México en el laberinto de la geopolítica y geoeconomía trumpista

México en el laberinto de la geopolítica y geoeconomía trumpista

El gobierno de Estados Unidos echó atrás la imposición de aranceles que llegaron a estar en más de 120 por ciento
FOTO: 123RF

A seis meses de que Donald Trump inició su segundo periodo como presidente de Estados Unidos, vemos que su política exterior ha sido caracterizada por imponer desde abril de este año, de forma unilateral, aranceles a diversos países del mundo y luego negociar de forma bilateral con cada uno de ellos. En función del tamaño y poder de las economías contraparte, el gobierno de Trump decide qué tan altos serán los aranceles, qué condiciones exigirá en materia de seguridad o migración, y qué tipo de restricciones impondrá.

Lo vimos en el caso de China: ante la respuesta china de embargar la venta de tierras raras, insumo fundamental para la producción industrial a gran escala de semiconductores globales, el gobierno de Estados Unidos echó atrás la imposición de aranceles que llegaron a estar en más de 120 por ciento. En el caso de la Unión Europea, es claro que las negociaciones de los aranceles se acompañaron con reclamos trumpistas para subir el gasto militar de los países miembros de la OTAN y, con ello, que sean los países europeos los que financien la compraventa de misiles Patriot, necesarios para la guerra de Ucrania.

Del lado de América, es claro que Estados Unidos busca usar la política de aranceles para chantajear a sus “socios” comerciales. Es el caso de México, a quien ha ido amenazando con incrementar más aranceles en diversos sectores, so pretexto que el gobierno mexicano no ha hecho suficiente en materia de seguridad, combate contra los grupos de narcotraficantes y en contra de los flujos de fentanilo. Los embates imperialistas contra México siguen siendo intensos: intentos de cobro de impuestos de las remesas que envían trabajadores mexicanos que, primero intentaron ser de 5 por ciento y ahora están en 1 por ciento; pretextos como el “gusano barrenador”, para evitar que se exporten productos cárnicos de México a Estados Unidos; así como también aranceles que golpean a las industrias automotrices, de acero y de productos electrónicos. Además de que el fantasma de la intervención estadunidense para atacar a los grupos narcotraficantes considerados ahora como terroristas está latente.

En este contexto, cabe preguntar: ¿qué tipo de “socio estratégico” es México para el gobierno de Estados Unidos? ¿Por qué el gobierno estadunidense se fuerza por llevar a cabo una serie de políticas económicas y comerciales que pueden verse como agresiones a México? La respuesta puede estar relacionada con la reconfiguración del imperialismo norteamericano para hacer frente a su decadencia hegemónica ante la emergencia de un mundo multipolar: Estados Unidos busca una reindustrialización de su propio país siguiendo el nacionalismo económico. Con esto, lo que se busca de fondo es llevar a cabo una relocalización masiva de la industria de automóviles, de acero, de productos electrónicos, entre otros, a Estados Unidos para compensar su pérdida de competitividad frente a China. Y esto implica que México, en la nueva reconfiguración del capitalismo estadunidense, dejaría de cumplir el papel de ser una mera maquiladora de productos de empresas multinacionales. Con ello, lo que se estaría generando es una nueva división internacional del trabajo, donde el gobierno de Trump ya no estaría interesado en aprovechar ni las grandes diferencias en los costos salariales, ni posibles exenciones fiscales, ni tampoco ventajas geográficas que se ofreció desde México, en el periodo neoliberal, a las empresas multinacionales que buscaban ensamblar productos manufacturados que luego se exportarían al mercado de Estados Unidos.

Más bien, en la geopolítica trumptista que se está configurando, México sería un país exportador de materias primas. Particularmente, productos energéticos y minería, todo lo necesario para respaldar el desarrollo de la gran industria estadounidense. Y esto se puede situar en un proyecto geopolítico más amplio: afianzar el control de Estados Unidos de todo el hemisferio norte de América, controlando Groenlandia, Canadá y México para saquear sus materias primas, y aprovechando el control del canal de Panamá para afianzar una nueva versión de la doctrina Monroe. Donde la geopolítica de Trump se vea acompañada de un apoyo muy agresivo de nuevas derechas estilo Milei o Bolsonaro en todo el subcontinente latinoamericano.

El nacionalismo económico de Trump busca la reindustrialización de su país. Es decir, lo que se busca es reconcentrar la industria global dentro de las fronteras de su país usando la política de aranceles como palanca de reindustrialización. El trumpismo busca, de manera ilusoria, recuperar los empleos que se fueron del “cinturón de óxido” compuesto por estados como Michigan, Wisconsin, Ohio, Pensilvania, Carolina del Norte, Illinois, entre otros. Pero esto es ilusorio porque no se toma encuentra los cambios en la composición orgánica del capital industrial y la automatización del trabajo. Incluso si vuelven las industrias que se fueron, estas al tener procesos de trabajo más automatizados no contratarían a la misma proporción de trabajadores que se contrataba hace 40 años. Y en un contexto de deterioro de la competitividad del capitalismo estadounidense frente al socialismo de mercado de China que se acusa de “sobrecapacidad productiva”, no se ve viable la reindustrialización estadounidense.

¿Y México? Es claro que la incompatibilidad ideológica de gobiernos tiene su peso: mientras que Trump representa a la extrema derecha global, con orientación neoliberal en lo interno y proteccionista en lo externo, el gobierno de Claudia Sheinbaum representa a la izquierda nacionalista, que antepone lo popular y la justicia social y favorece el multilateralismo. Sin embargo, la integración económica se vuelve muy tensa, porque Estados Unidos busca dinamitar todo multilateralismo, busca acabar con el núcleo del T-MEC, el libre comercio, de manera tácita imponiendo aranceles, pero aprovechando las cláusulas del T-MEC para mantener sometida a la economía mexicana: aludiendo a la causal de imponer aranceles si la seguridad nacional estadounidense se ve puesta en peligro y prohibiendo a México hacer tratados comerciales con “economías que no son de mercado” como China. Las renegociaciones que vienen con el T-MEC serán muy duras y tenemos que estar, como país, preparados para el peor de los escenarios: la continuidad del T-MEC como mecanismo de control de la economía mexicana y los aranceles como herramienta funcional para el chantaje político.

Es muy importante que en nuestro país, en estos tiempos de transformación nacional, busquemos analizar con cuidado lo que significaría para nuestro pueblo replantear la relación con Estados Unidos en otros términos, incluso sin la mediación del T-MEC. Así como buscar también la diversificación comercial con otros países que se han agrupado en el BRICS ampliado y, sobre todo, pensar y repensar el papel de la política industrial para realmente construir una soberanía económica que hoy es fundamental para la supervivencia de nuestra patria. Y claro, todo ello considerando como factores clave mantener la gobernabilidad, la estabilidad y la viabilidad de todo proyecto económico posneoliberal.

Josafat Hernández*

*Profesor-Investigador de la División de Estudios Multidisciplinarios del Centro de Investigación y Docencia Económicas.

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