Con toda la saña posible, el imperialismo busca liquidar los modelos revolucionarios que aún sobreviven en el orbe –como Cuba y Venezuela– y, con ello, sentar precedentes contra los gobiernos progresistas. Con la vía libre –pues no hay movimientos revolucionarios anticapitalistas que los enfrenten–, los fascismos del siglo XXI avanzan con las herramientas de las democracias liberal-burguesas; mientras las izquierdas se vieron obligadas a renunciar a sus horizontes utópicos y aceptar las reglas del capitalismo, tras la caída de la Unión Soviética y el Muro de Berlín. En este escenario, es momento de que las izquierdas latinoamericanas vuelvan a pensar sus utopías para contraponerse a la opresión de los pueblos
Hay dos diferencias (entre otras más) fundamentales entre los nuevos fascismos del siglo XXI y los del siglo XX. La primera es que ahora usan los instrumentos de las democracias liberal-burguesas anticapitalistas para ejercer el poder político; la segunda es que hay una ausencia de movimientos revolucionarios que se contrapongan a su avance. Vayamos por partes. Si bien, en la centuria pasada, los dirigentes fascistas llegaron por la vía armada, por golpes de estado y rompiendo por completo con los regímenes liberales, en esta ocasión Donald Trump, Giorgia Meloni, Jair Bolsonaro, Javier Milei, Abelardo de la Espriella y José Antonio Kast utilizan las elecciones, los medios de comunicación y la libertad de expresión como herramientas para difundir sus discursos antiderechos y reunir adeptos que voten por ellos.
Utilizan mentiras, distorsionan los discursos, realizan fraudes electorales, pero siempre intentan revestirlos de una supuesta defensa del interés popular, con el fin último de utilizar los instrumentos del Estado y su modelo democrático liberal-burgués. Desde ahí impulsan políticas oligárquicas y plutocráticas para beneficiar a las clases dominantes de las cuales emanan y también se subordinan al control imperialista de Estados Unidos.
Lo sorprendente de todo eso es que, a pesar de haber vivido las experiencias del siglo XX, hay sectores amplios de las sociedades que apoyan los proyectos neofascistas, hacen eco del racismo y del clasismo de sus líderes, repudian a las personas migrantes, al considerar que es su culpa la falta de empleo y la situación de precariedad. Esas mismas bases sociales se sienten profundamente ofendidas por “el comunismo” y por cualquier idea que ponga en cuestionamiento los pilares ideológicos en los que creen, tales como que el esfuerzo otorga el éxito, que la propiedad es la máxima aspiración y que el consumo es el mejor estilo de vida.

Ahora, la democracia liberal-burguesa se convierte en un simple instrumento para ejercer el poder político y, si es necesario utilizar el voto, pues hay que hacerlo, pero con el objetivo de entronizar a la ideología antiderechos y oligárquica en donde solo ellos tienen el privilegio de hacer uso de la democracia, el resto de la población no.
La segunda diferencia con los fascismos del siglo XX no se ha explorado mucho, por eso es fundamental traer ese tema a colación porque justo los movimientos revolucionarios fueron los que plantaron cara para detener el avance fascista del siglo XX. No hay que olvidar que fue la clase obrera la que detuvo al nazismo en la Unión Soviética y que articuló a los partisanos italianos que finalmente derrocaron a Mussolini. Además, en la década de 1960 y 1970 organizó oleadas intensas de movimientos sociales a lo largo y ancho del mundo para resistir la hegemonización imperialista de Estados Unidos.
En el siglo XX los movimientos revolucionarios creían que el arribo al socialismo estaba a la vuelta de la esquina, que solo hacía falta una gran cantidad de voluntad, organización y movilización obrera para lograr un mundo sin capital, sin clases sociales y con la propiedad colectiva de los medios de producción. Muchos sacrificios se hicieron con la idea de que el socialismo era posible y que no se encontraba lejos. La caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética arruinaron aquella utopía y el bloque capitalista lo aprovechó financiando libros, películas, obras de arte y todo tipo de artilugios ideológicos para instalar una “verdad”: el capitalismo había ganado y todas las utopías alternativas quedaban completamente invalidadas.
Todas las personas se debían resignar y admitir que el socialismo era inviable, por lo que el mundo capitalista era la única posibilidad de existir y de ser. El cinismo se instaló en las sociedades y también la desesperanza. Sin alternativa posible, entonces básicamente había que volverse “tiburón” y depredar en el nuevo entorno destructivo y mercantil. Ello, desde luego fue la premisa ideológica para la difusión del neoliberalismo.
Desde entonces, quedó completamente neutralizado el debate tan intenso que se había desarrollado en el siglo XX alrededor de si la vía de transformación debía ser la reforma o la revolución. La izquierda latinoamericana inició el siglo XXI mayormente desmoralizada y con sabor a derrota. El bloque capitalista se apoderó del mundo y el único mecanismo para resistir fue la reforma; así nacieron los progresismos que se vieron forzados a aceptar las reglas del orden burgués y apostar por atenuar los efectos más dañinos para el grueso de las poblaciones. Se tuvieron que adaptar a las nuevas reglas de empresarialización de los partidos políticos y admitieron la necesidad de congraciarse con los grandes capitales y respetar las inversiones extranjeras como doctrina fundamental. Lo cierto es que no les quedó de otra, la reforma se volvió el único mecanismo para luchar contra el ángulo más nocivo del capitalismo, llamado entonces neoliberalismo.
Aun así, con todo y todo, hubo excepciones cruciales como las de Venezuela y Bolivia y, contra todo pronóstico también se mantuvo Cuba. Luego, en un segundo grupo se consolidó la oleada progresista en Argentina, Brasil, Ecuador, Uruguay y finalmente se sumaron Colombia y México. En el primer grupo, las nociones de ‘revolución’ y ‘anticapitalismo’ estuvieron presentes, e incluso en Venezuela se convocó a la formación de las comunas para el autogobierno. El segundo grupo estuvo conformado por proyectos más tenues que se concentraron en redistribuir la riqueza a través de programas sociales y acrecentar el rol del Estado en la economía.
El problema es que, con el ascenso de los neofascismos del siglo XXI y del segundo gobierno de Donald Trump, la venganza comenzó justamente contra quienes se atrevieron a plantear proyectos revolucionarios anticapitalistas. Por ello, buscan aniquilar con toda la saña posible a Cuba, Bolivia y Venezuela, pues saben que cada minuto que sobreviven es un desafío a su hegemonía y un ejemplo a seguir para las izquierdas del mundo.

Por otro lado, la ofensiva se centró contra los progresismos a través de instrumentos mediáticos fraudulentos. Eso, como muchas de las estrategias y ofensivas del imperialismo, está enfocado en acabar con los nichos de esperanza y dar una señal violenta al mundo para que nadie se atreva a seguir el ejemplo de quienes desafían el orden capitalista.
Si bien, en el siglo XX existieron movimientos revolucionarios que confrontaron y rebasaron a los fascismos, hoy, la utopía de la revolución anticapitalista se encuentra mayormente ausente, ya sea porque la ideología burguesa triunfó en las sociedades o porque la venganza es tan abrupta que, para muchos países y grupos de izquierda resulta mejor aceptar la hegemonía estadunidense con tal de sobrevivir un rato más. De cualquier manera, lo cierto es que no se ha podido generar una respuesta unificada por parte de las izquierdas, que más bien están a la defensiva y sin capacidad regional de detener a los neofascismos.
En ese sentido, quizá valga la pena repensar el nuevo contexto, pues, sea que los proyectos de izquierda se decanten por el progresismo o por la postura revolucionaria anticapitalista, de cualquier manera, el trumpismo persigue a todos por igual e impone a sus alfiles cipayos en los gobiernos latinoamericanos. En ese contexto, urge proponer nuevos horizontes utópicos con imaginación y creatividad para decidir si es posible proponer proyectos que rebasen los modos de organización vigentes, injustos y desiguales en el capitalismo. Rescatar la utopía podría ayudar a movilizar a los sectores populares que ahora caen en el desánimo por las derrotas ante los neofascismos.
Pablo Carlos Rojas Gómez*
*Doctor en Ciencias Políticas y Estudios Latinoamericanos
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