Lo que la influenza reveló

Lo que la influenza reveló

El 3 de mayo pasado la Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó lo que médicos, pacientes y ciudadanos mexicanos ya sospechaban: el gobierno de México fue negligente ante el brote del virus A/H1N1. Desde Bruselas, Bélgica, y en voz de Michael Ryan, director de la división de la OMS para la Alerta y Respuesta Global, el organismo internacional fue contundente: se desestimaron dos alertas; la primera de ellas fue emitida el 11 de abril


“No criticaré al gobierno de México; ya está enfrentando una compleja situación y una difícil pandemia”, dijo Ryan como corolario a su exposición, una crónica puntual del fenómeno virológico desde que se presentaron los primeros casos.

El gobierno de Calderón no pudo reaccionar ante las alertas de la OMS no sólo por ineptitud. La seguridad de la población no se encuentra dentro de las prioridades del Estado mexicano. La sanidad no es siquiera un asunto de seguridad nacional.

Los panistas, como sus antecesores priistas, siguen considerando que la seguridad de la nación es un asunto de espionaje y represión a la disidencia.

La propia Ley de Seguridad Nacional ignora como amenazas al país las epidemias, el hambre, la desnutrición, la pobreza.

En cambio, mantiene la rebelión como una de las primeras acciones contrarias al interés nacional.

Por si fuera poco, el sistema de salud se encuentra prácticamente desmantelado, sin desarrollo tecnológico para la producción de vacunas y fármacos, y carente de prevención de enfermedades.

Por ello, el país, una vez que reconoció el problema, no fue capaz de instrumentar los protocolos comprometidos con la propia OMS y la Organización Panamericana de la Salud, cuyo principio básico son las condiciones de higiene y el acceso a los servicios de sanidad para toda la población.

La propia insolvencia del sistema sanitario es reconocida por la Secretaría de Salud en un documento del que se da cuenta en estas páginas. El Plan nacional de preparación y respuesta ante una pandemia de influenza establece que la capacidad hospitalaria será rápidamente rebasada en caso de que México enfrente una pandemia como la de la gripe aviar o el Síndrome Agudo Respiratorio Severo, enfermedades más letales que la influenza porcina o A/H1N1.

Al final, el problema termina siendo un asunto de injusticia social, desigualdad económica y marginación. Mientras que las familias de funcionarios y de grandes empresarios tienen a su disposición mascarillas N95 y N100 y toman de manera preventiva oseltamivir y zanavimir –los medicamentos que contrarrestan la enfermedad–, legiones de indigentes, obreros, indígenas, campesinos deben de sortear la pandemia con un cubrebocas; una pandemia que se suma a la que de por sí vienen padeciendo de generación en generación: la de la pobreza.

Alrededor de 50 millones de mexicanos crecieron y crecen con alimentación precaria, sin agua potable y sin educación básica. Se trata de personas con sistema inmunológico deprimido que, en los hechos, tampoco tienen derecho a la salud. Tan sólo en 2005, según datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, más de 43 mil personas murieron por infecciones respiratorias en todo el territorio nacional.

Cuando llegaron las primeras alertas –no atendidas– de la OMS, el gobierno de Felipe Calderón mantenía su agenda monotemática, aquella que inició junto con su mandato: la “guerra” contra el narcotráfico. Se trata prácticamente de la cuenta de personas asesinadas, secuestradas y levantadas, supuestamente vinculadas al tráfico de drogas (aunque en estos asesinatos y desapariciones forzadas se encuentran también decenas de luchadores sociales, defensores de derechos humanos, sindicalistas, líderes campesinos y periodistas).

En el sexenio de Felipe Calderón, la sociedad mexicana ha pasado del miedo al secuestro y al narcotráfico, al miedo al desempleo y a la crisis económica. Ahora ha sido arrojada al terror de una pandemia.

El propio gobierno federal ha contribuido a generar incertidumbre. Las cifras de contagiados y muertos por el virus no son consistentes. El secretario de Salud, José Ángel Córdova Villalobos, sufre visiblemente cada vez que debe proporcionar las cifras a los reporteros. Hasta en eso ha sido incapaz el Estado mexicano: contener la paranoia colectiva.

Naomi Klein, periodista y escritora, escribió en su libro más reciente que el miedo y el desorden pueden ser aprovechados por los gobiernos para imponer leyes o hacer pasar casi inadvertidas medidas antipopulares o informar de gestiones desastrosas. En La doctrina del shock.

El auge del capitalismo del desastre, la también especialista en movimientos sociales altermundistas explica cómo funciona esa doctrina: “El desastre original –llámese golpe, ataque terrorista, colapso de mercado, guerra, tsunami o huracán– lleva a la población de un país a un estado de shock colectivo. Las bombas, los estallidos de terror, los vientos ululantes preparan el terreno para quebrar la voluntad de las sociedades (…). Las sociedades en estado de shock a menudo renuncian a valores que de otro modo defenderían con entereza”.

Durante la primera semana de contingencia sanitaria, que coincidió con la conclusión del último periodo ordinario de sesiones de la LX Legislatura, el Congreso de la Unión aprobó la intervención de comunicaciones por parte de la Policía Federal Preventiva. Los legisladores, a puerta cerrada y sin discusión, aprobaron también la ley contra el narcomenudeo y legalizaron que los ciudadanos mexicanos puedan trabajar para gobiernos extranjeros sin permiso del poder legislativo mexicano. Asimismo, en esa semana se dio a conocer que la economía del país cayó 10.8 por ciento durante el mes de febrero de 2009. Se trata de la caída mensual más alta que se haya registrado en la historia reciente de México.

Ni siquiera en la crisis de 1995 el crecimiento negativo fue tan profundo. México recibió un nuevo préstamo por parte del Banco Interamericano de Desarrollo, ahora por 3 mil millones de dólares.

Además, se estableció que en las campañas electorales no se realizaran mítines concurridos.

Durante esos días la sociedad permaneció en sus casas, invitada a ello por un gobierno que siempre desconfió de las multitudes.

En los últimos días de la contingencia, la sociedad comenzó a perder el miedo. Acaso irresponsablemente miles de personas en la ciudad de México dejaron de cubrirse la boca y volvieron a saludarse de mano y de beso. Los niños usaron algunos de sus cubrebocas para hacer paracaídas para sus muñecos, y las calles se encontraron repletas de nuevo.

El miedo, no sólo a la influenza, parece disiparse.

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