Ética, comunicación, Informe MacBride y guerra cognitiva

Ética, comunicación, Informe MacBride y guerra cognitiva

Desde su perspectiva, el Informe MacBride (Many Voices, One World: Towards a New More Just and More Efficient World Information and Communication Order, 1980) conserva una actualidad extraordinaria. Su defensa de una comunicación más justa advierte que la desigualdad informativa no era un accidente técnico. Allí donde unos pocos monopolios trasnacionales y nacionales concentran canales, tecnologías, agencias y capacidad de nombrar, también concentran poder para desfigurar la realidad. Advierte que la libertad de expresión pierde densidad cuando millones no pueden hablar dentro de un sistema donde unos cuantos deciden qué discursos alcanzarán escala, qué acontecimientos ocuparán la memoria y qué sufrimientos serán convertidos en ruido. Existe además una censura más refinada, ejercida mediante saturación, velocidad, repetición y olvido. Una sociedad puede estar llena de mensajes y padecer una profunda escasez de mundo compartido.

A escala global, la producción y circulación de sentido está cada vez más concentrada en un pequeño núcleo de corporaciones: Alphabet/Google, Meta, Amazon, Comcast/NBCUniversal, Disney, Netflix, Sony, Paramount Skydance, Warner Bros, Discovery y ByteDance. Su poder no se limita a poseer medios: controlan simultáneamente plataformas, algoritmos, datos, publicidad, infraestructura digital, estudios, canales, catálogos y sistemas de distribución, al determinar qué contenidos se producen, cuáles circulan, qué adquiere visibilidad y cómo se organiza la atención social. Más que monopolios jurídicos individuales, constituyen un oligopolio global de la comunicación y de las relaciones de producción de sentido.

Hay signos que parecen describir el mundo cuando, en realidad, ya lo han organizado antes de que podamos mirarlo. Ésa es la paradoja inicial de toda comunicación: creemos entrar en contacto con la realidad por medio de palabras, imágenes y cifras, cuando muchas veces entramos en una realidad previamente recortada por ellas. El mapa precede al viaje y puede hacernos confundir el territorio con su leyenda. Allí comienza la ética: en la evidencia de que cada signo hegemónico puede ser una forma de dominación y de que cada poder necesita una conciencia capaz de imponerlo. Comunicar no consiste apenas en transmitir información; significa disputar la forma en que algo puede aparecer para el consenso como verdadero, visible, urgente o inevitable. La pregunta decisiva deja de ser quién posee la voz y pasa a ser quién determina aquello que merece ser escuchado.

Aquí aparece la guerra cognitiva, operación antigua con herramientas nuevas: gobernar la percepción hasta conseguir que los subordinados colaboren con la arquitectura mental de su propia subordinación. Ya no hace falta imponer una mentira única; basta multiplicar versiones incompatibles, erosionar la confianza, convertir toda evidencia en sospecha y toda conversación en combate. El objetivo más eficaz no es convencer de una idea, sino debilitar la capacidad de distinguir, comparar, recordar y deliberar. La mente fatigada termina aceptando como libertad la imposibilidad de saber. El poder alcanza así una forma paradójica: quien cree defenderse de la propaganda puede quedar atrapado en una atmósfera donde nada parece digno de crédito, y en ese vacío la fuerza vuelve a presentarse como realidad. Eso es inadmisible.

Por eso, la ética comunicacional comienza donde termina la obediencia automática al flujo. Exige memoria, contraste, responsabilidad y respeto por la dignidad de quienes aparecen representados. Toda imagen contiene una relación de fuerzas. Una mujer convertida en mercancía visual, una trabajadora reducida a cifra de productividad, una comunidad indígena presentada como paisaje exótico, un migrante convertido en amenaza o un territorio descrito como reserva de recursos no son simples errores de encuadre: son operaciones semióticas que distribuyen humanidad de manera desigual. La perspectiva de género revela una antigua ingeniería de la mirada: durante siglos, el cuerpo femenino fue narrado como objeto, mientras autoridad, razón y voz pública se asociaban con lo masculino. Desarmar esa gramática significa dejar de considerar natural una jerarquía producida históricamente.

Por ejemplo, con una perspectiva ecológica se introduce una inversión todavía más profunda. La civilización moderna aprendió a representar la naturaleza como exterioridad, depósito disponible para la producción. La montaña aparece como mineral, el bosque como madera, el río como energía, el aire como recipiente de residuos. Miremos al revés: no vivimos sobre la naturaleza; vivimos dentro de una red viviente que sostiene cada acto económico, político y cultural. El recurso natural es, desde otro ángulo, una relación de dependencia que hemos aprendido a ocultar. El paisaje que parecía estar fuera de nosotros resulta estar dentro de nuestro metabolismo social. Destruirlo no es dañar un decorado exterior: es deteriorar las condiciones materiales de nuestra libertad. La crisis ecológica revela una contradicción escondida por el lenguaje económico: aquello que aparece como gratuito suele ser aquello que alguien, algún territorio o alguna generación está pagando.

Esta inversión permite comprender de otro modo la relación entre comunicación y estructura social. Las mercancías circulan también como signos. Un teléfono contiene minerales, trabajo, energía, deseo, prestigio y promesa de pertenencia. Una plataforma que parece gratuita puede obtener riqueza de nuestra atención, nuestros datos y nuestra conducta predecible. El consumidor aparece como soberano justo cuando sus elecciones son anticipadas por sistemas que conocen sus hábitos. La libertad queda invertida: aquello que parece elección individual puede ser resultado de una arquitectura colectiva de incentivos. La conciencia crítica comienza cuando dejamos de preguntar solamente “¿qué quiero?” y preguntamos “¿quién ha contribuido a producir la forma de mi querer?”.

Entonces una ética nuestra contra la guerra cognitiva es una revolución de la conciencia en pie de lucha que consiste en revertir las categorías que parecían evidentes. Entonces comprendemos que la comunicación no fracasa solamente cuando recibimos demasiadas mentiras; fracasa antes, cuando dejamos de preguntar quién construyó las condiciones de nuestra percepción. Transparentar el financiamiento del discurso hegemónico. La conciencia emancipada no es la que posee todas las respuestas, sino la que recupera el derecho a formular preguntas que el poder preferiría mantener invisibles. Allí comienza una comunicación verdaderamente humana: cuando el signo deja de cerrar el mundo y vuelve a abrirlo.

El Informe recomienda promover “la diversidad cultural y lingüística en los medios”, al anticipar debates actuales sobre representación, género y reconocimiento de pueblos históricamente marginados. La comunicación democrática debía expresar la pluralidad de experiencias humanas y no reproducir únicamente los códigos culturales de los grupos dominantes. Desde esta perspectiva, la igualdad comunicacional incluye también la lucha contra las representaciones que convierten a las mujeres, a las comunidades indígenas y a los sectores populares en objetos pasivos de narraciones construidas desde afuera.

Finalmente, MacBride y la Comisión insistieron en que “la comunicación debe contribuir al entendimiento entre los pueblos y a la cooperación internacional”, lo que sitúa la ética comunicativa en relación con la paz, la justicia y el desarrollo humano. Estas recomendaciones muestran que el Informe no propuso una moral para corregir excesos individuales, sino una transformación profunda de las relaciones comunicacionales. Su intuición decisiva permanece: una sociedad que no controla democráticamente sus procesos de producción de sentido termina viendo el mundo con los ojos de quienes controlan esos procesos. “Los monopolios y las concentraciones excesivas de los medios pueden constituir una amenaza para la democracia”.

Fernando Buen Abad Domínguez*

*Doctor en filosofía

Referencias

MacBride, S.; International Commission for the Study of Communication Problems; UNESCO. (1980). Many Voices, One World: Towards a New More Just and More Efficient World Information and Communication Order. UNESCO.

 

 

 

 

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