La superficie de los océanos alcanzó en julio de 2026 la temperatura más alta registrada para ese mes, en un planeta donde el mar absorbe cerca del 90 por ciento del exceso de calor. Las anomalías se extendieron por Europa y América, con efectos sobre los arrecifes, las lluvias, los ríos y los incendios, mientras el avance del fenómeno meteorológico El Niño podría prolongar el calor durante los próximos meses
La superficie de los océanos del planeta alcanzó en julio la temperatura más alta jamás registrada para ese mes, con 20.96 °C de promedio en la franja extrapolar –entre los paralelos 60° norte y 60° sur–, informó el Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S), gestionado por el Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Plazo Medio (CEPMPM).
La cifra superó en 0.07 °C el récord anterior de 20.89 °C establecido en julio de 2023. La serie reciente muestra que julio se ha mantenido en niveles excepcionalmente altos, aunque no de forma estrictamente ascendente: a los 20.89 °C de 2023 le siguieron 20.88 °C en 2024 y una ligera baja a 20.77 °C en 2025, antes del salto a 20.96 °C en 2026.
El fenómeno ocurrió en paralelo a otro récord climático. Julio de 2026 empató con julio de 2024 como el segundo julio más cálido registrado a nivel mundial, con una temperatura media 1.47 °C superior al nivel preindustrial, de acuerdo con datos del Servicio de Cambio Climático de Copernicus difundidos por la Organización Meteorológica Mundial (OMM). La temperatura media global del aire en superficie llegó a 16.90 °C, 0.67 °C por encima del promedio 1991-2020.
De acuerdo con el reporte de la OMM, durante la primera mitad del año, cerca del 82 por ciento de los océanos del mundo experimentó condiciones de ola de calor marina de distinta intensidad, la segunda mayor extensión observada después de 2024.
El océano absorbe el calentamiento del planeta
El récord de julio tampoco refleja que cerca del 90 por ciento del calentamiento global se concentra en los océanos y no en la atmósfera, de acuerdo con el monitoreo del proyecto Estimación de la Circulación y el Clima de los Océanos (ECCO, por sus siglas en inglés), desarrollado por la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) y la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA), que analiza los primeros 2 mil metros de profundidad.
El calor acumulado en los océanos hace que el agua se expanda y ocupe más espacio. Este fenómeno causa entre una tercera parte y la mitad del aumento global del nivel del mar. Los registros muestran, además, que la última década fue la más cálida para los océanos desde al menos el siglo XIX.
Además, el registro de julio de 2026 forma parte de ese aumento sostenido, puesto que ayuda a explicar que mientras la temperatura en el aire cambia de un mes a otro, a su vez, el océano acumula la mayor parte de ese calor.

Para la OMM, los extremos observados en los últimos meses responden a la combinación entre el calentamiento de largo plazo provocado por el cambio climático y patrones meteorológicos persistentes. John Kennedy, responsable de información climática del organismo, explicó que una sucesión de sistemas de altas y bajas presiones se mantuvo alrededor del hemisferio norte, y que las zonas de alta presión favorecieron temperaturas elevadas y condiciones secas.
Estos sistemas pueden mantenerse casi inmóviles durante días o incluso semanas. En junio, las altas presiones provocaron temperaturas elevadas al mismo tiempo en Europa occidental, América del Norte y Asia Central. El fenómeno continuó durante julio y los primeros días de agosto, cuando también se extendió a zonas de Asia Oriental.
De igual manera, el científico de la OMM comparó la situación con junio de 1976, cuando se produjo una distribución de altas y bajas presiones similar, pero dentro de un mundo mucho más frío. En 2026 el escenario prácticamente se invirtió: predominan las temperaturas elevadas y solo quedan algunas zonas relativamente frescas. “Debido al calentamiento a largo plazo, las zonas más frescas ya no son tan frescas como habrían sido en el pasado y las zonas cálidas son más cálidas”.

Océanos Atlántico y el Mediterráneo, sin capacidad de enfriarse
El Atlántico Norte registró en julio de 2026 su tercera temperatura más alta para ese mes, con un promedio superficial de 24.15 °C. En el golfo de Vizcaya y el mar del Norte, el agua estuvo más de 3 °C por encima de lo habitual.
La falta de viento contribuyó a mantener esas temperaturas. Cuando la superficie del mar no se agita, el agua caliente permanece arriba y se mezcla menos con las capas profundas, que son más frías y contienen mayores cantidades de nutrientes.
Además, en tierra, la falta de humedad intensificó el calor, debido a que un suelo húmedo utiliza parte de la energía que recibe para evaporar agua; mientras que uno seco se calienta con mayor rapidez y transmite ese calor al aire. Por ello, Europa occidental acumuló así varias olas de calor; como resultado algunos países enfrentaron la cuarta desde mayo, con temperaturas superiores a 35 °C en Francia y Suiza, y de hasta 36 °C en el sur de Inglaterra.
La falta de lluvia también redujo los caudales del Sena, el Rin y el Danubio, con efectos sobre el abastecimiento de agua, el riego, la navegación y la generación de energía. En zonas de Hungría, Serbia y la región del Adriático hacían falta entre 250 y 350 milímetros de lluvia para compensar el déficit acumulado desde abril.
En ese contexto, la vegetación seca y las altas temperaturas favorecieron la propagación de incendios. En Francia, las emisiones producidas por el fuego fueron comparables o superiores a las de 2022 y 2023, dos de los años más graves de las últimas décadas; mientras que en España también se mantuvieron muy por encima del promedio para esa época del año.

Impactos en el Caribe y el Golfo de México
El calentamiento del océano también alcanzó las costas americanas. Durante 2026, en el Pacífico mexicano se desarrolló una ola de calor marina, mientras que en el Caribe y el Golfo de México la temperatura del agua se mantuvo entre 29 y 31 °C durante buena parte de julio, según los monitoreos regionales.
El aumento resulta especialmente relevante para estados como Quintana Roo, cuya economía depende en buena medida del turismo de playa y donde los arrecifes son vulnerables a los periodos prolongados de calor. En distintas zonas del Caribe, de hecho, los efectos ya eran visibles. El sistema Coral Reef Watch, de la NOAA, detectó estrés térmico en aguas cercanas al sur de La Española, Cuba, Venezuela, Colombia, así como de Trinidad y Tobago.
A comienzos de julio, la agencia colocó el Atlántico frente a Colombia en nivel de alerta 2 y el suroeste de Cuba en nivel de alerta 1. Estas categorías indican que la temperatura del agua puede causar el blanqueamiento de los corales, un proceso mediante el cual pierden las algas que les proporcionan alimento y color.
En ese escenario, el Pacífico tropical avanzó hacia la formación de El Niño. Desde junio, la OMM había calculado una probabilidad de 80 por ciento de que el fenómeno se desarrollara entre junio y agosto, que aumentaba hasta 90 por ciento para el otoño.
La organización aclaró, sin embargo, que no existe una relación directa entre El Niño y el calor registrado este verano en Europa occidental. Sus primeros efectos se concentran en el Pacífico tropical y las regiones cercanas, mientras que su influencia sobre Europa suele manifestarse meses después, durante el otoño o el invierno.
Para América Latina y el Caribe, las previsiones apuntan a cambios en la distribución de las lluvias y las temperaturas. Centroamérica, el norte de Sudamérica y el Caribe podrían enfrentar condiciones más secas y cálidas; en contraste, el sur del continente podría recibir lluvias por encima de lo habitual.
Además, en Brasil, el Instituto Nacional de Investigación Espacial (INPE) prevé sequía en el norte y el este de la Amazonía, junto con episodios de lluvias intensas en el sur.
En Colombia, la preocupación se concentra en la generación de electricidad. Los embalses operaban por debajo del 60 por ciento desde abril, por lo que el gobierno elevó el nivel de alerta ante la posibilidad de una crisis hidroeléctrica como la ocurrida entre 2015 y 2016. El país obtiene de esa fuente entre 65 y 70 por ciento de su electricidad; una reducción prolongada de las lluvias podría, por tanto, comprometer el abastecimiento.
Por otro lado, en México, el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) y la Coordinación Nacional de Protección Civil (CNPC) previeron temperaturas más altas y un aumento de las lluvias durante la temporada de ciclones en el Pacífico. Para 2026 se estimaron entre 18 y 21 sistemas, por encima de lo observado en otros años. La actividad ciclónica podría interrumpir las operaciones de puertos como Manzanillo y Lázaro Cárdenas, además de aumentar la presión sobre la generación eléctrica en regiones que ya enfrentan escasez de agua.
“Hay muy pocas zonas que no se hayan calentado de manera constante”, resumió John Kennedy, responsable de información climática de la OMM. “Eso se está combinando con los patrones meteorológicos que estamos viendo. Son esas dos cosas juntas las que nos están dando este calor récord”.
El récord de julio ocurrió antes de que El Niño alcanzara su mayor intensidad, prevista normalmente entre noviembre y enero. Como el aumento de la temperatura global relacionado con este fenómeno suele manifestarse después de su punto máximo, la OMM advierte que el calor podría continuar durante los próximos meses.
La temperatura del aire cambia con los vientos, las lluvias y los sistemas de presión, pero el océano retiene el calor durante más tiempo. Cerca del 90 por ciento del exceso de calor del planeta está almacenado en sus aguas; por ello, los efectos del récord de julio seguirán presentes mucho después de que termine el mes.


















