Defensor del periodista

1a quincena marzo 2008

 “Prostitutas y prostitutos” de la comunicación

Álvaro Cepeda Neri

 

El clero político nativo, sustentado en su autocrática cúpula, cada vez menos cristiana y más inquisidoramente católica, pretende actuar al margen de la información y la crítica. Y la derecha en el poder –“a Dios rogando y con el mazo dando”– le ha dado alas, particularmente a Norberto Rivera Carrera, el cardenal del protagonismo político, con las cuales cree volar tan alto que no puede ser alcanzado por el trabajo periodístico. A propósito de que, ante los tribunales estadunidenses, fue implicado como encubridor de al menos un pederasta clerical. Resistiéndose a comparecer –como cualquier mortal cuyos actos y omisiones se regulan por el derecho positivo y no por el falso derecho natural– creó un escándalo mediático.
La información y la crítica molestaron al cardenal. Y cuando ya había amainado todo volvió a prenderle fuego a la pradera seca. Al término de una misa que ofició en un reclusorio, Rivera Carrera lanzó anatemas, en tono de maldiciones y condenación moral contra los periodistas que se ocuparon del abuso sexual de niñas por un ministro de la iglesia representada por Rivera Carrera. Y sentenció que reporteros y críticos son “verdaderas prostitutas, verdaderos prostitutos de la comunicación que deshacen la fama de los demás; no mata el cuerpo del otro, pero es una víbora que mata la fama de los demás” (La Jornada, 18 de diciembre de 2007).
La fuerte carga sexual de sus calificativos demuestra la fijación de un problema al interior de esta iglesia, que fomenta la pederastia, a la que se le debe dar solución penal. Los medios de comunicación pusieron a la luz de la opinión pública no a un pecador y su cómplice encubridor, sino a un presunto delincuente y a su protector.
El cardenal tiene, como los periodistas, sus derechos a salvo para replicar y criticar el desempeño de la prensa, pero no puede impedir que los medios de comunicación se ocupen de las iglesias y sus ministros, sobre todo cuando participan en hechos que salen de su vida interna. La embestida a los periodistas con insultos en calidad de maldiciones, que se toman de quien vienen, busca que la prensa no informe sobre las agrupaciones religiosas y mucho menos sobre sus ministros. Esto equivale a una improcedente censura previa, porque lo que irrumpa la vida pública es objeto de información.
Quienes han envilecido, corrompido, y deben ser llevados a los tribunales penales, son los ministros de esa religión que abusan sexualmente de los niños a los que atraen como acólitos y los prostituyen. Así que los prostitutos (participio irregular de prostituir, nos ilustra María Moliner en su admirable diccionario) no son los reporteros y los que analizan esos hechos; que no pueden ni deben escapar a la información y mucho menos silenciar los encubrimientos para salvar, en este mundo (el más allá no es competencia del derecho penal), a los pederastas.
Que el cardenal de marras califique a la prensa de “prostitutas y prostitutos” acusa la mentalidad de un ministro buscapleitos, acomodaticio con los poderosos (de la política y del dinero), que toma parte en los asuntos electorales del país, para luego salir con sus poses de intocable. Olvida que “el que se lleva se aguanta”. Pero, como sea, el ministro, con sus anatemas, se exhibió. Y escupió al cielo, con las consecuencias de la gravedad sobre su rostro.

cepedaneri@prodigy.net.mx

 

 

Revista Contralínea / México

Fecha de publicación: 1a quincena Marzo de 2008 | Año 5 | No. 97

 

 

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