Indiferencia

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Veinte años en prisión

Al volver a la ciudad de la cual salí hace 2 décadas no pude reconocerla. Más allá de las obvias transformaciones urbanísticas (casi babilónicas a mis ojos aún no manchados de asfalto) de algún modo me latigueó el contemplar ciertas expresiones de la gente en la calle: resignación, indiferencia, fastidio, “callada desesperación”; una sorprendente cantidad hablando por celular, otros encerrados en sus propias rejas invisibles, ¿acaso esa apatía extrema de las masas que precede a los totalitarismos? Algo ha cambiado en todo caso, pero al mismo tiempo todo sigue igual, sólo más cerca el presagio de una catástrofe largamente anunciada, el monstruo de asfalto al borde del infarto vial con sus 7 millones de automóviles circulando diariamente y que convierten prácticamente todas las horas del día en horas pico, lejos ya la urbe que cantaron vates como Efraín Huerta (con amor-odio), atrapada toda nostalgia libertaria y bucólica, cualquier añoranza frayluisdeleonesca (“Que descansada vida la del que huye del mundanal ruido y sigue la escondida senda…”).

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La guerra cognitiva como arma del dogmatismo capitalista

En el corazón de la guerra cognitiva está el plan de fijar el dogmatismo monopólico como meta eterna del capitalismo en su fase imperial. Y las armas de dominación pretenden ser perfectas cuando consigan que las víctimas custodien las puertas de la prisión y llamen libertad a la llave que las encierra. Esa es una aberración mayúscula de la guerra cognitiva: el capitalismo no necesita que creamos todas sus mentiras; le basta con que pensemos la realidad utilizando sus preguntas, sus medidas, sus diccionarios y sus límites. Por lo tanto, la explotación se manifiesta como empleo, la subordinación como contrato, la concentración como eficiencia, el despojo como inversión, la precariedad como flexibilidad y la obediencia se manifiesta como responsabilidad. La palabra cambia de significado, la realidad cambia de lugar. El control deja de ser una fuerza externa e inicia a comunicarse desde nuestro interior. La victoria imperial no se limita únicamente al dominio de territorios: implica ocupar el punto desde el cual una sociedad determina lo que puede ser considerado real.

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La guerra cognitiva como arma del dogmatismo capitalista

En el corazón de la guerra cognitiva está el plan de fijar el dogmatismo monopólico como meta eterna del capitalismo en su fase imperial. Y las armas de dominación pretenden ser perfectas cuando consigan que las víctimas custodien las puertas de la prisión y llamen libertad a la llave que las encierra. Esa es una aberración mayúscula de la guerra cognitiva: el capitalismo no necesita que creamos todas sus mentiras; le basta con que pensemos la realidad utilizando sus preguntas, sus medidas, sus diccionarios y sus límites. Por lo tanto, la explotación se manifiesta como empleo, la subordinación como contrato, la concentración como eficiencia, el despojo como inversión, la precariedad como flexibilidad y la obediencia se manifiesta como responsabilidad. La palabra cambia de significado, la realidad cambia de lugar. El control deja de ser una fuerza externa e inicia a comunicarse desde nuestro interior. La victoria imperial no se limita únicamente al dominio de territorios: implica ocupar el punto desde el cual una sociedad determina lo que puede ser considerado real.