No hay esperanza para la infancia trabajadora de Somalia y Kenia

No hay esperanza para la infancia trabajadora de Somalia y Kenia

La pobreza se ceba en los más vulnerables. Más de la mitad de niñas y niños somalíes y kenianos trabajan jornadas mayores a 12 horas, en situación casi de esclavitud. En países sumidos en la miseria y el desempleo, sólo los infantes encuentran trabajos “estables”… y son de servidumbre

Muhyadin Ahmed Roble/IPS

Nairobi, Kenia/Mogadiscio, Somalia. Halima Mohamed Ali cuenta con 12 años de edad y se despierta todos los días a las 5 de la mañana, pero no para ir a la escuela, sino para hacer de niñera de cinco pequeños. El mayor de ellos es sólo 2 años más joven que ella.

Halima comienza por preparar el desayuno, luego despierta a los niños, los baña y los viste para que vayan a la escuela o la madraza, una institución de enseñanza musulmana.

La guerra y el hambre de Somalia obligaron a Halima, y a miles de niños como ella, a abandonar el sueño de la educación y a convertirse en trabajadores.

La mitad de los niños y niñas de 5 a 14 años de edad del Centro y el Sur de este país trabajan, indican las últimas estadísticas del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef, por su acrónimo en inglés), correspondientes a 2011.

En Puntlandia y Somalilandia, que en los últimos 20 años gozaron de mayor estabilidad que otras partes de este país del llamado “Cuerno de África”, más de 25 por ciento de los niños trabajan.

Las tareas agotadoras para las que son contratados –trabajo manual y doméstico– pagan poco pero exigen mucho.

Halima trabaja de sol a sol, ya que cocina, plancha, lava los pisos, baña a los niños y finalmente los lleva a la cama antes de terminar la jornada. “Es un trabajo muy estresante”, dice la niña que nunca puso un pie en un aula.

Le encantaría abandonar estos deberes y dedicarse a los libros, pero su sueldo mensual de 50 dólares es imprescindible para el sostén de su familia de cinco miembros, en la que sólo ella tiene empleo remunerado.

 “Si pierdo 1 sólo día de trabajo, mi familia se va a la cama con hambre”, dice Halima a Inter Press Service (IPS), rodeada por su madre y sus hermanas menores en uno de sus escasos mediodías de descanso.

Es una tremenda carga para una niña, pero en comparación con las penurias que debió soportar la familia Ali, que Halima trabaje no es el fin del mundo.

La familia es originaria del distrito de Dinsor, en la sureña zona de la Bahía de Somalia, a unos 266 kilómetros de Mogadiscio. En 2011 huyeron de allí por la hambruna, que costó la vida a casi 250 mil personas dedicadas al pastoreo, mientras una feroz sequía consumía el campo y provocaba la muerte de cientos de miles de cabezas de ganado.

Cuando finalmente llegó a Mogadiscio, la familia se refugió en un campamento improvisado llamado Badbaado, que significa “salvación” en somalí, junto con 50 mil desplazados más.

Al principio, recibían raciones de alimentos, refugio y asistencia médica, indica Halima, pero cuando la Organización de las Naciones Unidas declaró el fin de la hambruna en febrero de 2012, la ayuda casi desapareció.

Pocos desplazados consiguieron trabajo, ya que carecen de educación formal y no poseen otras habilidades que la agricultura o la cría de ganado. Entonces recurrieron a la única opción disponible: enviar a trabajar a sus hijos.

Aunque Halima está agotada al final de su jornada laboral de 17 horas, le alegra poder mantener a su familia.

Su historia es similar a la de tantos en este país de 10.2 millones de habitantes, según Mohamed Abdi, director del programa Somali Peace Line, una organización defensora de los derechos de la infancia.

 “Cientos de niñas son traídas a Mogadiscio desde las zonas rurales donde hay pobreza y hambre… Para trabajar en hogares de clase media. Trabajan muchas horas a cambio de comida, alojamiento y sueldos bajos, que envían a sus familias”, explica Abdi a IPS por teléfono.

 “Afortunadas” como Halima reciben su sueldo, dice Abdi, pero son muchas más a las que se les retiene el magro pago durante meses;?[ellas] se encuentran aisladas de sus familias, sufren abusos y el trato de una esclava.

Abdi cree que la persistente violencia de este país, que tiene sus raíces en la guerra civil que estalló en 1991, asegurará un flujo constante de niños y niñas trabajadores, mientras las familias pierden sus empleos y la esperanza.

 “Cuando tratamos de convencer a los padres de que no envíen a sus hijos a trabajar, nos piden fuentes alternativas de ingresos, mismas que no podemos ofrecerles”, admite.

Más de 70 por ciento de la población tiene ingresos bajos, y 73 por ciento de los somalíes viven con menos de 2 dólares al día, según un informe publicado en 2012 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

El desempleo es uno de los más altos del mundo, ya que 54 por ciento de los somalíes de entre 15 y 64 años de edad se encuentran sin trabajo, agrega.

Manos pequeñas, sueldos pequeños

Además de la vulnerabilidad que supone el trabajo informal, como la jornada que no respeta ni las 8 horas, niños como Hassan Abdullahi Daule, de 11 años, también reciben salarios menores que los adultos, aun cuando desempeñen las mismas funciones.

Cuando su padre murió en 2012 en un atentado explosivo en Mogadiscio, Hassan –único varón de la familia– dejó la escuela y comenzó a trabajar en un taller mecánico. Allí labora 12 horas diarias para mantener a su madre y a dos hermanas menores.

Vestido con su “uniforme” –una camiseta del equipo de futbol Arsenal, empapada en aceite y con pantalones cortos haciendo juego–, Hassan dice a IPS que su tío le consiguió el trabajo para que su familia pudiera comer. Aunque le tienta renunciar y volver a la escuela, se siente responsable.

La educación es un recuerdo lejano, así que su única esperanza es hacer carrera como mecánico. Por ahora, sin embargo, le pagan mucho menos que a sus compañeros de trabajo, e incluso a veces lo obligan a hacer tareas de los demás sin recibir ni una sola moneda adicional.

 “Cuando hay muchos autos para arreglar, gano 50 chelines somalíes diarios [unos 2.5 dólares]. En los días malos, sólo recibo el almuerzo y vuelvo a casa sin nada”, dice Hassan, con gotas de sudor corriéndole por la cara.

 “Los adultos ganan unos 150 chelines [75 dólares] por día, y a veces se quedan con mis ingresos por la fuerza. No hay nada que pueda hacer y nadie con quien quejarme, así que sólo puedo esperar a la próxima jornada de trabajo”, agrega.

El director general del Ministerio de Desarrollo Humano y Servicios Públicos, Aweys Haddad, dice que la Constitución somalí prohíbe el trabajo infantil, y agrega que el gobierno ratificó recientemente una convención de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que prohíbe las peores formas de empleo infantil.

Pero hay muchos problemas para cumplir la ley, así que los compromisos asumidos se quedan en el papel. Diversos estudios e informes hablan de niños y niñas de sólo 5 años de edad trabajando en casi todos los sectores, desde la construcción hasta la agricultura.

En el Sur del país, niñas y niños son explotados para la guerra, por ejemplo, como guardias en puestos de control o como terroristas suicidas, y también trabajan en la calle, lavando automóviles, lustrando zapatos y vendiendo qat, una planta que contiene un estimulante similar a la anfetamina.

 “El gobierno cree que una mayor asistencia a la escuela puede ayudar a eliminar el trabajo infantil. Estamos en vías de aplicar programas destinados a llevar a más niños a las aulas”, declara el ministro Haddad a IPS.

 “Pusimos en marcha la iniciativa Vuelta a la Escuela, que tiene como objetivo brindar educación gratuita a 1 millón de niños”, agrega. Sin embargo, estos planes aún no dan frutos. Unicef señaló que sólo 710 mil 860 de un total de 1.7 millones de niños en edad escolar están matriculados en un centro educativo.

Sin la interrupción drástica del círculo vicioso que perpetúa el trabajo infantil, el futuro no ofrece esperanzas.

 

 

Contralínea 388  / 02 de Junio al 07 de Junio

 

 

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