La pelota giró y entró en la capital. No hizo falta un estadio para vibrar al ritmo de la fiebre futbolística. La pasión se desbordó con las banderas que ondeaban sobre la multitud que avanzaba hacia el Zócalo de la Ciudad de México. Así, entre gritos, vítores y porras, miles de personas se reunieron bajo la consigna de alentar a la selección mexicana en uno de los festivales más masivos de la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA).

No importó la lluvia, ni las vallas de contención, ni tampoco los manifestantes en las calles aledañas al Centro Histórico. Nada de eso logró apagar la euforia que brotaba entre el verde piedra solar que vestía cada aficionado. Ese tono, cargado de esperanza, evocaba al monolito mexica, la memoria de un pueblo, las raíces de un pueblo que se reconoce en sus colores y sus rituales.

En una esquina, los vendedores ambulantes luchaban por ganar un espacio para ofrecer mini copas mundialistas, recuerdos con esencia “mexa”, trompetas, matracas, banderas y playeras de “a 100 pesitos”, “todo original”. En otra calle, tapada por una larga fila, los aficionados formaban una “canchita” para ingresar por uno de los dos accesos al recinto capitalino. Ahí, en donde la fiesta comenzó desde la madrugada con cánticos, colores y un ánimo sin horario de apertura.

“Acá sí hay mucha pasión por el futbol, hay mucho mexicano apasionado, todo muy ‘chevere’, todo muy patriota”, expresó un aficionado colombiano. Su mirada extranjera confirmaba lo que se respiraba en el centro de la ciudad; esa pasión por el futbol desbordante de fronteras. Pues, entre el mar verde, distintas voces se unieron a un mismo ritual de cánticos, gritos y celebración.

El público, numeroso, llegó y no dejó de llegar durante varias horas. Y aunque la gran plaza amurallada apenas dejaba entrever una pizca de esa fiesta, la euforia lograba adentrarse por encima de las vallas. “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores, porque cantando se alegran, cielito lindo, los corazones”, se escuchaba al unísono entre los miles de asistentes.
Sin embargo, no todo era alegría. Había otros asistentes desilusionados por la carente organización del evento, pues poco antes de las nueve de la mañana el gobierno capitalino apenas había confirmado la realización del Fan Fest en el Zócalo, lo que ocasionó un par de largas filas sobre las calles de Madero, Simón Bolívar, 20 de Noviembre y Pino Suárez.

Así, la confusión emanaba entre quienes querían vivir la experiencia mexicana sin contención alguna. Por ello, en terrazas, restaurantes y bares varias personas se resignaron a ver el magno evento en pequeñas pantallas. Y aunque la fiesta se lograba palpar a través del ámbar de las bebidas, el frenesí era distinto en cada esquina.
Ese sentimiento ocasionó el llanto y el grito de varios otros aficionados, quienes corrían por todo el empedrado para tratar de “agandallarse” un espacio al frente de la fila y lograr ingresar por una pequeña puerta vigilada por algunos policías. Ni pantallas, ni organización, ni logística. La experiencia mundialista se reducía a una batalla para alcanzar un espacio desde dónde mirar, aunque fuera de lejos, el espectáculo proyectado en el centro y realizado en el sur de la ciudad, en el Estadio Ciudad de México, donde muy pocos “privilegiados” pudieron adquirir uno de los costosísimos boletos de la inauguración futbolística.

Pero el balón pocas veces entiende de lógica. La desigualdad, la distancia y las condiciones adversas quedaron fuera de la cancha. Como la señora Jaqueline, miles de fans atravesaron largos trayectos para llegar al Centro Histórico con el fin de olvidar las preocupaciones cotidianas, disfrutar y apoyar a la selección mexicana. “Hay que tener un corazón abierto, con mucha alegría, disfrutar el día y vamos a ganar”.

El testimonio de Jaqueline apenas logra escucharse entre los gritos y chiflidos de los asistentes. “¡Vamos México!, ¡México! ¡México!”, retumba al unísono en la alameda; mientras en avenidas, donde lograron pasar algunos coches, resonaba el pitido de los claxons. Esa era la euforia de la afición, constituida en su mayoría por hombres que cargaban vasos con cerveza y agua para mitigar el bochorno del día.

Antes del mediodía, en las calles de acceso al Fan Fest no cabía un alma más. Entre turistas y aficionados, la multitud se pintaba de verde, blanco y rojo, también resplandecían las matracas que sonaban sin descanso, trompetas que anunciaban la fiesta, sombreros de mariachi, máscaras de luchadores, pelucas de César Chino Huerta y disfraces del Chapulín Colorado, un mosaico de símbolos que hacía del futbol una excusa más para celebrar la fiesta mexicana.




















