Horas antes de la inauguración del Mundial, familiares de personas desaparecidas caminaron hacia las inmediaciones del ahora Estadio Ciudad de México mientras cargaban fotografías de sus hijos, hijas, hermanas y hermanos. Algunas mantas preguntaban cuándo volverían a casa; otras recordaban el número de personas desaparecidas en México. A pocos metros, trabajadores ultimaban detalles para recibir a miles de aficionados y a decenas de medios internacionales. Esta imagen fue un recordatorio de que en el México mundialista siguen existiendo dolores que imploran no ser ignorados.
Reclamos públicos de esta naturaleza son frecuentes en una ciudad central como la Ciudad de México, que desde hace décadas vive al ritmo de las manifestaciones. Los distintos colectivos de madres buscadoras, junto a otros sectores de la sociedad civil, toman los espacios públicos constantemente para vocalizar exigencias que en su mayoría no encuentran eco. Lo mismo puede decirse de los familiares de los estudiantes de Ayotzinapa y de miles de personas atravesadas por la injusticia. Para quienes exigen respuestas, el Mundial representa una clara oportunidad para ocupar un foro público con una audiencia global dispuesta a ver y escuchar.
A pesar de ello, las manifestaciones de los últimos días –aunque previsibles y perfectamente entendibles– han generado molestias. Desde personas que habitan la ciudad día con día hasta funcionarios gubernamentales, varios sectores han expresado su disgusto por las movilizaciones y las muestras de inconformidad previas al Mundial. Hay quienes preferirían que una celebración de esta magnitud transcurriera sin protestas de por medio.
La expectativa, sin embargo, parte de una premisa indolente. ¿Quién decide cuándo duele? ¿Quién decide cuándo alguien puede alzar la voz? En una sociedad democrática, las respuestas no corresponden al gobierno, ni a los organizadores de un evento internacional. La libertad de expresión y el derecho de manifestación existen precisamente para garantizar que las personas puedan hacer visibles sus reclamos cuando consideran necesario hacerlo, especialmente cuando sus reproches incomodan. No podemos pedirles a las víctimas que guarden silencio para no incomodar a quienes buscan algarabia y festejos.
Conviene aprovechar este momento para revisar con seriedad aquello que los colectivos llevan años señalando. Ello implica fortalecer a las instituciones encargadas de investigar y atender estas problemáticas, destinar recursos suficientes para que puedan cumplir con esa tarea, mejorar los mecanismos de coordinación entre autoridades y mejorar la rendición de cuentas. Porque a pesar de los recientes esfuerzos, el Mundial terminará dentro de unas semanas. Las cámaras se marcharán, las visitas volverán a casa y la atención internacional se desplazará hacia otro lugar y otras personas. La indignación permanecerá porque la visibilidad temporal no soluciona los problemas ni borra años de frustración y hartazgo.
Ana María Ibarra Olguín*
*Magistrada de Circuito. Licenciada, maestra y doctora en derecho









