La invasión estadunidense a México de 1914

La invasión estadunidense a México de 1914

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Estados Unidos apoyó al golpista Victoriano Huerta para derrocar y asesinar a Francisco I Madero por medio de su embajador Henry Lane Wilson, quien orquestó el “Pacto de la Embajada”. En la propia sede diplomática se dirigió, paso a paso, el golpe de los militares porfiristas contra el presidente.

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Ante el embajador estadunidense, Sara Pérez, esposa de Madero, rogó que no mataran a su marido. Wilson, sin embargo, le contestó cínicamente: “Seré franco con usted, señora. La caída de su esposo se debe a que nunca quiso consultarme”, y se negó a interceder para impedir su asesinato.

Posteriormente, ante el avance exitoso de la Revolución mexicana y de sus grandes líderes populares, Francisco Villa y Emiliano Zapata, Washington ordenó la ocupación de Veracruz para intervenir directamente en el proceso revolucionario. Durante el porfiriato, el capital estadunidense se había hecho del control de sectores estratégicos, como el petróleo y los ferrocarriles, y pretendía seguir explotando nuestras riquezas en su provecho.

El revolucionario Cándido Aguilar tomó Tuxpan, y el almirante Frank Fletcher, desde el acorazado Nebraska, lo amenazó con invadir por tierra. El general Aguilar respondió que, si cumplían sus amenazas, incendiaría los pozos petroleros, pasaría por las armas a los yanquis que ahí se encontraran y atacaría a las fuerzas de desembarco. Tal actitud disuadió momentáneamente a Fletcher.

Recordemos:

En los primeros días de diciembre de 1913, el general Aguilar había emprendido un ataque contra el puerto de Tuxpan, Veracruz, para concentrar allí sus fuerzas y apoderarse –como finalmente lo hizo– de la plaza de Tamiahua, con lo cual dominó la región petrolera. Apenas tomó posesión de esta rica zona, recibió del almirante Fletcher, comandante de una escuadra de guerra de Estados Unidos que se encontraba en aguas de Tuxpan, la siguiente amenaza:

A bordo del acorazado insignia Nebraska,

en la mar, diciembre 8 de 1913.

Al jefe de las fuerzas rebeldes.

Tanhuijo, Veracruz.

Tiene conocimiento mi gobierno de que las vidas y los intereses de los ciudadanos estadunidenses y de otras nacionalidades carecen de garantías y se encuentran en peligro en la zona donde usted se encuentra.

Tengo instrucciones de mi gobierno de advertirle que, si en un plazo de veinticuatro horas no abandona la región petrolera, desembarcaré tropas para proteger las vidas y los intereses de los ciudadanos estadunidenses.

Sinceramente,

H J Fletcher,

almirante de la Marina de Estados Unidos.

El general Aguilar se apresuró a contestarle en estos términos:

Cuartel general en Tanhuijo, Veracruz,

diciembre 8 de 1913.

Señor almirante H. J. Fletcher:

A bordo del acorazado Nebraska.

Obra en mi poder su insolente nota, fechada hoy, y, en debida contestación, le manifiesto que las fuerzas bajo mi mando han otorgado las más amplias garantías a los ciudadanos estadunidenses y de otras nacionalidades, tanto en sus vidas como en sus intereses.

Le manifiesto que, en caso de que cumpla su amenaza y ordene el desembarco de sus tropas en territorio mexicano, me veré obligado a atacarlas, incendiaré todos los campos petroleros que estén en mi poder y mandaré pasar por las armas a los estadunidenses que aquí se encuentren.

Atentamente,

el general en jefe de la División de Oriente,

Cándido Aguilar.

El general Aguilar se preparó para combatir a las tropas estadunidenses y llevar a cabo el incendio de los pozos petroleros cuando, al día siguiente, a las doce de la mañana, se presentó ante su campamento un emisario con bandera blanca. Fletcher se echó para atrás, pero no por mucho tiempo.

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La detención momentánea, el 9 de abril de 1914, de nueve marinos yanquis que desembarcaron en Tampico para conseguir gasolina destinada al crucero Dolphin sirvió de pretexto al gobierno estadunidense para intervenir militarmente.

El 21 de abril de 1914 desembarcaron más de 6 mil invasores, transportados en 40 buques de guerra, entre los cuales se encontraban algunos de los acorazados más poderosos del mundo en ese momento, como el Florida. Estos buques bombardearon indiscriminadamente Veracruz, mientras aviones navales estadunidenses realizaron vuelos de reconocimiento sobre el territorio invadido, en lo que constituyó la primera participación de la aviación naval de Estados Unidos en operaciones de combate.

El general Gustavo Maass, sobrino del chacal Victoriano Huerta, abandonó la plaza; pero siempre hay mexicanos valientes: 100 reclutas y los presos, conocidos como los “rayados”, defendieron la ciudad con una o dos cajas de armamento y parque que habían quedado abandonadas. Los federales huyeron sin informar a la población del peligro que se avecinaba.

Al comenzar la invasión, mientras se cerraban todos los comercios y negocios, valientes militares retirados, como el viejo coronel Pascual Ramírez y el coronel Juan Antonio Muñoz, además del administrador de Correos y los jóvenes alumnos de la Escuela Naval, organizaron la resistencia. Mujeres, comerciantes, carpinteros, barrenderos, albañiles, presos y numerosos federales, por decisión individual, se quedaron a combatir.

La población civil tomó las armas por iniciativa propia. Muchas mujeres se incorporaron voluntariamente a los contingentes civiles para frenar el avance de los marinos e infantes de marina estadunidenses. Numerosas francotiradoras combatieron desde parapetos. Algunas mujeres dispararon a quemarropa contra los ocupantes para evitar ser violadas.

El general Gustavo Maass, sobrino del chacal Victoriano Huerta, abandonó la plaza; pero siempre hay mexicanos valientes: 100 reclutas y los presos, conocidos como los “rayados”, defendieron la ciudad con una o dos cajas de armamento y parque que habían quedado abandonadas. Los federales huyeron sin informar a la población del peligro que se avecinaba.

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La población civil tomó las armas por iniciativa propia. Muchas mujeres se incorporaron voluntariamente a los contingentes civiles para frenar el avance de los marinos e infantes de marina estadunidenses. Numerosas francotiradoras combatieron desde parapetos. Algunas mujeres dispararon a quemarropa contra los ocupantes para evitar ser violadas.

Los marinos invasores disparaban indiscriminadamente contra la población y descargaban una lluvia de balas expansivas dumdum. Civiles desarmados, mujeres y niños fueron víctimas inocentes. Nunca se sabrá el número exacto de muertos; el almirante Fletcher informó de 193.

Una vez consumada la invasión, el 22 de abril, se multiplicaron los atropellos contra la población civil: allanamientos, aprehensiones a diestra y siniestra e intimidaciones. Las casas debían mantener las luces encendidas y las puertas abiertas durante la noche, mientras los estadunidenses se arrogaban el derecho de entrar a cualquier vivienda, irrumpir en las recámaras a cualquier hora.

La gente se organizó valientemente: vecinos, obreros y artesanos se reunieron en azoteas, balcones y esquinas de las calles principales, como Independencia, Cinco de Mayo e Hidalgo. Desde ahí dispararon contra las columnas invasoras con fusiles Mauser, pistolas y escopetas.

A partir del 22 de abril, ante la resistencia popular, las fuerzas de Estados Unidos comenzaron el registro y la ocupación casa por casa. Varias veracruzanas defendieron encarnizadamente sus hogares y barrios desde el interior de sus viviendas. También niñas y niños colaboraron en lo que podían.

Las mujeres ayudaron en el aprovisionamiento y la logística de las municiones.

En medio del fuego cruzado, las valientes veracruzanas organizaron redes de apoyo para los defensores civiles y los cadetes de la Escuela Naval Militar.

Asimismo, transportaban cartuchos y cruzaban las calles bajo el bombardeo de los buques estadunidenses, como el USS Chester y el USS Prairie, para llevar municiones, alimentos y agua a los combatientes parapetados. De esta manera, alentaron y abastecieron a quienes se encontraban en la línea de fuego, además de auxiliar a los voluntarios y defensores civiles en los puntos donde la resistencia era más intensa.

El personal de salud proporcionó asistencia médica y cuidados de enfermería en el frente. Ante la saturación provocada por la gran cantidad de heridos por disparos y proyectiles de cañón de la flota enemiga, médicos y enfermeras locales actuaron sin tregua.

No faltaron la atención hospitalaria ni las labores de socorro. Enfermeras y voluntarias improvisaron puestos de primeros auxilios y trabajaron en el Hospital de San Sebastián, donde atendieron a numerosos defensores.

Muchas brigadas rescataron heridos en las calles. Sus integrantes se arriesgaron para auxiliar a civiles lesionados y recuperar los cuerpos de los fallecidos en plazas y muelles, pese al peligro constante de ser alcanzados por el fuego enemigo.

Las trabajadoras de los servicios telegráficos de Veracruz mantuvieron las comunicaciones con el resto del país y enviaron reportes sobre lo ocurrido, con lo que ejercieron una forma de resistencia telegráfica e informativa. Gracias a ello, el pueblo mexicano conoció de inmediato el desembarco y la brutalidad de la ocupación, lo que desencadenó movilizaciones en la Ciudad de México y otras regiones.

Aunque los partes militares oficiales de la época solían omitir los nombres de las mujeres civiles y las agrupaban bajo el concepto de “población voluntaria”, los historiadores y la memoria local veracruzana han rescatado su valentía como un pilar imprescindible para sostener la dignidad del puerto durante los más de siete meses que duró la ocupación militar estadunidense.

La juventud se distinguió por su heroísmo, y los valientes cadetes que defendieron Veracruz siguieron el ejemplo de quienes combatieron al invasor estadunidense en Chapultepec, en 1847. El joven teniente José Azueta, armado con una ametralladora, enfrentó prácticamente solo a las fuerzas invasoras. Aun después de recibir varios disparos, continuó combatiendo hasta quedar inconsciente.

Cuando los ocupantes enviaron a un médico para atender al joven agonizante, este, indignado, se negó a recibir atención del doctor extranjero y le espetó una frase que se le atribuye: “De los invasores, ni la vida”. José Azueta murió días después a consecuencia de sus heridas. Así ofrendó su vida con valor.

Durante el ataque contra la Escuela Naval murió el cadete Virgilio Uribe y otros jóvenes resultaron heridos. También hubo numerosos héroes civiles que lucharon hasta morir, como el carpintero Andrés Montes.

Después de afilar durante la noche un machete para que su esposa le mochara la cabeza al primer gringo que se atreviera a entrar en su casa y de escribir una carta a su hijo menor, Montes salió a combatir hasta encontrar la muerte a manos de los invasores yanquis.

De igual manera, los invasores fueron contraatacados por mujeres que les disparaban desde las azoteas. Entre ellas se encontraba la señorita Velásquez, quien, oculta tras las persianas, abría fuego contra los gringos que se habían apoderado de nuestro territorio.

Tras imponer el toque de queda, los ocupantes disparaban contra los veracruzanos que salían después de las siete de la noche, incluso si sólo se asomaban al balcón o a la puerta de su casa.

El cielo de Veracruz se cubrió de zopilotes. Mientras tanto, los gringos incineraban cadáveres en piras de leña, tanto en la zona naval como frente al edificio de Faros.

Al mismo tiempo, se extendía una epidemia de viruela. Muchos habitantes abandonaron la ciudad, mientras 5 mil personas del puerto acamparon en las cercanías de Boca del Río, preparadas para repeler cualquier avance de los invasores.

Fletcher invitó a los empleados municipales a regresar a sus puestos; sin embargo, el Ayuntamiento renunció en pleno como protesta contra la invasión. Ante ello, Fletcher impuso la ley marcial e instituyó un gobierno civil de ocupación.

Los maestros abandonaron el Departamento Educativo estadunidense y, gracias al apoyo de la población, organizaron escuelas gratuitas en carpas, donde los niños continuaron estudiando. La población –siempre tan alegre– siguió la consigna de abstenerse de cantar, tocar música y participar en actividades recreativas mientras su ciudad permaneciera invadida.

En la Ciudad de México, la gente apedreó negocios gringos y exigió los medios necesarios para presentar batalla al invasor; pero Victoriano Huerta embarcó a los voluntarios en un tren con destino a San Luis Potosí y desalentó la organización patriótica.

El 23 de noviembre de 1914, los invasores se retiraron después de haber cometido en México terribles crímenes de guerra. Su maquinaria bélica continuaría utilizándose posteriormente en nuevas intervenciones y guerras.

Al retirarse, entregaron el puerto a las fuerzas de Venustiano Carranza, junto con gran cantidad de municiones y pertrechos, los recursos obtenidos mediante impuestos e ingresos aduanales, así como los suministros y las instalaciones de la Marina y la Aduana mexicanas.

En la práctica, la entrega del puerto y de esos recursos benefició a los carrancistas en la guerra contra la revolución popular encabezada por Francisco Villa y Emiliano Zapata, cuyas fuerzas tomaron la capital de la República en diciembre de 1914 y eran consideradas un peligro para los intereses de Estados Unidos.

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¡Dada nuestra experiencia histórica, estemos alertas! El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, publicó el 7 de septiembre de 2026, en su red social Truth Social, una imagen en la que aparece un mapa del continente americano con México, Canadá, Groenlandia y Cuba cubiertos por la bandera estadunidense.

Esto ocurrió después de que propusiera cambiar el nombre del estado de Nuevo México por “Nueva América” y ordenara renombrar el lago Ontario como “lago América”. La vocación expansionista del imperio yanqui es clara.

Hoy, cuando el imperialismo estadunidense amenaza como nunca a nuestro país, debemos mantener viva la memoria histórica y recuperar nuestra experiencia de lucha para defender la independencia y la soberanía nacionales.

 

Pablo Moctezuma Barragán*

*Doctor en estudios urbanos, politólogo, historiador y militante social

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