de 2 x 3.5 metros, excusado y lavamanos en una esquina, una mesa de concreto y un banco de acero fijo al piso. Mi cama, una litera de cemento con un colchón de espuma de una pulgada de pesor, una cobija rota y una sábana, más una pequeña toalla. Una bolsa con un cepillo de dientes y una pasta dentrífica, un peine de 10 centímetros, una navaja de rasurar de seguridad (sin mango).

Ésta es mi casa, Miguel, aquí vivo saliendo a una sala común con otros 27 internos, todos con varios ingresos a la prisión. La salida al patio es de una hora a una hora y media.

La radio, con canciones de rap, toca de las 12:00 de la noche a las 12 del día, a todo volumen. Así es como vivo desde el 21 de febrero. Todo por una falsa acusación de la Procuraduría. La intimidación es cotidiana y sólo impera la ley del más fuerte. Estar aquí es un peligro constante.

 

Sergio Dorantes

Periodista

 

 

Publicado: Mayo 1a quincena de 2007 | Año 5 | No. 78

 

Palabras dentro de este texto:
Yenise Tinoco, Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal (CDHDF), periodista Sergio Dorantes Zurita, Ministerio Público, Patricia Dehesa, proceso penal FCH/CUH-2/3255/05-12, procurador Rodolfo Félix Cárdenas, Bernardo Bátiz, visitador Luis Ángel Jiménez Maldonado, Luis Eduardo Sánchez, supuesto testigo; María del Rocío García, ministerio público, Briceño Martínez, cárcel de máxima seguridad en Oakland, California, recomendación CDHDF/122/04/COY/D11702.000.

 



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