El femigenocidio en los territorios de guerra

El femigenocidio en los territorios de guerra

Comenzamos el 2024 con el corazón roto debido al genocidio israelí contra las niñas, los niños, las madres y las familias de Palestina
FOTO: 123RF

En el marco de la conmemoración por el día mundial de la mujer trabajadora, las imágenes de una escuela de niñas destruida en Irán por misiles de manufactura estadunidense forman parte del horror de nuestra época. Y la impunidad de la que gozan los perpetradores –defensores de un imperio en decadencia–, que construyen sus ganancias en el epicentro de la destrucción humana, una razón más para criticar la colonización de instituciones internacionales, que planteamos en nuestra entrega anterior (https://contralinea.com.mx/opinion/de-las-guerras-de-los-reyes-a-las-guerras-de-los-pueblos/).

En esta entrega dedicamos la atención a ONU Mujeres. Institución creada el 2 julio de 2010 por resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas, para que comenzara sus operaciones el 1 de enero de 2011, teniendo como sede principal Nueva York –centro de la cultura occidental–, que suma al reparto inequitativo de los organismos especializados, fondos, programas y otras entidades que tiene la ONU. Recordemos que de un total de 193 países, las 39 sedes principales de este organismo internacional se concentran Occidente, lo que implica que existen 178 países del Sur Global sin sedes principales. Suiza es el país con mayor número de sedes principales con 13 de las ramificaciones de las Naciones Unidas; Estados Unidos ocupa el segundo puesto en la lista con ocho; Italia, Austria y Países Bajos cuentan con tres sedes pricipales cada uno; Alemania y Japón –en su condición de país occidental honorífico– registran dos; y Francia, España, Gran Bretaña, Dinamarca y Canadá uno por país.

Ante este escenario es de destacar que la lista esté conformada por los países que en este momento están exacerbando su ética belicista, con la exigencia a sus pueblos para que se enrolen en sus ejércitos con la intención de que por la vía armada logren lo que no pudieron lograr sus políticos: mantener la hegemonía occidental en el orden económico mundial trazado en los últimos cuatro siglos. Pues a los frentes en Ucrania y Gaza, este año se les han sumado Venezuela, Irán y el Líbano, en lo que se vislumbra como el inicio no de la Tercera Guerra Mundial, sino de la Primera Guerra Global registrada en la historia de la Humanidad.

Ahora bien, resulta imposible analizar esta situación sin tener en claro que los impactos de las guerras no son uniformes entre géneros; pues las mujeres a menudo representan a la población civil más afectada por las consecuencias directas e indirectas que exacerban las desigualdades preexistentes. En el primer caso por las violaciones sistemáticas, pensadas no solo como exhibición del poder masculino, sino también como instrumento de terror para desmoralizar comunidades y destruir tejidos sociales; la tortura sexual, vinculada a acusaciones de pertenencia del “bando enemigo”, a lo que se suma la esclavitud sexual de menores reclutadas por grupos armados; y el acoso sexual cotidiano en espacios públicos y privados. Y como consecuencias indirectas, debemos tener bien presente que las guerras erosionan sistemas de protección social elementales como son la salud y la educación, propiciando con ello situaciones de vulnerabilidad económica prolongada, con cicatrices a largo plazo en la salud física, emocional y mental.

Pero sin duda, una de las expresiones más atroces es la del femigenocidio, entendido como la forma más extendida del feminicidio. Este concepto, desarrollado en Guatemala en la década de 1990, sirvió para documentar a la Comisión para el Esclarecimiento Histórico (CEH) de ese país, la violencia estructural, sistemática y hasta institucionalizada, utilizada como una estrategia deliberada en contextos de guerra y la consecuente exacerbación de la violencia.

Para ejemplificar un poco, de acuerdo con cifras oficiales, en el año 2023 cerca de 676 millones de mujeres en el mundo vivían a menos de 50 km de un conflicto mortal (el nivel más alto desde 1990). A esta alarmante cifra le acompañan las siguientes: entre los años 2022 y 2023 se duplicó la proporción de mujeres asesinadas en conflictos armados, el número de casos de violencia sexual en contra de las mujeres creció en un 87 por ciento y 500 mujeres y niñas mueren diariamente por complicaciones de embarazo y parto en zonas de conflicto.

Y sobre esto poco ha aportado en materia teórico y práctica la ONU, incluso desde ONU Mujeres que, de acuerdo con sus más recientes cifras publicadas, en el bienio 2024-2025, operó con un presupuesto superior a los 1 mil 30 millones de dólares distribuidos en cinco grandes rubros: i) Liderazgo y toma de decisiones de las mujeres, ii) Empoderamiento económico en economías resilientes, iii) Mujeres y niñas libres de violencia, iv) Mujeres, paz y seguridad y acción humanitaria y v) Rendición de cuentas y desempeño. Por lo que resulta legítimo preguntarnos la razón por la que ésta institucion deba operar desde el epicentro del imperialismo actual, pese a que los antecedentes normativos que le dieron origen se localizan en el Sur Global con:  i) La Primera Conferencia Mundial de la Mujer, celebrada en la Ciudad de México en el año 1975, ii) La Conferencia de Nairobi celebrada en el año 1985, en la que se identificó la “calidad engorrosa” de la arquitectura institucional fragmentada de la ONU para las mujeres, iii) La Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en Beiijin en el año 1995, de donde surgió el documento normativo fundamental que sigue guiando el trabajo de ONU Mujeres.

Por esto y más, es momento de que las mujeres trabajadoras del mundo comencemos a crear nuevas instituciones para hacer frente a este sistema necrofílico, para evitar una hecatombe y un eventual colapso de la especie humana en su conjunto.

 

Carolina Hernández Calvario*

*Académica de la UAM Iztapalapa; licenciada y doctora en economía (Facultad de Economía de la UNAM); maestra en estudios latinoamericanos (Facultad de Filosofía y Letras). Su campo de especialización es en economía política.

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