Juventudes afromexicanas y afrodescendientes: hacia la dignidad, justicia y visibilización

Juventudes afromexicanas y afrodescendientes: hacia la dignidad, justicia y visibilización

Afromexicanas, para el 2021, representaban el 2 por ciento del 30.7 por ciento de la población total del país, de acuerdo con el IMJUVE.
Foto: Alitzel Díaz

Es necesario fortalecer y sembrar, para cultivar.

Mary Olmedo, joven y mujer afromexicana.

Agosto es el mes por excelencia dedicado a las juventudes. Organismos como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) y la Organización de Naciones Unidas (ONU) indican que es necesario priorizar las condiciones de esta población a nivel global. Consideran, además, que es menester involucrarles en espacios de toma de decisiones, pues se tiene la fiel convicción de que son agentes de cambio y transformación.

No obstante, las realidades de nuestras juventudes actualmente son diversas y complejas: a menudo, suelen ser invisibilizadas, invalidadas y silenciadas. Solemos vivir bajo un ojo adultocéntrico y patriarcal, que nos impide reconocer, escuchar y aprender de otros grupos sociales (entre ellos, la juventud que hace parte de las poblaciones mayormente vulneradas, como las mujeres o los pueblos originarios, por mencionar algunos). Es así que la historia ha sido testigo de las limitaciones estructurales, sociales, económicas y políticas, que colocan a las y los jóvenes en una suerte de limbo: muy grandes para ser considerados infancias, pero muy chicos para ser personas con agencia, voz y decisiones propias.

Pero, ¿qué es y cómo se define la juventud? ¿Es una transición hacia la adultez? ¿Será una etapa de rebeldía y exploración? ¿Una mera categoría biológica? O tal vez esa parte de la población que debe ser vigilada y tutelada para lograr ser adultos socialmente funcionales (tal como lo dicta el “deber ser” y las heterónomas). Quizá todas las anteriores, e incluso los estereotipos, prejuicios e imaginarios asociados a ello. Vale decir, que está contemplada dentro de un rango etario entre los 12 o 14 años de edad y hasta los 29.

No todas las juventudes se viven de la misma manera, ni mucho menos atienden a un grupo social homogéneo. Dentro de su diversidad, encontramos condiciones sistémicas que privilegian u obstaculizan cada experiencia implicada en este proceso de vida.

Así, al tomar como pretexto el Día Internacional de las Juventudes (12 de agosto) y su colindancia con fechas como el 25 de julio (Día Internacional de la Mujer Afrolatina, Afrocaribeña y de la Diáspora), el 10 de agosto (Día Nacional de la Afromexicanidad) y por supuesto, el 31 de agosto (Día Internacional de los Afrodescendientes), abordamos una de muchas realidades existentes en el país: las juventudes afromexicanas y afrodescendientes.

Según el Instituto Mexicano de la Juventud y el Consejo Nacional de Población, para 2021 el porcentaje de jóvenes representaba el 30.7 por ciento de la población total del país, de las cuales el 2 por ciento se consideraron afromexicanas o afrodescendientes. Esto, aunque es un porcentaje bajo, visibiliza juventudes conscientes de sus orígenes, ancestralidades, herencias, pertenencias e identidades. Además, que refuerzan procesos de reconocimiento y resignificación.

Así lo compartió Mary Olmedo, joven y mujer afromexicana de 25 años de edad, originaria de la comunidad de Montecillos, municipio de Cuajinicuilapa, Guerrero: “desde siempre he sabido ser una joven negra; sin embargo, ahora acepto el término afromexicana y me reconozco como tal. Empezó para mí este proceso de auto-reconocimiento cuando inician los censos por parte del Inegi. Nosotros conocemos el término negro, llanero, pandeño, cuijleño, pero ahora me acepo y me reconozco como una mujer afromexicana”.

Esta joven considera que la participación política de las juventudes es de vital importancia, que es necesario fortalecer y sembrar, para cultivar. En sus palabras: “las juventudes tenemos esa obligación de involucrarnos en la política de nuestras comunidades, ya sea política de derechos o política comunitaria. Pero que somos necesarias en el proceso de todas y cada una de nuestras comunidades”.

Por otra parte, comparte su preocupación porque jóvenes y adolescencias no tengan argumentos suficientes para involucrarse en sus espacios y entornos en que viven, pues “es cierto que existe como una falta de deseo de las juventudes de participar en sus comunidades, incluso en las tomas de decisiones que tienen menos relevancia”. Y es que, es un común denominador la falta de participación de la población juvenil en espacios políticos; ya sea por falta de tiempo, de interés o porque sus contextos y complejidades no les permiten hacer parte de este tipo de procesos.

Olmedo refuerza el argumento que párrafos arriba menciono, al considerar que una de las razones por las que las y los jóvenes no ocupan lugares de agencia es el adultocentrismo, que provoca “hacer caso omiso ante estos espacios”. Aunado a ello, compartió que es importante tener acceso a herramientas y conocimientos de las políticas públicas que les competen, así como de sus derechos para lograr participar y mejorar sus contextos.

Además de atravesar cuestiones etarias y de clase, las juventudes afromexicanas y afrodescendientes se enfrentan a factores como el género. Pues a pesar de que las actividades de las mujeres en espacios rurales son indispensables para la vida diaria, normalmente son minimizadas. Mary Olmedo señaló: “las mujeres hemos sido y seremos el pilar económico de cada familia y comunidad”. Es por esto, que uno de sus objetivos es hacer que su participación social sirva para empoderar y fortalecer tanto a juventudes como a mujeres de su alrededor. Con la producción de proteína animal, espera impulsar y mejorar la economía, sobre todo de mujeres y jóvenes de su entorno.

“Sigamos ennegreciendo todos y cada uno de los espacios que se nos han sido negados”. Palabras poderosas que nos invitan a descentralizar las oportunidades y espacios de reflexión sobre temas como la juventud y la afromexicanidad. A crear espacios fuera del ámbito urbano, intelectual o académico. Por el contrario, incentivar más encuentros desde, para y por las comunidades afro en México.

Ahora bien, valdría la pena poner sobre la mesa uno de los mayores retos que nos atraviesa como sociedad y en materia de derechos humanos: el racismo y la discriminación. Elementos que se mantienen presentes, aun bajo la falsa idea de que “en México no hay racismo”. Para las juventudes y poblaciones racializadas, éste es el pan de cada día. El constante cuestionamiento de si eres o no mexicana por ser visiblemente “negra” o “afro” ha llevado a muchos integrantes de la comunidad a tener que demostrar su nacionalidad. Hechos que violentan y vulneran sus derechos humanos, su dignidad e idiosincrasia.

Carmeliza Colina –originaria de Córdoba, Veracruz– compartió una de sus vivencias al ser madre de una adolescente afrodescendiente. En su relato nos cuenta su experiencia tras ser detenida por agentes migratorios rumbo a su casa. Ella, junto con otras tres mujeres (entre ellas su hija menor de edad y visiblemente “afro”), volvían del VIII Encuentro Nacional e Internacional de Mujeres Afromexicanas y Afrodescendientes, celebrado el pasado 27 de julio en la comunidad de Mata Clara, Cuitláhuac, Veracruz. Resalta el trato y la actitud absurda por parte del cuerpo migratorio, al invalidar su identificación, primero como mexicana y, segundo, como madre biológica de la adolescente.

“Yo no creo que haya una mamá que ande cargando la CURP de sus hijos”, fueron las palabras de una madre preocupada. Tener que mostrar documentación oficial de su hija para “corroborar su identidad y nacionalidad” no era parte del viaje. Esta acción no bastó para los agentes migratorios y la policía presente, quienes –aún con la información solicitada– procedieron a revisar no una, sino cuatro veces el carro y los papeles entregados.

El hostigamiento y acoso a este grupo de mujeres afrodescendientes únicamente expone la forma en que el racismo opera en nuestro país: “como te ven, te tratan”. ¿Te suena? Casos como el de Carmeliza y su hija son recurrentes sobre todo en las zonas fronterizas y lugares con alto grado de movilidad humana. No es la primera vez que personas racializadas y visiblemente “negras” tienen que ratificar o corroborar su identidad nacional. Sin embargo, una persona afromexicana no tendría por qué demostrar nada dentro de su territorio, mucho menos atender a revisiones rutinarias “al azar”.  Lo mismo para quienes comprueben su estadía previa al ser extranjeros. Al fin y al cabo, ¿qué, no la movilidad humana es un derecho?

De esta manera quedan plasmados los retos y caminos a seguir en miras a un futuro donde ser joven, afromexicana, afrodescendiente y mujer no sean motivos de desigualdades sociales, discriminación e invisibilización. La lucha histórica de las comunidades afrodescendientes en México ha logrado pasos agigantados dentro de la política mexicana. A pesar de ello, el camino es largo y apenas comienza. La inserción e incidencia de las nuevas generaciones por la dignificación de la comunidad es el refuerzo hacia un futuro donde quepa la justicia, el respeto y el reconocimiento social, económico, político y cultural.

Los tiempos han cambiado y todos esos pies que abrieron la brecha en esta búsqueda del buen vivir (en palabra de Francia Márquez) quedan marcados como pautas para las juventudes venideras. Jóvenes que, como Mary y Miranda, tienen plena consciencia de quiénes son y hacia dónde van.

*Alitzel Díaz es colaboradora del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria

 

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