Ascenso de Asia y caída de Occidente, según Paul Kennedy

Ascenso de Asia y caída de Occidente, según Paul Kennedy

En el portal www.theworldtoday.org, de agosto-septiembre de 2010, que hospeda el londinense Chatam House (Royal Institute of International Affairs), el polémico historiador británico Paul Kennedy diagnostica sin tapujos el ascenso irresistible de Asia y el descenso concomitante de Europa y Estados Unidos, es decir, de Occidente.


Paul Kennedy se había dado a conocer con su imprescindible libro El ascenso y caída de las grandes potencias, donde asienta la interacción entre el cambio económico y el conflicto militar desde 1500 hasta 2000, lo cual, de cierta manera, exhibió la “sobrextensión” bélica de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en (des)proporción a su decaimiento económico que le llevó inexorablemente a su disolución.

Cabe señalar que Paul Kennedy se equivocó en referencia al ascenso de Japón que, desde que escribió su voluminoso libro, se encuentra en plena catatonia, lo cual no le quita mérito a su singular abordaje de cinco siglos que demuestra cómo las grandes potencias, en última instancia, acaban por suicidarse cuando desvinculan su excesivo gasto militar con sus limitaciones domésticas y fiscales que se subsumen en el término hoy clásico de la “sobrextensión”.

El historiador británico, de notable niponcentrismo, recuerda que visitó Japón alrededor de 1979 cuando estaba de moda el libro Japón, el número uno, de Ezra Vogel –que, por cierto, resultó un churro–, pero que le impresionó en su momento porque fue la etapa en la que se empezó a discutir el relativo declive de Estados Unidos y el ascenso de Japón –que siempre no fue y que, dicho sea respetuosamente, desembocó en un sonoro fracaso–, considerado como el retorno de un amplio movimiento traslativo geográfico de varios siglos y milenios que ha movido civilizaciones y riquezas del Este al Oeste, lo cual se convirtió en la pieza nodal de la teoría de la traslación de dominio en las relaciones internacionales en Occidente.

En referencia a Japón –su enorme error apreciativo–, Paul Kennedy siempre estará a la defensiva. Pero tampoco es tan importante porque, pese a ello, expone consideraciones relevantes en cuanto al ascenso integral de Asia se refiere y cuya cabeza es ocupada hoy por China, no Japón.

¿A qué se debe “el cambio dinámico de poder e influencia en el transcurso del tiempo” del Este, al Océano Índico, al Mar Mediterráneo, al Mar del Norte y a los dos océanos estadunidenses para regresar de nueva cuenta al Este después de varios siglos?

A juicio de Paul Kennedy, tal ha sido la ocupación y la preocupación de pensadores de la talla de Ibn Khaldun, Raleigh, Vico, Gibbon, Brooks Adams, Ranke, Wells, Weber, Spengler, Mackinder, Braudel y McNeill.

¿Por qué ascienden y descienden “unidades humanas orgánicas”, un país, un imperio, una civilización? Las respuestas pueden ser variopintas y multifactoriales: cultura, ciencia, bacterias y enfermedades, disolución moral, el advenimiento de la Revolución Industrial o la organización al estilo romano. Pero en la cosmogonía más pragmática de Kennedy, la mejor respuesta la acertó Lenin: “La tasa desigual de desarrollo”.

A su juicio, tanto “la reunificación de Alemania como “el ingreso de Japón al rango de las grandes potencias” –que conste: dos potencias derrotadas en las guerras mundiales– se gestaron debido a “su exitoso crecimiento de largo-plazo”. Le faltó enunciar a Kennedy el Plan Marshall, la masiva y condicionada “ayuda” estadunidense que desechó Stalin para no volverse un satélite de Washington.

Kennedy de nueva cuenta peca de niponcentrista, además de economicista. Confiesa que le atrae el enfoque “desarrollista” de Lenin –un tanto cuanto reduccionista– porque no se ahoga en interminables debates sobre la superioridad de ciertas culturas y civilizaciones. ¿A poco no se sienten superiores los alemanes y los japoneses por encima de otras culturas y civilizaciones?

Guste o disguste, tampoco se puede desechar el “complejo de superioridad” ni el belicismo crudo y rudo como motores de algunos pueblos terráqueos que los han encumbrado, así como destruido ulteriormente.

Más allá del “intelectualismo” que pregona la relevancia del “protestantismo y el capitalismo, la resistencia a las enfermedades” y la dicotomía de la “democracia versus autocracia”, a juicio del neoleninista Paul Kennedy, “una productividad y una economía que crecen más aprisa que otras” conllevan a “un cambio continuo del balance del poder”.

Faltaría elucidar la razón por la que ciertas economías crecen o, mejor dicho, son dejadas crecer por las potencias del momento. No es tan sencillo, ya que las economías no se mueven en sistemas cerrados.

Kennedy vuelve a pecar de excesivamente pragmatista para quien solamente cuentan los resultados con el fin de entender “el fenómeno político más significativo de nuestro siglo: el ascenso relativo de Asia, quizá (sic) China especialmente, y su concomitante natural, el declive relativo de Occidente como un todo (sic) y más particularmente de sus dos mayores componentes, Europa y Estados Unidos”.

Invoca que los casos de Europa y Estados Unidos deben ser tratados “separadamente”, ya que sus respuestas al ascenso de Asia “son diferentes”: Europa en “aquiescencia resignada” mientras en Estados Unidos se ha generado un intenso debate entre “declinistas” (quienes aceptan la inevitabilidad de su decadencia) y “excepcionalistas” (quienes afirman su hollywoodense retorno triunfal para aniquilar a los enemigos).

Más allá del “cambio masivo de la productividad relativa en los bienes y servicios de cada país”, Kennedy plantea dos cambios dignos de puntualizar:

1. “La asombrosa transformación de los balances de capitales en el mundo en los pasados 20 años”, con “superávit de capitales en China, Japón y Corea del Sur” que usualmente acompañan las alteraciones en los balances del poder militar-político” –lo cual ha resultado relativamente correcto, como pregona, en las “ciudades lombardas de Amberes y Ámsterdam, y de allí a Londres y Nueva York, y probablemente más adelante en Shanghai”.

2. “El cambio en los balances militares, especialmente en el mar”. Kennedy desglosa persuasivamente “una situación triangular”: las “capacidades marítimas de Europa se evaporan aceleradamente, mientras las capacidades marítimas de Asia explotan en poder y alcance”, y la perplejidad de la marina estadunidense.

En síntesis: la era de 500 años del navegante portugués Vasco da Gama ha concluido y hoy solamente la marina japonesa (sic) “eclipsa a cualquier armada europea”, cuando a la vez “la armada nipona es eclipsada por la marina china”.

La legendaria marina estadunidense –por cierto “sobrextendida”– ”– practica “la negación de los mares” al quedarse paralizada frente al avance marítimo chino que probablemente esté a punto de lanzar su primer portaaviones, que será sumado a una nueva panoplia de instrumentos militares chinos: cibernéticos, satelitales y misilísticos.

Kennedy concluye que, ante la ausencia de una definición estratégica por Estados Unidos –“desde Kissinger, o quizá desde el equipo Bush-Baker-Scowcroft, nadie en Washington piensa estratégicamente”–, el “cambio de los balances del poder mundial proseguirá”.

¿Desea Kennedy una tercera guerra mundial –con el fin de que Estados Unidos “piense estratégicamente”– y así frenar el ascenso de China? Lo sugiere en forma sutil.

Su ideal consiste en una alianza de “Occidente” con India para contener a China.

¿Estarán dispuestos en India, al final de cuentas la segunda potencia asiática –hoy integrada, aunque sea laxamente, a Brasil, Rusia, India y China–, a arriesgarse tanto, al borde casi del suicidio, para posponer la decadencia irreversible de Estados Unidos y Gran Bretaña?

Un grave agujero negro aflora en el “pensamiento estratégico” de Kennedy: la notable ausencia de Rusia, una superpotencia nuclear cuya alianza final, a nuestro humilde juicio, decidirá si la traslación de dominio al Este, en particular a China, será interrumpida por una tercera guerra mundial librada por la dupla anglosajona.

Contralínea 196 / 22 de Agosto de 2010

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