Rechazo a la partería en el sector salud: obstáculo para un parto humanizado

Rechazo a la partería en el sector salud: obstáculo para un parto humanizado

FOTO: 123RF

En México, del total de mujeres de 15 a 49 años (7.8 millones) que tuvieron una hija o hijo entre 2016 y 2021, 31.4 por ciento vivió algún tipo de maltrato durante su atención obstétrica (2.5 millones de mujeres), de acuerdo con datos del Inegi. Así también lo denuncia Xiuhpahtli Yohualmina, partera tradicional, e Hilda Vivanco, partera profesional. Ambas concuerdan que el modelo medicalizado suele ser muy violento con las parturientas, mientras que la partería tradicional busca tratar a la mujer de forma humanizada

Hace un año, en diciembre de 2023, Xiuhpahtli Yohualmina Tleyolotzin, partera tradicional, estaba atendiendo una de las tantas parturientas que han estado bajo su cuidado. Aún lo recuerda bien: la mujer sufrió un pequeño desgarro, ante el cual Xiuhpahtli Yohualmina sugirió usar una crema para, de esta forma, no saturar; sin embargo, la muchacha empezó a tener sangrado, por lo que la partera, sin pensarlo un segundo, la llevó al hospital.

Allí, ninguna de las dos pensó que recibirían un trato tan violento. Por un lado, a la embarazada le metieron una máquina para limpiarle el útero, a pesar de que la placenta y el bebé habían salido bien. Además, la obligaron a ponerse un método anticonceptivo, con la amenaza de que, si no se lo colocaban, no la dejarían salir. “Lo único que quería que revisaran es lo que estaba sucediendo por el chiste del sangrado que tenía; no era ni siquiera una hemorragia. En serio, en el hospital hicieron de todo y la chica se puso mal. Estuvo consciente en todo momento de lo que le hicieron”, menciona la partera tradicional.

Xiuhpahtli Yohualmina explica que, aunque la doctora que era líder del hospital la trató muy bien, los otros médicos y enfermeros fueron muy groseros. “Me denigraron horrible. Una forma de verte de arriba abajo. Hubo una enfermera que dijo: ‘o sea, mugrosa, vela, cómo viene, o sea, cómo atienden los partos así’. Y no iba mugrosa; simplemente yo me visto tradicional. Me quieren con una bata, con una ropa de clínica, pues yo no soy clínica. Yo soy partera tradicional. Yo uso mis enaguas, uso mis huipiles, uso mis protecciones de mi cabeza”.

En consecuencia, ambas mujeres decidieron levantar una queja ante las autoridades correspondientes por la brutalidad del servicio médico recibido. En este sentido, “existen muchas quejas que refieren que, cuando las parteras tienen que llevar a la paciente al hospital, son tratadas de manera agresiva por el personal [médico y de enfermería], como una persona de poca valía y como si fuera la responsable de la complicación. No les brindan información de la situación de la paciente y no las dejan entrar a la consulta, ni cuando es necesario el servicio de traducción”, detalla la Secretaría de Salud en el documento titulado Encuentros de enriquecimiento mutuo entre personal de salud y parteras tradicionales.

En el sector salud, esta práctica –y, en general, la medicina tradicional– es despreciada, pues se considera que la única medicina válida es aquella que es científica, es decir, la alópata. Esto responde a una falta de comprensión de lo que significa la salud para distintas comunidades.

De acuerdo con el informe Encuentros de enriquecimiento mutuo entre personal de salud y parteras tradicionales, los pueblos indígenas entienden la salud y la enfermedad como situaciones de equilibrio o desequilibrio que se manifiestan en estados fríos o calientes. Por ende, todo lo que sucede en el planeta Tierra y el cosmos se puede clasificar como frío y caliente, y su interacción con el ser humano puede favorecer su salud o condicionar desequilibrio y enfermedad, alterar las reglas de armonía entre los seres humanos, la naturaleza, el cosmos y las divinidades, así como ocasionar desequilibrios que lo pueden afectar a él, a su familia o a la comunidad.

Al respecto, Silvana Torres Campoy, doctora en filosofía de la ciencia explica a Contralínea que “en la medicina tradicional, en particular desde la partería, se piensa el cuerpo de una manera mucho más integral: con la mente, con las emociones, con las sensaciones. Se piensa la persona en relación con un cuerpo”.

Por lo tanto, existe una humanización del ser humano, reflexiona la experta. “Eso implica que son médicos que le dan seguimiento a las personas, que no solamente están atendiendo si te duele el brazo, te están preguntando cómo es tu vida, te están preguntando si te hace daño algo; o sea, están humanizando tu dolor; y, en ese sentido, desde la no medicalización, buscan atenderte no solo el dolor, sino también la causa”.

Sobre esto, la doctora en filosofía de la ciencia aclara que este nivel de cercanía es gracias a ciertas condiciones comunitarias, las cuales no son las mismas que existen dentro de un hospital, donde un solo doctor debe atender a más de 10 pacientes al día. “No le puedo dar un seguimiento tan preciso a cada uno”.

Por el contrario, la medicina convencional percibe al cuerpo separado de la persona, lo cual, critica Torres Campoy, ha provocado que se deshumanice al paciente. “Implica que eres un cuerpo más y, al ser un cuerpo más, básicamente, eres un número más. Entonces, si sales viva de aquí, he cumplido mi objetivo; si no, entras al mismo número, pero en la otra bolsa que es: se murió”.

Esto no significa que la medicina convencional sea errónea, sino que ve al cuerpo de una forma diferente y, por consiguiente, tiene métodos diferentes. “Yo creo que la medicina científica es para la intervención. Tiene la tecnología y los métodos para poder intervenir cosas que la medicina tradicional y la partería no podrían intervenir. Si se te rompe el brazo, entonces, yo tengo las placas, tengo la técnica, tengo los recursos para pegártelo y, entonces, en un mes ya estás funcionando con tu bracito”, indica la doctora en filosofía de la ciencia.

Aunque ambas medicinas son válidas, existe una gran discriminación hacia esta práctica. Así lo explica a Contralínea Hilda María Vivanco Robles, partera profesional: “Existe mucha exclusión, sobre todo hacia mis compañeras parteras tradicionales. Todavía en muchos lugares son muy discriminadas y excluidas. Si se da, por ejemplo, una feria de salud materna, ni siquiera las toman en cuenta”.

Este trato peyorativo también se puede observar hacia las parteras profesionales, es decir, aquellas que tienen un grado académico. Muestra de ello es Hilda Vivanco, quien estudió la carrera de enfermería y obstetricia, y actualmente trabaja en el Hospital General de Iztapalapa junto a otras 30.

“Nosotros entramos [a trabajar] un año después de que ya se había empezado el proyecto, pero mis compañeras sí que estuvieron picando piedra con los médicos. La verdad es que sí les costó bastante trabajo. Eran muy groseros, [incluso] las mismas enfermeras. No les gusta ver que una enfermera sea autónoma o que haga otras actividades, o que tenga más responsabilidad. Desgraciadamente, eso es lo malo: que a veces entre las mismas enfermeras nos ponemos el pie. Pero, sí me llegó tocar ver actitudes, como: ‘ay, las parteras. Ya ves, por eso se les complica’. Ese tipo de comentarios”, denuncia Hilda Vivanco.

Partería: práctica ancestral centrada en las decisiones de las mujeres

Algo que distingue a las parteras es el trato que éstas dan a las mujeres durante el embarazo y el parto: “somos más cálidas, más amorosas. La mayoría somos de ponerles atención mucho a nuestras parturientas; de saber qué está sucediendo, y pues no tactamos. Nosotros tenemos otra forma. Al menos yo tengo esa parte de traslado, de mis antepasados hasta ahorita, de no tactarlas, no tocarlas, no estar invadiendo su espacio, sino preguntarles qué es lo que está sucediendo con ellas, y si puedo tocar o no puedo tocar”, expone Xiuhpahtli Yohualmina, partera tradicional.

En México, del total de mujeres de 15 a 49 años (7.8 millones) que tuvieron una hija o hijo entre 2016 y 2021, 31.4 por ciento vivió algún tipo de maltrato durante su atención obstétrica (2.5 millones de mujeres), de acuerdo con datos del Inegi.

En 2019, este órgano autónomo reveló que las situaciones que más sufrieron las embarazadas por parte del personal de salud fueron: gritos o regaños; presión para que aceptaran ponerse un dispositivo o someterse a una operación para no tener hijos; ignoraban preguntas sobre el parto o el bebé; tardaban en atenderlas porque estaban gritando o quejándose; eran obligadas a permanecer en una posición incómoda o molesta; y sufrían ofensas, humillaciones y denigraciones verbales.

Xiuhpahtli Yohualmina, cuya familia es mayormente curandera, critica que los ginecólogos tienden a no respetar las decisiones de la parturienta. Expresa que tampoco tienen tacto, amabilidad ni cordialidad con ellas. Comenta que, cuando ellas tienen un desequilibrio (manifestado en un dolor, angustia o cansancio), los doctores no les hacen caso: se la pasan escribiendo en su libreta sin voltearlas a ver. “Sólo tactan, tocan, manosean. No les preguntan ‘oye, ¿qué necesitas? ¿Qué quieres? ¿Qué está sucediendo contigo? ¿Me permites? Dame permiso’. No. Ellos es: pum, meten mano”.

De igual forma, Hilda Vivanco, partera profesional, declara que, en la unidad de cirugía del Hospital General de Iztapalapa, donde se llevan a cabo los partos, a las mujeres se les obliga estar acostadas con un suero en la vena, sin poder ir al baño, ni comer o beber; además de que no se permite que entre algún familiar para acompañarlas.

Por el contrario, las parteras han desarrollado, a través de la historia, saberes, destrezas y conocimientos especializados en la salud física y mental de las mujeres, niños y niñas, con manejo de herbolaria y masajes; de la misma manera, atienden problemas de la concepción, el puerperio, enfermedades infantiles, enfermedades emocionales de la mujer y enfermedades músculo-esqueléticos, registra la infografía Parteras tradicionales indígenas.

Inclusive, era tal la importancia de esta figura en las comunidades que, anteriormente, al casarse una pareja, se invitaba a la partera a la boda y se hacía el compromiso de que ella los atendería, siendo quien entregaba a la novia a su prometido.

Si ocurría un embarazo, se le volvía a llamar para que tomara en forma directa el cuidado de la embarazada: cuidara su alimentación, y le palpara el vientre, a fin de saber cuáles eran las condiciones del feto. Igualmente, dictaba las medidas más prudentes de orden higiénico y recomendaba la dieta, ejercicios y prácticas destinadas al buen curso del embarazo.

La grávida era protegida y vigilada por este personaje, quien exigía se diera a la embarazada una vida tranquila y sosegada con reposo físico y moral. Esta información está documentada en la Guía para la autorización de las parteras tradicionales como personal de salud no profesional, realizada por la Secretaría de Salud.

Estos conocimientos han sido traspasados de generación en generación. De hecho, esa es una de las cosas que diferencia a las parteras tradicionales de las profesionales: las primeras son formadas por su misma familia. Un ejemplo es Xiuhpahtli Yohualmina, quien viene de siete generaciones de parteras.

Por otra parte, las parteras profesionales buscan implementar estos saberes en su trabajo. Muestra de ello es Hilda Vivanco, quien, gracias a su interacción con parteras tradicionales y a que tomó un curso con ellas, ha integrado la herbolaria en tintura o en tés, el uso del rebozo, los masajes y la libertad de movimiento. Esto último con el objetivo de que ellas decidan la forma en la que quieren parir. “Tenemos un banquito maya para que las mujeres que quieran parir sentadas puedan hacerlo”.

Asimismo, ha puesto en marcha el modelo de la partería, el cual está centrado totalmente en la mujer, en sus necesidades y en sus decisiones. Este se caracteriza, expresa Hilda Vivanco, porque les permiten a las embarazadas, comer, beber, caminar, sentarse o acostarse si así lo desean; alguien puede entrar a acompañarlas durante la labor de parto; y, cuando nace el bebé, si todo está bien con él, éste se pega al vientre de la madre, acción que ayuda a regular el latido del corazón y la respiración.

“Nosotros estamos monitorizando constantemente. A cada hora les estamos tomando los signos vitales, escuchando al bebé. También no hacemos tactos [vaginales] tan recurrentes, porque eso es como el modelo medicalizado. Casi cada hora te están haciendo tactos vaginales y nosotros pues tratamos de digerirlos un poco más”, refiere la partera profesional.

Los retos que enfrenta la integración de la partería en el sector salud

La incorporación de la partería en el sector salud provocaría un cambio significativo en la atención que se les da a las embarazadas, concuerdan Xiuhpahtli Yohualmina e Hilda Vivanco. “Muchas mujeres no quieren ir a veces a los hospitales o no quieren ir a los centros de salud por la atención que reciben. Entonces, hay veces que las tratan mal o tienen que hacer una fila enorme o, simplemente, les queda muy lejos. Entonces, ¿quién va a querer ir a un centro de salud a que te estén regañando? Pues nadie, ¿verdad?”, indica la partera profesional.

No obstante, a pesar de que el gobierno mexicano ha tratado de establecer un modelo intercultural, existen diversas limitantes que no permiten que éste se lleve a cabo en los hospitales. Uno de ellos, ya mencionado anteriormente, es la exclusión que sufren las parteras por parte del sector salud.

Esto se debe, afirma la investigadora Silvana Torres Campoy, a que, desde la Organización Mundial de la Salud (OMS), de la cual México es firmante, se tiene la noción absolutista de que la salud para occidente debe ser científica. “Se sostiene una idea de ciencia, desde mi punto de vista, ya bastante rebasada, pero siguen ahí: ‘La ciencia lo puede demostrar todo y lo puede resolver todo y es objetiva’”. Por tal razón, para ella, se debe abandonar la idea de que la medicina alópata es la única que cumple los estándares para atender la salud y, por el contrario, se tiene que trabajar a nivel epistémico los prejuicios.

En el caso de México, se han realizado distintas acciones en aras de reconocer el conocimiento tradicional dentro del sistema nacional de salud, por ejemplo, los Encuentros de Enriquecimiento Mutuo, en los cuales se buscaba un diálogo entre parteras tradicionales y los médicos alópatas, de tal forma que hubiera una interlocución de saberes.

Como resultado de estos esfuerzos, se logra crear lineamientos que regulen esta práctica. Así lo hace la Norma Oficial Mexicana NOM-007-SSA2-2016, para la atención de la mujer durante el embarazo, parto y puerperio, y de la persona recién nacida, en su numeral 5.1.11, el cual establece que los partos de bajo riesgo de término pueden ser atendidos por enfermeras obstetras, parteras técnicas y parteras tradicionales capacitadas.

Al respecto, la OMS publicó en 1997 la Guía práctica en la atención del parto normal, y en 2001 las Recomendaciones de la OMS acerca del cuidado perinatal. Dichos documentos señalan que el embarazo y el parto normales no son enfermedades, por lo que su atención, lejos de ser medicalizada, debe tener el mínimo de intervenciones necesarias. Igualmente, indican que no es necesario que participen los médicos en la atención de todas las mujeres, y propone incluir la participación multidisciplinaria de profesionales de la salud tales como parteras y enfermeras.

Sin embargo, las parteras entrevistadas admiten no estar satisfechas con las políticas públicas en torno a su práctica. Hilda Vivanco afirma que, ni ella, ni sus compañeras están contratadas bajo el régimen de partera, sino cómo enfermeras generales o auxiliares de enfermería. Tal como lo dice Torres Campoy, doctora en filosofía de la ciencia, es muy complicado que se considere a un curandero como equivalente a un médico general o a una partera como una obstetra.

Así lo demuestra el Reglamento de Prestación de Servicios de Atención Médica en su artículo 102, en el cual se determina que las parteras son contratadas bajo la figura de “personal no profesional autorizado para la prestación de servicios de atención médica”. Asimismo, se detalla que solo se consideran así aquellas personas que reciban la capacitación correspondiente y cuenten con la autorización expedida por la Secretaría que los habilite a ejercer como tales, misma que deberá refrendarse cada dos años.

Tal capacitación es vista por Xiuhpahtli Yohualmina como una imposición de los conocimientos médicos occidentales. Además, expresa que debe estar registrada ante la Secretaría de Salud, porque, de lo contrario, no se emiten los certificados de nacimiento.

“Cada mes la Secretaría de Salud nos manda a llamar para sus capacitaciones clínicas, pues ante ellos nosotras no estamos capacitadas para hacer nuestro trabajo […] ¿Cómo por qué me vas a capacitar? O sea, yo sé que tengo que saber lo clínico, pero, o sea, tú me puedes capacitar a mí, pero ¿yo por qué no te voy a capacitar a ti? A ver enciéndeme un sahumador; a ver enséñame que nahuales bajan para recibir esos bebés; a ver dime qué plantas puedo utilizar para que no se no se haga la herida grande, para que no se infecte y para no suturar, meter aguja. No me lo van a decir, ¿verdad? Entonces, ¿quiénes son ellos como para cuestionar nuestro trabajo?”

Por otra parte, de acuerdo con Torres Campoy, la integración de la partería al sistema de salud tiene que contemplar las condiciones físicas de infraestructura. Es decir, los actuales quirófanos tendrían que ser modificados en tanto a la práctica de la partería.

Esto no responde a un capricho, ya que la construcción del lugar está relacionada con la cosmovisión tradicional. Mientras que, en el occidente, una sala con paredes blancas denota limpieza, desde la partería tradicional se considera que ésta es “fría” y, en consecuencia, puede producir “frialdad” a la madre e inhibir con ello las contracciones que son “calientes”. De igual manera, se piensa que la posición del parto debe ser sentada y no acostada, ya que está dificulta la “bajada del niño”, las contracciones, pujar y aumenta los dolores”. Así lo expone el documento Encuentros de enriquecimiento mutuo entre personal de salud y parteras tradicionales.

En tal reestructuración cultural, aparte de considerar espacios adecuados, se debe dar los instrumentos necesarios para que las parteras puedan prestar sus servicios en condiciones (distribución de suministros, maletines obstétricos o sencillos estuches desechables para asegurar las buenas condiciones higiénicas de los partos, organización de sistemas de transporte para trasladar los embarazos patológicos, mejoramiento del procedimiento de envío de casos), manifiesta la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en su Recomendación No 31/2017.

“Nosotros no creemos que vaya a funcionar más la medicina tradicional, que la alópata”, menciona Xiuhpahtli Yohualmina, quien es consciente de los límites de su práctica. “Lógicamente, si un hueso está partido en tres, cuatro partes y que ya está quebradito, ¿cómo nosotras como parteras vamos a soldar ese hueso? Claro, las curanderas tenemos nuestras medicinas y nuestras plantas para atender, pero no a ese grado. También tenemos consciencia de que el doctor hace sus placas, hace sus buenos avances clínicos, y pues sabemos que lo va a hacer bien. También respetamos esa parte”.

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