La primera señal de que aquel no sería un día cualquiera apareció sobre el cuerpo de Frida Kahlo. La enorme escultura que domina la glorieta entre Boulevard Gran Sur y avenida del Imán amaneció cubierta de mensajes contra la Copa del Mundo. De ella colgaban una bandera Palestina y otra de la diversidad sexual; a sus pies, decenas de carteles pegados con engrudo lanzaban consignas contra la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA): “Fuera FIFA”, “Mundial del despojo” y “Boicot a la FIFA”.

Desde el centro de la glorieta, la figura coloreada de bronce presenció una escena inusual. Mientras miles de aficionados avanzaban rumbo al Estadio Azteca para celebrar la inauguración del Mundial 2026, a su alrededor comenzaban a congregarse jóvenes, vecinos y colectivos que habían llegado para cuestionar la misma fiesta que otros estaban por celebrar.
Apenas eran las nueve de la mañana y las calles del sur de la Ciudad de México ya reflejaban el carácter global del torneo. Entre la multitud se mezclaban acentos colombianos e idiomas ajenos al español; familias enteras caminaban con camisetas de selecciones nacionales, banderas sobre los hombros y teléfonos en la mano para registrar una jornada que muchos habían esperado durante años.

Al llegar a la glorieta, varios se detenían. Algunos levantaban sus teléfonos para fotografiar la estatua intervenida. Otros grababan a los músicos que comenzaban a concentrarse alrededor de ella. Había quienes observaban los carteles durante algunos minutos y quienes pedían volantes para entender qué estaba ocurriendo. También estaban quienes sonreían con desconcierto antes de continuar su camino hacia el estadio.
La escena parecía romper la expectativa de una celebración uniforme. A unos metros de la ruta que conducía a la inauguración se levantaba una protesta que cuestionaba precisamente aquello que miles de personas habían ido a celebrar.
Alrededor de la glorieta comenzaban a reunirse jóvenes organizados, habitantes de Santa Úrsula, vecinos de zonas cercanas al estadio y colectivos que denunciaban la gentrificación, el saqueo de agua, el desplazamiento de comunidades, consecuencias que, aseguran, ha dejado la transformación de la zona con motivo del Mundial.
Los carteles hablaban de vivienda, de especulación inmobiliaria y de una ciudad que, según denunciaban, se estaba modificando para recibir visitantes mientras muchas de las demandas históricas de quienes habitan el territorio seguían pendientes.
Del otro lado de la calle sonaban trompetas, matracas y bocinas. Los Pachucos bailaban junto a reinas de samba al ritmo del sonidero que se instaló para dar la bienvenida a quienes iban a celebrar la fiesta mundialista.
Los turistas tomaban fotografías. La distancia entre ambos espacios era mínima. Bastaba cruzar una calle para pasar de las consignas contra la FIFA a la música de la fiesta mundialista. Sin embargo, entre ambos lados existía una frontera mucho más amplia que la que marcaba el asfalto.
Con la multitud también avanzaban niños y niñas, de la mano de sus padres, que portaban camisetas de futbol. Algunos observaban los carteles y las consignas con evidente curiosidad antes de volver la vista hacia el estadio. Otros se detenían a mirar a los músicos enmascarados o la cancha improvisada que más tarde aparecería sobre el pavimento. La protesta y la fiesta compartían el mismo paisaje, aunque no necesariamente el mismo significado.

Conforme avanzó la mañana, la concentración antififa comenzó a crecer. Hacia las diez y media llegaron más contingentes y la glorieta se convirtió en un espacio donde la protesta adoptó formas poco habituales. No predominaban los discursos ni los altavoces, lo que destacaba era la música.
Un grupo de jóvenes con máscaras de tela cubiertas de listones y lentejuelas recorría el lugar con saxofones, acordeones, tambores y platillos. Las consignas avanzaban al ritmo de los instrumentos. “¡Fuera FIFA!”, “¡La FIFA despoja y saquea!” y “¡Queremos vivienda, el Mundial nos vale verga!”, resonaban mientras vecinos, jóvenes y adultos mayores bailaban alrededor de los músicos.
La escena tenía algo festivo y algo profundamente político al mismo tiempo. La rabia aparecía acompañada por la música; la denuncia se mezclaba con el baile, y la protesta se convirtió también en un espacio de encuentro comunitario.
Durante buena parte de la mañana la avenida pareció sonar a dos cosas distintas al mismo tiempo. De un lado estaban los saxofones, los tambores y las consignas que denunciaban el despojo; del otro, sonaban las trompetas, las matracas, la salsa, la cumbia y las canciones mundialistas que acompañaban la celebración. Por momentos ambos sonidos se mezclaban sobre la misma calle sin llegar a imponerse completamente uno sobre el otro.

A unos metros de la glorieta los colectivos dibujaron una cancha de futbol sobre el pavimento. Con pintura marcaron las líneas de juego y levantaron porterías improvisadas con tubos de PVC. Poco después comenzó una reta en plena avenida. Mujeres, hombres, niños y jóvenes ocuparon la calle para jugar mientras alrededor continuaban las consignas.
La imagen resumía buena parte del mensaje que intentaban transmitir. El problema no era el futbol, el problema era quién podía disfrutar plenamente de la fiesta que se estaba organizando alrededor de él.

Mientras miles de personas caminaban hacia uno de los eventos deportivos más importantes, los manifestantes insistían en que el Mundial no estaba pensado para todos. Entre las críticas más repetidas aparecía el costo de los boletos, la exclusión de amplios sectores de la población trabajadora y la percepción de que los beneficios económicos del torneo terminarían por concentrarse lejos de las comunidades que conviven diariamente con el estadio.
Sobre la glorieta, las banderas seguían ondeando. La palestina permanecía junto a una bandera israelí intervenida con manchas de pintura roja. Ambas imágenes destacaban entre los carteles y funcionaban como un recordatorio de que las causas que movilizaban a los colectivos iban más allá del Mundial. La protesta conectaba luchas locales con conflictos internacionales, y se unieron en el mismo espacio demandas por vivienda, denuncias de desplazamiento y expresiones de solidaridad con Palestina.

Mientras tanto, la fiesta mundialista seguía creciendo. Conforme el camino descendía hacia el Azteca, las bocinas aumentaban de volumen. Sonaban himnos de mundiales pasados, salsa y cumbia. Había concheros que danzaban, chinelos que recorrían la avenida y grupos de danza regional que se presentaban en distintas tarimas. Los sones jarochos se mezclaban con los huapangos y con las canciones que acompañaban el trayecto de miles de aficionados.
La escena tenía una contradicción difícil de ignorar. Mientras los escenarios celebraban distintas expresiones culturales mexicanas para recibir a los visitantes, varios manifestantes denunciaban sentirse desplazados o convertidos en parte del decorado de una ciudad preparada para el turismo internacional. La fiesta y la inconformidad compartían el mismo espacio físico, pero parecían estar contando historias completamente distintas sobre el mismo territorio.
La presencia policial se hacía más evidente conforme se acercaba el estadio. Filas de elementos equipados con escudos vigilaban distintos puntos de acceso y resguardaban los cierres viales instalados para la jornada. Aunque la movilización de los colectivos se mantuvo del lado exterior de las vallas que delimitaban la última milla, la distancia entre la protesta y la celebración era lo suficientemente corta como para que ambas se observaran mutuamente durante horas.

El momento de mayor tensión llegó cuando algunos aficionados respondieron con burlas a las consignas de los manifestantes. Los colectivos formaron entonces una cadena humana que bloqueó temporalmente el paso hacia la última milla, en la cual, incluso, participaron personas que no parecían pertenecer a ninguna organización; poco a poco más integrantes comenzaron a incorporarse a la barrera improvisada.
La acción también buscaba denunciar la detención de dos jóvenes vinculadas a la movilización. Durante algunos minutos la cadena humana logró detener el flujo de personas hacia el estadio. Sin embargo, el bloqueo duró poco. Después el acceso volvió a abrirse y la multitud continuó avanzando. La protesta permaneció en la glorieta mientras la inauguración seguía su curso al otro lado de las vallas.
Al avanzar hacia las inmediaciones del Estadio Azteca, las consignas comenzaron a desaparecer poco a poco. Los saxofones dejaron de escucharse. Los carteles quedaron atrás. La música de la protesta fue sustituida por las bocinas instaladas para la inauguración y por el ruido de miles de personas que seguían llegando al recinto.

Frente al estadio ya no había rastro de tensión que durante horas ocupó la glorieta. Las familias posaban para las fotografías mientras cargaban banderas de distintos países. Los aficionados levantaban sus teléfonos en busca de la mejor imagen. Algunos esperaban ver algo de la ceremonia desde el exterior. Otros simplemente celebraban estar ahí.
De pronto apareció sobre el estadio una nube de humo tricolor. Decenas de personas se detuvieron para mirar hacia arriba. Los teléfonos volvieron a levantarse. Los gritos de celebración cubrieron por completo el ambiente.
A esa distancia, las consignas contra la FIFA parecían pertenecer a otro lugar, o a otra ciudad.



















