Tanto se ha culpado a las y los aspirantes de la Universidad Nacional Autónoma de México que hicieron trampa en el examen de ingreso, que se ha ocultado cuáles son los verdaderas trampas que no se dicen: la primera es la narrativa de la meritocracia, cuando en el fondo el examen es un instrumento de exclusión; la segunda es que los verdaderos decisores del examen fueron el rector y las élites de la universidad; la tercera es que los concursos de ingreso a docentes de tiempo completo están amañados, lo que incluye el Subprograma de Incorporación de Jóvenes Académicos que otorga las plazas por medio de los dedazos de los directores; y la cuarta reside en el gobierno universitario antidemocrático, que más bien se sostiene sobre las élites de poder ideológico-político
Es bien sabido que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) atraviesa por una crisis aguda a partir de que se hizo público que numerosos aspirantes hicieron trampa en el último examen de ingreso, al obtener puntajes inusitadamente altos. Hacer trampa no está bien, no los justifico, pero es cierto que lo hicieron en el marco de un modelo estructuralmente tramposo. A ellas y ellos se les está echando toda la culpa de un esquema que está fabricado a partir de artimañas y engaños que se niegan a admitir quienes dirigen la universidad.
La primera y más evidente es la trampa de hacerles creer que el examen mide conocimientos y quienes no pasan son “burros”, cuando realmente es solo un recurso que sirve para excluir a quienes memorizan menos, a quienes no pudieron acceder a un curso de preparación por falta de dinero, de tiempo o de comprensión, o a quienes acarrean rezagos e indiferencias desde niveles anteriores.
Es el mito de la meritocracia que hace creer a las personas que quienes sufren el conocimiento son los verdaderos merecedores del ascenso de clase. Esas mismas personas sentencian a los novatos a sufrir, así como sufrieron ellos en sus tiempos, asegurando que solo así se aprende de verdad: “si yo me esforcé mucho y padecí para entrar porque solo entran los mejores, entonces tú también debes de esforzarte y padecer así”. Son los nuevos capataces del conocimiento que vivieron el castigo en carne propia, y ahora que supuestamente atravesaron y lograron el ingreso y ascenso ficticio, castigan a los que les siguen.
Obviamente lleva implícita la mentira de que con la educación alcanzarán un gran trabajo y con ello el éxito, cuando la verdad es que es una simple calificación para el mercado que, en el fondo, no les llevará a una clase mejor; con suerte conseguirán un trabajo de lo que estudiaron y podrán tener contratos inestables para sobrevivir, mientras alimentan a las grandes empresas.
La segunda trampa es más evidente: Lomelí y sus compinches (incluida Patricia Dávila, una de las personas más conservadoras de su círculo) fueron quienes decidieron que en esta ocasión el examen debía ser en línea. A pesar de que el gobierno eliminó el antiguo examen Ceneval, las élites de la UNAM se aferraron a que su institución debía sostener el examen neoliberal y, en vez de gastar en la logística que requería la presencialidad, optaron por la virtualidad, todo con tal de defender el examen antes que incursionar en otros mecanismos. El rector no ha dado a conocer el contrato con la empresa Territorium Life ni por qué se decidió el monto asignado. La decisión provino de la élite de la máxima casa de estudios a sabiendas de los riesgos, sin embargo, no asume la culpabilidad; se la lanza a los jóvenes tramposos. No reconoce, desde luego, que ellos hicieron un fraude en un examen de por sí fraudulento.
La tercera trampa es menos visible, sin embargo, es mucho más amplia y subterránea: los concursos de ingreso para docentes de tiempo completo no se dan sobre la base de la meritocracia, sino a partir del control de las mafias elitistas y sus redes de poder e influencias. Todo mundo sabe que los concursos docentes suelen estar arreglados de antemano, y se asignan a personas afines a la ideología de las élites hegemónicas, lo cual está más que documentado en diversos medios, entre los que se encuentra Contralínea.
Además, hay otro tipo de concursos todavía más cínicos de los que no se suele hablar, como sucede con el Subprograma de Incorporación de Jóvenes Académicos (SIJA), cuyo ingreso depende completamente de la entidad académica que lo solicita, lo que se traduce en que es el director o directora, a través de un simple y llano dedazo, quien decide a la persona a la que se le asigna la plaza de tiempo completo (mientras cumpla los requisitos de juventud y de poseer el título mínimo). Ese tipo de concursos ni siquiera está reglamentado en el Estatuto de Personal Académico, pues ningún artículo lo menciona. Solamente en el sitio oficial del SIJA se establece que “serán las entidades académicas o dependencias universitarias las encargadas de postular a los candidatos para su incorporación al SIJA”.
Por su parte, en las Normas de Operación de 2022 del SIJA se menciona como requisito: “presentar un oficio firmado por la persona titular de la entidad académica o dependencia universitaria, dirigido a la Dirección General de Asuntos del Personal Académico, mediante el cual solicite la incorporación de la persona candidata al Subprograma”. En este caso, la opacidad encubre la trampa: las personas que se integran al SIJA no ganan ningún concurso, solamente acceden gracias a la simpatía del director o directora de la entidad que promueve.
La tercera trampa de la UNAM reside en que formar parte de los cuerpos colegiados más relevantes, que es el de los profesores de tiempo completo, depende de las redes de poder ideológico-político que ejercen las élites universitarias constituidas como castas o mafias indefinidas, es parte de un esquema tramposo que realmente no privilegia la meritocracia sino las influencias y subordinaciones ideológicas que, no sobra decir, tienen componentes profundos también de parentescos y nepotismos.
La cuarta trampa es finalmente la falta de democracia universitaria. Es de conocimiento público que el rector (en masculino porque nunca ha habido una rectora) y las y los directores de facultades, escuelas e institutos son elegidos por una Junta de Gobierno, cuyos integrantes son designados por el Consejo Universitario, que a su vez es controlado por el rector en turno. De esa manera, no existe una legitimidad comunitaria y universal, sino un gobierno designado y controlado por las élites mismas; por eso, cualquier intento de cambio es deformado o mediatizado por ellas. El rector en turno no gobierna la universidad siguiendo un mandato democrático ni tampoco se guía por el interés común, sino por las directrices que le ordenan las élites.
De esa manera, la trampa estriba en que no es la democracia, ni siquiera es el mérito lo que organiza y articula a la universidad, sino más bien las estructuras elitistas que fingen guiarse por el conocimiento, la inteligencia y el mérito. Entonces, ¿quiénes son los verdaderos tramposos? Las y los aspirantes que hicieron trampa lo hicieron solamente por seguir el ejemplo de los tramposos que están del otro lado, que deciden y que estructuran las reglas de ingreso a un sistema viciado de antemano.
Pablo Carlos Rojas Gómez*
*Doctor en Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos. Investigador del Programa Universitario de Estudios sobre Democracia, Justicia y Sociedad (PUEDJS-UNAM).



















