¿Qué tienen en común Gaza, la violación denunciada en la fraternidad Chi Phi de la Universidad de Cornell, el bloqueo a Cuba, la explotación minera en la República Democrática del Congo, el hacinamiento de personas migrantes en Ceuta y los desahucios en Madrid?
La deshumanización de niñas, niños, mujeres, hombres, ancianas y ancianos despojados de toda dignidad humana ante el genocidio en Gaza, que se prolonga desde hace tres años. Sus vidas encarnan la nuda vida que describe el filósofo Giorgio Agamben: una existencia despojada de derechos y protección jurídica, expuesta a la violencia del poder soberano.
La deshumanización de una joven estudiante cuyo único pecado fue ir a una casa de la fraternidad Chi Phi de la Universidad de Cornell, una institución de élite en Estados Unidos. Según su denuncia, fue víctima de una agresión sexual grupal que se prolongó por más de cinco horas. La joven fue despojada de su dignidad y de su humanidad, y también fue expuesta en un chat con más de 50 varones que, por omisión, son asimismo responsables de lo ocurrido. Fraternidades, manadas, cofradías de hombres heteronormados que ven a las mujeres como botines y trofeos, como cosas.
Pero hay que reflexionar sobre el papel de la industria del entretenimiento, la publicidad, las redes sociodigitales, la industria de la moda y sitios como OnlyFans en la deshumanización de las mujeres, en la cosificación de sus cuerpos, tratados como objetos para el goce y el placer masculinos.
La deshumanización del pueblo de Cuba, al que se está llevando al límite después de más de 60 años de bloqueo económico, ahora agravado por el bloqueo energético. Un atroz asedio que algunos llaman ya otra forma de cometer genocidio contra el pueblo y la revolución cubana.
La deshumanización del pueblo congoleño, explotado en las minas para extraer los minerales necesarios para fabricar dispositivos electrónicos. Una situación de la que poco se habla en los noticieros, porque se trata de las “víctimas indignas”, en términos de Edward S Herman y Noam Chomsky: víctimas de la explotación y la esclavización para que el resto de la humanidad pueda gozar del iPhone de última generación.
La deshumanización de niñas, niños, hombres y mujeres migrantes en Ceuta, pero también en Estados Unidos, con la persecución del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por su sigla en inglés). Las detenciones, el hacinamiento, el robo de los sueños y de la esperanza de una vida mejor.
La deshumanización de ancianas y ancianos que son expulsados de sus viviendas para beneficio de los fondos buitre.
Y, mientras tanto, los poderosos, los dueños del mundo, viven su sueño de dominio y de grandeza. Se plantan en la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas de forma cínica, incluso aquellos señalados por crímenes de guerra. En Cornell, entre las sanciones impuestas a los siete señalados por la joven figuran ensayos que les “ayuden” a reflexionar sobre sus actos, además de expulsiones, suspensiones y otras medidas.
Rita Segato habla de la pedagogía de la crueldad, de cómo estas acciones que van quedando impunes sirven como una forma de disciplinamiento y de normalización de prácticas crueles y, en última instancia, de deshumanización. A propósito del genocidio en Gaza, la propia Segato señaló que estamos llegando a un momento oscuro de la historia de la humanidad del que ya no habrá retorno.
Epílogo
A partir de sus investigaciones con hombres presos por violación en Brasil, la antropóloga Rita Segato concluye que esos actos no se realizaban por un impulso sexual descontrolado (aunque hay casos excepcionales), sino por un mandato patriarcal, por una necesidad de dominio y de ejercer poder sobre la persona abusada.
Hay diversas formas de ejercer ese dominio y ese poder: a través del acoso, del control y de la manipulación disfrazados de amor romántico, del silencio y de la indiferencia. El acoso y la violencia física, sexual y emocional dejan huellas físicas o emocionales imborrables. A casi nueve años de la difusión mundial del #MeToo, creí que estas prácticas crueles eran historia. El caso de Cornell y las múltiples formas de acoso que vivimos las mujeres todos los días nos muestran que estamos lejos de ello.



















