La multipolaridad silenciosa de India

La multipolaridad silenciosa de India

La dupla anglosajona ha admitido, de facto, la caducidad de su modelo unipolar neoliberal al haber apadrinado la génesis del incipiente nuevo orden veinteavopolar (las estériles, hasta ahora, tres cumbres del G20 de Washington, Londres y Pittsburg) mediante el cual acepta conspicuamente la declinación del G7 (las siete potencias tecno-desarrolladas) y del G8 (cuando se cuenta a Rusia) y el ascenso del BRIC (Brasil, Rusia, India y China).

Háganse las piruetas grupales que fueren, desde el G20 hasta el BRIC, no hay manera de ocultar el ascenso vigorosamente sostenido de India como una de las principales potencias emergentes del siglo XXI.

No todos los grandes actores globales juegan igual. Un caso notable lo representa India, que en forma silenciosa ha ascendido a los primeros sitiales mundiales.

No se puede pasar por alto el peso que ejerce China en la parte oriental asiática y, en menor grado, en el subcontinente indio, razón probable por la cual se conozca más la odisea china que la india.

Uno de los graves errores teóricos del neoliberalismo global fue haber sepultado a la geografía, pretendidamente sustituida por la conectividad cibernética. Ahora que el neoliberalismo global se autodestruyó por su adicción especulativa, la geografía sigue más vigente que nunca como destino ineludible.

Paradojas de la vida: en gran medida, la dupla anglosajona le debió su ascenso y auge a su geografía (el archipiélago británico y la bi-oceanidad estadunidense), la cual la convirtió en la dominadora conjunta de los mares desde el siglo XVI, hasta el corte de caja de hoy.

Uno de los múltiples factores que cuentan notablemente en el prodigioso ascenso de India radica en su inigualable posicionamiento geográfico en el subcontinente indio y su ascendente presencia en el Océano Índico, que abraza a sus dos lados tanto al estrecho de Ormuz (en el Golfo Pérsico) como al estrecho de Málaca (en el sureste asiático): dos de los principales pasos del tránsito de hidrocarburos de los que tanto dependen China, Japón y Corea de Sur, ya no se diga la misma India.

El Océano Índico exhibe dos características de alcances geopolíticos: 1) su explotación pesquera (principalmente de atún y camarón) por las flotas de Rusia, Japón, Corea de Sur y Taiwán; y 2) la producción del 40 por ciento de la producción de petróleo off-shore del mundo (existen grandes reservas en las costas de Arabia Saudita, Irán, India y la parte occidental de Australia).

Los atributos del Océano Índico exigen de India el obligado armamentismo de su marina, su dotación satelital-misilística y su proyectada odisea a la luna.

India posee la tercera fuerza militar más grande del mundo y mantiene relaciones estrechas de cooperación militar con Rusia, Francia y hasta Israel, sus principales abastecedores de armas.

Son archisabidos los logros de India. En geoeconomía se ubica en el quinto lugar mundial con un Producto Interno Bruto (PIB) de 3.3 millones de millones (trillones en anglosajón) de dólares, según datos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) de 2008.

La economía india está muy diversificada, donde descuellan sus legendarios “servicios”, la principal fuente de su crecimiento (más de la mitad de su PIB y que capta la tercera parte de su extensa fuerza laboral: la segunda del planeta) gracias a su dominio del software como del idioma inglés (de las pocas cosas favorables que legó el implacable cuan depredador colonialismo británico).

En los pasados recientes 10 años, India ha crecido sostenidamente a un ritmo asombroso de 7 por ciento anual, lo cual redujo su lastimosa miseria en un nada despreciable 10 por ciento (en una población de más de 1 mil 166 millones de habitantes). El manual de la CIA vaticina que “en el largo plazo (sic) la inmensa y creciente población será su principal problema social, económico y ambiental”.

Por lo pronto, en “el corto plazo”, su principal vulnerabilidad proviene de su inmensa importación de petróleo por 2.5 millones de barriles al día (casi toda la producción de México) y de 10 mil 790 millones de metros cúbicos de gas que le abastecen Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos (donde existe una importante población india) e Irán (¡ojo!, para los adictos al unilateralismo anglosajón).

China es su principal importador y su tercer lugar exportador, lo cual denota tanto la creciente complementariedad geoeconómica que se ha forjado entre los dos gigantes euroasiáticos como el mito, azuzado por los multimedia anglosajones, de su guerra inevitable.

En geofinanzas –y en momentos de la sequía crediticia global– se encuentra también en el quinto sitial global y ostenta unas suculentas reservas de 283 mil 643 millones de dólares a finales de 2009.

De la realidad de sus relaciones geoeconómicas y militares se desprende el ontológico horizonte multipolar de India cuyo sueño es volverse un país pivote de la diplomacia mundial como se nota en sus relaciones con el sur en vías de desarrollo (en su colisión con los grandes del planeta en Cancún, en la cumbre de la Organización Mundial de Comercio, y en Copenhague, durante el delicado tema del cambio climático), como en su colaboración nuclear y satelital con Estados Unidos, Rusia, Francia y hasta con Israel.

La tranquila diplomacia india ha empezado a mostrar su juego geopolítico multivectorial desde su pertenencia al BRIC hasta al poco publicitado Foro de Diálogo IBSA, donde concurre con Brasil y Sudáfrica para conformar un triángulo tricontinental de cooperación “Sur-Sur” creado en 2003. No hay que equivocarse: India juega plenamente la multipolaridad y mantiene, relativamente también, relaciones y hasta colaboraciones militares y tecnológicas con la dupla anglosajona (que no pocas veces han incluido al aliado israelí de ésta).

Existen diferentes planos estratificados en la multipolaridad de India, lo cual se manifiesta nítidamente en el ámbito nuclear donde ha procedido con diferentes acuerdos, de alcances distintos, tanto con Estados Unidos como con Rusia.

La dupla anglosajona, específicamente el régimen torturador bushiano (avasallado por las alucinaciones bélicas de los desprestigiados neoconservadores straussianos), soñó atraer a India en una santa alianza desde el Océano Índico hasta el Océano Pacífico con Japón, Australia y Corea del Sur (para citar a los más conspicuos) para contener a China: trampa en la que no cayeron los geoestrategas indios más proclives al multilateralismo y a la pluralidad ideológica y teológica.

Con tal de seducir a Nueva Delhi, Baby Bush llegó hasta avalar las flagrantes transgresiones de India que en forma clandestina desarrolló sus entre 60 y 80 bombas nucleares cuando todavía no firma el Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares.

India percibe, con la nueva administración de Obama, que Estados Unidos ha preferido conformar un G2 (un condominio bipolar de Estados Unidos y China para repartirse al mundo y que tanto anhelan la dupla anglosajona y el sionismo financiero), que sería en detrimento de sus intereses regionales en Cachemira, Pakistán y Afganistán, lo cual ha vuelto a colocar espectacularmente en el centro del nuevo juego geoestratégico en Eurasia la intensa colaboración nuclear entre Rusia e India.

Más allá del pensamiento lineal y de los estereotipos maniqueos, MK Bhadrakumar, exdiplomático indio y ahora colaborador frecuente de Asia Times (9 de diciembre de 2009), expuso recientemente la “diplomacia multivectorial” de su país, después de fustigar “la fe casi implícita en la infalibilidad del poder estadunidense” (nota: una patología más de la teología neoliberal extensiva a países como México), pero India ha despertado a la desgarradora realidad de la decadencia de su anterior socio estratégico y a la “desmilitarización de su asociación en la etapa de Obama”, además de los obstáculos a la “importación de tecnología de uso dual nuclear proveniente de Estados Unidos”.

Después de haber visitado a Obama en la Casa Blanca, el primer ministro indio Manmohan Singh acudió a Moscú donde acordó “una gran expansión en la cooperación militar y nuclear”. Después de que Nueva Delhi “alimentó en forma poco real elevadas expectativas para obtener tecnología estadunidense”, India “se ha percatado de que Rusia es insustituible en el futuro inmediato” y de la que “continuará dependiendo en tecnología militar avanzada”, asevera el exdiplomático indio Bhadrakumar.

En la época de la híper-complejidad de las relaciones internacionales, que marca y enmarca el incipiente nuevo orden multipolar, sería un grave error de juicio propiciado por la lectura de los periódicos de India (entrenados, cuando no controlados, por los multimedia anglosajones) que alimentan permanentemente el envenenamiento del acercamiento con China, caer en el pensamiento lineal que exagera la competitividad entre Nueva Delhi y Beijing y oculta su colaboración y coincidencia en múltiples temas (por ejemplo, en la fallida cumbre de Copenhague y su creciente complementariedad geoeconómica).

Rusia ha entendido que en materia geoestratégica y neoeconómica, la tripolaridad euroasiática favorece los intereses de sus tres más poderosos actores: China, India y la misma Rusia.

Desde el “triángulo estratégico euroasiático” que propuso Evgeny Primakov –el anterior primer ministro ruso, durante la fase irredentista de Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte en los volcánicos Balcanes–, hasta el BRIC, son notorias las coincidencias de Rusia, India y China, por encima de sus inocultables y naturales divergencias.

Rusia está dispuesta a otorgar a India lo que Estados Unidos le rehúsa entregar en tecnología avanzada, bajo la cooperación creativa en diseño, desarrollo y producción conjunta.

Lo mismo se puede aducir sobre los abordajes multivectoriales de las relaciones internacionales en el plano nuclear, donde Estados Unidos sacó a India, dígase lo que se diga, del ostracismo nuclear al haber legitimado su programa clandestino.

La colaboración nuclear entre Estados Unidos e India no fue lo profundo que deseaba el primer Singh, pero Washington sigue siendo hasta nuevo aviso un socio importante en los planes nucleares indios que buscan la diversificación: de sus proyectados 28 reactores de “agua ligera”,12 serán alimentados por Estados Unidos, 10 por Rusia y seis por Francia, lo cual simboliza en su conjunto la multipolaridad nuclear de India.

Hasta cierto punto ya que no es nada improbable que Rusia alcance hasta 20 plantas nucleares y desplace los reactores proyectados por Estados Unidos, si hacemos caso al entusiasmo de la prensa rusa con posterioridad a la visita del primer Singh a Moscú. No es nada improbable que Rusia se convierta potencialmente en el principal abastecedor de combustible para las plantas nucleares de India, según declaraciones proferidas al rotativo ruso Vedomosti por Sergey Kiriyenko, mandamás de Rosatom, la empresa estatal de energía nuclear rusa. El talón de Aquiles de India es el sector energético. El periódico The Hindu (9 de diciembre de 2009) reporta las inversiones de India en los vastos yacimientos de hidrocarburos en las regiones del lejano oriente y Siberia oriental de Rusia, así como la inesperada asociación estratégica que comporta la cooperación en nanotecnología médica avanzada.

No es nada improbable que entre las propuestas de asociación estratégica, de cooperación nuclear y tecnología avanzada, India haya preferido las más ventajosas propuestas de Rusia a las de Estados Unidos. Tales son las ventajas inocultables del incipiente nuevo orden multipolar y de su corolario: la sapiencia multivectorial que ha sabido ejercitar India, que parece haberse inclinado por su viejo vecino euroasiático, Rusia, que por el decadente por conocer: Estados Unidos, quien además intriga tras bambalinas con China e incendia su patio trasero en Pakistán, Afganistán y Cachemira –ya no se diga con sus principales abastecedores de hidrocarburos en el Golfo Pérsico y que incluyen a Irán.

¿No que no pesa(ba) la geografía?

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