La inmediatez que caracteriza a los entornos digitales está modificando la manera en que las personas aprenden, al favorecer una atención cada vez más fragmentada, acelerar el ritmo con el que se procesa la información y reducir la tolerancia a la frustración, advirtió la pedagoga, docente e investigadora educativa Yarenia Analí Domínguez Delgado.
Durante la conferencia matutina, la investigadora advirtió que frente a estos cambios el desafío para las escuelas no consiste en competir con la rapidez y la cantidad de estímulos que ofrecen las pantallas, sino en recuperar espacios para la pausa, la concentración, los vínculos humanos y el pensamiento profundo.
Por ello, explicó que el desarrollo tecnológico ha desplazado progresivamente el foco desde procesos que requieren tiempo para reflexionar, relacionar ideas, cuestionar y contrastar información hacia una dinámica caracterizada por el salto constante entre múltiples estímulos.
“Pasamos de un pensamiento crítico con el tiempo que necesitamos para detenernos, para procesar, para relacionar, para cuestionar, para contrastar, valorar y evaluar, hacia una atención fragmentada que salta rápidamente en múltiples estímulos”.
Agregó que esta transformación también ha provocado cambios en el ritmo del aprendizaje, puesto que, frente a procesos tradicionalmente más lentos, reflexivos y con pausas, las dinámicas digitales han generado una expectativa de obtener información y respuestas de manera cada vez más rápida, eficiente e inmediata.
La especialista advirtió que tener contenidos disponibles prácticamente al instante también puede disminuir la tolerancia a la frustración, pese a que los periodos de espera, dificultad e incluso equivocación forman parte de los procesos necesarios para pensar, construir conocimiento y aprender.
Por ello, consideró que “el reto de nuestras escuelas no es competir con la velocidad de las pantallas”, sino generar condiciones para recuperar la atención y permitir que los estudiantes se detengan a procesar aquello que están aprendiendo. “Aprender no siempre requiere más estímulos, a veces requiere ponernos a pensar, detenernos y, sobre todo, vincularnos”.
Los efectos de la digitalización, explicó la docente educativa, no se limitan a los procesos cognitivos, pues las tecnologías también están modificando la manera en que las personas establecen relaciones y participan dentro de las comunidades escolares.
Cada vez más interacciones, indicó, están mediadas por sistemas tecnológicos que privilegian los datos, la velocidad y la eficiencia. A ello se suma la influencia de algoritmos y plataformas digitales sobre los contenidos que las personas observan y las comunidades con las que interactúan.
La especialista señaló que en internet es posible experimentar una sensación de cercanía con personas o grupos con quienes no necesariamente existe un vínculo recíproco. Esta situación puede representar un desafío particular para adolescentes y jóvenes, debido a las dificultades para identificar quién se encuentra realmente detrás de una pantalla y distinguir entre los espacios virtuales y las relaciones que se trasladan a la vida cotidiana.
En las aulas, añadió, el desafío también pasa por la saturación de información y por el riesgo de delegar progresivamente decisiones a los sistemas digitales, en un entorno marcado por mecanismos diseñados para mantener la atención, como el desplazamiento infinito de contenidos, también llamado scroll infinito.
Ante ello, planteó la necesidad de preguntarse qué tipo de espacios deben construir las escuelas para que todavía sea posible mantener una escucha activa y atenta, respetar los tiempos de espera, hacer pausas y reconocer a las otras personas.
Para responder a estos cambios, la investigadora propuso avanzar hacia una competencia mediática crítica que vaya más allá de enseñar a utilizar dispositivos, programas o plataformas.
Explicó que la educación digital no debería limitarse a los conocimientos técnicos e instrumentales, sino permitir que las personas recuperen autonomía, capacidad de decisión y agencia frente a la tecnología.
Esto implica, entre otros aspectos, aprender a distinguir y evaluar la información disponible en internet, combatir la desinformación, identificar las brechas existentes en el acceso y uso de las tecnologías, y cuestionar los sesgos que pueden encontrarse detrás de los sistemas digitales.
La investigadora planteó además repensar las aulas a partir de tres dimensiones: resistencia, cuidado y comunidad.
La primera implica recuperar espacios físicos, la atención, el diálogo intergeneracional, las pausas y las reflexiones profundas frente a una dinámica dominada por la inmediatez. El cuidado, por su parte, supone formar una ciudadanía capaz de evaluar críticamente aquello que encuentra en internet y comprender los riesgos y desigualdades que atraviesan los entornos digitales.
La comunidad busca preservar y fortalecer los vínculos entre las personas, una tarea que, sostuvo, continúa siendo central para las escuelas pese al avance de las tecnologías.
De esta manera, afirmó, la respuesta educativa no consiste únicamente en apagar las pantallas o rechazarlas, sino en recuperar la capacidad de decidir cómo utilizarlas y evitar que sustituyan procesos indispensables para el aprendizaje.
“Al final, no buscamos únicamente apagar pantallas, sino recuperar estos vínculos, estos espacios y esta presencia humana. El diálogo y la pausa son necesarios para que se dé el aprendizaje”.
La especialista educativa consideró que el objetivo debe ser que aprender continúe como un proceso de transformación y no únicamente de rendimiento, en el que las herramientas tecnológicas complementen –pero no sustituyan– el pensamiento y las relaciones humanas. “La tecnología amplifica, pero es la pedagogía arraigada en la justicia social, en el cuidado, la que verdaderamente puede transformar nuestras escuelas”.
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