El pasado 9 de octubre, el Comité Noruego anunció que la ganadora del Premio Nobel de la Paz de 2026 es Navanethem “Navi” Pillay, jurista sudafricana con una trayectoria que se distingue por su lucha contra la discriminación y el apartheid. Su distinción trae consigo el reconocimiento de que los jueces pueden transformar sociedades y contribuir a resolver y pacificar conflictos. Así, este año por primera vez, el galardón pone el énfasis en el derecho como vía para la construcción de paz.
Al crecer bajo el régimen del apartheid en Sudáfrica, Pillay conoció desde joven las consecuencias de un sistema jurídico construido para sostener la desigualdad. Así, en 1967 estableció un despacho de abogados en la provincia de Natal desde donde defendió a personas perseguidas por el régimen, entre ellas Nelson Mandela. Años después, en 1995, se convirtió en la primera mujer negra en ocupar un puesto judicial en el Tribunal Superior de Sudáfrica.
Su carrera la llevaría posteriormente al Tribunal Penal Internacional para Ruanda, a la Corte Penal Internacional y a la Corte Internacional de Justicia, donde participa como jueza ad hoc. Desde estas instituciones ha contribuido al desarrollo de la justicia internacional y a la exigencia de responsabilidades por las violaciones más graves a los derechos humanos. Su participación en procesos históricos, como el juicio por genocidio contra Jean-Paul Akayesu, ayudó a consolidar el reconocimiento de la violencia sexual como una forma de genocidio.
Al anunciar el premio, el Comité Noruego describió a los jueces como quienes custodian una delgada línea entre el orden y el caos. Pillay ha dedicado su vida a sostener esa línea. Primero, frente a un régimen que convirtió la discriminación en ley y, después, desde tribunales encargados de juzgar a los responsables de los crímenes más atroces de nuestro tiempo. Su trayectoria demuestra la valentía que exige impartir justicia cuando hacerlo implica cuestionar y enfrentar al poder y sus intereses.
Una sentencia no puede borrar la violencia sufrida, devolver la vida a quienes fueron asesinados ni deshacer las consecuencias de una guerra. Puede, sin embargo, declarar la responsabilidad de quienes ordenaron o participaron en un genocidio, reconocer la violencia sexual como un crimen de lesa humanidad, condenar la discriminación institucionalizada y establecer límites a quienes pretenden ejercer su poder por encima de la ley. Para las víctimas, estas decisiones representan la posibilidad de obtener justicia; para la sociedad, reafirman que incluso los actos más atroces perpetrados por las personas más poderosas tienen consecuencias y que sus responsables no pueden quedar impunes.
El Nobel de la Paz a Navi Pillay reconoce una vida dedicada a defender esos principios y, al mismo tiempo, marca el rumbo que debemos seguir como personas juzgadoras y como sociedad. Si la paz requiere justicia, impartir esta última exige valentía y convicción.
Ana María Ibarra Olguín
* Magistrada de Circuito. Licenciada, maestra y doctora en derecho



















