Las tres soberanías: la crisis civilizatoria de Occidente

Las tres soberanías: la crisis civilizatoria de Occidente

Foto: 123rf

Existen tres niveles en los que se puede medir el avance o el retroceso de un país en su dura batalla por la emancipación. Desde el siglo XV el colonialismo –como el origen dantesco de la violencia en su máxima expresión– quebró no solo la economía de los diferentes países que tocó, sino también sus sistemas políticos, su imaginario colectivo y sus relaciones personales. De ahí que un país deba comenzar primariamente por la recuperación de su soberanía política, es decir, por la capacidad de reconocer en el Estado a la comunidad nacional y no al ente colonial invasor. Este es un presupuesto necesario, sin el cual no se puede pensar en ninguna otra cosa. La tramposa democracia liberal ha sido la camisa de fuerza que ha disfrazado siempre los intereses burgueses tras cualquier supuesta alternativa. Por ello, la batalla por superar los fraudes electorales y el intervencionismo de los poderes fácticos se instala como la tarea principal en este nivel.

Una vez alcanzado este primer grado, es necesario apuntar al segundo nivel: la soberanía económica, cuya materialidad depende de la capacidad del Estado para establecer determinadas condiciones generales de producción que le permitan conservar la energía económica (valor) con el mayor grado posible dentro del metabolismo del ser social; es decir, que la actividad económica y sus frutos dejen de producirse en abstracto, para la acumulación incesante, y se anclen a las necesidades concretas de la reproducción social. Así, el cuerpo económico permite sostener políticas soberanas a través de cuatro rubros: energía, alimento, tecnología y crédito.

Cabe destacar que estas posibilidades no son decisiones o enunciados abstractos, sino realidades concretas que necesitan continuidad en su construcción; por ello, la lógica de alternancia de la democracia liberal ha constituido siempre una trampa que impide la consolidación de una forma desarrollada armónicamente. En el caso de México, la lucha contra los fraudes y la consolidación política del segundo piso de la transformación hablan de un modelo de democracia popular que ha decidido, de forma contundente, refrendar la continuidad del plan de desarrollo en curso. La soberanía política expresa su avance si recapitulamos cómo el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial han sufrido, de forma progresiva, transformaciones en sus lógicas internas. Por ello, la discusión actual sobre los medios de comunicación corporativos y el derecho de las audiencias es un símbolo de que el proceso continúa ahora con lo que se denomina el cuarto poder. Esto explica, además, por qué la reducción de la violencia es un asunto medular: la integralidad del territorio y su pacificación son, sin lugar a dudas, un presupuesto para consolidar este nivel.

Ahora bien, la soberanía política abre la ruta hacia la soberanía económica. No es un detalle menor que uno de los grandes cambios vividos desde 2018 fue contar con un Plan Nacional de Desarrollo (PND) anclado en las condiciones propias del país, y no en una serie de políticas abstractas dictadas desde el Fondo Monetario Internacional y sus agencias anexas. Del PND al Plan México hemos observado la necesidad de preservar la energía e impulsar la sustitución de importaciones en favor de un nuevo mercado interno. Esta batalla se encuentra ya dentro del segundo nivel de análisis que aquí proponemos. El proceso se desarrolla bajo el signo inédito de que nuestra economía está anclada al ocaso de la economía hegemónica, por lo que presenta de forma simultánea una estridencia injerencista y una debilidad crónica, lo que significa una oportunidad real para reorganizar la economía propia y, con ello, abonar a la soberanía económica.

En este nivel conviene tener presente que el desarrollo industrial no es un fin en sí mismo; no se trata de sacrificar al obrero colectivo ni a la naturaleza, sino de crear, con las nuevas capacidades, un nuevo ciclo político-filosófico que dote de un nuevo contenido social al resultado del proceso. La soberanía económica habilita una praxis real que afecta a la economía como un todo: no solo se compite en los mercados, también se coopera; pero para ello es necesario tener la capacidad de transformar el paradigma inercial de injerencismo hacia la proyección de una visión diferente de humanidad. Se arriba así al tercer nivel: la soberanía civilizatoria.

China ofrece un ejemplo de esta ruta: comenzó su batalla por la soberanía política en la revolución de 1949, para en 1978, con la apertura, pasar a un nuevo momento en el que construyó la soberanía económica de la que hoy goza en los cuatro rubros señalados. Este proceso le ha permitido comenzar a disputar una cosmovisión diferente de la occidental. Xi Jinping ha desplegado ya cuatro agendas que apuntan a una reestructuración de la economía planetaria: la Iniciativa de Desarrollo Global (2021), la Iniciativa de Seguridad Global (2022), la Iniciativa de Civilización Global (2023) y, más recientemente, la Iniciativa de Gobernanza Global (2025), presentada por Xi en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Tianjin al cumplirse el 80 aniversario de la fundación de la ONU.

Mientras tanto, este ascenso de Oriente irrumpe materialmente con la Nueva Ruta de la Seda –que desde su lanzamiento en 2013 ha sumado ya a más de 150 países y un compromiso acumulado superior a 1.3 billones de dólares en inversión y contratos de construcción– y goza de un nuevo ánimo entre los diferentes países que, cuando voltean hacia Occidente, solo ven una serie de abusos y sanciones, sin contar los constantes maltratos diplomáticos. Debemos insistir en que Oriente no reproduce el paradigma occidental de un único polo dominante, sino el opuesto: la vía para realizar la soberanía civilizatoria que, esta vez, no puede quedar constreñida al territorio nacional, sino que su campo de acción es ya planetario, por lo que el impulso a las soberanías económicas de los países del Sur Global no es una especie de “ayuda filantrópica”, sino el presupuesto para proyectar el tercer nivel que ahora es multipolar. Como consecuencia, los nuevos modelos económicos que surgen en esta nueva época deben tener una política industrial, pero también una política civilizatoria, anclada al desarrollo de los contenidos sociales propios de un nuevo momento histórico.

En contraste, cuando volteamos a analizar las condiciones actuales de Estados Unidos, observamos una crisis generalizada. En orden inverso: a) EU atraviesa una crisis civilizatoria, pues el sueño americano ha dejado de ser el canon, mientras que su área de influencia inmediata, representada en el G7 (Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y Japón) ha perdido liderazgo para sostenerse en la agresión constante. En este nivel destaca también la pérdida de su capacidad militar para imponer condiciones: ha comenzado su retirada de Asia Occidental signada por su derrota frente a Irán, mientras que la herida de lo que se suponía era su gran victoria frente al bloque soviético sigue hoy abierta. (b) La soberanía económica también está comprometida, gracias a un crecimiento débil signado por una deuda crónica y estratosférica –que en agosto de 2026 rebasó ya los 39.8 billones de dólares, equivalentes a cerca del 123 por ciento del PIB–, mientras el país se ha convertido en una nación deficitaria; consumidora, pero no productora. Haberse beneficiado de las bondades de contar con la divisa clave, el dólar, le está pasando ya la factura. c) En el ámbito de la soberanía política, el sistema se encuentra en crisis por la quiebra moral de los archivos Epstein y por un abuso de los mecanismos de la guerra subjetiva, que utilizan la distorsión permanente para disputar el derecho a dirigir la misma nave bajo la policrisis mencionada. A EU no le ha quedado más que buscar refugio, una vez más, en la asimetría de los territorios que ya ha controlado históricamente, como es el caso de América Latina y el Caribe (ALC). Observamos la estridencia y la falta de respeto crónica que exhibe la élite estadunidense como símbolo de una fuerza que, en los hechos, ya ha perdido.

En suma, si pensamos a ALC como un bloque, necesitamos impulsar el renacimiento de una cosmovisión conjunta con miras a iniciar el proceso de recuperación de la soberanía política. No olvidemos que la reactivada doctrina Monroe –proclamada originalmente en 1823 y revivida por Washington a finales de 2025 bajo la forma del llamado “corolario Trump”– comparte origen temporal con el Congreso Anfictiónico de Panamá, convocado por Simón Bolívar en 1826 como primer intento de unidad continental frente a esa misma pretensión hegemónica. El reciente giro a las derechas en ALC ha sido un símbolo de la crisis civilizatoria de Estados Unidos; el caso de Argentina con Milei ya nos advierte que el engaño algorítmico puede ser potente, pero sus efectos no son duraderos. Me parece que ALC girará de nuevo en búsqueda de opciones sociales reales, pero para ello es necesario construir sobre las bases de una nueva visión. Esto es, partir de la recuperación de los procesos civilizatorios históricos ya experimentados para proyectar un nuevo intento de asalto al futuro. Esta vez no será declarativo sino fundamentado en una base económica real.

 

Oscar David Rojas Silva*

*Economista (UdeG); maestro y doctor (UNAM) en crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo, y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.

 

Ahora en vivo

Contralínea en vivo