El lago de Tequesquitengo: la verdadera historia de un pueblo sumergido

El lago de Tequesquitengo: la verdadera historia de un pueblo sumergido

La arqueología subacuática me llevó en 2004 a Tequesquitengo, en Morelos, también conocido como “el mar de Morelos” por el lago que se encuentra en su valle (figura 1). Ahí realicé ejercicios de geofísica para la detección del contexto arqueológico sumergido que yace en el lago, integrado por restos del pueblo colonial de Tequesquitengo. Desde mi primera visita y durante algunos años, los trabajos de exploración resultaron fascinantes: pernoctar a la orilla del lago, disfrutar del agradable clima de la región en cualquier estación, y sobre todo, que en esa época se tenía la libertad de recorrer el actual pueblo de Tequesquitengo asentado en las orillas del lago y sus inmediaciones a cualquier hora, situación que ya no es posible debido a la inseguridad y la violencia imperante en Morelos.

La investigación, aunque dirigida a la detección con geofísica de los restos culturales del pueblo sumergido, también implicó su registro arqueológico, lo que me hizo bucear entre las estructuras de la iglesia de San Juan Bautista e incluso adentro de la torre del campanario. Pero no sólo me sumergí en el lago, también lo hice en la historia del pueblo que descansa en su fondo. Pobladores y autoridades locales me indicaron que el pueblo fue inundado por los hermanos Mosso, quienes –según Alfonso Toussaint– fueron dueños de la hacienda San José Vista Hermosa a mediados del siglo XIX (Mentz, et al, Haciendas de Morelos, Instituto de Cultura de Morelos, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, México, 1997), misma que fue erigida durante la Colonia en la parte alta del valle. Información repetida en revistas turísticas y portales electrónicos de gobierno, pero en ningún caso se menciona la fuente histórica primaria, lo que me hizo indagar más.

Periódicos del siglo XIX señalaban que en la parte Norte del valle había una pequeña laguna, que era sustento para el pueblo colonial de Tequesquitengo, además de que en sus riberas se extraía el tequesquite, mineral del que tomó su nombre el asentamiento. Hasta que una diferencia entre los pobladores y los hermanos Mosso hizo a los hacendados desviar el flujo del excedente de agua de los canales de riego de la hacienda hacia el valle, inundándolo y obligando a sus pobladores a establecerse en las orillas del lago que se formó cubriendo el pueblo y su iglesia, información que en un principio me hizo creer en este hecho. Pero al saber que en la zona ha disminuido la actividad agrícola y, por ende, el flujo de agua sobrante de riego hacia el lago, comencé a dudar sobre la veracidad de que ese acontecimiento hubiera formado el lago y mantuviera su nivel actual. Supuse entonces que la causa era un afluente subterráneo, por lo que en 2008, con Adriana Ontiveros, retomé la investigación histórica, misma que culminé en 2012 y que me llevó a dar nueva luz sobre la inundación.

La historia del pueblo sumergido en el lago de Tequesquitengo fue por más de 150 años un misterio rodeado de mitos por la carencia de datos sobre cuándo y cómo se originó este embalse. En un documento anónimo se mencionaba que en 1856 el agua había alcanzado el atrio del templo religioso erigido en 1827 (sin autor, Compendio anónimo de la historia de Tequesquitengo). En internet se indica que el pueblo se fue inundando gradualmente hasta quedar cubierto en 1865 (www.guiaturisticamorelos.com/tequesquitengo_ historia.html), lo que revela que la inundación fue un acontecimiento paulatino. En 1885, según E J Cañas, sobre el lago aún se veían la cúpula y la cruz. Además, el periodista delimitó el inicio de la inundación, pues señaló que la población funcionaba normalmente 40 años antes, es decir que en 1845 la inundación aún no iniciaba, o al menos el pueblo aún no era afectado (Cañas, E J; “Un viaje a Morelos”, El diario del hogar, México, 16 de octubre de 1885). Otro articulista del siglo XIX mencionó que los hermanos Mosso pretendían obligar a los indígenas a abandonar sus tierras de cultivo de tequesquital, para que trabajaran sus plantíos de caña, y que al negarse los indígenas, los hacendados provocaron la inundación, señalando que para 1865 el agua cubría la torre del templo (L de Balestrier, “El Carabau en México”, El progreso de México, México, 15 de enero de 1896). Para 1896, García Cubas indicó que aún era posible observar la cruz del templo por encima del agua (A García Cubas, Diccionario geográfico, histórico y biográfico de los Estados Unidos Mexicanos, tomo V, Escalerillas, México, 1896). Lo que indica que a finales del siglo XIX la inundación aún continuaba.

En 1969, John Womack mencionó que la inundación del valle y su pueblo fue causada por el excedente de agua de riego, como represalia de los dueños de la hacienda de San José Vista Hermosa por haber sido ofendidos por los pobladores, pero no dio una fecha (J Womack, Zapata y la Revolución Mexicana, Siglo XXI, México, 1969). Por su parte, en 1993 Wobeser indicó que la inundación se dio durante el porfiriato, pero tampoco estableció una fecha, señalando también que fue consecuencia del vertido de los remanentes del agua de riego (G von Wobeser, El agua como factor de conflicto en el agro novohispano, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1993). Igual que los periodistas Balestrier y Cañas, los historiadores atribuyeron la inundación a los hacendados, dato que ha sido retomado una y otra vez, pero sin mayor sustento.

En la década de 1950, el nivel subió 2.5 metros hasta inundar construcciones a lo largo del margen del lago, por lo que se perforó un túnel de desfogue en el flanco occidental del mismo para liberar agua hacia el Río Amacuzac (C Fries, Geología del estado de Morelos y de partes adyacentes de México y Guerrero, región central meridional de México, Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Geología, volumen 60, México, 1960). Lo que indica que la inundación continuó hasta mediados del siglo pasado, y que de no ser por la obra hidráulica, el nivel del lago habría subido más. La confrontación y combinación de los datos anteriores me permite aseverar que la inundación fue un proceso paulatino desde la década de 1840, posiblemente desde 1845 y hasta la de 1960. Hasta aquí la información histórica delimitaba temporalmente el proceso de inundación a poco más de 1 siglo, pero sin esclarecer la causa del mismo, ni por qué el nivel del lago seguiría incrementándose de no ser por el túnel de desfogue.

Por la comunicación entre el lago y el acuífero aledaño, el lago funciona como descarga natural del acuífero. El lago tiene una superficie aproximada de 8 kilómetros cuadrados y una evaporación de 2 mil mililitros anuales, por lo que a través de este cuerpo de agua el acuífero libera por evaporación un volumen anual de 16 millones de metros cúbicos, mientras que incide sobre el lago una precipitación de 890 mililitros, que genera un volumen anual de 7.1 millones de metros cúbicos (sin autor, Comisión Nacional del Agua, 2000). Se entiende así, que el lago se alimenta en parte del acuífero superficial Zacatepec (figura 2). Lo anterior invalida la versión de la inundación del valle por el vertido del excedente de agua de riego, pues el lago mantiene su nivel y éste subiría de no ser por el desfogue. Lo que me llevó a inferir que alrededor de 1845 se dio un acontecimiento sísmico que aumentó el afluente del acuífero al valle, lo que no indica que el vertido de agua remanente no haya sucedido, pero definitivamente el hecho antropogénico no fue la causa de la formación del lago y menos de mantener su nivel actual. Entonces, la única explicación es que el lago se alimenta de agua subterránea.

Martínez Rodríguez y Gutiérrez Ojeda señalaron que entre 1820 y 1865 el nivel del lago se incrementó 20 metros, cubriendo el pueblo de San Juan Tequesquitengo, señalando que para esto debió darse un incremento en el nivel del acuífero superficial. Mediante modelos matemáticos de simulación, los investigadores han desechado la inundación del valle por el excedente de agua de riego, pues han determinado que la cantidad de agua generada por este evento fue insuficiente para elevar el lago a su nivel actual, señalando que el volumen de líquido para formar el lago y mantener su nivel solamente podría ser aportado por el acuífero profundo, del que su estrato impermeable intermedio debió fracturarse en alguna parte permitiendo una comunicación más directa entre éste y el acuífero superficial (Zacatepec) y consecuentemente la formación del lago. En este sentido, mi suposición de la inundación como consecuencia del trasvase de agua subterránea al valle se confirma (Martínez Rodríguez y Gutiérrez Ojeda, “¿Por qué ocurren variaciones de nivel en el lago de Tequesquitengo? 1. Calibración de un sistema de modelo hidrológico”, páginas 33-46; y “2. Simulación de eventos en el siglo XIX”, páginas 47-56, Ingeniería hidráulica en México, volumen XIX, número 4, México, 2004).

Martínez y Gutiérrez plantean que la fractura en el estrato entre los dos acuíferos se pudo deber a un sismo, en concordancia con lo que yo planteo de un fenómeno de esa índole como la causa de la inundación. Entonces se volvió imperante determinar qué sismo fue el causante, por lo que realicé una revisión de los datos de sismicidad histórica entre 1820 y 1870 del libro de Virginia García y Gerardo Suárez Los Sismos en la Historia de México (tomo I, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 1996), buscando los que fueron reportados en Tequesquitengo y lugares aledaños. De los sismos del periodo destaca el del 7 de abril de 1845, considerado uno de los más fuertes del siglo XIX, mismo que fue registrado en gran parte del país y en lugares como Coatlán del Río, Tetecala, Puente de Ixtla, Jojutla, Cuernavaca, Coatlán del Río, Miacatlán y otras poblaciones de Morelos. De los estropicios causados a templos religiosos en Morelos, destacan los de Tlaquiltenango; ya que Tequesquitengo se encuentra a 10 kilómetros de esta localidad, no encontré menciones sobre daños en el templo de San Juan Bautista, dependiente del primero. Es posible que daños a diversos edificios en muchos poblados no quedaran registrados. Pero sin duda el sismo debió afectar Tequesquitengo y probablemente su capilla y demás construcciones. Además, entre Miacatlán y Cuentepec, también en Morelos, se hicieron profundas oquedades en el suelo que se conectaron a cavernas subterráneas por donde se filtró agua a la superficie, lo que indica daños al subsuelo. Es posible que también en Tequesquitengo sucedieran horadaciones y fracturas en el subsuelo, así como filtraciones de agua del acuífero profundo al superficial y de éste a la pequeña laguna del valle. Recuérdese que establecí como fecha del inicio de la inundación 1845, lo que coincide con el sismo del 7 de abril del mismo año. Por lo tanto, la inundación del valle debe ser consecuencia de este sismo, y posiblemente por la misma época se dio el desvío de los excedentes de las aguas de riego, si es que eso sucedió, pero puedo concluir que la acción antropogénica no es la causa de la formación del lago y tampoco es lo que mantiene el nivel del mismo.

Lo anterior demuestra que un supuesto suceso repetido, primero por la tradición oral, es después convertido en nota periodística y termina en libros científicos, aunque no sea cierto. Ese mito ha sido uno de los atractivos turísticos de Tequesquitengo, sobre todo para buceadores que han encontrado en las turbias aguas del lago un lugar para realizar prácticas de orientación y ha generado algunos trabajos de registro subacuático profesionales, como los de Alfredo Lowenstein y Virginia Urbieta, cuya información fue relevante para mi investigación. Por otro lado no ha merecido la atención debida por parte de la Subdirección de Arqueología Subacuática (SAS) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), pues aunque las primeras operaciones geofísicas e inmersiones que realicé en el lago las hice por parte de esa dependencia, fueron prácticas y pruebas, incluso varias veces sufragadas en parte de mi bolsillo, y nunca logré interesar a su subdirectora en llevar a cabo un proyecto formal de investigación, mismo que realicé en su vertiente de geofísica con énfasis en el aspecto histórico a través del Instituto de Geofísica de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el soporte y dirección de los doctores William Bandy y Carlos Mortera, y con la colaboración del doctor José Ortega, del Laboratorio de Geofísica del INAH. Proyecto que ha demostrado que investigaciones académicas profesionales relacionadas con el patrimonio cultural sumergido pueden ser realizadas con excelentes resultados independientemente de la SAS (figura 3). Para abundar en el tema, puede consultarse Roberto Galindo, El pueblo sumergido del lago de Tequesquitengo, Morelos. Siglo XIX, historia, arqueología y geofísica subacuática, Editorial Académica Española-LAP Lambert, Academic Publishing GmbH & Co KG, Alemania, 2012.

El olvido en que el INAH tiene a este pueblo sumergido –como a otros que hay en cuerpos de agua interiores del país, principalmente en embalses artificiales generados durante el siglo XX– demuestra la incapacidad de la SAS de investigar y proteger el patrimonio cultural sumergido de la nación y la necesidad de que los centros INAH estatales se hagan cargo del patrimonio subacuático de sus demarcaciones. Setenta y cinco años de la creación del INAH y 34 años de la SAS no fueron suficientes para que el Instituto desvelara la verdadera historia del lago y el sitio arqueológico que yace en su fondo. Finalmente, es lamentable que ahora se hable más de Tequesquitengo por la inseguridad en que está inmerso a razón de la violencia generalizada en Morelos que por sus atractivos turísticos y la fascinante historia de su pueblo sumergido.

*Maestro en ciencias en exploración y geofísica marina; licenciado en arqueología especializado en contextos sumergidos y buzo profesional; licenciado en letras hispánicas; licenciado en diseño gráfico; integrante del taller Madre Crónica.

 

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 Contralínea 383 / 27 de Abril al 03 de Mayo

 

 

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