Neoliberalismo avanza hacia el “fascismo liberal”: expertos

Neoliberalismo avanza hacia el “fascismo liberal”: expertos

Ilustraciones: Gemini IA

En medio de una crisis global marcada por la incertidumbre, el recrudecimiento de la desigualdad social y el avance de discursos autoritarios con agendas imperialistas, especialistas advierten que el neoliberalismo no sólo ha fracasado en su promesa de bienestar, sino que ha consolidado un orden basado en una contradicción permanente: la libertad en el discurso político, y el control en la práctica. Advierten que a pesar del daño que ha causado, lejos de estar caduco, ese modelo económico se reconfigura como una estructura más compleja que avanza hacia el “fascismo liberal”; es decir, un régimen que ofrece inclusión simbólica mientras profundiza la exclusión de condiciones materiales

La precarización, la violencia y la desigualdad no son efectos colaterales del sistema económico neoliberal, sino que forman parte de su funcionamiento. El neoliberalismo, según expertos en el estudio de ese modelo, no opera como un modelo coherente, sino como un entramado de paradojas y tensiones que, lejos de resolverse, se acumulan y se profundizan con el pasar de los años.

“El neoliberalismo no sólo impone políticas económicas, sino que genera una reconfiguración de los deseos y miedos colectivos, colonizando la subjetividad”, señaló el doctor Mario Pecheny, del Instituto de Investigaciones Gino Germani, de la Universidad de Buenos Aires. Esta transformación, explica, produce una separación radical entre individuos y grupos, al erosionar vínculos sociales y profundizar formas de aislamiento que atraviesan la vida cotidiana y las relaciones políticas.

Para los autores del libro Paradojas del neoliberalismo. Sexualidad, género y posibilidades de justicia, incluido el académico argentino, dicho modelo económico impulsa una subjetividad marcada por la competencia, la incertidumbre y la atomización. Ello, porque crea sujetos alejados de vínculos colectivos y cercanos a esta noción de “emprendedores” o “dueños de sí mismos”, en un entorno donde la estabilidad material y simbólica se vuelve cada vez más precaria e inestable.

Durante la presentación de la edición en español del texto –en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)– académicos coincidieron en un diagnóstico central: el neoliberalismo no sólo ha fracasado en su promesa de bienestar, sino que ha consolidado un orden basado en una contradicción permanente: la libertad en el discurso político, y el control en la práctica. Advierten que a pesar del daño que ha causado, lejos de estar caduco, ese modelo económico se reconfigura como una estructura más compleja que avanza hacia el “fascismo liberal”; es decir, un régimen que ofrece inclusión simbólica mientras profundiza la exclusión de condiciones materiales.

Al respecto, el académico Pecheny reflexionó que “el neoliberalismo presupone a muchos individuos solos. La amistad no es, en este sentido, una forma de respuesta a la soledad, sino una respuesta a la aceleración y al ‘todo ya’. Hoy estamos en un momento mucho más complejo de alineación y separación atomizada de los individuos, vemos menos sujetos y más emprendedores, con una incertidumbre mucho más radical que hace medio siglo o que hace un cuarto de siglo”.

Su diagnóstico no fue aislado. Durante la presentación de la obra –realizada en la Torre II de Humanidades de Ciudad Universitaria–, participaron especialistas como la directora del CIEG, Amneris Chaparro; las doctoras Elizabeth Bernstein y Janet Jakobsen, del Barnard Center for Research on Women; Kerwin Kaye, de Wesleyan University; Cecilia Varela, de la Universidad de Buenos Aires; y Ana Amuchástegui, académica de la Universidad Autónoma Metropolitana de Xochimilco.

En ese espacio, las especialistas coincidieron en que estas transformaciones no son hechos aislados, sino parte de un proceso más amplio, al que identificaron como la intensificación de las llamadas “paradojas del neoliberalismo”. Se trata, explicaron, de un escenario en el que las contradicciones del sistema no se resuelven, sino que se profundizan hasta generar una creciente desconexión con la realidad.

En este contexto, el neoliberalismo deja de operar únicamente como un modelo económico y pasa a moldear la forma en que las personas piensan, sienten y se relacionan. La vida cotidiana queda atravesada por una lógica de contradicción permanente; es decir, se promete libertad, pero se imponen condiciones que la vuelven inviable; se impulsa la autonomía individual mientras se debilitan los vínculos colectivos.

Para la doctora Amuchástegui, esta dinámica puede entenderse a partir del concepto de “doble vínculo” –desarrollado por el antropólogo Gregory Bateson en la década de 1950–, el cual describe situaciones en las que las personas reciben mensajes contradictorios sin posibilidad de resolverlos.

Ilustraciones: Gemini IA

La paradoja del neoliberalismo

La paradoja del neoliberalismo se expresa en este “doble vínculo”, una condición en la que, de manera constante, las personas reciben mensajes ambiguos, sin posibilidad de cuestionarlos ni escapar de ellos. El resultado, explicó Amuchástegui, es un proceso de desorientación, confusión y desconfianza en la propia percepción que termina por erosionar la confianza en la propia percepción y debilita la capacidad de discernir.

“En este mundo del neoliberalismo, particularmente en los últimos dos años, las instituciones parecen estar construyendo paradojas continuamente. Estamos en un escenario donde ya no es posible discernir cuál es la lógica de las acciones políticas o militares; estamos frente a un sinsentido”.

Para ilustrar este mecanismo, la especialista ejemplificó con la frase: “sé espontáneo”. Si se obedece la orden, deja de ser espontáneo; si no se obedece, también se falla. Es decir, no hay salida. Y trasladado al orden social, este tipo de contradicción permite entender cómo opera el neoliberalismo en la vida cotidiana. Por un lado, promueve la libertad individual; por el otro, impone condiciones estructurales que lo vuelven inviable. En otras palabras, exige autonomía, pero precariza las condiciones materiales para ejercerla; celebra la diversidad, pero reproduce jerarquías de género, raza y clase o impone discursos racializados.

El resultado, advirtió, es un deterioro profundo de la capacidad de comprender la realidad. En ese sentido, la crisis contemporánea –marcada por guerras, autoritarismos y desinformación– no es una anomalía, más bien es la consecuencia de décadas de acumulación de las paradojas del neoliberalismo. “Este colapso del mundo que estamos viviendo se preparó durante muchos años; así se sentaron las condiciones para este doble vínculo”.

Neoliberalismo “progresista”

Lejos de agotarse, el neoliberalismo se ha sofisticado. Uno de los ejes del libro retoma la tesis del llamado “neoliberalismo progresista”, un modelo que combina las políticas económicas desreguladoras con discursos de inclusión y diversidad. Bajo esta lógica, se amplían ciertos derechos “simbólicos” como el reconocimiento sexual o identitario, mientras se profundizan la desigualdad y la precarización material.

En este sentido, la doctora Elizabeth Bernstein enfatizó que género y sexualidad no son elementos alejados del sistema, sino parte de su engranaje central, pues lejos de ser “superestructurales”, atraviesan los mercados laborales, las políticas migratorias, la guerra y la regulación de fronteras. De esta manera, afirmó, la economía política también es una política de los cuerpos: “El género y la sexualidad son rastros centrales de la organización social”.

Uno de los ejemplos más claros de estas contradicciones se observa en las políticas contra la trata de personas. Aunque se presentan mecanismos de protección, en la práctica se ha reforzado la vigilancia estatal, se han endurecido los controles de regulación fronterizos y, con ello, se ha ampliado la criminalización de poblaciones de por sí vulnerables.

De acuerdo con la investigadora Cecilia Varela –académica de la Universidad de Buenos Aires–, estas políticas, diseñadas para “rescatar” a personas en contextos de explotación sexual, terminan por intensificar la intervención policial y, con ello, se amplían los dispositivos de control. En ese proceso, advirtió, se genera una confusión sistemática entre trata de personas y trabajo sexual, lo que no solo perjudica a quienes podrían ser consideradas víctimas, sino que también se desplaza el problema hacia soluciones punitivas.

Y, lejos de ser una falla, dijo, esta ambigüedad ha resultado funcional, pues la aparente incoherencia del discurso –capaz de adaptarse a contextos políticos y sociales tan distintos como Estados Unidos, Corea del Sur, Argentina o Nigeria– es, precisamente, lo que le otorga flexibilidad y eficacia política, al permitir que se reproduzcan sin cuestionar las causas estructurales de la desigualdad. “Su incoherencia, lejos de ser un obstáculo, es lo que promueve su flexibilidad, su adaptabilidad”.

Al respecto, Janet Jakobsen, directora del Barnard Center for Research on Women, indicó que estas estrategias parten de una idea peligrosa; es decir, creer que la protección se logra mediante el control, pues en la práctica esto no erradica la violencia, sino que la transforma y la desplaza hacia nuevas formas, tanto en las instituciones como en la vida cotidiana.

Este giro no es menor. El discurso contra la trata se presenta como un dispositivo de protección frente a la violencia sexual; sin embargo, produce el efecto contrario. Las fronteras –tanto del hogar como de la nación– se construyen como “espacios de seguridad”, cuando en realidad se convierten en “territorios donde la violencia se reorganiza y se intensifica”.

Asimismo, Jakobsen expuso que este discurso proteccionista crea una “dicotomía engañosa” entre la violencia que ocurre dentro del hogar y la que ocurre en las zonas fronterizas, bajo la idea de que ambos espacios ofrecen seguridad. Sin embargo, señaló, ocurre lo contrario; “este discurso logra ocultar las fuentes empíricas de la violencia y el proteccionismo que, si bien, pueden sostenerse de diversas maneras, siguen siendo los mismos”.

“Así, bajo el neoliberalismo, el proteccionismo se mantiene mediante discursos transnacionales. Actualmente, en el contexto antiglobalista, este discurso puede servir como plataforma para la crítica del neoliberalismo, al cuestionar su supuesta incapacidad para proteger a las personas marginadas, en particular a las mujeres, y también puede constituir la base de un nuevo orden. En otras palabras, el feminismo proteccionista que se analiza es, en esencia, sexista”.

El resultado, apunta la obra, es una paradoja aún más profunda, la de un modelo que, bajo el lenguaje de la protección y la inclusión, reproduce estructuras de desigualdad basadas en género, raza y clase; y que lejos de romper con ellas, las reconfigura.

Ilustraciones: Gemini IA

Del neoliberalismo al “fascismo liberal”

Este deterioro de las certezas no se limita al terreno económico o social. Para los especialistas, lo que está en juego es un “punto de inflexión”: más que una crisis del neoliberalismo, la humanidad asiste a su transformación. Durante la presentación de la obra, uno de los diagnósticos más críticos lo planteó el doctor Kerwin Kaye, quien propuso leer el momento geopolítico actual como un desplazamiento hacia una nueva forma de poder.

“Este cambio es un movimiento del liberalismo tecnocrático hacia lo que se puede describir como un ‘fascismo liberal’. Esta nueva formación política aún habla el lenguaje de la libertad de mercado, mientras consolida el poder oligárquico y permite modos de acumulación aún más depredadores en el centro”.

Se trata, dijo, de una formación política que mantiene el lenguaje de la libertad de mercado, pero que en los hechos consolida el poder en élites cada vez más concentradas, y habilita formas de acumulación más agresivas y excluyentes. En otras palabras, el neoliberalismo no desaparece: se endurece.

Según su análisis, lejos de desaparecer, el neoliberalismo se vuelve a configurar, ya que mantiene el lenguaje del libre mercado, pero al mismo tiempo concentra el poder en las élites cada vez más cerradas, profundiza la desigualdad y se distancia de las formas democráticas tradicionales. En palabras de Kaye, se trata de una formación política que combina desregulación económica con prácticas autoritarias.

Sin embargo, este viraje, advirtió, no ocurre en el vacío. Está acompañado por el auge de formas políticas y sociales ancladas en el resentimiento, que canalizan el malestar generado por décadas de precarización. En ese escenario, el “melodrama” se convierte en una herramienta central de la disputa pública.

Para el investigador, esta transformación se alimenta de formas de “populismo avanzado”, atravesadas por dimensiones racializadas, de género y nacionalistas. Se trata, así, de una política estructurada a partir del agravio, que emerge como reacción a la desigualdad producida por el liberalismo tecnocrático. Pero, paradójicamente, este mismo modelo –que en su momento incorporó discursos de inclusión bajo la etiqueta de “liberalismo multicultural” o “progresista”– sentó las bases del descontento que hoy movilizan estas nuevas configuraciones políticas.

“El capital se ha articulado junto a las masas revanchistas para culpar de su pérdida de posición a los componentes multiculturales o, incluso, feministas del liberalismo progresista, en lugar de a sus bases económicas; por lo que los compromisos simbólicos, [con los] que las clases corporativas tecnocráticas beneficiaban a sectores privilegiados dentro de grupos marginados, han sido sustituidos por nuevos ‘enemigos’ de las élites: personas trans, latinos migrantes y otros grupos vulnerables, dentro de un espectáculo político o de ‘necropolítica’ que apela a la violencia y al resentimiento”.

En este esquema, la política deja de orientarse por proyectos colectivos y se convierte en un “espectáculo sostenido por el miedo, el odio y la indignación”. Las redes sociales amplifican este fenómeno, al privilegiar contenidos que apelan a reacciones inmediatas antes que a la reflexión, añadió el doctor.

Así, migrantes, personas trans o minorías racializadas son colocadas en el centro de estas narrativas como figuras de amenaza. De este modo, lo que emerge no es una “ruptura con el neoliberalismo”, sino su radicalización, al establecer un orden que combina mercado, autoritarismo y violencia simbólica.

En esta misma línea, el doctor Mario Pecheny propuso un desplazamiento conceptual para describir el momento actual. De acuerdo con el académico, el concepto de “paradoja” comienza a resultar insuficiente, debido a que ya no nos encontramos ante tensiones que puedan comprenderse, sino frente a un estado que definió como “delirio”. Con este término, se puede establecer que la humanidad está frente a una “desconexión radical” con la realidad y con los otros, en la que los marcos compartidos de sentido se han erosionado y la posibilidad misma del entendimiento se fractura.

“El delirio vuelve imposible el razonamiento y la conversación”, afirma. Este fenómeno, añade, se expresa en la proliferación de discursos que niegan la realidad, en la aceleración de los tiempos de comunicación y en la pérdida de valor de la palabra. “Este delirio tiene su correlato en la transformación de los formatos de comunicación, en relación con estos ritmos y estos tiempos”.

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