Segunda parte. Fray Bartolomé de las Casas explica en su Historia de Indias:
“Esto de sacrificar hombres y comerlos, como dice Gómara, yo creo que no es verdad, porque siempre oí que en aquel reino de Yucatán ni hubo sacrificios de hombres, ni se supo qué cosa era comer carne humana, y decido Gómara, como ni lo vio ni lo oyó sino de boca de Cortés, su amo y que le daba de comer, tiene poca autoridad, como sea en su favor y en excusa de sus maldades; sino que esto es lenguaje de los españoles y de los que escriben sus horribles hazañas, infamar todas estas universas naciones para excusar las violencias, crueldades, robos y matanzas que les han hecho, y cada día y hoy les hacen” (1).
Bartolomé de las Casas fue uno de los españoles que denunció los crímenes de la soldadesca que invadió estas tierras, mientras que quienes llegaron a saquear, violar y robar con gran salvajismo se empeñaron en presentar a nuestros ancestros como violentos y salvajes.
En la versión de los españoles destacan las acusaciones contra los mexicas por supuestos sacrificios humanos masivos. Los mexihkas han pasado a la historia como los mayores sacrificadores; sin embargo, al analizar las fuentes, puede observarse que los testimonios de conquistadores, misioneros españoles e indígenas cristianizados que colaboraron con los españoles en su labor catequizadora se han aceptado sin crítica, en detrimento de su cultura religiosa original.
El investigador suizo Verlang Peter Hassler, en un estudio crítico sobre las fuentes y la ideología publicado en 1992 y difundido en México por la revista CE ACATL (núms. 51-52, 53-54 y 55-56), desecha la validez de los testimonios de Bernal Díaz del Castillo y Hernán Cortés.
Bernal Díaz del Castillo escribió:
“Pues ya que estábamos retraídos cerca de nuestros aposentos, pasado ya una grande obra donde había mucha agua y no nos podían alcanzar las flechas de vara y piedra, y estando Sandoval y Francisco de Lugo y Andrés de Tapia con Pedro de Alvarado, contando a cada uno lo que le había acaecido y lo que Cortés mandaba, tornó a sonar el tambor muy doloroso del Uichilobos, y otros muchos caracoles y cornetas, y otros como trompetas, y todo el sonido de ellos espantable, y mirábamos al alto cu en donde los tañían, vimos que llevaban por fuerza las gradas arriba a nuestros compañeros que habían tomado en la derrota que dieron a Cortés, que los llevaban a sacrificar.
”Y desde que ya los tuvieron arriba en una placeta que se hacía en el adoratorio donde estaban sus malditos ídolos, vimos que a muchos de ellos les ponían plumajes en las cabezas y con unos como aventadores les hacían bailar delante del Uichilobos.
”Y después que habían bailado, luego les ponían de espaldas encima de unas piedras, algo delgadas, que tenían hechas para sacrificar, y con unos navajones de pedernalles aserraban por los pechos y les sacaban los corazones bullendo y se los ofrecían a los ídolos que allí presentes tenían, y los cuerpos dábanles con los pies por las gradas abajo.
”Y estaban aguardando abajo otros indios carniceros, que les cortaban brazos y pies, y las caras desollaban, y las adobaron después como cuero de guantes, y con sus barbas las guardaban para hacer fiestas con ellas cuando hacían borracheras, y se comían las carnes como chimole.
”Y de esta manera sacrificaron a todos los demás, y les comieron las piernas y brazos, y los corazones y sangre ofrecían a sus ídolos, como dicho tengo, y los cuerpos, que eran las barrigas y tripas echaban a los tigres y leones y serpientes y culebras que tenían en la casa de las alimañas, como dicho tengo en el capítulo que atrás de ello he platicado” (2).
Que no se engañe quien piense que Bernal Díaz llama a otros testigos, pues su relato presenta una contradicción evidente: de seis a ocho kilómetros separaban su posición, cerca del real de Tlakopan o Tacuba, de Tenochtitlán, donde supuestamente habrían ocurrido dichos sacrificios.

Por ello, resulta imposible que Bernal Díaz los hubiera presenciado. Sin embargo, fue Hernán Cortés quien mencionó por primera vez estos supuestos sacrificios:
“Los de la ciudad, luego que hubieron la victoria, por hacer desmayar al alguacil mayor y Pedro de Alvarado, todos los españoles vivos y muertos que tomaron los llevaron a Tlatelulco, que es el mercado, y en unas torres altas que allí estaban, desnudos los sacrificaron y abrieron por los pechos, y les sacaron los corazones para ofrecer a los ídolos; lo cual los españoles del real de Pedro de Alvarado pudieron ver bien de donde peleaban, y en los cuerpos desnudos y blancos que vieron sacrificar conocieron que eran cristianos” (3).
Lo cierto es que Hernán Cortés no afirma haber visto los sacrificios, excepto los ocurridos en el real de Tlakopan, hoy Tacuba, pese a conocer la gran distancia que separaba ese lugar de la ciudad insular y saber, por tanto, que era imposible observar lo que allí sucedía.
Sin embargo, algunos antropólogos no reconocen este hecho. Tal es el caso del alemán Hanns J. Prem, investigador en Xkipché, cerca de Uxmal, quien considera a Cortés testigo principal de dicha “masacre”.
Para sostener la veracidad del supuesto testimonio de Cortés, Prem remite a otra referencia sobre sacrificios contenida en la Segunda Carta de Relación del conquistador:
“Los bultos e cuerpos de los ídolos en quien estas gentes creen, son de muy mayores estaturas que el cuerpo de un gran hombre; son hechos de masa de todas las semillas e legumbres que ellos comen, molidas e mezcladas unas con otras, y amásanlas con sangre de corazones de cuerpos humanos, los cuales abren por los pechos, vivos e les sacan el corazón, e de aquella sangre que sale dél, amasan aquella harina; e así hacen tanta cantidad cuanta basta para facer aquellas estatuas grandes; e también, después de hechas les ofrecían más corazones que ansimesmo les sacrifican, e les untan las caras con la sangre”.
Pero eso es un “cuento para niños”, según la crítica que Eulalia Guzmán hace de Cortés, al comentar:
“Esta afirmación comprueba de modo contundente que cuanto Cortés ha dicho al aey en materia religiosa es invención producto de su imaginación. También demuestra que hasta entonces nunca había estado en el interior de los adoratorios del templo ni conocía la apariencia de la estatua de Huitzilopochtli. La imagen que vio habría sido la elaborada para la fiesta de esta divinidad cuando tuvo lugar la matanza del Templo Mayor, lo que constituye un primer indicio de que Cortés estuvo presente en ella”.
La única descripción detallada de un sacrificio humano en Mesoamérica proviene del supuesto testimonio de Bernal Díaz, quien afirmó haberlo presenciado:
“Son muy pocos los otros informes más o menos detallados pero sin la afirmación de haber observado los sacrificios. Pero muchísimas son las citas breves y estereotipadas como ‘y sacrificaban hombres y niños ’ y a veces agregando como ‘y sacaban el corazón’ o ‘y comían carne humana’. Estas frases son demasiado vagas para valer como pruebas.
De vez en cuando los autores españoles mencionan de dónde obtienen su información, esto es de oír decir” (4).
En los testimonios contenidos en las actas de los procesos de Inquisición en Yucatán, entre 1561 y 1565, redactadas por el alcalde mayor Diego de Quijada, aparecen confesiones sobre sacrificios humanos obtenidas mediante tortura. Diego de Landa dirigió estos procesos y los justificó en sus Relaciones de las cosas de Yucatán.
Al observar imágenes de supuestos sacrificios humanos, los antropólogos occidentales han ignorado el simbolismo que encierran. Jill Leslie Furst demuestra en su extenso comentario al códice Vindobonensis Mexicanus 1 que, al incorporar el simbolismo indígena e interpretar grabados antes asociados con sacrificios humanos, surge una perspectiva distinta.
En ese códice, así como en el códice Nuttall, aparece una mujer degollada que, según Jill Leslie Furst, representa un maguey personificado.
En el Códice Florentino se ilustran profesiones prehuauhtemikas como carpintero, sastre, hilandero y fabricante de velas, representadas con instrumentos europeos como la sierra española, las tijeras, el torno de hilar y las candelas. En la obra de Diego Durán aparecen fantasías similares: puede observarse un carro “precolombino” cargado con piedras para construir pirámides (5).

El término náhuatl que se ha relacionado con el sacrificio humano es tlakamiktiliztli. Aunque es bien conocido que en náhuatl existen términos distintos para los diversos sacrificios y ofrendas, no existe una palabra específica para el sacrificio del corazón, citado con tanta frecuencia. Se dice nenakaztekiliztli para el corte de las orejas, nenakaxapotlaliztli para horadar las orejas y netexapotlaliztli para horadar los labios.
Además, debe considerarse que tlakamiktiliztli difícilmente puede entenderse como un término técnico del náhuatl, pues su significado es simplemente “matar a hombres” (6).
Según Alfonso de Molina, monanmiktiani significa “matador de madre”, nomamiktia “matar a sí mismo” y motamiktiani “matador de padre”.
Ningún traductor del náhuatl se había percatado de por qué miktia (matar, asesinar) se traduce como “sacrificar” cuando los indígenas mataban a los españoles, pero no cuando un español mataba a un indígena, pues en este último caso la palabra se traduce simplemente como “matar”. (Continuará)
NOTAS
1 DeLas Casas, Bartolomé, Historia de las Indias, T. II, pp. 455-458.
2 Díaz del Castillo, Bernal, Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, 2a. ed., Editores Mexicanos
Unidos, México, 1992, p. 437.
3 Cortés, Hernán, Cartas de Relación, 1a. ed., Porrúa, México, 1992, p. 148.
4 Hassler, Peter, “Sacrificios humanos. ¿Realidad o fantasía?”, CE-ACATL, 51-52, México, octubre-noviembre,
1993, p. 6.
5 Ibid., 9.p.
6.-Ibid., rev., 53-54.



















