En el contexto del inicio del Mundial de la FIFA 2026, grupos de derecha y ultraderecha locales e internacionales intensificaron sus estrategias de desestabilización política, económica y social contra el pueblo de México. Las tácticas que aplican se enmarcan en las fases de las guerras cognitiva y de baja intensidad, del llamado golpe de Estado blando, así como en estrategias de la propaganda negra, con miras a influir y manipular a la población. Previo a la inauguración del Mundial de Futbol, incrementaron las campañas de mentiras y noticias falsas en medios y redes sociales, bajo el auspicio de empresarios, banqueros, corporaciones mediáticas, y la Embajada de Estados Unidos y las agencias CIA y DEA. Buscaron, sin éxito, desalentar la llegada de turistas y aficionados extranjeros. También intentaron “capitalizar” las protestas sociales para aparentar un Estado fallido sumido en crisis, y desangelar la fiesta colectiva y popular en los llamados fan fest
En las semanas recientes, grupos de derecha y ultraderecha mexicanos e internacionales intensificaron sus estrategias de desestabilización política, económica y social, con el fallido objetivo de debilitar la autoridad de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. En el contexto del inicio del Mundial de Futbol FIFA 2026, estas tácticas se enfocaron, sobre todo, en campañas de propaganda negra en medios de comunicación corporativos y en redes sociales, a través del uso de granjas de bots y trolls, y operaciones clandestinas de descontrol social.

Los mensajes que más diseminaron describen a México como un Estado fallido, una nación sumida en crisis social y económica, y apuntalaron la idea de que el supuesto “narco gobierno” mexicano debe ser intervenido por el gobierno de Estados Unidos, encabezados por Donald Trump. Al mismo tiempo, la CIA [Agencia Central de Inteligencia estadunidense involucrada en varios golpes de Estado en América Latina y el resto del mundo] desplegó una operación clandestina en territorio mexicano, disfrazada de operativo anti narcóticos. Ello, en connivencia con gobiernos estatales de derecha, en especial el de Maru Campos, en Chihuahua.
Estos grupos de derecha encabezan el intento de conspiración contra el gobierno mexicano y, como reveló Contralínea, para ello son asesorados por personal de la Embajada de Estados Unidos en México y de las agencias DEA y CIA. Además, están al frente y financian las campañas de guerra sucia mediáticas y en redes sociales, y han buscado capitalizar las protestas tanto de la CNTE como de los grupos de madres y familiares buscadores de personas desaparecidas, que se desarrollaron días previos y durante la inauguración del Mundial 2026, para enviar una imagen de Estado fallido frente a medios internacionales. No obstante, fallaron en sus cálculos de opacar la llamada “fiebre futbolera”, que se vivió tanto en el estadio Azteca como en los fan fest, incluido el del Zócalo capitalino.

Noticias falsas
En este contexto, también diseminaron noticias falsas para promover un clima de inestabilidad económica –al afirmar falsamente que hay crisis en México, crisis en Sinaloa, crisis en el IMSS Bienestar–, alertó la consejera Jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde, en las dos conferencias de “Derecho de réplica” que ha dado el 3 y 10 de junio pasados.
La funcionaria advirtió en su primera conferencia que la derecha mexicana tiene una alianza con la ultraderecha internacional, y por ello han invitado a referentes extranjeros como las españolas Cayetana Álvarez de Toledo e Isabel Díaz Ayuso. Y acusó que esta connivencia también se da en el ecosistema digital, donde se observa “una campaña por parte de la derecha internacional asociada hoy con la derecha mexicana”.
Al respecto, el 10 de junio presentó un análisis de la operación en redes sociales de lo que denominó la red internacional de derecha: “no es una suma de esfuerzos aislados, sino un ecosistema estructurado y transnacional de injerencia, cuyo objetivo explícito es desgastar y debilitar a los gobiernos progresistas de América Latina a través de noticias y de narrativas falsas”.
Alcalde Luján explicó que dicho ecosistema presenta dos elementos fundamentales: “la primera, a través de consultores y operadores políticos trasnacionales con antecedentes en Brasil, en Argentina, en España, que trasladan e imponen en nuestro país una metodología de desinformación y de noticias falsas. Y el segundo elemento es que esta operación consiste en activar varios elementos: 1) son medios digitales que ellos mismos crean y que difunden la información falsa; 2) pauta publicitaria para amplificar estas narrativas; 3) despliegue masivo de bots digitales, trolls y también contratación de servicios de influencers, que muchas veces se dedican a otras cosas y que se coordinan para hablar y amplificar la narrativa falsa. Y finalmente, la amplificación por algunos medios tradicionales y también comentócratas de derecha”.

Acerca de los consultores políticos trasnacionales que operan en México, identificó que dos serían los principales cabecillas: “Fernando Cerimedo, argentino, fundador de La Derecha Diario. Fue estratega digital del presidente de Argentina, señalado por la Policía Federal de Brasil en una investigación sobre redes de desinformación electoral.
“Y por el otro lado, Javier Negre. Español, fundador de EDATV, OkDiario, RAVE Español, The Right News Show, copropietario de La Derecha Diario junto con Fernando Cerimedo. Ha impulsado la expansión internacional de esta red de medios en América Latina, en Estados Unidos, incluso en Israel. Y ha sido condenado por la justicia española por precisamente inventar noticias falsas”.
Al respecto, Luisa María Alcalde acusó que ambos se han encargado de la propaganda que buscaba que la FIFA retirara a México cinco partidos de este Mundial 2026, así como evitar que en este país se llevara a cabo la inauguración de esa justa deportiva. Los pseudo-argumentos que usaron por meses fueron el del Estado fallido y el del narco-Estado. Fracasaron.

Propaganda negra
Las tácticas que aplican la derecha y la ultraderecha en México no son nuevas; son una mezcla de estrategias basadas en las características de la propaganda negra, la guerra cognitiva, la guerra de baja intensidad y las fases del golpe de Estado blando.
De acuerdo con teóricos de la comunicación como Harold Lasswell, Victoria O’Donnell y Garth Jowett, la propaganda negra es una forma muy agresiva, sofisticada y peligrosa de manipulación de la información, que oculta su origen: deliberadamente se atribuye a una fuente distinta o de plano suplanta la identidad del enemigo, para destruir su credibilidad desde dentro o sembrar el caos en sus filas.
Otra de sus características es que su intención destructiva y hostil ataca directamente al “enemigo”: ante sus propios aliados o seguidores, lo ridiculiza, lo presenta como alguien peligroso, traidor o moralmente repugnante. Para ello, recurre a mensajes falsos que mezclan datos reales con mentiras graves.
Además, en la “Era digital”, se estima que la propaganda negra evolucionó radicalmente al permitir a sus promotores crear portales de noticias que difunden desinformación; uso de cuentas parodia o perfiles inventados para generar indignación y destruir la reputación de personas reales; distribución de videos o audios (deepfakes) creados con inteligencia artificial para hacer parecer que un líder político confiesa un crimen, acepta un soborno o llama a la rendición.
En cuanto a la guerra cognitiva, esta se enfoca en modificar el pensamiento para cambiar la forma en la que las personas procesan la información y toman decisiones, por lo que el campo de batalla es la mente humana: capturar la atención, alterar las percepciones y manipular el comportamiento de una población entera o de sus líderes.
Por ello, explota los llamados sesgos cognitivos o sesgos de confirmación, a través de narrativas específicas para que el cerebro las acepte sin filtros críticos. En las redes sociales se aplican algoritmos de recomendación que segmentan a la población objetivo, y al igual que la propaganda negra, usan la IA y las deepfakes para distorsionar la realidad, fabricar escándalos o simular declaraciones oficiales. Estas campañas suelen operar a través de cuentas automatizadas (bots), granjas de troles, medios de comunicación locales fachadas y “creadores de contenido” que replican las narrativas falsas.
A este tipo de guerra se le atribuye como blanco principal las instituciones del Estado: sistema electoral, poder judicial, los tres niveles de gobierno (federal, estatales y municipales). Ello, porque el país se paraliza desde dentro cuando el pueblo pierde la confianza en sus propias instituciones. Y para ello se promueve la polarización política extrema para generar ingobernabilidad: se radicalizan las diferencias internas ya existentes (sociales, políticas, raciales o económicas).
Del modelo político-militar de la guerra de baja intensidad, las actuales campañas de la derecha y la ultraderecha en México se aprovechas las estrategias psicológicas e ideológicas encaminadas al control social, político y económico de la población. Las tácticas tienen por objetivo desgastar la base social del adversario y moldear la opinión pública, por lo que el control de la narrativa es vital: se usan los medios de comunicación y la desinformación para desmoralizar al enemigo, ganarse a la población neutral y justificar las acciones propias.

Por ello se considera que se trata de una guerra de desgaste lento, que busca dividir a las comunidades, crear redes de espionaje local y sembrar la desconfianza, e incluye asesinatos selectivos, desapariciones y amenazas dirigidas a líderes comunitarios o sociales para descabezar los movimientos.
Mientras que del golpe de Estado blando –concepto que desarrolló el politólogo estadunidense Gene Sharp– se aplican las cinco fases al mismo tiempo:
1) ablandamiento social o malestar, con el objetivo de crear un clima de descontento generalizado y deslegitimar al gobierno desde el inicio; guerra psicológica y mediática con la que medios de comunicación y redes sociales amplifican las denuncias de corrupción, ineficiencia y autoritarismo; promoción de fracturas: se busca profundizar las divisiones existentes en la sociedad para generar polarización.
2) Deslegitimación: se pasa de la queja pasiva a la acción coordinada para debilitar la autoridad moral del gobierno; manipulación de prejuicios: se difunden rumores, noticias falsas y alarmas económicas (como desabasto o devaluación) para generar pánico; uso de plataformas civiles: se instrumentalizan las ONG, organizaciones de derechos humanos o colectivos estudiantiles para lanzar acusaciones constantes de violaciones a la ley por parte del Estado.
3) Judicialización y combate institucional (o lawfare): la batalla se traslada al terreno legal, político e institucional para paralizar al Poder Ejecutivo; para ello se promueven amparos masivos, investigaciones judiciales y bloqueos desde el poder legislativo o judicial para asfixiar las reformas del gobierno. Además, en esta fase se alienta el calentamiento de calle: se organizan manifestaciones basadas en consignas institucionales o de defensa de la democracia, buscando confrontar directamente a las fuerzas del orden.
4) Combinación de formas de lucha para generar ingobernabilidad: se intensifica la presión para llevar al país a un punto de quiebre operativo; a la par, se organizan operaciones de acción directa: bloqueos de vías principales, tomas de edificios públicos, huelgas prolongadas y sabotaje económico o de servicios. Con ello se crea un clima de caos: el espacio público se vuelve conflictivo para proyectar la imagen de un gobierno que ha perdido totalmente el control del país.
5) Fractura institucional: es la fase final, donde se fuerza la salida del gobernante. Aquí se busca el aislamiento internacional del presidente o presidenta del país, la deserción de sus aliados políticos y la presión de las Fuerzas Armadas (que intervienen para “sugerir” su salida en aras de la paz); mientras que se le da una salida “legal” a la destitución: el relevo en el poder se presenta bajo un manto de aparente legalidad institucional (juicios políticos, destituciones parlamentarias o elecciones adelantadas bajo presión).
Este método ha sido ampliamente usado por agencias estadunidenses (como la CIA, DEA, USAID, NED), en colusión con fuerzas políticas de derecha, para desestabilizar e incluso derrocar gobiernos democráticamente electos en América Latina, por ejemplo, en Brasil, Argentina, Venezuela, Cuba, Chile, Colombia.

Campañas de odio, racismo y clasismo
Al mismo tiempo que estos grupos de derecha y ultraderecha recrudecieron sus campañas de deslegitimación del gobierno federal, con acusaciones del Estado fallido y el narco gobierno, potenciaron las campañas mediáticas de odio, racismo y clasismo.
En este caso, lo que se busca es estigmatizar a militantes y simpatizantes del Movimiento Regeneración Nacional (Morena). La idea que se impulsa, sin presentar pruebas, es que las personas cercanas a ese partido político están involucradas en el narcotráfico y son delincuentes. Con ello, buscan restar fuerza popular a ese instituto político de cara al proceso electoral de 2027, pues ha arrasado en las elecciones desde 2018 a la fecha.
Esta no es la primera vez que, con propaganda negra, buscan manipular los sentimientos de los votantes y generar una ruptura del partido con el pueblo basada en prejuicios. En el sexenio pasado, el presidente Andrés Manuel López Obrador fue insultado hasta el cansancio, incluso con frases como “indio pata rajada”. Tanto, que él mismo llegó a declarar –el 9 de julio de 2024–: “de una vez lo digo: soy un presidente naco, chinto y chairo de Tepetitán, Macuspana, Tabasco, y pertenezco al pueblo y al pueblo raso, y ya que quede claro. Y no soy fifí, y respeto a los fifís, y todos podemos ser libres. Y no debe de haber clasismo, ni racismo en nuestro país, ni machismo”.
La reivindicación del presidente AMLO rompió con esta estrategia de manipulación basada en patrones racistas y clasistas, pues la vergüenza que se esperaba inducir a la población de escasos recursos se trasladó a quienes tienen dinero mal habido, sea por la comisión de latrocinios, peculado o fraudes, o por estar involucrados en el crimen organizado. De ahí que ahora el estigma ahora busca asociar al partido con actividades delictivas.

Aunado a las campañas de “narco gobierno”, “narco presidenta” o “protectora de narcos”, se difunden mensajes anónimos en redes sociales y artículos de opinión que recriminan a la presidenta Sheinbaum su cercanía con el pueblo, al advertir que ya fue “mucho indigenismo” y “mucha ‘soberanitis’”. Estas, recuerdan cuando la estigmatización mediática se cebaba en la pobreza, para que la mayoría de la población sintiera vergüenza de su condición, sin reflexionar que el origen de la desigualdad radicaba en el modelo económico neoliberal que beneficio a los más ricos del país.
Con ello, además, se promovieron fenómenos sociales como el llamado aspiracionismo, basado en el consumo a crédito para aparentar una posición social distinta, que sólo beneficia a las instituciones financieras, las casas de empeño y los modelos de negocio rentistas, que basan sus ventas en pagos fijos y abonos con tasas de interés superiores a las fijadas por el Banco de México.
Como en el pasado, estos estereotipos siguen siendo reforzados por contenidos de la televisión abierta, donde conductores, actores y actrices protagónicos son predominantemente blancos de ojos claros. Históricamente, Televisa ha promovido patrones de movilidad social basados no sólo en clasismo sino en machismo: la joven bonita y pobre que sólo podía superar esa condición humillante e indigna cuando el hombre rico se enamoraba de ella.




















