En México, el 72 por ciento del trabajo de cuidados no remunerados –cocinar, limpiar, lavar, cuidar infancias, acompañar a personas enfermas o adultas mayores, etcétera– recae en las mujeres. Especialistas consultados por Contralínea advierten que esta desigualdad frente a los hombres perpetúa la brecha de género y limita la autonomía femenina. Mientras los cuidados sigan recayendo en las mujeres, será difícil alcanzar justicia social y económica
La historia de Antonia comienza en el campo. Desde los primeros resquicios de su memoria aparecen las imágenes de sus hermanos, sus hermanas y su mamá quienes le decían cómo debía limpiar, cocinar, lavar, planchar y atender a los hombres. Para ella, la vida únicamente tenía sentido si servía al otro. Y con esa idea su vida se le fue. Nunca se casó porque primero cuidó a sus hermanos; después, a las esposas de ellos y, más tarde, a los hijos de cada uno. Décadas pasaron, bajo el cuidado de vidas ajenas; mientras la suya quedaba en suspenso.
“Recuerdo un día en que llegó la madre y me dijo: ‘Ándale, empaca tus cosas, tienes que ir a Villahermosa a hacerles la comida a tus hermanos’. Yo no quería ir, estaba bien chiquilla, pero la madre me obligó. Recuerdo que hasta lloró para chantajearme y que me fuera con ellos”.
Ahora, Antonia cuida a una de sus hermanas debido al cáncer que la consume. A pesar de sus casi 70 años, el tiempo que le queda se le va en lavar, cocinar, limpiar y sostener una casa; mientras el cuerpo de su hermana se resquebraja en cada célula. Nadie le paga por todo el trabajo que hace. Lo único que recibe es el eterno agradecimiento de su hermana. Pero, los días pasan y cada hora de cuidado se acumula sobre su cuerpo, dejándole ojeras, cansancio y un cúmulo de preocupaciones.
Durante generaciones, a las mujeres se les ha inculcado la nociva idea de que cuidar es una expresión de amor, una obligación familiar o una responsabilidad que les corresponde por el simple hecho de ser mujeres. Bajo esta idea, cocinar para la familia, limpiar la casa, cuidar a una persona enferma o acompañar a un adulto mayor pocas veces se reconoce como “trabajo”, aunque requiere tiempo, esfuerzo y también un desgaste. “Se hace por amor”, se dice. Y así, millones de horas de trabajo terminan sin una remuneración, sin un reconocimiento y sin un descanso.
En México, ese trabajo doméstico y de cuidados no remunerado representó en 2024 el 23.9 por ciento del producto interno bruto (PIB). De ese monto, las mujeres contribuyeron con el 72.6 por ciento y los hombres con el 27.4 por ciento. En conjunto, las labores domésticas y de cuidados realizadas por las mujeres aportaron 2.7 veces más valor económico que las desempeñadas por los hombres, según los resultados de la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares de México, del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).
La dimensión del fenómeno revela que todo aquello que durante generaciones fue reducido al “quehacer” o entendido como una “expresión natural del amor”, constituye, en realidad, una enorme cantidad de trabajo que ha permitido que el resto de la economía siga su funcionamiento. Porque sí, cocinar, limpiar, lavar, cuidar a infancias, atender a personas enfermas o acompañar a adultas mayores requiere tiempo y esfuerzo, aunque no exista un salario de por medio, advierten especialistas a este semanario.
Entender el trabajo doméstico no remunerado y el de cuidados es reconocer que son trabajos feminizados; es decir, son labores que históricamente han sido asignadas a las mujeres a partir de una división social y también de género que las vincula con el cuidado de la familia y el sostenimiento del hogar. Datos de 2024 revelan que la población que realizó trabajo no remunerado de los hogares estuvo compuesta mayoritariamente por mujeres, con 53.9 por ciento del total, frente al 46.1 por ciento de hombres. Sin embargo, la brecha se hace más profunda cuando se observa el tiempo destinado a estas actividades y su valor económico, pues las mujeres aportaron casi tres cuartas partes del total.

“Las mujeres son las que principalmente llevan a cabo el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado dentro de las casas, y esto responde a un mandato social y un mandato de género que en la teoría feminista le llaman división sexual del trabajo”, explica Mariana Belló, coordinadora de justicia de género y cuidados de Oxfam México, en entrevista para Contralínea.
Esta división, añade la especialista, constituye una de las piedras angulares de las desigualdades de género. Por un lado, ha instalado la idea de que el trabajo doméstico y de cuidados no es propiamente un trabajo, sino un acto de amor que las mujeres realizan por sus familias. Por otro lado, lo ha relegado al ámbito de lo privado; es decir, ocurre dentro de las casas, lejos de los espacios donde el trabajo se reconoce, remunera y distribuye.
La consecuencia de estas desigualdades es una contradicción que atraviesa la vida cotidiana. Aunque el trabajo de cuidados resulta indispensable para que las personas estudien, trabajen y desarrollen sus actividades diarias, con frecuencia no se reconoce como trabajo. Por ello, las personas, en su mayoría mujeres, que lo realizan no son reconocidas como trabajadoras. Frente a esta realidad, el documento Reconocer, Redistribuir y Reducir el trabajo de Cuidados, elaborado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), advierte que romper esa lógica exige reconocer, redistribuir y reducir las responsabilidades de cuidado.
“Tradicionalmente, el trabajo de cuidados ha sido realizado en la esfera de lo privado y mayoritariamente por las mujeres. En las últimas décadas, en un contexto marcado por cambios económicos, culturales y demográficos, que incluyen la incorporación de las mujeres al trabajo remunerado, cambios en las estructuras familiares, el crecimiento de los flujos migratorios y un aumento progresivo de las tasas de dependencia, especialmente de la población adulta mayor, los tradicionales arreglos de cuidado se hacen insostenibles”, advierte el documento de la ONU.
Sostener el trabajo de cuidados confinó a las mujeres al ámbito privado
Relegar a las mujeres a la esfera privada tuvo consecuencias que fueron mucho más allá de las paredes del hogar. Durante generaciones, la división sexual del trabajo colocó a las mujeres en la casa, en el espacio de la domesticidad, mientras los hombres ocupaban los lugares donde se tomaban las decisiones, se ejercía la ciudadanía y se construía la vida pública, señalan especialistas como la doctora Amneris Chaparro, directora general del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIEG-UNAM), en entrevista para este semanario.
“Cuando hablamos de espacios hablamos de tres tipos de espacio: el espacio público, que es el espacio de la calle, de la ciudadanía, de los asuntos políticos; y después tenemos el espacio de la casa, el espacio de la domesticidad, donde se configura esta idea de la mujer doméstica, particularmente a partir del siglo XIX […] ¿Y cómo es que los espacios se relacionan con las personas? A partir de esa idea que es fundamental y, también, muy equivocada de que las mujeres por naturaleza tenemos ciertas habilidades que nos colocan en el espacio de la casa y no en el espacio público, el espacio de la casa que es el espacio, como decía hace un momento, de los cuidados, de la domesticidad, del trabajo doméstico”, explica la investigadora.
Para Chaparro, dicha separación hizo que las mujeres permanecieran por mucho tiempo fuera de la esfera pública, mientras dentro de las casas sostenían tareas de cuidados. Las cifras constatan estos planteamientos. En México, casi una de cada cuatro mujeres, o sea un 23.5 por ciento del total, participa en trabajo voluntario y comunitario de cuidado; y dedica en promedio ocho horas a la semana a apoyar a familiares, amistades e, incluso, vecinos. “Redes comunitarias que sostienen la vida cotidiana”, señala el informe Oligarquía y Democracia de la Oxfam México.
Pero incluso las redes que sostienen la vida también necesitan de alguien que las sostenga. Detrás de cada mujer que cuida hay también un cuerpo que se cansa, un tiempo que se consume y una vida propia que necesita atención. ¿En México, quién cuida a quienes cuidan? Esa pregunta abre una dimensión menos visible del problema, sobre el cuidado que supone el derecho a cuidarse a una misma y a recibir cuidados cuando se necesitan.

La feminista Arisbeth Martínez Velasco, subdirectora de redes por la igualdad de la Secretaría de Mujeres de la Ciudad de México, explica a este seminario que la anterior concepción permite entender el cuidado como un derecho que tiene, al menos, tres dimensiones: el de cuidar a otras personas, ejercer el autocuidado y garantizar los derechos de quienes realizan labores de cuidado.
Porque cuidar también puede significar postergar la vida. Porque el tiempo se fragmenta entre una necesidad y otra, entre preparar la comida, atender a las y los hijos, lavar la ropa, resolver lo urgente y, cuando queda algún momento, intentar recuperar aquello que se dejó pendiente de una misma. Ese sentimiento, el de vivir partida entre lo que se desea hacer y aquello que los otros demandan, ha aquejado a las mujeres a lo largo de la historia. Incluso, la escritora Sylvia Plath puso palabras a esa sensación:
“Tengo que escribir, es una necesidad visceral. Pero los niños lloran, hay leche derramada y ropa que lavar. Siento que me divido en mil pedazos y que ningún pedazo me pertenece a mí”.
En México, 63 por ciento de las mujeres sufren pobreza de tiempo
La incorporación de las mujeres al trabajo remunerado transformó sus vidas, sin embargo, no modificó en la misma proporción aquello que ocurría dentro de los hogares. Mientras ellas entraron de manera creciente en el mercado laboral, sus pares hombres no ingresaron al trabajo doméstico y de cuidados con esa misma velocidad. La vieja división de tareas, entonces, no desapareció, sino que hasta se duplicó.
“Esta situación sumó a lo que le llamamos la doble y la triple jornada de trabajo para las mujeres, lo cual tiene consecuencias en lo que también denominamos como la autonomía de tiempo y su contraparte la pobreza de tiempo. Entonces, si estamos trabajando dentro y fuera de las casas en dobles y triples jornadas, estamos exhaustas, estamos con afectaciones a la salud física y también a la salud mental, pero además carentes totalmente de tiempo para tomar decisiones en la vida pública, participar en espacios públicos, en muchos casos tener empleos mejor remunerados, continuar los estudios, pero también se carece de tiempo o de una autonomía de tiempo para descansar o para la vida recreativa”, explica Mariana Belló en entrevista con Contralínea.
En América Latina y el Caribe, la participación económica de las mujeres pasó del 40 por ciento en 1990 al 54 por ciento en 2013, una incorporación que redujo la brecha de participación entre hombres y mujeres de 42 a 26 puntos porcentuales, de acuerdo con ONU Mujeres. No obstante, ese ingreso al mundo laboral no estuvo acompañado por una redistribución equivalente de las tareas domésticas y de cuidado.
El resultado es una forma de pobreza que no siempre aparece en los bolsillos, sino en el reloj. Las mujeres tienen menos tiempo disponible para descansar, estudiar, trabajar, participar en la vida pública o simplemente hacer algo para sí mismas. A esta condición se le conoce como pobreza de tiempo. Y, aunque el concepto y su medición todavía están en desarrollo, algunas aproximaciones permiten dimensionar el problema. En México, el 63 por ciento de las mujeres son pobres de tiempo, frente a apenas el 7 por ciento de los hombres.
Pero el problema no queda ahí. La desigual distribución del cuidado también está vinculada con otras formas de desigualdad. De acuerdo con la ONU, la carga desproporcionada de trabajo no remunerado limita las oportunidades de las mujeres y mantiene un vínculo estructural entre pobreza, precariedad, exclusión y cuidados; esto en gran medida porque en los hogares con menos recursos, las posibilidades de contratar servicios para atender a una persona mayor, cuidar a una infancia, acompañar una enfermedad o recibir atención psicológica son también más reducidas. El cuidado, entonces, deja de ser una elección y se convierte en una obligación que se resuelve dentro de la propia familia.
“Por supuesto que el género tiene mucho que ver en toda esta discusión, pero también hay otra condición que va a jugar un papel muy muy muy clave en esta discusión que tiene que ver con la clase social”, explica Arisbeth Martínez. Para la activista, quien tiene mayores recursos puede recurrir a una guardería, contratar a una persona cuidadora o pagar atención especializada; y quien no los tiene, muchas veces debe asumir personalmente esas tareas.
La desigualdad económica termina así profundizando la desigualdad de género. A menor capacidad económica, mayor es la exposición de las mujeres a una carga de cuidados que puede obligarlas a abandonar un empleo, interrumpir una carrera profesional, renunciar a estudiar o dejar de cotizar para una pensión.
“Y hablar de desigualdades implica directamente hablar de derechos que no pueden ser ejercidos desde la autonomía económica, en el sentido de no poder tener los recursos necesarios o no poder acceder a un buen empleo, o no poder, a lo mejor a largo plazo, ahorrar o generar una pensión o todas estas cuestiones que necesitamos hasta en un nivel físico”, sostiene la subdirectora de redes por la igualdad de la Secretaría de Mujeres.
Sin embargo, la desigualdad tampoco termina en los ingresos. El problema se extiende al lugar donde se nace, se vive y se cuida. Para la especialista Mariana Belló, una mujer no enfrenta las mismas condiciones para cuidar si vive en una zona urbana con acceso a agua, alimentos, servicios de salud y educación que si habita en una comunidad rural alejada de los centros urbanos. La diferencia se vuelve todavía más profunda cuando se cruzan el territorio, la pertenencia étnica y la pobreza.

“No cuida en iguales condiciones una mujer que vive en una zona urbana, que además tiene acceso a servicios y pertenece a los deciles de ingresos más altos, que una mujer indígena o afromexicana que vive en una comunidad rural completamente alejada de cualquier sitio urbano y que, además, pertenece a los deciles de ingresos más bajos”, explica Belló.
De acuerdo con Oxfam México, una mujer perteneciente al 10 por ciento más pobre de la población dedica 2.7 veces más tiempo al trabajo no remunerado que un hombre del 1 por ciento más rico. Y frente a una mujer del 1 por ciento más rico, la diferencia se reduce a 1.4 veces. El dato revela que el tiempo, así como el dinero, también está atravesado por la misma desigualdad.
“De hecho, aunque todas las personas tenemos las mismas 24 horas, la libertad sobre nuestro proyecto de vida es cada vez más un privilegio. […] En un país donde cuatro de cada cinco viajes se realizan en un transporte público insuficiente, el tiempo que queda para los traslados, el ocio y el sueño dan cuenta de las diferencias en esa libertad para decidir sobre nuestro tiempo”, dice el informe Oligarquía o democracia de Oxfam México.
En el mismo documento, la red global de organizaciones no gubernamentales vincula esta desigualdad con la concentración de la riqueza. Quienes cuentan con mayores recursos tienen más posibilidades de delegar tareas domésticas, contratar servicios de cuidado y, con ello, recuperar horas para trabajar, descansar o desarrollar proyectos propios. Para quienes viven con menos ingresos, en cambio, el cuidado suele resolverse dentro del hogar y a costa de su propio tiempo.
Así, la riqueza también puede convertirse en una forma de comprar tiempo. Mientras algunas personas pueden pagar para que alguien más cocine, limpie, cuide a sus hijos o acompañe a un familiar enfermo, otras deben asumir esas tareas por sí mismas. La diferencia no está en tener 24 horas al día, sino en cuántas de esas horas realmente pueden ser propias.
“Sí, pensamos que el sistema actual, como funciona, es tremendamente injusto porque está diseñado para la acumulación de la riqueza, del poder, de los recursos en manos de unos cuantos; esos cuantos no son mujeres cuidadoras. Eso sí lo tenemos super claro y las cifras ahí están”, advierte Belló.
La relación entre riqueza y tiempo también aparece en varias conclusiones de Oligarquía y Democracia. En el documento se señala que la concentración de recursos implica, a su vez, concentración de poder para decidir sobre qué, cómo y en qué condiciones se produce, pero también sobre el tiempo de quienes sostienen esa producción. En México, advierte la Oxfam, esto se traduce en dobles y triples jornadas, largos traslados e incertidumbre para planear el futuro. El descanso, el tiempo libre y la posibilidad de construir un proyecto de vida autónomo terminan entonces convertidos en privilegios, no en derechos compartidos.
El cuidado como responsabilidad colectiva
Durante años, el cuidado tuvo una sola dirección: de las mujeres hacia los otros, hacia los demás, lejos de ellas. Muchas aprendieron desde niñas a reconocer el hambre o el cansancio ajeno antes que sentir el propio. Muchas crecieron con la idea de atender antes de pedir. Resolver antes de descansar. Sostener sin ser sostenidas. Y en ese legado, las mujeres aprendieron a desorbitar el mundo para ser. Salirse de sí mismas, penetrar en el aire y hacer de las necesidades ajenas el centro de la propia existencia.
Por todo lo anterior, esta crisis de los cuidados exige algo más que reconocer el trabajo que ocurre dentro de los hogares. Ya la Organización de las Naciones Unidas plantea la necesidad de construir un nuevo modelo de organización social del cuidado, con enfoque de género, que responda a las necesidades presentes y futuras y contribuya a la autonomía y al empoderamiento económico de las mujeres. Para ello, sostiene, la responsabilidad no puede recaer solo en las familias, sino que debe distribuirse entre los hogares, el Estado, el mercado y las organizaciones de la sociedad civil, lo que se conoce como el “diamante de los cuidados”.

La apuesta es socializar el cuidado; es decir, convertir eso que por generaciones permaneció dentro de las casas en un asunto de interés público. Incluso, la ONU plantea que cuando los países destinan una mayor proporción del gasto público a políticas de cuidado, aumenta también la participación laboral de las mujeres. Entonces, cuidar se convierte en una responsabilidad colectiva, vinculada con el bienestar social, la prosperidad económica y el ejercicio de derechos.
Sobre ello, la coordinadora del programa de justicia de género y cuidados de Oxfam México, Mariana Belló, explica a este seminario que dicho modelo también puede entenderse como un “diamante de la corresponsabilidad”. Su punto de partida es incorporar a los hombres dentro de los hogares, pero también exigir responsabilidades al mercado, al Estado y a las comunidades.
“Hay diferentes actores sociales entre los cuales se debería distribuir de manera justa y equitativa el trabajo de cuidados que tradicionalmente o históricamente, en nuestro país, han hecho las niñas, las adolescentes y las mujeres, porque sí desde niñas comienzan a cuidar. Y el diamante de la corresponsabilidad coloca, sí, a los hombres dentro de los hogares, definitivamente, este es un actor que ha estado completamente eximido de su responsabilidad; pero también coloca al mercado que es todo este ámbito que incluye al sector privado, pero también al sector laboral en gran medida”.
El mercado, plantea Belló, es uno de los principales beneficiados del trabajo no remunerado. Y es que día a día, millones de trabajadores pueden producir porque alguien previamente ya los alimentó, cuidó, vistió, acompañó y sostuvo física y emocionalmente. “Esas personas no son robots […] son personas que pueden hacerlo porque vienen de una cadena de cuidados”. Sin embargo, buena parte de esa cadena permanece subsidiada por todo el trabajo no remunerado de las mujeres, mientras las empresas y los sectores económicos reciben solo sus beneficios sin alguna responsabilidad de por medio.
El Estado es otro de los vértices. Para Belló, se debe reconocer el cuidado como un derecho humano, además de entenderlo como una necesidad y como trabajo. Eso implica invertir en infraestructura, servicios y programas públicos, y también incorporar el cuidado de manera transversal en todas las políticas gubernamentales.
En México, esa discusión apenas comienza a abandonar el terreno de las ideas y comienza a materializarse en los primeros bosquejos de la política pública. La apuesta es avanzar hacia la construcción de un Sistema Público Nacional y Progresivo de Cuidados, una red que pueda articular servicios, infraestructura y políticas públicas para que la responsabilidad de cuidar deje de recaer casi exclusivamente en las familias y, dentro de ellas, en las mujeres.
Recientemente, la nueva Secretaría de las Mujeres dio un anuncio sobre una estrategia que busca comenzar a ordenar esta tarea a escala nacional, mediante diagnósticos en las entidades y la construcción de planes de acción que permitan identificar las necesidades de cuidado y las capacidades existentes en cada uno de los territorios.
Todo apunta hacia un país que tendrá que aprender a cuidar de otra manera. El envejecimiento de la población, la disminución de la natalidad, la incorporación de las mujeres al mercado laboral y la persistencia de una distribución desigual del trabajo doméstico hacen cada vez más difícil sostener el cuidado bajo el mismo modelo familiar.
El Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados representa, en ese sentido, un intento por convertir una necesidad que durante generaciones se resolvió como una responsabilidad única o privada como una responsabilidad pública y colectiva. Sin embargo, el desafío apenas comienza, más allá de reconocerse el cuidado como un derecho habrá que definir quién lo proveerá, con qué servicios, bajo qué responsabilidades y, sobre todo, con qué recursos.
Para Arisbeth Martínez Velasco, subdirectora de Redes por la Igualdad de la Secretaría de Mujeres de la Ciudad de México, el país apenas comienza a dimensionar la magnitud del desafío. La construcción de espacios de cuidado es solo una parte de la respuesta. También se requieren licencias de maternidad y paternidad corresponsables, jornadas laborales compatibles con la vida familiar, reducción de la jornada laboral y servicios de cuidado accesibles.

Pero todas esas medidas tienen un punto de partida menos visible: el dinero o financiamiento público. “En un sistema público de cuidados, algo que sí tiene que quedar como parte de esta discusión son instancias infantiles que sean más accesibles, que estén incluso en los espacios de trabajo, ya un poco en algunas instituciones se cuenta con esta parte y la más difícil de todas, una reforma a nivel fiscal”.
La apuesta por una reforma fiscal también la sostiene la coordinadora de justicia de género y cuidados de la Oxfam México, Mariana Belló, quien advierte que los servicios, la infraestructura y los programas que requiere la política de cuidados no pueden sostenerse sin un financiamiento. Para ella, esto obliga a discutir necesariamente una reforma fiscal progresiva, capaz de recaudar más dinero de quienes concentran mayores recursos. Y, a nivel estatal y municipal, esta tarea enfrenta desafíos políticos e institucionales, pues decisiones como eliminar impuestos pueden responder a intereses electorales, mientras que la capacidad efectiva de cobro dependerá de las capacidades de cada gobierno. Por ello, sostiene, se requiere una discusión integral que aborde dichos factores estructurales.
No obstante, hablar de cómo financiar los cuidados también obliga a mirar el lugar donde una política deja de ser una promesa escrita y comienza a tocar la vida. En la Ciudad de México, ese lugar tiene nombre: Utopías. Durante la administración de la jefa de gobierno, Clara Brugada, estos espacios públicos han sido incorporados a la apuesta por construir un Sistema Público de Cuidados.
Bajo un mismo techo, estos espacios reúnen servicios de salud, deporte, cultura y atención para infancias, personas mayores y personas con discapacidad; servicios que, por separado, una familia tendría que buscar y pagar, o resolver por sí misma, en distintos lugares.
La apuesta consiste, en parte, en sacar el cuidado de las cuatro paredes de la casa y convertirlo en infraestructura pública. Es ahí donde una discusión que hasta entonces parecía hecha de leyes, diagnósticos y presupuestos adquiere rostros, cuerpos y espacios concretos. Y aunque aún son un primer acercamiento a la construcción de un Sistema Público de Cuidados, la nueva apuesta pública de Utopías busca convertir el cuidado en una responsabilidad pública, al acercar servicios a los territorios.
En CDMX, Utopías ponen los primeros cimientos de un sistema público de cuidados
“La vida me ha enseñado que el amor no es solo un sentimiento, es también trabajo, es también pan, es también luchar juntos”.
Es lo primero que se lee al entrar a la Utopía ‘Elena Poniatowska Amor’, en el corazón del barrio de San Lucas, en la alcaldía Coyoacán. La frase aparece sobre una mampara, como una especie de declaración de principios para un lugar que intenta convertir una idea todavía en construcción, la del derecho al cuidado, en algo que pueda palparse.
Desde los primeros centímetros de concreto, el espacio parece desprenderse de la lógica habitual de la ciudad. La luz se filtra entre los árboles y se mezcla con la humedad que conserva el suelo. Un árbol que lleva años en este lugar sigue, de pie, como testigo de la transformación. Las escaleras, los senderos y las distintas estructuras conducen hacia espacios que apuestan porque las personas puedan encontrar en un solo lugar servicios que durante años han recaído, sobre todo, en el tiempo y el trabajo no remunerado de las mujeres.
A media mañana, la Utopía comienza a llenarse de cuerpos que llegan desde distintos puntos de la colonia y de otras zonas aledañas y no tanto de Coyoacán. Un adulto mayor entra para pedir informes de las actividades que se realizan; otra llega para una consulta; alguien busca una actividad deportiva; y otra deja a su hijo en el centro de cuidados. Hay infancias que corren, personas mayores que caminan con cierta lentitud y madres de familia que buscan algún producto en la tienda orgánica.

Aquí el tiempo tiene otra medida. Mientras una persona recibe atención médica, otra puede realizar una actividad física. Mientras alguien lleva a una niña al Centro de Atención y Desarrollo Infantil, puede aprovechar para resolver otro pendiente. Una persona mayor puede permanecer en la Casa de Día mientras su familia trabaja. Alguien puede acudir a rehabilitación, recibir atención médica o realizarse una mastografía sin tener que atravesar media ciudad para encontrar cada servicio en un sitio distinto.
Ese es, precisamente, uno de los principios que atraviesan la apuesta de estas Utopías, la de acercar servicios sociales, recreativos, culturales, deportivos y de atención a la población a los territorios donde vive la gente. “Estos espacios sí se desarrollaron para atender esta política pública de cuidados, o sea, sí fueron diseñados en una primera instancia para eso”, explica Patricia Guerrero Sánchez, coordinadora de la Utopía ‘Elena Poniatowska Amor’, en entrevista con Contralínea.
La Utopía ‘Elena Poniatowska Amor’ fue inaugurada hace apenas dos semanas, con una inversión de 242 millones de pesos y la recuperación de casi 20 mil metros cuadrados de espacio público. Según información del gobierno de la Ciudad de México, el complejo beneficiará directamente a más de 130 mil habitantes de la zona. Sin embargo, las cifras apenas alcanzan a contar lo que sucede detrás del impacto en las vidas de las y los vecinos coyoacanenses.
“Los cuidados implican una economía doméstica que no ha sido remunerada, ya que es el primer gran ejercicio en contra de una hegemonía patriarcal; y, por otro lado, el segundo piso de ese gran proyecto es que además este sistema pueda comenzar a dar un espacio para que las personas cuidadoras, que en general son mujeres, puedan también trabajar”, añade Patricia Guerrero.
Es decir, la posibilidad de contar con servicios públicos de cuidado permitiría que las personas cuidadoras puedan incorporarse al mercado laboral, además de desarrollarse profesionalmente, estudiar o simplemente disponer de tiempo. Y, sus efectos, señala Guerrero Sánchez, podrían reducir las brechas de desigualdad al garantizar el acceso a servicios y derechos que históricamente han estado determinados por el nivel de ingresos.
“Pero también pienso que, en algún momento, como diría una filósofa como Sayak Valencia, ‘el futuro es ser ciudadano’; ser ciudadanos que puedan cuidar de otros. Y creo que el ejercicio colectivo del cuidado supera un espacio; se desarrolla en un espacio. Quizás aquí sea más fácil llevarlo hacia el bienestar colectivo, pero esta conexión, resignificación, revalorización y reconocimiento del cuidado se tiene que llevar a otros espacios; tienen que trascender más allá de las Utopías”, añade la activista.

Por eso, cuando se habla de un sistema público de cuidados, no se trata solo de construir edificios o abrir nuevos servicios. Se trata de modificar quién cuida, cuánto tiempo dedica a hacerlo y qué ocurre con las personas que realizan ese trabajo. Incluso, las Utopías aparecen en medio de esa discusión.
Su propuesta no es sustituir el cuidado que ocurre dentro de los hogares, sino generar infraestructura pública que permita que una parte de esas tareas deje de depender exclusivamente de las familias y, particularmente, de las mujeres.
En la Utopía ‘Elena Poniatowska Amor’ esa idea adquiere una forma concreta. Comedor, lavandería, Centro de Atención y Desarrollo Infantil, Centro Comunitario para Personas con Parkinson, Casa de Día para Personas Mayores, consultorios médicos, atención odontológica, mastografía, así como servicios especializados para mujeres, rehabilitación física, hidroterapia y atención para personas con discapacidad conviven dentro de un mismo territorio. La apuesta, dice Guerrero Sánchez, tampoco es estática.
“En todas las Utopías, en general, tenemos 12 ejes. Creo que es un sistema metodológico vivo y que todo el tiempo está cambiando. Incluso, desde la primera Utopía sigue cambiando. Sigue mejorando y sigue encontrando nuevas formas de llevar a cabo los cuidados y la activación comunitaria”.
La activación comunitaria tiene disputas más allá de los espacios. Para Patricia Guerrero estos nuevos espacios también representan una disputa por el sentido de lo público. Ella recuerda que otros proyectos de este tipo ya han enfrentado resistencias en demarcaciones gobernadas por fuerzas políticas distintas a la izquierda, desde cuestionamientos por la construcción de estos complejos públicos hasta intentos de frenar determinados proyectos. “Lo público les espanta, porque significa demostrar que lo público puede ser de calidad”.
Ahora, en la alcaldía de Coyoacán, esa discusión se materializa en casi 20 mil metros cuadrados recuperados. La escena revela entonces algo que los discursos institucionales suelen dejar en segundo plano, cuidar también significa invertir un tiempo. Tiempo para desplazarse. Tiempo para acompañar. Tiempo para trabajar. Tiempo para descansar. Tiempo para estudiar. Tiempo, incluso, para no hacer nada.

“Considero que este tipo de políticas públicas que parecieran tontas son las que hacen el cambio”, comenta Patricia Guerrero, mientras a unos cuantos metros, se escuchan las risas de niñas que juegan en un espacio recreativo. Una mujer cruza hacia otro de los servicios de la Utopía. Y aunque la escena pareciera sencilla, detrás de ella se encuentra una de las apuestas centrales del proyecto: que realizar una tarea de cuidado no implique necesariamente detener todas las demás actividades de la vida cotidiana.
Sin embargo, para la activista Arisbeth Martínez, las Utopías representan un primer ensayo experimental de lo que ahora se intenta construir como un sistema público de cuidados. “Si tú vas, por ejemplo, a las Utopías, te puedes encontrar con lavanderías prácticamente gratuitas o a precios muy bajos, salones de spa, atención psicológica, talleres, comedores públicos. Es, digamos, toda una faceta integral”, explica a Contralínea.
Martínez propone imaginar una escena cotidiana para entender el alcance de estos espacios: una persona lleva a su hija o hijo a una estancia infantil y, mientras alguien más se encarga de su cuidado, deja una carga de ropa en la lavandería. Después puede acudir a un taller, realizar alguna actividad deportiva o incluso ir al spa. Cuando termina, recoge la ropa, pasa por su hija o hijo y puede llevarse también una comida subsidiada.

“¿Qué tanto me pude haber ahorrado con eso? Tiempo, un montón de dinero, también un montón de esfuerzo y hasta un montón de desgaste”, plantea.
Ahí, considera, radica parte de la importancia de impulsar un sistema público de cuidados: en que el Estado pueda intervenir para reducir el tiempo, el dinero y el esfuerzo que las familias y las mujeres destinan cotidianamente a sostener la vida. “Vamos empezando. Como todos los instrumentos jurídicos y normativos, son perfectibles y, a lo largo del tiempo, van a demostrar qué tantas grietas o qué tantas cosas será necesario reforzar”, advierte.
Cuando los gobiernos carecen de recursos suficientes para garantizar servicios públicos esenciales, como la educación y la salud, las consecuencias recaen de manera desproporcionada sobre las mujeres y las niñas. Ante la falta de estos servicios, son ellas quienes terminan absorbiendo esa responsabilidad mediante más horas de trabajo de cuidados no remunerado, concuerdan las activistas y las especialistas.




















