Hiperrealidad y plusmentira en la era algorítmica: cuando el horror ya no transforma y la mentira es total

Hiperrealidad y plusmentira en la era algorítmica: cuando el horror ya no transforma y la mentira es total

Foto: UNOCHA Olga Cherevko

No hay circulación neutral del sentido. Toda configuración de trayectorias implica ya una redistribución de legitimidades y de accesos. No hay mirada inocente porque no hay exterior al campo que se describe.

(Del trabajo inédito del autor en Semionomía de los intercambios simbólicos)

Hay una pregunta que este texto sitúa como punto infranqueable en el presente político: ¿por qué el horror ya no transforma? Jeffrey Epstein existió, fue procesado, murió en circunstancias nunca aclaradas y la red que lo sostuvo sigue intacta. Abu Ghraib se fotografió, se publicó, se condenó retóricamente, y la doctrina del shock (Klein, 2007) que lo hizo posible se perfeccionó. Lo que muchos juristas y organizaciones internacionales ya califican como exterminio en Gaza se transmite en tiempo real, y el vocabulario con que se la nombra –“conflicto”, “escalada”, “enfrentamiento”– sigue encubriendo lo que los ojos ven.

Tres casos. Tres formas distintas de rebasar la ley con visibilidad pública. Una sola constante después de la raya parentética: la anáfora configura un diagnóstico más que un estilo retórico, ya que cada conjunción coordinante “y” revela que la visibilidad pública del horror –el juicio, la fotografía, la transmisión en vivo–, lejos de servir como mecanismo de sanción, ha manifestado, más bien, un comportamiento de absorción. El sistema no presenta fallas cuando el horror circula sin consecuencias. En su estado de trasposición –nocivo y habitable– funciona exactamente como fue diseñado.

Preludio a la hiperrealidad o cuando la verdad perdió su inocencia

Para entender cómo llegamos aquí es preciso retroceder –no a X, no a Cambridge Analytica, no a Trump ni a Milei– a la pregunta más antigua de la filosofía occidental: ¿Qué es la verdad y quién tiene autoridad para decirla? Y es que, en alguna recóndita región del mediterráneo, hubo un momento –nadie sabe exactamente cuándo– en el que alguien decidió que el relato mitológico heredado no bastaba. Que la explicación recibida olía a interés, que el mito, por bello que fuera, no era suficiente. Ese gesto de sospecha inaugural es lo que Occidente llamó “razón”. Y con ella vino, inevitablemente, su fantasía central, a saber, que existe una instancia externa –ley natural, orden cósmico, mundo/materia– desde el cual la verdad puede garantizarse.

La tradición filosófica le adjudicó ese gesto –con toda la cautela que impone la precariedad de los fragmentos conservados– a Parménides, quien, en su poema Sobre la naturaleza sostuvo que el ser “es”, el no ser “no es”. Y no quiere decir que dicho pensador haya sido el primero en sospechar del mito –quizás nadie lo fue o todos lo fueron antes que él–, sino que en su poema, lo poco que de él sobrevivió, codificó por primera vez ese programa con rigor de principio: separar la apariencia de lo verdadero, buscar lo permanente detrás del cambio, encontrar el fundamento estable. Platón sistematizó idealmente el mismo programa y habló de las Formas inmutables y universales: las ideas perfectas; Aristóteles lo formalizó lógica y causalmente para la investigación, y estableció lo que después se denominaría adequatio por la tradición latina. Esto es la correspondencia entre “lo que se dice” y ‘lo que es’, y la Ilustración creyó haber asegurado aquel programa para siempre con la ciencia como árbitro secular. Ese fue el legado, pero también, la trampa, pues el mismo programa emancipador que prometió separar para siempre la apariencia de lo verdadero terminó por producir, con precisión impecable, las más sofisticadas maquinarias de mentira que la historia haya conocido.

Siglos después, es posible afirmar que aquel fundamento externo prometido –presuntamente estable y universal– nunca apareció. Lo que apareció, en cambio, fue Auschwitz, que administró el genocidio con burocracia racional; Hiroshima, producida por la física más avanzada y sofisticada de su época; y el Gulag, planificado como ingeniería social del disciplinamiento. La lista es larguísima y “la razón”, con ello, demostró que es tan impecable para organizar el exterminio como para organizar el progreso. La promesa ilustrada terminó revelando su propio límite estructural; a saber, es capaz de organizar medios con extraordinaria eficiencia, sin embargo, no puede garantizar nada sobre los fines que persiguen sus creadores.

Ahí, donde Marx reveló las estructuras alienantes y fetichizantes del mercado, Foucault tomó nota del pasado sin nostalgia y sostuvo que eso que llamamos “verdad” no existe fuera de la historia, sino que depende de relaciones de poder que determinan qué puede considerarse válido en cada época. Baudrillard fue más lejos, pues en la sociedad de los medios masivos, las representaciones ya no ocultan la realidad, la producen. Llamó a ese régimen “hiperrealidad”. No vivimos simplemente entre imprecisiones o mentiras deliberadas, vivimos en la era de la saturación. Ya no se ocultan los atropellos, nos inundan de ellos hasta sedimentarlos como prácticas plausibles. Y cuando todo circula –lo que hoy se califica como exterminio o genocidio del pueblo gazatí, los aberrantes testimonios del caso Epstein, etcétera–, y las intervenciones y los bombardeos se reducen a contenido del feed, la distinción entre verdadero y falso se mantiene, pero pierde su función reguladora y se vuelve ornamental.

Y es que ni Nietzsche ni el posestructuralismo mataron la verdad, sino que desbancó su inocencia. Y ese duelo –por la inocencia de la verdad, por la posibilidad de un punto exterior desde el cual garantizarla– es el horizonte dentro del cual hay que leer lo que hoy llamamos, con un vocabulario notablemente pobre e impreciso, “posverdad”. Porque, insisto, lo que vivimos no es la ausencia de verdad, es su presencia cínica, su circulación sin consecuencias, su metabolización como contenido. Eso no es posverdad, es algo más ominoso y definitivamente grave. Es lo que Fernando Buen Abad (2023) llama “plusmentira”: la falsedad como excedente estructural, como régimen, como arquitectura del poder. Y exactamente eso es de lo que trata este texto.

I. La posverdad como espejismo liberal

La palabra “posverdad” es, básicamente, un acto de melancolía. Sugiere que existió una era en que la verdad dominaba la vida pública, y que ahora fue desplazada por emociones viscerales y relatos virales. Esa narrativa es cómoda, pero filosóficamente insostenible. La política moderna nunca fue realmente pura deliberación racional, siempre tuvo dimensiones escénicas, estéticas y estratégicas. La propaganda nazi no solo organizó la mentira como mecanismo de cohesión, sino que orquestó un delirio colectivo que hizo posible, decible y habitable el exterminio. El aparato mediático soviético la institucionalizó, y burocratizó la producción del relato oficial en nombre de un bien histórico superior. La sociedad de consumo de los años noventa –la que proclamó en todos los aires el presunto “fin de la historia”– produjo algo más sofisticado aún, pues convirtió el deseo, la identidad y el estilo de vida en ejes organizadores de lo real, mientras desplazaba los conflictos estructurales hacia un segundo plano donde resultaban, simplemente, impensables e impronunciables.

Lo que cambia, pues, no es la existencia de la mentira organizada. Lo que cambia es su tecnología. Ese es, precisamente, nuestro principio analítico central: cada época produce su tecnología específica de falsedad. La radio permitió la propaganda centralizada de los fascismos; la televisión masiva consolidó un régimen donde el mercado se presentó como horizonte natural e indiscutible; hoy, la tecnología dominante es el algoritmo personalizado, cuya función dejó de ser la organización de audiencias masivas y homogéneas para modular trayectorias individuales de aquello que hace sentido.

Así, cada vez que un acontecimiento desborda un umbral –la bomba atómica, la trata de menores en los archivos Epstein, por mencionar un par de ejemplos–, más allá de irrumpir como escándalo, desplaza lo que la teoría política llamó la “Ventana de Overton”, el rango de lo “socialmente decible”. Lo que ayer parecía impensable se vuelve pronunciable; lo que era límite moral se convierte en objeto de debate. Cuando circula masivamente, ese nuevo umbral no desaparece, se normaliza, se sedimenta, se habita.

Cambridge Analytica, lejos de un escándalo de datos, significó el primer despliegue sistemático de este nuevo esquema al tener la capacidad de mover la ventana de lo decible de manera personalizada, invisible y simultánea para millones de perfiles distintos. La propaganda dejó de dirigirse a una nación con un mensaje común y empezó a fragmentarse en miles de versiones optimizadas para activar emociones específicas en sujetos específicos. Mientras que, en el régimen televisivo, la mentira era pública –y por tanto debatible–, en el régimen algorítmico el mensaje es visceral, opaco y privado. La hegemonía dejó de controlar lo que se dice para pasar a administrar la infraestructura que determina qué entra en el campo de lo decible, cuánto tiempo permanece ahí y bajo qué condiciones adquiere apariencia de verdad. La política interrumpió el diálogo y la deliberación con la nación, y empezó a orientarla –entre murmullos– mediante algoritmos.

II. De la hiperrealidad a la plusmentira

El semiólogo y filósofo mexicano, Fernando Buen Abad, introduce una distinción que fue decisiva para el argumento en cuestión: no vivimos en la era de la posverdad, sino en la de la “plusmentira” (Buen Abad, 2023). Como ya se dijo, no se trata de mentir más ni de mentir mejor; se trata de producir mentira como excedente estructural –en palabras de Buen Abad, como “plusvalor simbólico”– dentro de un sistema donde la verdad ha dejado de ser el criterio neutral que organiza lo público. La falsedad estetizada y espectacularizada ya no es solo un medio para alcanzar un fin político, sino que ya es un fin en sí misma. Lo único que requiere es que el producto circule, que genere atención y se venda –cual mercancía política destinada a ser consumida– .

Conviene insistir con que la distinción entre verdadero y falso no desaparece, pero pierde su función reguladora. George Orwell imaginó un poder que censura, mientras que Buen Abad describe un poder que satura. En el primero, el horror se silencia, el discurso guiona; en el segundo, el horror circula e inunda. Así, la plusmentira, en peculiar sintonía con la hiperrealidad baudrillardiana, son, entonces, las dos caras de un mismo régimen: mientras una nombra el mecanismo de producción del engaño en la forma de despojo simbólico, la otra señala el entorno semilíquido en que ese engaño ya no necesita ocultarse para ser eficaz: “¡Bienvenidos todos a la era de la razón cínica: la falsa conciencia ilustrada!” (Sloterdijk, 2003).

Las inteligencias artificiales generativas como los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés) irrumpen en este escenario como una mutación adicional. No solo reorganizan la circulación del sentido y automatizan su producción a una escala inédita, sino que, encima, introducen una alteración profunda en lo que al vínculo entre hecho y acontecimiento respecta. La evidencia ya no garantiza un acto previo, ya que ésta puede generarse –ad libitum– con la verosimilitud suficiente para competir con lo efectivamente acontecido. Así, otra vez, no es que desaparezca la verdad, tan solo se vuelve más difícil distinguir entre registro y fabricación, entre testimonio y simulación.

III. Lo que el umbral desplazado revela: terrorismo de Estado, red de trata internacional y la asimetría del poder

Ciertamente, el límite de lo decible se empuja, pero nunca, hasta ahora, fue hasta el punto en que la estructura terminara desbaratándose. La pederastia clerical se nombra, se condena, se procesan individuos, pero todavía emanan los casos. El “terrorismo de Estado”, en cambio, rara vez recibe ese nombre cuando el Estado en cuestión es la potencia hegemónica; y, sin embargo, ahí está, documentado, verificado, vivible.

Hay que decirlo: la hegemonía estadunidense del siglo XX no se construyó solo con democracia exportada y cultura pop. Se construyó con las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki –el primer y único uso bélico de armas de destrucción masiva en la historia, legitimado retroactivamente como “mal menor”–; con la Doctrina Monroe como marco jurídico-político para la intervención sistemática en América Latina; y con el diseño y sostenimiento de dictaduras desde el Cono Sur hasta Centroamérica: Pinochet, Videla, Somoza, Ríos Montt. La Operación Cóndor no fue ninguna anomalía, fue planificación de terror mentada y coordinada desde Washington, con financiamiento de la CIA para el entrenamiento de militares en la Escuela de las Américas.

Con ello, decenas de miles de desaparecidos, torturados y ejecutados en el marco de una ingeniería social cuyo objetivo explícito era impedir que la izquierda latinoamericana llegara al poder por vías electorales. Chomsky y Herman lo llamaron, con precisión clínica, “manufactura del consenso”. Las intervenciones en Irán (1953), Guatemala (1954), el Congo (1960), Chile (1973) y las guerras sucias en Centroamérica durante los ochenta, conviene insistir, no representan anomalías aisladas, sino el despliegue mismo de la política hegemónica. Todas fueron decisiones conscientes, no excesos o desbordamientos indeseados.

El 11 de septiembre de 2001 fue una fisura en esa narrativa, pero no en el sentido que habitualmente se evoca. No fue la primera vez que el territorio estadunidense fue atacado, fue la primera vez que el terror –exportado durante décadas hacia las periferias del orden imperial– regresó al centro con visibilidad mediática global. Lo que cambió no fue solo la política exterior, sino la narrativa cultural. Hollywood abandonó al enemigo soviético y la narrativa de espías, y produjo una nueva mitología del antagonista abstracto, omnipresente, justificador de cualquier intervención en cualquier latitud: los superhéroes –figuras de entretenimiento desde la década de 1940–, los cuales se convirtieron en el imaginario hegemónico de la primera potencia militar del mundo. Más que acompañar a la política, la ficción permitió organizarla simbólicamente, y produjo el consenso afectivo que ningún argumento racional podría haber sostenido.

Ese mismo movimiento tuvo su cara material. Lo que Jeff Halper (2015) documentó es que Gaza dejó de ser solo un territorio ocupado para convertirse en laboratorio humano vivo, un espacio donde se desarrollan y perfeccionan tecnologías de vigilancia, control fronterizo y gestión de poblaciones bajo régimen de excepción prolongado, y que luego circulan como mercancías en el mercado global de la seguridad. Lo que se exporta desde allí es doctrina militar securitaria e infraestructura de control, aplicable a cualquier disidencia en cualquier latitud. Las fuerzas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) en Estados Unidos, y las estructuras desestabilizadoras del narcotráfico en México y Centroamérica –cuya relación con el entrenamiento paramilitar de la Escuela de las Américas y con programas como la operación Rápido y Furioso está documentada– trabajan hoy con tecnología y protocolos en los que la genealogía pasa por ese laboratorio. El terror que se exportó a la periferia para disciplinarla regresa ahora con nuevas herramientas a disciplinar los márgenes internos del propio centro.

Es en este contexto donde los archivos Epstein adquieren su dimensión más perturbadora. Y es que no significó un caso aislado de abuso sexual, sino el nodo visible de una red de tráfico y explotación sexual de menores que conectaba figuras del poder financiero, político, monárquico e intelectual de varios continentes, desde Wall Street hasta la Casa Real británica, universidades de élite y ministerios estatales. Las revelaciones progresivas constituyen un expediente judicial con nombres, fechas y testimonios, así como el acuerdo de inmunidad de 2008 negociado por Alexander Acosta como fiscal federal; la condena posterior de Ghislaine Maxwell; las filtraciones de documentos judiciales de 2024, y la publicación de millones de archivos en 2025.

Lo que ese expediente revela, más que la existencia de individuos corruptos en posiciones de poder, es que la impunidad es una (pre)condición de la política actual, no su fallo estructural. Se trata de un sistema donde la asimetría no es solo económica, sino total: arriba, todo puede ocurrir –la explotación de menores, el abuso sistemático, la compra de silencio, el diseño del genocidio mismo para dar lugar a la distopía mercantil que vivimos– mientras el aparato jurídico, mediático y político lo metaboliza, lo dilata, lo privatiza: abajo, en cambio, lo que es total es la vigilancia, al tiempo que la sanción es inmediata y la presunción de inocencia se mantiene como privilegio de clase. Esa asimetría estructural es la médula del régimen que este artículo describe. La mentira ha quedado muy lejos del error y pasa a convertirse hoy en mecanismo de construcción de mundos compartidos.

La plusmentira alcanza su forma más brutal. Ya no se trata de noticias falsas ni de algoritmos sesgados. Se trata de que todo lo que ocurre en los estratos más altos del poder global –la explotación, el crimen, la hipocresía sistémica– es simultáneamente visible e intocable. Persiste, circula, se procesa. Y sí, puede generar ciclos de indignación mediática, pero lo cierto es que la estructura permanece. Ese es el simulacro en su expresión más extrema. Su presencia cínica sin consecuencias es lo que hoy configura lo real. El horror es contenido gestionable, la impunidad, condición estructural; y eso permite muchas relecturas de los acontecimientos y las figuras actuales.

IV. La erosión institucional, los performers y la disidencia estetizada

Un episodio reciente ilustra esta lógica de captura simbólica. En enero de 2026, María Corina Machado –galardonada con el Nobel de la Paz 2025– entregó su medalla a Donald Trump en el Despacho Oval. El Comité Nobel emitió un comunicado en el que cita ese episodio junto al de Knut Hamsun, que en 1943 entregó su medalla Nobel al ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels. Dos medallas entregadas indirectamente a figuras del autoritarismo, separadas por ochenta años. Lejos de ser un accidente histórico o una excentricidad individual, ese es el patrón de una institución cuya autoridad simbólica puede ser capturada, vaciada y redirigida. Machado articula la intervención externa sobre Venezuela como mal necesario; ese gesto desplaza del campo de lo legítimamente debatible el sentido contrario –la soberanía popular del legado chavista, con toda su complejidad y sus contradicciones–. Hay ahí una disputa real de sentidos, y el Nobel dista de actuar como árbitro neutral y pasa a parcializar la circulación. Ha perdido toda sustancia de garantía epistémica o moral; su única función es certificar qué sentidos merecen circular con autoridad simbólica global e inhibir, por omisión o por contraste, los que los desafían.

Trump no es un monstruo irracional, es un performer consciente que intensifica la teatralidad del poder hasta el punto en que su mecánica queda al descubierto. ¿Es novedoso el supremacismo blanco que encarna? No. Es la condensación de un resentimiento estructural que el liberalismo “demócrata” gestionó durante décadas con corrección política, pero sin resolverlo materialmente. Trump no inventó ese resentimiento, simplemente lo significó e instrumentalizó (la receta ya había sido empleada por Orbán, y hoy le ha dado espacio a figuras extremas como Bukele, Milei y Kast en América Latina). El wokismo como fenómeno cultural es, desde esta perspectiva, un caso de estudio necesario. Su énfasis en la representación simbólica –visibilidad de identidades, corrección del lenguaje, estética de la inclusión– generó en amplios sectores populares una reacción de resentimiento. No porque el reconocimiento de derechos sea incorrecto, sino porque la operación simbólica sin transformación material deja la apariencia de un cambio sin sustancia –no se diga si eso se acompaña con crisis e inflación exógena–. Es en esa brecha, entre apariencia y promesa rota de sustancia, donde el terreno de la simulación se afianza y la mentira se hace “plus”.

El medio tiempo del Super Bowl, en sus últimas dos ediciones con Kendrick Lamar y Bad Bunny, ha operado con la misma lógica, a saber: incluir estética disruptiva y decolonial con gestos de resistencia negra y latina en el marco del espectáculo más costoso del capitalismo cultural norteamericano. Pero, como ocurre con el wokismo, la disidencia acontece sin contradecir estructuralmente al sistema, y al acontecer así, pasa a estabilizarlo indirectamente. La Casita VIP, rodeada de pastos humanos sin rostro y sin nombre, no es una inocente contradicción del mensaje, sino el mensaje mismo. Hay límites entre personajes del glamour (como Pedro Pascal, Javier Bardem y Penélope Cruz, entre otros) e incógnitos velados entre pastos sintéticos; todo intento de transformación estructural queda dormido ante una disidencia que deviene estetizada, pues esa es la forma de resistencia que el sistema necesita: la escenografía disidente de fondo, que está ahí para seguir legitimando la simulación de democracia.

La pregunta, sin embargo, no es si el artista es sincero ni si la visibilidad de los estructuralmente invisibilizados importa. Muchos celebran la representación como si fuera ya transformación, pero la sola exhibición no altera la infraestructura que produce la desigualdad que denuncia. Esa diferencia se volvió brutalmente visible en febrero de 2025, cuando el Super Bowl y las protestas contra la presencia de ICE en los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán coincidieron en la misma semana. Mientras el espectáculo deportivo escenificaba su disidencia premium ante 100 millones de personas globalmente, en las calles de Milán, miles de manifestantes enfrentaban arrestos y gas pimienta al protestar contra la llegada de ICE a los Juegos Olímpicos de invierno. Dos imágenes simultáneas, dos formas de nombrar la misma injusticia –una dentro del show, otra en la calle–, y una sola pregunta que las separa: ¿cuál de las dos tiene consecuencias estructurales?

Aquí conviene hacer una distinción que el presente análisis no puede eludir sin volverse asimismo cínico. No es lo mismo que circule un crimen a que circule un derecho. Cuando los archivos Epstein se difunden sin consecuencias penales proporcionales, lo que se normaliza es la impunidad: el umbral de lo tolerable se desplaza hacia abajo, lo inadmisible se vuelve habitable, el crimen se sedimenta como parte del paisaje ordinario del poder. Cuando la dignidad de los invisibilizados circula en el medio tiempo del Super Bowl sin alterar la infraestructura que los invisibiliza, lo que se neutraliza es la demanda; el umbral, más que degradarse, se congela. Lo que era conflicto político se convierte en contenido cultural. La protesta se espectaculariza, y una protesta que se presenta como espectáculo es ya, funcionalmente, una protesta desactivada.

V. El cerebro social artificial: capas de un proceso en curso

Llegados a este punto, hay algo que este texto no puede afirmar como consumado, porque está configurándose hoy mismo en capas que se superponen, sin que ninguna haya sido plenamente transparentada. La captura del cerebro social –la inteligencia colectiva acumulada en la producción simbólica humana, en el sentido que Marx desarrolló en el famoso capítulo VI inédito y el XIII del Tomo I de El Capital– no comenzó en 2023. Empezó en silencio con el raspado sistemático e institucional de una década de producción digital: con cada texto extraído sin consentimiento, cada imagen, con cada interacción en plataformas, cuyos términos de servicio nadie lee y nadie suscribió en sentido ético real. Con el paso de los años, los escándalos se fueron filtrando –hackeos de bases de datos de entrenamiento, demandas de autores cuya obra fue incorporada sin permiso, Cambridge Analytica como punta visible de una arquitectura mucho más profunda–, y lo que ellos revelaron no fue anomalía, sino que el funcionamiento mismo del sistema es así por diseño. La caja negra se entreabrió brevemente, y lo que había adentro era exactamente lo que el fetichismo tecnológico prometía ocultar.

A partir de 2023, lo que atestiguamos, más que un inicio, es una carrera ya larga. El “cerebro social artificial” –concepto que desarrollamos en un trabajo conjunto con Alberto Tena Camporesi– deja de ser infraestructura invisible y se convierte en interlocutor, y eso es cualitativamente distinto. Ya no solo extrae producción simbólica humana, se la devuelve reformateada bajo la lógica de la acumulación capitalista, como si fuera pensamiento neutral y autónomo. El usuario ya no solo alimenta el modelo: lo habita; y lo que sigue dentro de la caja negra –qué datos exactamente, qué acuerdos con qué Estados y fuerzas de seguridad condicionaron el diseño, cuántos contratos como el de Anthropic con el Pentágono no se filtraron– permanece sin respuesta pública. No por descuido, sino por diseño.

Marx distinguió entre subsunción formal –el capital toma el proceso de trabajo sin transformarlo internamente– y subsunción real –el capital lo reorganiza desde adentro hasta que el trabajador ya no reconoce su proceso como propio–. Lo que los grandes modelos de lenguaje introducen es un tercer momento que Marx no podía anticipar: la subsunción cognitiva absoluta. Ya no es el trabajo físico ni el proceso productivo lo que se subsume, es el aparato mismo de producción de sentido, el cerebro social en su totalidad convertido en infraestructura algorítmica opaca, cuyo control y beneficio quedan concentrados en unos pocos. Este proceso no constituye un cambio ontológico en sentido filosófico: es la forma más sofisticada que adopta el fetichismo de las fuerzas productivas, que atribuye autonomía y poder creador a tecnologías que son, en realidad, prolongaciones de las mismas relaciones sociales de producción, ahora mediadas algorítmicamente.

Cuando el modelo que genera el campo semiótico –o sea, el campo del sentido compartido– entra en contrato con la maquinaria de guerra –como acaba de anunciar Anthropic con el Pentágono, noticia publicada mientras este texto se escribe–, ya no estamos ante una herramienta más al servicio del poder. Estamos ante la infraestructura de producción de realidad integrada al complejo militar-industrial sin cimiento ético previo. Eso no es cinismo en el sentido que Sloterdijk diagnosticó –el sujeto que sabe que la ideología es ficción y aun así la habita–, pues el cinismo todavía suponía una brecha entre lo que se sabe en privado y lo que se actúa en público. Lo que el presente configura es la clausura de esa brecha, no porque los sujetos se vuelvan más honestos, sino porque la infraestructura que producía esa diferencia ha sido desmantelada. Ya no hay posición desde la cual saber que se miente. La mentira no es ya “plus” –excedente acumulado sobre una base todavía reconocible–, es totalidad del campo, es mentira total. No la mentira que se acumula encima de la verdad para desorientar o producir ruido, sino la mentira como único horizonte operativo disponible. El simulacro ya no simula, es.

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Corolario: México como contraflujo. Consecuencia, no esperanza

Si se acepta todo lo anterior –que el régimen de mentira total opera mediante la circulación de significantes vaciados (no precisamente “vacíos” como señalan Mouffe y Laclau) entre acontecimiento y huella; es decir, que los significantes “libertad”, “progreso”, “democracia”, “terrorismo” circulan hoy como mercancías, cuyo valor de cambio ha desplazado cualquier valor de uso, y ha convertido los lazos sociales y la empatía en relaciones de intercambio y los fines en medios de acumulación; que la esfera pública ha sido privatizada por plataformas, cuyo modelo de negocio es la atención y no la verdad; que el cerebro social está siendo subsumido en infraestructuras algorítmicas opacas con crecientes vínculos militares–, entonces, lo que ocurre en México desde 2018 no puede leerse como excepción moral ni como utopía regional. Debe leerse a través de su propia praxis, a saber: un contraflujo deliberado en el único nivel donde el contraflujo tiene consecuencias materiales.

Hay además una distinción que el corolario no puede omitir. Las verdades que el régimen de mentira total más eficazmente disuelve no son solo las factuales –verificables por acontecimiento y huella–, sino las que se presumen políticas o materiales, pero encubren una metafísica que olvidó sus propios métodos rigurosos de acontecer. “Libertad” sin condiciones materiales de ejercicio. “Progreso” sin sujeto que progrese. “Amor” como producto de plataformas de encuentro optimizadas para la retención. “Democracia” como forma sin fuerza redistributiva. Estos significantes no mienten –en el sentido ordinario del término–, circulan con toda la apariencia de la verdad porque alguna vez tuvieron anclaje en experiencia compartida. Lo que el capitalismo de plataformas ha hecho con ellos es lo que hace con cualquier valor de uso que puede convertirse en valor de cambio: los ha vaciado de su referente concreto y los ha puesto a circular como fines en sí mismos. Los lazos se nublan, la empatía se mercantiliza, y lo que queda es la forma sin el vínculo.

Dos casos de los últimos diez días ilustran el argumento con la precisión que solo da la contemporaneidad. El 22 de febrero de 2026, tras el operativo que resultó en la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias Mencho, el crimen organizado desplegó en horas una campaña de desinformación sistemática: imágenes de Puerto Vallarta en llamas generadas con inteligencia artificial –con el logotipo de Gemini visible para quien supiera mirarlo–, videos reciclados de otros operativos presentados como represalias en curso, narrativas conspirativas fabricadas para hacer parecer que el Estado había perdido el control. Entre 200 y 500 publicaciones falsas en las primeras 48 horas, decenas con más de 100 mil visualizaciones. El objetivo no era informar ni desinformar en el sentido clásico, sino producir terror mediante la saturación del campo de sentidos compartidos con versiones incompatibles de la realidad, hasta que la distinción entre lo ocurrido y lo fabricado se volviera inoperable para el observador ordinario. Y, sin embargo, el Estado mexicano respondió nombrando el mecanismo: identificó cuentas, documentó el origen de cada imagen falsa, distinguió públicamente entre contenido generado con inteligencia artificial y registro verificable. No neutralizó el simulacro –ningún Estado puede hacerlo en tiempo real–, pero sostuvo la distinción entre verdadero y falso como criterio operativo.

El contraste con el segundo caso no puede ser más revelador. Desde el 28 de febrero, en medio del conflicto armado entre Estados Unidos, Israel e Irán, circularon simultáneamente videos de una explosión en Tianjin en 2015, presentados como ataques en Tel Aviv; compilaciones con evidencia visible de generación artificial –marcos deformados, reacciones físicamente imposibles ante explosiones–, presentadas como tomas reales de bases destruidas; declaraciones del gobierno iraní en las que afirman haber destruido la oficina de Netanyahu, intacta según todas las verificaciones independientes. Aquí la desinformación no fue producida por un actor criminal externo al Estado, fue producida por los propios Estados en conflicto, por sus aparatos mediáticos, por las plataformas algorítmicas que amplifican sin criterio de verdad. Y las potencias que se arrogan el derecho de verificar la realidad son las mismas que producen la desinformación. No hay árbitro externo. La BBC reporta hechos verificados junto a declaraciones militares inverificables. Eso es la mentira total en su forma más consumada: no la ausencia de verificación, sino la imposibilidad estructural de que la verificación tenga consecuencias simétricas para todos los actores.

Esa es la asimetría que el corolario sobre México busca nombrar, a saber: no que México sea inmune al simulacro –no lo es, nadie lo es hoy–, sino que existe una diferencia estructural entre un Estado que, frente a la desinformación, sostiene la distinción como criterio, y un orden global donde esa distinción ha sido privatizada, militarizada y vaciada de consecuencias. Un proyecto político que, en ese entorno, insiste en nombrar las cosas por su condición material –que pronuncia “pobreza” donde otros dicen “vulnerabilidad”, que dice “redistribución” donde otros dicen “inclusión”, que apunta a la “soberanía” donde otros dicen “integración”–, no está siendo ingenuo ni anacrónico; está siendo, por el contrario y en el sentido más preciso del término, riguroso, pues está resistiendo a la subsunción del lenguaje político bajo la lógica del valor de cambio destinado –y diseñado– para acumularse infinitamente.

Frente a la mentira total, la resistencia no puede ser únicamente la denuncia –aunque esta sea atractiva y capture la atención–, ni solo resolución dialéctica de contradicciones internas al sistema que se denuncia. Tiene que ser, como propone la ética dialógica que fundamenta nuestro trabajo conjunto con Tena Camporesi, un acto situado y responsivo –en el sentido bajtiniano–: cada enunciado involucra una responsabilidad ética y política frente al otro y frente al mundo. Reconstruir así las condiciones para un cerebro social no-subsumido –o al menos, no tanto– es hoy la tarea política más urgente, aunque menos heroica. No una utopía de la comunicación pura, sino las condiciones mínimas para que el diálogo produzca algo distinto a la circulación del poder. Que el reconocimiento lúcido de la mentira total –sin nostalgia por una verdad inocente que nunca existió, y sin cinismo ante una que todavía puede construirse– sea la única entrada posible a cualquier proyecto de transformación que no quiera terminar siendo contenido. No hay última palabra, hay, en cambio, la posibilidad –todavía abierta y en disputa– de sostener la pregunta.

 

Adrián R. Martínez Levy*

*División de Estudios Multidisciplinarios, CIDE.

 

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