El declive hegemónico de Estados Unidos frente a China ha provocado un repliegue imperialista sobre América Latina y el Caribe. Esto nos lleva a reflexionar en torno a la dualidad existente entre una fuerza injerencista que aparece renovada por su estridencia y cinismo, pero al mismo tiempo nos obliga a calcular el significado de haber perdido la capacidad de imponer sus condiciones a escala mundial.
El elemento central para considerar es que después de la vorágine financiera desde los años setenta del siglo pasado, nuestro vecino del norte sufrió un proceso de desindustrialización debido a la deslocalización de la producción industrial hacia el hemisferio oriental. Como resultado, la balanza comercial de EU es crónicamente negativa, y el endeudamiento de su economía alcanza niveles estratosféricos. Pero no solamente se trata de niveles de exportaciones e importaciones que se pueden corregir en el siguiente trimestre, sino que la globalización financiera provocó que EU dejara de desarrollar una capacidad productiva estructural, aquello que tiene que ver con la logística y la capacidad del Estado para ordenar la productividad colectiva.
En su lugar, el Estado norteamericano se convirtió en un ente controlado por la fuerza empresarial corporativa que ha estado acostumbrada a actuar bajo los principios de las ganancias cortoplacistas. En contraste, el Estado chino funciona en forma opuesta: las corporaciones se encuentran sujetas a la planificación pública bajo estrategias de largo plazo. La diferencia entre el hemisferio occidental y el oriental no solamente se basa en signos políticos, sino en la temporalidad económica y el dominio de formas de propiedaddiferenciadas. El hecho concreto es que la decadencia del imperialismo norteamericanosignifica que su propia lógica le ha llevado a la imposibilidad de entender otras maneras de establecer relaciones con el hemisferio al sur del Río Bravo. Es por ello por lo que la visión del corolario Trump de la nueva edición de la Doctrina Monroe ya es insostenible para el reto al que nos enfrentamos todos como economía global.
En este contexto es que aparece, de forma anacrónica, el surgimiento de la ultraderecha como fenómeno sistemático en los últimos tiempos. El proceso devela lo que antes se encontraba oculto bajo la teatralidad de la democracia: el elector real son las oligarquías ancladas a la lógica imperialista. Paradójicamente han utilizado la propia desfachatez del cinismo para activar una propuesta política basada en la antipolítica, el proyecto del outsider que rompe con la normalidad de discursos repetidos impotentes frente a las problemáticas crónicas del subdesarrollo impuesto por los propios poderes detrás de estas nuevas opciones.
Lo que sucede, en realidad, es que el revestimiento tradicional democrático ya no sirve para los fines de preservación del poder político. Lo “ultra” de la derecha –ese estar “más allá de” la forma democrática convencional–significa la operación temeraria de presentar la honestidad de la amenaza autoritaria como un activo deseable frente al postureo tradicional. Los personajes como Abelardo de la Espriella, Javier Milei o Daniel Noboa son representaciones virtuales del control directo de EU sobre dichos territorios, en tanto, sus políticas desreguladoras reproducen las condiciones de extracción financiera que ese control requiere. De esta manera, el avance de la ultraderecha es el desmantelamiento de la teatralidad construida bajo el orden neoliberal de posguerra. El problema es que el pueblo deja de conectar su condición material efectiva con una valoración concreta de las acciones del gobierno bajo este esquema. Las redes y los medios de comunicación masiva construyen un simulacro político que reduce la decisión electoral futura a una afinidad de likes para pertenecer, aunque sea virtualmente, a una comunidad ilusoria.
Esto, por supuesto, tiene una fecha de caducidad, debido a que la ultraderecha no solo no tiene respuestas reales a los problemas sociales, sino que significa su profundización y retroceso. El problema es que mientras la izquierda no tenga una postura creativa para reconectar el espíritu de pertenencia con los resultados concretos, no habrá estrategia eficaz para disputar el imaginario de futuro. Como señalaba Platón en La República, el alma de una comunidad se divide en tres elementos: a) el logos, que se refiere a la razón, la parte lógica y pensante, b) el thumos, referido al espíritu movilizador, el lado emocional, el coraje, la valentía frente a las injusticias y c) la epithymia que representa las necesidades corporales, la satisfacción inmediata de los placeres. Las diferentes formas políticas serían una combinatoria específica de cada una de estas tres instancias.
En la ultraderecha domina el contubernio entre el thumos y la epithymia: el thumos queda subordinado a la epithymia, y apela a la emoción nacional mientras se explota la promesa de conseguir por la fuerza las necesidades inmediatas, ya sean reclamos por seguridad o falta de empleo (o la reiterada frustración de una izquierda envejecida como en Argentina). El logos queda relegado como anacrónico o como una falacia permanente. En el caso del “Make America Great Again” estadunidense, por ejemplo, la imagen de recobrar la grandeza de la potencia norteamericana se combinó con la frustración del pueblo cuya generación ya es más pobre que sus padres. El logos fue desactivado puesto que, a pesar de seguir observando la acumulación de ganancias en las élites, no encuentran una alternativa explicativa de otra estrategia posible para resolver sus problemas.
El logos debe ser restituido por la izquierda, pero bajo una renovación creativa: subordinar el thumos al logos, al apelar a un imaginario de futuro que active el espíritu colectivo bajo un horizonte de liberación épico, al mismo tiempo que va procurando la satisfacción inmediata de necesidades que generen nuevas experiencias sociales de enriquecimiento individual. La izquierda tradicional, que durante el siglo XX apeló a la colectividad, dejó de poner atención al individuo mismo. No basta con tener la razón, hay que generar un encantamiento para movilizar las voluntades en torno a la materialización de una nueva condición social. No podemos quedarnos con los brazos cruzados a esperar que pase la oleada de la ultraderecha, su existencia es, desde este punto de vista, factible solamente bajo la ausencia de una interconexión renovada de la razón, el espíritu colectivo y la realización individual. Una izquierda que no comprenda las determinaciones estructurales de este repliegue imperialista tampoco podrá construir ese horizonte épico de liberación frente al declive de la hegemonía estadunidense.
Oscar David Rojas Silva*
*Economista (UdeG); maestro y doctor (UNAM) en crítica de la economía política. Académico de la FES Acatlán. Director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo, y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre.



















