EU, imperio lumpen: el trumpismo y la desintegración hegemónica

EU, imperio lumpen: el trumpismo y la desintegración hegemónica

Foto: White House

El capitalismo, además de ser un modo de producción, es una forma antropológica. Es decir, la explotación –que se encuentra en el centro de esta forma de hacer economía– produce la normalización de la persecución de ganancias corporativas a toda costa o, en específico, a costa de las comunidades humanas. Por ejemplo, en la pandemia observamos una indolencia total de las élites capitalistas frente a la urgencia de las diferentes comunidades humanas por acceder a vacunas contra el Covid-19. Ni siquiera un suceso trágico como aquel del 2020 pudo trastocar la negativa a liberar patentes e información para salvar vidas.

De igual manera, las élites no han tenido el mínimo escrúpulo para proyectar un perverso “consejo de paz”, cuya primera tarea fue anunciar la construcción de un resort hotelero de lujo sobre la devastación del genocidio palestino. Y todavía más, plantearlo como un sustituto perfecto –a pesar de su evidente crisis– de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Ni qué decir de la frivolidad con la que el grupo cercano a Trump –gracias al acceso de información privilegiada– realiza apuestas ventajosas en las bolsas de valores. El corolario inaudito es mantener la amenaza permanente de guerra que –como uno de sus efectos centrales– produce un encarecimiento de la energía y crece la hambruna por la falta de fertilizantes.

Alguien podría objetar que este fenómeno no es nuevo. ¿Cómo olvidar, por supuesto, la larga tradición colonial europea de racismo, coronada por la deshumanización simbolizada bajo el hongo atómico? No obstante, me parece que el trumpismo refleja un proceso inédito que conviene detenerse a reflexionar. Lo que ha quedado claro por los diferentes analistas del mundo es que Estados Unidos ya no tiene la misma fuerza productiva que la que obtuvo recién terminada la Segunda Guerra Mundial en 1945. De hecho, esta época de oro pronto encontró signos de degradación en 1971, cuando EU comenzó su proceso de financiarización mediante la exportación del capital productivo a las periferias. Si esta crisis pudo esconderse bajo los escombros de la caída del Muro de Berlín, el crac del 2008 la hizo aparecer a los ojos de la comunidad global.

Sírvase este recuento para dimensionar que el trumpismo no ha sido un accidente, sino el corolario de una crisis de largo plazo que al día de hoy ha llegado a una encrucijada abierta. Estados Unidos no puede seguir el mismo camino del siglo XX, simplemente porque aquel camino ya no existe. El Make América Great Again (MAGA) plantea como horizonte político el retroceso, una inconsecuencia total, no solo porque busca detener el tiempo, sino de revertirlo. De aquí que el programa de Trump ha tenido múltiples fracasos y un desgaste acelerado, tanto al interior como con sus aliados históricos.

El punto central es claro, pues con más acciones de fuerza y manotazos en la mesa (de las redes sociales) ha intentado construir una narrativa de triunfo absoluto frente a una realidad ineludible: no ha podido detener el desarrollo de su principal competidor sistémico: China. De hecho, no es solamente que el país asiático haya podido eludir el Consenso de Washington, sino que el mismo EU fue promotor originario de este ascenso. Primero, en 2001, cuando pugnó por la entrada de China en la Organización Mundial de Comercio; luego, al permitir la introducción del yuan, la moneda rival, en la cesta de Derechos Especiales de Giro en 2016 –aun cuando EU pudo haber vetado esta decisión–. Adicionalmente, el país del norte permitió que su adversario se convirtiera en su principal acreedor –3 billones de dólares en sus momentos más altos–.

De esta manera, el trumpismo representa una especie de último suspiro racional, en el cual EU se ha dado cuenta de la necesidad de revertir el sistema que él mismo promovió durante décadas. La guerra arancelaria global –o el día de la liberación, como fue acuñado–, por ejemplo, fue un símbolo prístino de este último intento por reconducir los flujos productivos a sus propias fronteras. No obstante, dichos objetivos de reindustrialización por vía de medidas comerciales no tuvieron el efecto deseado; antes bien, la propia corte estadunidense ha declarado ilegales dichas medidas y ha instruido recientemente el reembolso de lo recolectado.

Si bien, el neocolonialismo post 1945 logró convencer de una narrativa de liberación política en el mundo, hoy el imperialismo se encuentra en un momento de agotamiento estratégico. Inclusive en el ámbito militar no ha sido capaz de imponer sus condiciones a Irán. El entrampamiento del bloque del estrecho de Ormuz –mismo que estaba abierto antes de la guerra– ha dejado claro que no solo se trata de tener un abultado presupuesto, sino de establecer una estrategia que permita alcanzar objetivos concretos favorables.

De esta manera, EU se encuentra en una condición histórica en la cual no son capaces de articular un mecanismo para transmitir la magnitud de su economía en un control efectivo del modo productivo. De aquí que lo que estamos observando es la acelerada degradación de la élite estadunidense, no solamente en el ámbito moral –archivos Epstein–, sino en la incapacidad de articular una hegemonía alrededor de su propio proceso. Al contrario, perdió la batalla en el dominio del mercado asiático, no pudo lograr la penetración que China tiene en el continente africano. Es verdad que, aunque los tentáculos del viejo imperialismo son más fuertes en el hemisferio occidental, EU no ha podido evitar que China se haya convertido en el principal socio comercial de América del Sur.

Lo que se observa es algo perturbador: un poder que ha perdido, no solo terreno, sino la capacidad misma de convertir su magnitud en proyecto histórico coherente que financia a su adversario, legitima sus instituciones y, al mismo tiempo, lo declara enemigo existencial; que ejerce violencia sin estrategia y produce destrucción sin construcción. No es solo que EU pierda, es que ya no puede articular para qué gana. La élite imperialista del siglo XX se ha convertido en una élite lumpen –del alemán ‘harapos’, que describe una clase degradada que ha perdido su funcionalidad dentro del propio sistema–, pues ha perdido la capacidad de dirección estratégica y solamente proyecta violencia para intentar detener el proceso histórico.

En la literatura, el lumpenproletariado fue utilizado por Marx y Engels para describir la condición de trabajadores tan precarizados que incluso pierden su conciencia de clase debido a la miseria. En la década de 1970, André Gunder Frank utilizó el término de lumpenburguesía para describir aquellas burguesías nacionales entreguistas del tercer mundo que colaboraron con el imperialismo. Pero hoy, dado lo anteriormente descrito, nos encontramos ante la necesidad de enunciar el lumpenimperialismo como concepto que describe la actual forma antropológica que desarrolla el trumpismo: fuerza bruta sin dirección, tergiversación permanente entre los hechos y las declaraciones, autoatentados, presiones irracionales, y una conversión del principio fundador democrático en una monarquía autoritaria absolutista.

Es verdad que en nuestro país hay una resistencia a aceptar esta debacle histórica. México tiene el problema –al ser vecino de esta potencia– de tener una larga experiencia –desde el siglo XIX– de invasiones, y el mítico robo de la mitad del territorio. Es decir, la fuerza hegemónica aún regional en ese entonces da la impresión de una duración mayor de su hegemonía global y, por tanto, genera una sensación de perpetuidad. Pero, como aquí se ha descrito, no podemos obviar el evidente cambio cualitativo en sus contradicciones más profundas. De aquí que el término de lumpenimperialismo nos ayuda para ampliar la discusión de esta crisis hegemónica. Conocer la verdadera condición de EU es crucial para que México genere su estrategia concreta de liberación tan urgente para los próximos años.

 

Oscar David Rojas Silva*

*Economista (UdeG); maestro y doctor (UNAM) en crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo, y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.

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