Normales rurales, imprescindibles en un proyecto educativo nacional

Normales rurales, imprescindibles en un proyecto educativo nacional

Mural en una de las Escuelas Normales Rurales de México
FOTO: JAVIER ALVARADO

Las escuelas normales rurales son más necesarias que nunca, señala en entrevista la historiadora Tanalís Padilla. Advierte que desaparecer dormitorios y comedores, y abrirlas a todas las clases sociales, no sería una “reforma” sino el fin del normalismo rural. Plantea que, por el contrario, se debe reforzar este modelo educativo con más recursos

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador tiene la oportunidad de relanzar el normalismo rural y, con él, alcanzar, de una vez por todas, el sueño del presidente Lázaro Cárdenas del Río (1934-1940): la alfabetización total del país y cubrir con educación básica todo el territorio nacional… O de acabar con el modelo educativo único que desarrolló la Revolución Mexicana y que sobrevivió a Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) y a todos los presidentes del neoliberalismo (1982-2018): Miguel de la Madrid, Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña.

En entrevista, la doctora Tanalís Padilla considera que el modelo, surgido de la Revolución Mexicana, “está más vigente que nunca”. La especialista en movimientos políticos y agrarios del México moderno y normalismo rural, indica que “tienen mucha importancia en el México actual. Y tienen más importancia que nunca”.

La profesora e investigadora de historia en el Massachusetts Institute of Technology resalta que las normales rurales representan para los jóvenes campesinos e indígenas –es decir, de las clases marginadas– una oportunidad para estudiar, tener una profesión digna y tener aseguradas sus necesidades materiales. Se refiere al acceso a comedor y dormitorio, que de no contar con ellos, les sería muy difícil estudiar una licenciatura.

Pero las normales también son imprescindibles porque “siguen haciendo falta maestros, especialmente en los medios rurales”, explica la doctora en historia latinoamericana por la Universidad de California en San Diego.

La tercera característica que esgrime Tanalís Padilla es que proveen de “una formación crítica” que “tienen su base, su consciencia y su origen en el proyecto de la Revolución Mexicana” y en los principios de justicia social que se compenetraron con ese proyecto de nación. En “un México donde subsiste la pobreza y la falta de oportunidades, [estas escuelas] siguen siendo necesarias”, señala la autora de Unintended Lessons of Revolution: Student Teachers and Political Radicalism in Twentieth-Century Mexico, una investigación histórica sobre las normales rurales que bajo el sello de Duke University Press saldrá a la luz en diciembre próximo.

FOTO: JORDANA GONZÁLEZ

En México subsisten 15 escuelas normales rurales, una escuela normal indígena y un centro regional de educación normal que inscriben su proyecto educativo en los cinco ejes del normalismo rural: académico, productivo, deportivo, cultural y político, explican estudiantes de la FECSM. Y que mantienen los principios que le dieron origen: sistema de internado, comedor y becas para los estudiantes –hombres y mujeres– que provienen de manera exclusiva de los sectores campesino y proletario de escasos recursos. Otra de las características de estas instituciones es el autogobierno de los estudiantes.

Estos 17 planteles se encuentran en: El Quinto, Sonora; Saucillo, Chihuahua; Aguilera, Durango; San Marcos, Zacatecas; El Cedral, San Luis Potosí; Cañada Honda, Aguascalientes; Atequiza, Jalisco; Tiripetío y Cherán, Michoacán; Teteles, Puebla; Panotla, Tlaxcala; Tenería, Estado de México; Amilcingo, Morelos; Ayotzinapa, Guerrero; Tamazulapam, Oaxaca; Mactumactzá, Chiapas, y Hecelchakán, Campeche. Si logran la reapertura como normal rural de El Mexe, Hidalgo, el próximo año podrían reintegrar a esta escuela a la FECSM y sumar 18 instituciones.

Hasta ahora no se ha cumplido esa promesa presidencial: en El Mexe se abrió una escuela, que inicia su segundo ciclo, como parte del proyecto de Universidades Benito Juárez. Las 74 hectáreas originales de este plantel no están considerados en el proyecto. Es decir, lo que se reabrió en realidad es escuela como cualquier otra, aunque en su nombre lleve el “normal rural”.

De acuerdo con información de la FECSM, en el presente ciclo escolar están inscritos 6 mil 569 alumnos y alumnas en estas escuelas. Sólo tres superan los 500 estudiantes matriculados: Tenería, Ayotzinapa y Tiripetío. En todas se imparte, de manera básica, la licenciatura en educación primaria, y adicionalmente en algunas, las licenciaturas en educación prescolar, educación indígena y educación física.

Las 17 instituciones constituyen el último reducto del proyecto de educación socialista que inició en la década de 1920, luego del fin de etapa armada de la Revolución Mexicana, y que alcanzó el mayor impulso durante el sexenio de Lázaro Cárdenas (1934-1940). Desde entonces las escuelas han tenido que luchar por seguir abiertas. De hecho, cada año deben movilizarse para que se emitan las convocatorias de ingreso, se mantengan los internados y se liberen presupuestos para los comedores y las becas.

“Las normales rurales, en cierto sentido, son un proyecto único. En parte, porque tiene su origen en la Revolución Mexicana, en lo que fue esa gran guerra revolucionaria con principios populares de [Emiliano] Zapata y [Francisco] Villa, y por la dinámica que se dio en el contexto de Cárdenas y la educación socialista”, explica la especialista Tanalís Padilla.

FOTO: JORDANA GONZÁLEZ

Agrega que el del normalismo rural mexicano es un proyecto nacional único; pero se encuentran históricamente algunas dinámicas similares de modelo en Bolivia, Perú, Chile, China. Se trata de un “modelo que entiende la educación no nada más con ir a dar clases, sino en un sentido más amplio: ir a las comunidades más necesitadas y ahí ayudar, establecer vínculos con las propias comunidades y las necesidades que ellas tienen. Y no se circunscribe a enseñar a leer y escribir, sino  busca formar conciencias críticas.

El acoso contra las normales rurales se profundizó a partir de la instauración del neoliberalismo en México, explican integrantes de la FECSM. Y es que mientras los sucesivos gobiernos federales –y estatales– consideraban que la educación era un servicio por el que los usuarios debían pagar, el modelo del normalismo rural considera que la educación es un derecho que no sólo implica gratuidad: los estudiantes deben tener asegurada la alimentación, el lugar para vivir y becas.

Si Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) cerró violentamente más de la mitad de escuelas que había en 1968, el periodo neoliberal estuvo a punto de acabar con las restantes. La estrategia fue la inanición y el desprestigio que facilitara el cierre de escuelas. Se acotaron los presupuestos y se lanzó una campaña que de criminaliza las movilizaciones de los estudiantes. Por todo el país se tachó a los normalistas rurales de ser “aprendices de guerrilleros”, en el mejor de los casos, o de ser vándalos y delincuentes, en el peor.

La campaña nacional contra las escuelas normales rurales hizo cotidiano el asesinato de estudiantes durante las movilizaciones e hizo posible la desaparición forzada de los 43 de Ayotzinapa la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero.

El modelo de las escuelas normales rurales busca formar de manera integral a los estudiantes con las competencias necesarias para insertarse en las comunidades más pobres del país, de acuerdo con la FECSM. De entrada, sólo pueden ingresar a estas instituciones los estudiantes pobres, previo estudio socioeconómico que lleva a cabo el Comité Estudiantil de cada normal.

FOTO: JORDANA GONZÁLEZ

La Federación considera que los estudiantes de recursos medios y altos pueden estudiar en cualquier otra escuela privada o pública. Y de abrir los lugares de las normales rurales a todos los estratos sociales, se estarán reduciendo los espacios para los pobres, la razón de ser de las normales rurales.

Que acepten sólo a estudiantes pobres es “parte de su esencia”, señala Tanalís Padilla. Advierte que son de los pocos espacios educativos para este sector de la sociedad y, por ello, se debe garantizar que sean alumnos de estos sectores quienes ingresen a estos planteles.

Desde 1935, los estudiantes fundaron el principal instrumento de defensa del normalismo rural: la FECSM. Las normales rurales vigentes deben su subsistencia a esta organización que cuenta con organismos nacionales, como el Comité Central, el Comité de Orientación Política e Ideológica Nacional y el Comité Nacional de Vigilancia. Además, cuentan con organismos fraternos, es decir, regionales. La FECSM se integra con los comités estudiantiles de cada normal y afilia a todos los estudiantes de los 17 planteles.

Eligen a sus organismos cada año en un congreso nacional que, como casi todo lo que hace la FECSM de manera interna, se mantiene en total sigilo. De hecho, se asume como una organización semiclandestina. No puede ser clandestina totalmente porque todo mundo sabe que sus bases y sus cuadros son estudiantes normalistas. Incluso se llega a saber a qué escuelas pertenecen quienes ocupan los cargos. Pero no se divulgan sus nombres reales y no se informa nada de la vida interna de la organización. Los estudiantes utilizan seudónimos.

La FECSM mantiene el autogobierno y la disciplina, y puede vetar a alumnos y maestros que se insubordinen. En la práctica, se traduce en la expulsión de la escuela. A través de los comités estudiantiles de cada plantel, se encarga de los cursos de inducción de los alumnos de nuevo ingreso y de mantener funcionando los cinco ejes del normalismo rural. El sistema de internado busca construir un sentido de cuerpo social, colectividad y hermandad. Y de disciplina y conciencia social.

El eje académico consiste en cursar los respetivos planes de estudio. Es en el que mayor injerencia tienen las autoridades, pues finalmente son las que otorgan los títulos y certifican los conocimientos adquiridos por los estudiantes.

Los otros ejes casi están en su totalidad a cargo de los estudiantes. Para ello, el Comité Estudiantil se organiza en carteras que se encargan de que todo funcione.

El eje productivo consiste en mantener módulos de producción agropecuaria: milpas, huertas y granjas. Tienen el objetivo de preparar a los alumnos en técnicas de producción que puedan desarrollar en las comunidades. Al mismo tiempo, generan productos de autoconsumo o que pueden venderse en las poblaciones aledañas.

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Con respecto del eje deportivo, la cartera encargada aplica un programa de activación física para todos los alumnos; además, promueve la constitución de clubes deportivos que hace uso de la infraestructura que tiene cada normal. Así, hay clubes de futbol, basquetbol, natación, voleibol, atletismo.

La cartera de acción social tiene la responsabilidad del eje cultural. Organiza clubes culturales de danza folclórica, teatro, payasística y, dependiendo de la región en que se encuentre la escuela, banda de viento, trío huasteco, rondalla, conjunto tropical, mariachi.

El eje político es el que mantiene vivos los demás y el modelo del normalismo rural en su conjunto. Y es el que asegura el carácter socialista de esta educación. A la par del plan de estudios oficial, los alumnos cursan materialismo histórico y dialéctico y, específicamente, marxismo leninismo. También estudian la historia de las normales rurales y las biografías de personajes revolucionarios de México y América Latina, como Lucio Cabañas, Genaro Vázquez, Misael Núñez Acosta, Ernesto Guevara, el Che. Aprenden a sentir admiración por ellos y “su conciencia y sentido de sacrificio”.

Este eje mantiene la disciplina de todas las demás carteras internas de cada escuela, como la de limpieza, cocina, lavandería y otras. Es decir, gobierna el plantel.

A través de los cinco ejes, las normales rurales generan un fuerte vínculo con  las comunidades de los alrededores. Apoyan a las familias campesinas en tiempos de siembra y cosecha; realizan festivales culturales; organizan competencias deportivas; imparten clases, y se movilizan para apoyar a los pueblos cuando se lo solicitan ante problemas de despojo de tierras, por ejemplo. Por ello, generalmente las normales rurales reciben el apoyo y la protección de los pueblos en donde se encuentran.

FOTO: JAVIER ALVARADO

Los normalistas rurales funcionan al exterior como una organización monolítica y sólida. Las diferencias, que las tienen, quedan al interior de los organismos de la Federación. Contralínea ha identificado tres corrientes que, si bien todas se asumen marxistas, se disputan la hegemonía de la FECSM.

Estas “escuelas hermanas” están federalizadas por la FECSM, no por el sistema educativo mexicano. Tanto para el gobierno federal como para los estatales, las normales rurales son escuelas adscritas a los sistemas educativos de cada estado. Sí reciben un presupuesto etiquetado desde el gobierno federal, pero son los gobiernos estatales los que completan los recursos con los que trabaja cada normal.

Por ello, las escuelas no tienen los mismos recursos tanto para el comedor como para las becas. Algunas escuelas ya sólo reciben las becas que destina el gobierno federal para todos los estudiantes del país y no cuentan con las que proveían de los gobiernos de los estados.

De hecho, el gobierno federal, en su Estrategia Nacional de Mejora de las escuelas normales –elaborada por la Secretaría Educación Pública (SEP)– no considera a las rurales como tales. Sólo diferencia entre privadas y públicas.

En tres de sus conferencias matutinas, celebradas entre julio y agosto pasados, el presidente ha declarado que se “reformara” a las normales rurales suprimiendo el comedor y el internado para todas. Señaló que, en vez de ello, se les dará a los alumnos los recursos para que paguen hostales y coman en fondas.

“Una reforma así, que reemplazaría los internados y los comedores con becas individuales, sería básicamente acabar con las normales rurales, con su esencia, su lógica y con el tipo de institución que son”, advierte Tanalís Padilla, quien también es autora de libros como El campesinado y su persistencia en la actualidad mexicana (Conaculta-Fondo de Cultura Económica, 2013), y Después de Zapata: El movimiento jaramillista y los orígenes de la guerrilla en México (1940-1962) (Akal, 2015).

Argumenta que los internados y los comedores son “espacios de convivencia y solidaridad”, donde alumnos de diversas regiones se conocen y se organizan. “Han sido históricamente espacios necesarios para defender las normales rurales. Son espacios de convivencia en un contexto en donde el neoliberalismo nos ha atomizado como sociedad”.

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La historiadora de las normales rurales destaca que esta idea no es nueva. “Deberíamos recordar que a través del siglo XX siempre hubo varios intentos de acabar de cerrar las normales rurales de una forma u otra. La más fuerte fue en 1969, cuando Díaz Ordaz cerró 15  de las 29 que existían”. Luego la estrategia fue remplazarlas con escuelas que dieran becas, pero no tuvieran internado ni comedor. “Sería un atentado contra lo que es la esencia colectiva de las normales rurales. Sería ponerles fin a este tipo de instituciones”.

Aún no se ha hecho público el proyecto de reforma a las normales rurales. El presidente ha dicho que dialogará con los estudiantes, pero les ha advertido que no tolerará casos de “cacicazgo” y “corrupción”. Esas declaraciones causaron desencanto y preocupación entre los comités estudiantiles, que acusaron el reinicio de las campañas de desprestigio en contra de las escuelas.

Son preocupantes las acusaciones del presidente, señala Tanalís Padilla. Explica que los normalistas rurales han llevado un proceso de lucha década tras década y siempre han sido criminalizados. Especialmente estos estudiantes han sido víctimas de las peores campañas de estigmatización que se lanzan desde gobiernos a través de los medios de comunicación de la derecha.

“Se pensaba que iban a respirar un aire distinto con un gobierno que se dice de izquierda, contrario al neoliberalismo. Es preocupante que el presidente diga que hay ‘cacicazgos’ y ‘corrupción’, sobre todo porque ese ha sido el argumento de la derecha empresarial que también está atacando a López Obrador.”

La especialista considera que las declaraciones pueden ser producto de desconocimiento de lo que son las normales rurales o de que en su proyecto educativo el modelo de educación con lógica colectiva no tiene cabida.

El presupuesto federal aprobado en 2021 para todas las normales rurales fue de 170 millones de pesos. Para 2022 se prevé que se apruebe un monto similar. Se trata de un promedio de 10 millones por escuela. Los recursos no se entregan directamente, pues estas escuelas están adscritas a los sistemas educativos de los estados, y los estudiantes tienen que demandar la liberación de los recursos a cada gobierno estatal. Cada escuela debe presionar y exigir a los gobernadores. Y dependiendo de la voluntad de éstos y la presión que los alumnos puedan ejercer, se obtienen determinados derechos.

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Por ello, hay escuelas donde los recursos son escasos, pero fluyen sin problemas e, incluso, alcanza para uniformes y herramientas para los módulos de producción. En otras, los recursos básicos, como los del comedor, llegan con meses de retraso y en montos menores a los de otras escuelas.

La doctora Tanalís Padilla explica que, desde la descentralización educativa de 1992, las escuelas han tenido que negociar el presupuesto en lo individual. Lo anterior ha restado fuerza a la organización estudiantil, porque ya no es la FECSM en su conjunto la que negocia los recursos para todas. La precarización de estas escuelas se agudizó a partir de ese año.

“Cuando existe tanta inequidad en el acceso a la educación, se deben fortalecer las pocas instituciones que atienden a los pobres” y no amenazarlas, expone Tanalís Padilla.

Desde el 23 de agosto, Contralínea solicitó una entrevista con la titular de la SEP, Delfina Gómez Álvarez, y con el director general de Educación Superior para Profesionales de la Educación, Mario Alfonso Chávez Campos. Hasta el cierre de edición, no se obtuvo respuesta.

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