¿Quién le teme a Steve Bannon? Guerra cognitiva y deyecciones ideológicas imperiales

¿Quién le teme a Steve Bannon? Guerra cognitiva y deyecciones ideológicas imperiales

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Esta pregunta no concierne únicamente a un individuo, a su trayectoria política ni a las operaciones ideológicas que lo han convertido en una figura emblemática de la extrema derecha estadunidense. Interroga, en realidad, una zona más profunda de la conciencia contemporánea: ¿qué sucede con una sociedad cuando la degradación del lenguaje se convierte en método de intervención política, cuando la obscenidad adquiere estatuto de franqueza, cuando la crueldad pretende hacerse pasar por lucidez y cuando la demolición de los vínculos humanos se publicita como una forma superior de libertad?

Steve Bannon representa, en ese horizonte, algo más significativo que una personalidad polémica: encarna una modalidad de combate semiótico que emplea la provocación, la polarización, el resentimiento y la fabricación sistemática de antagonismos para disputar la organización simbólica de la vida colectiva. “Los demócratas no importan. La verdadera oposición son los medios. Y la forma de lidiar con ellos es inundar la zona de mierda”.

No se trata de atribuirle poderes sobrenaturales ni de convertirlo en protagonista de una mitología invertida, sino de examinar críticamente las condiciones materiales, mediáticas y culturales que permiten a semejantes estrategias encontrar interlocutores, amplificadores y beneficiarios.

El problema no es solamente Bannon; es también la estructura de recepción que hace posible presentar la barbarización del discurso como emancipación, anunciar la vulgaridad como autenticidad y vender el deterioro de la inteligencia pública como rebelión contra las élites. ¿Quién le teme, entonces?

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Le temen quienes comprenden que la política no se disputa exclusivamente mediante leyes, presupuestos, instituciones o correlaciones de fuerza, sino también a través de signos, afectos, imaginarios y hábitos perceptivos. Le temen quienes saben que una sociedad puede ser desposeída de su capacidad crítica mucho antes de que se le arrebaten formalmente sus derechos; quienes reconocen que la deshumanización comienza cuando ciertas personas dejan de aparecer ante nosotros como sujetos de dignidad y empiezan a ser representadas como desechos, invasores, parásitos, enemigos absolutos o material prescindible.

En ese desplazamiento semántico se juega una de las operaciones más peligrosas del poder contemporáneo: transformar al adversario en una entidad moralmente expulsable, despojada de la complejidad que permitiría comprender sus circunstancias, discutir sus ideas o combatir sus intereses sin renunciar a los principios de humanidad que justifican la propia lucha.

Nuestra semiótica crítica debe penetrar en esa maquinaria sin dejarse fascinar por su estridencia. Ha de estudiar cómo se producen los significados, quién controla sus circuitos de circulación, qué intereses materiales se ocultan detrás de determinadas representaciones y de qué manera se articulan los signos aparentemente espontáneos para construir hegemonía.

Desde una perspectiva marxista, semejante análisis exige vincular la superficie discursiva con las relaciones sociales de producción, las disputas por el poder y las contradicciones de una sociedad atravesada por la mercantilización de la experiencia. El escándalo no es una sustancia inocente: puede convertirse en mercancía, la indignación en combustible publicitario y la atención pública en una fuente extraordinaria de rentabilidad política.

Allí donde la industria mediática premia el estruendo por encima de la argumentación, la mentira puede adquirir una ventaja competitiva; allí donde los algoritmos privilegian la reacción inmediata, el odio encuentra condiciones propicias para reproducirse; allí donde el sufrimiento ajeno se transforma en espectáculo, la sensibilidad colectiva corre el riesgo de atrofiarse hasta confundir la exposición reiterada a la violencia con una comprensión más profunda del mundo.

No basta, por tanto, con denunciar la inmundicia discursiva: hay que comprender la economía política que la produce, la tecnología que la amplifica y la cultura que la normaliza. Ese examen exige, además, preguntarse qué concepción de la humanidad está implícita en tales procedimientos. La idea de enmierdarlo todo, entendida como principio de intervención simbólica, no consiste simplemente en emplear palabras groseras o transgredir convenciones de cortesía.

Su dimensión más corrosiva aparece cuando se procura ensuciar la percepción misma de lo humano, contaminar la conversación pública con sospechas indiscriminadas y envilecer la deliberación hasta volverla irreconocible. Se busca que ninguna afirmación de verdad, justicia o solidaridad conserve suficiente credibilidad para orientar la acción colectiva.

Es una política de la saturación: inundar el espacio común con tal cantidad de ruido, desprecio y contradicción que distinguir entre hechos y falsedades parezca una tarea inútil y la ciudadanía termine refugiándose en identidades cerradas, adhesiones emocionales o lealtades carentes de examen crítico.

Cuando todo parece corrupto, la corrupción deja de escandalizar; cuando todos son presentados como enemigos, la enemistad pierde su carácter excepcional y se convierte en atmósfera; cuando el engaño se multiplica hasta el agotamiento, lo verdadero corre el peligro de ser percibido como otra opinión intercambiable.

Esta degradación no debe confundirse con una victoria definitiva de quienes la promueven. El nihilismo puede paralizar, aunque también es posible desenmascararlo; la provocación desorganiza la conciencia, pero a la vez revela las fragilidades de un orden que ha permitido instrumentalizar la desesperación social en nombre de una grandeza imaginaria.

Precisamente por eso, la respuesta democrática no puede limitarse a reproducir, con signo ideológico contrario, los procedimientos que pretende combatir. Si la extrema derecha envilece el lenguaje, no se la derrota haciendo de la vulgaridad una virtud; si transforma la política en espectáculo de humillación, no se la supera multiplicando los agravios; si fabrica enemigos para administrar el resentimiento, no se construye emancipación inventando nuevas categorías de seres humanos indignos.

La imitación táctica puede parecer eficaz a corto plazo, pero entraña una derrota estratégica: quien adopta la gramática del adversario termina aceptando, incluso sin advertirlo, parte de su concepción del mundo.

La crítica semiótica debe ser, por ello, una práctica capaz de desarticular las asociaciones fraudulentas entre fuerza y crueldad, sinceridad y brutalidad, libertad y desprecio. A la vez, ha de reconstruir las condiciones culturales para argumentar la verdad, comprender la justicia y experimentar la solidaridad como una potencia material, no como un ornamento sentimental.

Dignificar a la humanidad es mejor que ensuciarla porque la dignidad no constituye una concesión retórica, sino una condición histórica indispensable para cualquier proyecto auténticamente emancipador. Esto no significa ocultar los conflictos, absolver a los poderosos ni sustituir la lucha política por una moralina conciliadora.

Implica comprender que la crítica rigurosa puede ser implacable sin ser deshumanizadora, que la denuncia documentada posee mayor fuerza que la injuria indiscriminada y que la transformación de las estructuras injustas exige ampliar la inteligencia colectiva, no reducirla a una sucesión de reflejos biliosos.

Supone restituir a las personas su condición de sujetos históricos, capaces de comprender las determinaciones que las atraviesan, cuestionar las instituciones que las subordinan y participar en la creación de relaciones sociales menos alienantes.

Esa tarea exige combatir la explotación, la desigualdad y la manipulación sin convertir a quienes padecen sus consecuencias en objetos de desprecio. No se realiza mediante una idealización abstracta de los comportamientos humanos, sino a través de cambios concretos en las condiciones que producen humillación, ignorancia, precariedad y dependencia.

Aquí reside una diferencia fundamental entre el humanismo emancipador y la retórica vacía: el primero investiga las causas, organiza capacidades y transforma relaciones; la segunda se limita a pronunciar palabras edificantes mientras deja intactos los mecanismos de la degradación.

¿Quién le teme a Steve Bannon? Le temen quienes reconocen la potencia de una política capaz de convertir el resentimiento en identidad y la confusión en instrumento de gobierno. También deberían temerle quienes, al combatirlo, se muestran dispuestos a sacrificar sus propios principios en el altar de la eficacia inmediata.

Una democracia puede sobrevivir a una personalidad autoritaria y, sin embargo, quedar profundamente dañada si incorpora como hábitos permanentes el desprecio, la mentira y la deshumanización.

El verdadero desafío consiste en impedir que la excepción grotesca se transforme en norma cultural, que el lenguaje público pierda su capacidad de nombrar la realidad y que la ciudadanía termine considerando inevitable aquello que debiera combatir.

Frente a esa amenaza, hace falta una superioridad intelectual, ética y política capaz de explicar sus mecanismos, exponer sus intereses y organizar alternativas verificables. La tarea consiste en conquistar una coherencia entre el lenguaje de la emancipación y las prácticas que pretenden realizarla.

Allí donde el desprecio procura reducir al ser humano a una caricatura, la crítica debe devolverle su espesor histórico; allí donde la manipulación fragmenta la experiencia común, la organización colectiva ha de reconstruir vínculos; allí donde la mentira pretende clausurar la posibilidad de una verdad compartida, el conocimiento debe recuperar su función pública. La dignidad no es debilidad, del mismo modo que la crueldad no es fortaleza y la estridencia no equivale a inteligencia.

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La cuestión decisiva, por consiguiente, no es si debemos temer a Bannon como individuo, sino si seremos capaces de comprender y enfrentar el sistema de significaciones que convierte la degradación en espectáculo, el odio en mercancía y la desesperanza en obediencia. La respuesta exige lucidez teórica, organización democrática, educación crítica y una voluntad inquebrantable de transformar las condiciones materiales de la existencia.

Frente a la tentación de enmierdarlo todo, dignificar a la humanidad es una decisión filosófica, una posición política y una responsabilidad histórica. No porque sea inocente, perfecta o ajena a sus contradicciones, sino porque únicamente al reconocerse en su complejidad podrá superar las formas de dominación que la mutilan.

La inmundicia puede conquistar titulares, ocupar pantallas y producir adhesiones fugaces; la dignidad, cuando se convierte en conciencia organizada y práctica transformadora, puede modificar el curso de la historia. Y esa es, en última instancia, la diferencia entre administrar el envilecimiento del mundo y trabajar para hacerlo humanamente habitable.

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