La soberanía política y el fin de la hegemonía estadunidense

La soberanía política y el fin de la hegemonía estadunidense

La soberanía política y el fin de la hegemonía estadunidense
FOTO: 123RF

En mi entrega anterior puse de manifiesto cuatro soberanías económicas (energía, alimento, crédito y tecnología) como un marco de referencia que nos ayuda a evaluar el avance concreto del nuevo modelo económico. También hemos enfatizado el carácter popular de la transformación del régimen estatal (“por el bien de todos, primero los pobres”), es decir, la construcción de una República social. Pero ahora es necesario agregar un quinto elemento, especialmente porque es la base que permite la factibilidad material de los objetivos a alcanzar, me refiero a la soberanía política.

Este nuevo elemento encarna quizá uno de los temas de mayor controversia en el momento actual de reorganización global, se trata del papel que juega determinado país con respecto a las polaridades dominantes; esto es de especial importancia para aquellas naciones con antecedentes coloniales, o como se le suele llamar, el sur global. En nuestro caso, se trata de la difícil relación que tenemos con nuestro vecino del norte: Estados Unidos de América (EUA). Nuestro objetivo central es realizar una evaluación clara del estado real que guarda dicha relación, tanto de su fuerza como sus debilidades, pues sería tan erróneo, estratégicamente hablando, obviar la influencia hegemónica y sus riesgos, así como subestimar las oportunidades derivadas de su fase menguante.

Para abordar este tema, propongo una rearticulación analítica de los antecedentes de nuestra historia a través de tres fases: a) el intervencionismo contrarrevolucionario (anti-3T), b) la subordinación industrial durante el llamado “milagro mexicano” (1939-1970), y c) el periodo de saqueo neoliberal financiarizado de la época reciente (1982-2018). Estos tres momentos nos permiten delinear la trayectoria del imperialismo estadunidense en su fase de génesis, desarrollo y crisis, respectivamente. Immanuel Wallerstein, gran teórico de los procesos de largo plazo del capitalismo, fue muy enfático en recordar que los ciclos hegemónicos jamás son eternos, todo lo que sube tiene que bajar.

Estados Unidos comienza su historia –su génesis– como heredero de un modo de producción fabricado en terreno europeo. Su nueva fuerza industrial resultó ser poderosa gracias a que dicha migración permitió “comenzar de nuevo” en un territorio “limpio” (despojo de las comunidades originarias) y “libre” de las anquilosadas herencias del mundo feudal europeo. Esto pronto comenzó a reflejar la potencialidad productiva que habría de convertir al vecino del norte en un competidor de carácter global. Pronto su influencia se resintió en América Latina, la doctrina Monroe “América para los americanos” ha comandado desde entonces la geopolítica americana, misma que estipula un hegemón y sus territorios neocolonizados.

De esta manera, la ideología imperialista anula de facto la pretensión de soberanía, tanto política, pero sobre todo económica. Como se sabe, a principios del siglo XX, en tiempos de la 3T, EUA protagonizó el primer acto contrarrevolucionario abierto contra la Revolución Mexicana, al lanzarse en defensa de los intereses de los capitales norteamericanos provenientes del porfiriato. Tal como recuerda el economista José Luis Ceceña en su gran obra México en la órbita imperial de 1970:

“Así se inició la contrarrevolución, con el cuartelazo de la Ciudadela, en la que el embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson, tuvo una intervención tan directa que en la propia embajada norteamericana se fraguó el derrocamiento del presidente Madero mediante lo que se llamó el Pacto de la Embajada, en febrero de 1913” (p.104).

El movimiento revolucionario, primero subestimado por los propios estadounidenses al considerar el proceso tan solo un cambio de orden político, se dieron cuenta que en realidad había comenzado un proceso de emancipación económica por lo que EUA organizó todo un entramado que aglutinó a los grandes capitales para así exigir a México la aceptación de deudas leoninas y de excepciones de aplicabilidad del mismísimo artículo 27 constitucional. El vecino del norte se aseguró que la liberación política se compensara con una sujeción económica a través de la deuda, José Luis Ceceña continúa:

“Por más de dos décadas, el Comité Internacional de Banqueros ejerció una fuerte presión económica sobre nuestro país, presión que tenía como base la crecida deuda exterior, cuyos pagos se habían suspendido por causa de las luchas armadas en que vivió México por varios años. En sus presiones, los banqueros contaron con el apoyo decidido de gobierno norteamericano, que de diversas maneras intervenía para imponerle a nuestro país cargas onerosas por concepto no solamente de la deuda exterior, sino por crecidas reclamaciones por daños en las propiedades extranjeras que habían sido causados por el movimiento armado” (p.113).

Esto no evitó, por supuesto, que México continuara su proceso con una segunda oleada revolucionaria, particularmente en materia de recuperación de sectores estratégicos fundamentales para los objetivos de emancipación económica, encabezada por el general Lázaro Cárdenas del Río. La reivindicación de la construcción de un Estado social vino acompañada de acciones contundentes como la reforma agraria y las nacionalizaciones de los ferrocarriles, petróleo y las bases de la futura nacionalización eléctrica. Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), ya con EUA como competidor hegemónico, exigió la necesidad de intensificar el proceso de industrialización en la región dando paso al periodo de sustitución de importaciones con el que México pasó de ser un país agrícola a uno semi-industrializado en un periodo acelerado de 60 años (esto había costado 120 años a Gran Bretaña, 110 a EUA y 85 a Francia).

El país pudo crecer a tasas de 6.6 por ciento promedio desde 1939 a 1970. Este cambio cualitativo es a lo que suele referirse como el “milagro mexicano”. Este periodo de desarrollo se sustenta en el triunfo de la guerra por parte de EUA, pero especialmente la capacidad de imponer la moneda estadounidense, el dólar, como patrón de referencia para todos los países, incluyendo el bloque soviético. Este periodo es el de mayor fuerza en la irradiación de la hegemonía y que llevará a EUA a ganar la guerra fría de aquél entonces. Esto inauguró, por su parte, un periodo de subordinación política que se reflejó bajo el signo del autoritarismo del PRI. El proceso democrático fue totalmente anulado.

Si bien este periodo representó un proceso de industrialización acelerado también quedó claro que este modelo encarnó un problema esencial: el dominio de la Inversión Extranjera Directa (IED) que ancló nuestra economía a los ciclos de la economía estadounidense. Este modelo de crecimiento significó un desequilibrio productivo fuerte provocado por el gran peso de deuda financiera que exigía este modelo. Esta profundización de la dependencia económica puso un final a las altas tasas de crecimiento y dio paso a la crisis sistémica que nos llevó al neoliberalismo. El Tratado de Libre Comercio de América de Norte (TLCAN) que entró en vigor en 1994 simboliza la rendición completa de la soberanía económica. Esta es la crisis que llevó al pueblo de México al largo proceso de insurrección política, la lucha contra los fraudes electorales, para corregir este rumbo.

Mientras tanto, como marcan las leyes del movimiento universal, todo proceso que inicia llega a su final, la filosofía alemana nos recuerda, además, que cuando un proceso llega a su maduración, comienza inmediatamente su disolución y tránsito a otra forma. La hegemonía estadounidense alcanzó este punto cuando logró imponerse transitoriamente como poder unipolar (1989), pero que, al alcanzarlo inmediatamente brotaron las contradicciones de su propio modelo que indujo al vecino del norte a un proceso de desindustrialización (enviando sus procesos productivos a zonas periféricas) y a la inestabilidad intrínseca derivada del dominio del capital especulativo. Esta es la fase que identificamos como neoliberalismo y representa una especie de fracking productivo al convertir toda propiedad social en propiedad privada corporativa.

No obstante, como la historia reciente nos ha mostrado, fue el propio neoliberalismo el que ha llevado a la economía occidental a una crisis generalizada, terminó por ahogar la economía europea y ahora hasta la estadounidense misma. Se ha puesto en entredicho ya la viabilidad del mundo unipolar y comienza un proceso coordinado antiimperialista comandado por los BRICS. Este proceso, aunque originado en Asia, tiene efectos globales por lo que su desarrollo transforma las condiciones generales incluyendo la que aquí analizamos, entre EUA y México. La relación en esta tercera fase encuentra a México con soberanía política y estabilidad social mientras que en aquel país se encuentra al borde de la guerra civil y con múltiples frentes abiertos.

No es un detalle menor que la Cuarta Transformación recupere los principios cardenistas de soberanía económica, pero con una estrategia para alcanzar primero la soberanía política, con esto se evita caer en los mismos errores que truncaron aquel milagro mexicano. Se ha alcanzado la mayoría calificada, se ha reformado el poder judicial, está en marcha la reforma política, se han operado diferentes cambios constitucionales de reordenamiento de la economía y se cuenta con una alta aprobación que habilita la perspectiva de la continuidad, sin dejar mencionar que en tan solo un sexenio se pudo revertir la tendencia de pauperización y fueron más de 13 millones los que abandonaron la pobreza multidimensional.

Es verdad que todavía vive una sombra poderosa del añejo Comité Internacional de Banqueros, hoy bajo la institucionalidad del FMI, BM, la Reserva Federal, el sistema de bancos centrales autónomos y la banca privatizada. Es cierto que, aunque la hegemonía se encuentra en su fase crítica aún se conservan muchos mecanismos de presión. Pero ese es justo el reto, comprender y asumir que este sistema de dominio se encuentra en una crisis profunda y que la soberanía política es el instrumento para renovar las condiciones de esta relación, especialmente frente al escenario en la que el sur global se encuentra en una fase de ascenso.

Asumir que esta nueva realidad no significa nada para el desarrollo de nuestro país y que EUA mantiene su capacidad de influencia intacta como la que tuvo durante su desarrollo en el siglo XX nos adelanta a un derrotismo anticipado. El corolario de la soberanía política, además de los cambios constitucionales, es también de carácter cultural y tiene que ver con la revolución de las conciencias, es decir, el imperialismo norteamericano durante todas sus fases logró establecer un sedimento ideológico en el cual se considera prácticamente imposible abandonar esta influencia. No hay nada peor que un esclavo que considera legítima su condición.

No hay lucha que se pueda hacer sin el convencimiento de que es posible ganarla. Es verdad que el grado de interdependencia es tal que no se podría pensar de manera simple en la separación voluntaria y tajante de las partes, pero es justo esta simbiosis la que ofrece las oportunidades reales de jugar cartas a favor como la alta capacidad de México, demostrada en su historia económica, para sustituir importaciones en industrias esenciales para la competencia actual, como es el caso de la industria automotriz y electrónica. Se podría pensar que esto “fortalecería” a EUA, pero en los ciclos hegemónicos ya no hay reversa, en todo caso se trataría de un nuevo episodio en los que las otrora economías neocolonizadas ahora deben prepararse para un mundo multipolar.

Es verdad que este proceso apenas inicia y que todavía habrá que dar rodeos, enfrentar resistencias, inercias, develar contradicciones, pero es crucial que convengamos, junto con el plan económico, un fortalecimiento del plan político, en el sentido de abonar con un análisis cuidadoso de las fases históricas del ciclo hegemónico de EUA. Es decir, es necesario establecer una estrategia factible con todos sus elementos considerados, es decir, proponer la voz propia, construir una geopolítica mexicana.

Oscar David Rojas Silva*

*Economista (UdeG) con estudios de maestría y doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán y la UAM Xochimilco. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.

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