La historia del siglo XX nos ha dejado lecciones sobre la fragilidad de la humanidad frente al odio organizado. Durante el régimen nazi, millones de personas fueron asesinadas no solo por su religión, sino por su origen étnico, su condición física, su identidad de género o su pensamiento político. Gitanos, personas con discapacidad, disidentes políticos, testigos de Jehová, homosexuales y, por supuesto, personas de religión judía, fueron víctimas de un sistema diseñado para aniquilarlos sistemáticamente. Los campos de concentración no fueron obra de monstruos aislados, sino de una burocracia estatal que contó con la complicidad de académicos, jueces, médicos y periodistas que justificaron, minimizaron o negaron el horror. La propaganda fue el arma que allanó el camino para el exterminio: primero deshumanizó a las víctimas, luego normalizó la violencia y, finalmente, legitimó el asesinato masivo como un acto de defensa o necesidad histórica (una receta repetida en los genocidios subsecuentes).
Hoy, Ezra Shabot, periodista y analista político, reproduce en su artículo Genocidio esa misma lógica perversa. Con un discurso que se pretende objetivo, pero que está cargado de sesgos, Shabot se convierte en un engranaje más de la maquinaria propagandística que, en lugar de esclarecer, oscurece, y en vez de denunciar, justifica. Al equiparar el sufrimiento de la población palestina en Gaza con el de los civiles alemanes bombardeados por los aliados, Shabot establece una falsa equivalencia que borra el contexto colonial, la ocupación ilegal, el asedio, la privación de agua, alimentos y medicinas, y el uso de bombas sobre zonas densamente pobladas. No se trata de “daños colaterales”, sino de una política deliberada que ha sido documentada por Francesca Albanese, la relatora especial de la ONU para los Territorios Palestinos Ocupados, organizaciones internacionales como Amnistía Internacional o Human Rights Watch y la Corte Internacional de Justicia.
Lo más paradójico es que Shabot es de origen judío Askenazi. Sus orígenes lo conectan con una historia de persecución y exterminio que debería hacerlo especialmente sensible a los signos de los crímenes de Estado. Sin embargo, su pluma se alinea con quienes niegan el derecho a la existencia del pueblo palestino, y reproduce el viejo argumento de que la crítica a Israel es antisemitismo, y que cualquier acusación de genocidio es una banalización del Holocausto. Pero la historia se repite de la manera más insospechada: los mismos mecanismos de negación, deshumanización y justificación que se usaron contra los judíos en Europa, ahora se emplean contra los palestinos, y Shabot, desde su privilegiada tribuna, contribuye a ese proceso.
Shabot no duda en calificar el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023 como un acto de genocidio. Fue un acto terrible, es verdad, pero en su análisis ignora que ese ataque no ocurrió en el vacío, sino después de décadas de ocupación, desplazamiento forzado, asesinatos selectivos, encarcelamiento masivo incluso de niños, y la progresiva expropiación de tierras palestinas. Desde la Nakba de 1948, más de 750 mil palestinos fueron expulsados de sus hogares, y desde entonces, la creación y expansión de Israel ha sido un proceso continuo de desposesión. El genocidio, como lo define la Convención de la ONU, no requiere que todos los miembros de un grupo sean asesinados el mismo día; basta con que se cometan actos destinados a destruir al grupo en su totalidad o en parte, de manera sistemática y generalizada. Tal como lo ha establecido la Corte Internacional de Justicia en su opinión consultiva de 2024, donde declaró que la ocupación israelí es ilegal y que las políticas aplicadas constituyen un apartheid. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en Gaza: bombardeos sobre hospitales, escuelas y campos de refugiados; bloqueo de la ayuda humanitaria; eliminación de infraestructura básica; y una retórica oficial israelí que habla de “animales humanos” que deben ser aniquilados.
Israel es, como afirma la académica Shahd Dibas, en esencia, un proyecto genocida no porque los judíos como pueblo lo sean, sino porque el sionismo como ideología colonial ha requerido la eliminación física, cultural y simbólica de la presencia palestina. No se trata solo de matar, sino de borrar memorias: apropiarse de la comida palestina como si fuera israelí, cambiar los nombres de las calles árabes por hebreos, enterrar ruinas milenarias bajo parques nacionales, negar la existencia de un pueblo que ha habitado esa tierra por siglos. Esta apropiación cultural es parte del mismo proceso de aniquilación: si no existes en la historia, no existes en el presente. Si nadie detiene a Israel y a los Shabot, ese proceso continuará hasta la eliminación total de Palestina, no solo como territorio, sino como memoria y esperanza.
Shabot y otros falsos intelectuales se ocupan ahora de tergiversar todo para un público que suponen ignorante, pero la verdad se abre paso. Cada vez más personas, dentro y fuera de Israel, dentro y fuera del judaísmo, alzan la voz para decir: esto no es autodefensa, es exterminio. La historia nos juzgará no por lo que callamos, sino por lo que dijimos cuando aún era posible detener el horror. Shabot ha elegido su bando. Yo y los lectores también. ¡Viva Palestina libre!
Mario Santiago Juárez*
*Profesor de la Universidad Autónoma de Tlaxcala
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