Se puede observar una tendencia, frecuentemente caracterizada por la sofisticación analítica y presentada bajo el estandarte de la modernidad comunicacional, que en realidad representa una emboscada ideológica: reducir las grandes victorias populares a la habilidad de unos pocos “geniecillos” de la propaganda, como si la historia fuese el escenario privado de los estrategas publicitarios y las mayorías sociales, simplemente una masa inerte, susceptible de manipulación mediante artificios retóricos, operaciones de imagen y maniobras semióticas.
Esta interpretación no solo es insuficiente, sino que representa una falsificación epistemológica de la política, dado que reemplaza la causalidad histórica por la anécdota profesional, la organización colectiva por la perspicacia individual y la materialidad de las contradicciones sociales por el fetichismo de la comunicación.
Su objetivo, ya sea consciente o no, es expropiar simbólicamente a las comunidades el mérito de sus propias conquistas y atribuir a expertos, consultores y fabricantes de consignas aquello que únicamente puede adquirir relevancia histórica cuando se encuentra enraizado en necesidades reales, experiencias compartidas, luchas prolongadas y capacidades colectivas de intervención.
De este modo, la victoria popular se ve sometida a una operación de reducción cualitativa: se busca explicar una transformación social de gran envergadura a través de las presuntas virtudes excepcionales de individuos que, a pesar de su competencia, no pueden modificar a su antojo las condiciones materiales, los antagonismos, las memorias políticas y las aspiraciones que posibilitan una mayoría.
Se confunde, ya sea de manera deliberada o por falta de fundamentos teóricos, la mediación con la causa, el instrumento con la fuerza que lo utiliza, la eficacia táctica con la legitimidad histórica y la elaboración de un mensaje con la constitución de un individuo político.
Naturalmente, la propaganda existe, las estrategias importan, las decisiones de campaña producen efectos y la inteligencia comunicacional puede contribuir a inclinar una contienda; negarlo sería incurrir en otra forma de simplificación. No obstante, admitir la existencia de dichas mediaciones no faculta para transformarlas en una explicación completa ni para otorgarles una soberanía causal que no poseen.
Ningún publicista, por genial que se proclame, puede fabricar desde la nada la experiencia de quienes han conocido la precariedad, la desigualdad, la exclusión o la degradación de sus horizontes vitales. Ningún laboratorio de mensajes reemplaza la sedimentación de la memoria colectiva, las redes de solidaridad, las organizaciones territoriales, las tradiciones de lucha ni la capacidad de una sociedad para reconocerse en un proyecto político.
Allí donde existe una victoria, hay una trama de condiciones históricas, relaciones de fuerza, decisiones conscientes, contradicciones materiales y voluntades organizadas que ningún relato personalista puede agotar. Este último, por el contrario, constituye un tipo de idealismo publicitario: atribuir a la circulación de signos una potencia autónoma, como si las palabras pudieran liberarse de las condiciones sociales que les otorgan eficacia y como si los electores fueran recipientes vacíos que esperan la intervención de un demiurgo comunicativo.
En Brasil, la victoria de Lula no puede comprenderse cabalmente mediante la leyenda de un puñado de estrategas capaces de descifrar y administrar el comportamiento de las masas. Lula no es una criatura inventada por una agencia, ni el pueblo brasileño una audiencia cautiva de una campaña.
Su trayectoria está inscrita en décadas de organización sindical, conflictos distributivos, movilización social, construcción partidaria, políticas públicas, memoria democrática y confrontaciones con los poderes económicos y mediáticos. Su retorno al núcleo del poder manifiesta una correlación de fuerzas históricamente establecida, un conflicto sobre el significado de la democracia y una decisión electoral marcada por expectativas materiales, identidades políticas, temores, esperanzas y balances tangibles de experiencia.
La comunicación pudo intervenir en esa disputa, pero no creó por sí sola el campo histórico en el que adquirió sentido. La diferencia es fundamental: una cosa es estudiar cómo se articula una voluntad popular y otra, radicalmente distinta, imaginar que esta es un producto manufacturado por técnicos de la persuasión.
El primer enfoque reconoce sujetos; el segundo administra objetos. El primero investiga la complejidad de la historia; el segundo la comprime en una fábula de talentos individuales. El primero entiende que un triunfo electoral es una manifestación contingente de relaciones sociales en desarrollo; el segundo requiere héroes de laboratorio, dado que no logra explicar la potencia de las mayorías sin degradarlas a instrumentos de una minoría presuntamente iluminada. Decir que en Brasil ganó un pueblo que mandata a Lula no significa idealizarlo, atribuirle unanimidad ni desconocer la heterogeneidad de sus motivaciones.
Significa reconocer que la soberanía democrática no puede reducirse al repertorio técnico de quienes diseñan campañas, ni la representación política confundirse con una relación de obediencia entre electores manipulados y especialistas omniscientes. El mandato popular es una relación política, no una hipnosis colectiva; una delegación de poder, no una abdicación de conciencia. Lula recibe una responsabilidad histórica que procede de una sociedad plural, atravesada por conflictos y desigualdades, y cuya voluntad electoral no clausura las contradicciones ni garantiza por anticipado la realización de sus aspiraciones.

Precisamente por eso, el pueblo no debe desaparecer del análisis una vez contabilizados los votos, como si su única función consistiera en producir el resultado que después otros explicarán y administrarán. La democracia no se agota en el instante electoral: exige organización, participación, deliberación, vigilancia y capacidad de exigir cuentas a quienes reciben el mandato.
El culto a los “geniecillos” propagandistas opera, en cambio, como una tecnología de despolitización: desplaza la atención desde las estructuras de poder hacia los talentos individuales, desde los conflictos sociales hacia las técnicas de persuasión y desde la agencia colectiva hacia el prestigio de quienes presumen dominarla. Es una mistificación particularmente funcional a las élites, porque transforma las conquistas de las mayorías en demostraciones de pericia profesional y presenta la historia como un servicio especializado que los pueblos únicamente consumen.
En respuesta a dicha falsedad, es necesario recuperar la proporción causal y la dignidad conceptual de los procesos colectivos: las victorias sociales son cuantitativas por la magnitud de las fuerzas que movilizan, pero también cualitativas por las transformaciones de conciencia, organización y expectativa que pueden condensar.
No las produce una suma de genialidades aisladas, aunque tampoco prescinden de la inteligencia estratégica; emergen de la interacción desigual entre sujetos, instituciones, condiciones materiales, liderazgos y proyectos. La excelencia del análisis consiste, justamente, en no confundir una pieza del mecanismo con la totalidad del movimiento.
Cuando un pueblo conquista una victoria, los especialistas pueden explicar aspectos de su eficacia, pero no apropiarse de su autoría histórica. En Brasil ganó una mayoría electoral que decidió conferirle a Lula un mandato, no una agencia publicitaria que habría conseguido programar a millones de personas.
Conservar dicha distinción no constituye un acto retórico: representa la protección de la inteligencia política de las mayorías frente a aquellos que, incapacitados para reconocer su autonomía, necesitan convertirlas en el ornamento multitudinario de la presunta genialidad de unos pocos.
Fernando Buen Abad Domínguez*
*Doctor en filosofía



















