Si T-MEC desaparece en la próxima década sería el fin de la liberalización económica

Si T-MEC desaparece en la próxima década sería el fin de la liberalización económica

Ilustración: Gemini IA

En el contexto actual de multipolaridad y consolidación de bloques económicos a nivel mundial, resulta imperativo reflexionar sobre el concepto de América del Norte. Esta reflexión no es trivial si se considera la compleja historia entre México y Estados Unidos, así como el hecho de que el tratado de libre comercio negociado entre 1990 y 1993, no solo reconfiguró la lógica productiva de estos países, sino que fundamentalmente reconfiguró la región.

Para este propósito, el ejercicio de la memoria histórica siempre resulta orientador, al permitirnos estructurar las percepciones y los cálculos políticos entre las naciones. Por eso, considero necesario recuperar el hecho de que antes de que concibíeramos a Estados Unidos como un socio comercial confiable, este país era objeto de muchas reservas –y hasta desconfianza– por parte de nuestro pueblo. Dichas reservas estaban fundadas en la invasión de Estados Unidos a nuestro territorio, entre los años de 1846 y 1848, cuando nos arrebató más de la mitad del territorio nacional. Esta agresión es reconocida incluso por líderes militares estadunidenses de la época como Ulises Grant –quien después sería presidente de Estados Unidos–, que describió este conflicto como “una de las guerras más injustas jamás emprendidas por una nación poderosa en contra de otra más débil”.

Este antecedente explica, en parte, la negación de Sebastián Lerdo de Tejada por construir un ferrocarril que conectara la capital mexicana con la frontera del norte, al expresar su preferencia de que “entre Estados Unidos y México mejor el desierto”. O bien, la máxima de Porfirio Díaz de “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, que capturaba esta misma realidad de proximidad involuntaria y riesgo inherente. O ¿Qué decir de la multiples intervenciones de este país en los asuntos internos mexicanos a lo largo del siglo XX?, como la participación activa en el golpe de Estado en contra del presidente Francisco I Madero, en un momento en el que nuestro país atravesaba una revolución social.

Este breve recuento, dirigido a tener presente la racionalidad geopolítica de Estados Unidos desde su ascenso como potencia, nos permite desmentir la narrativa de que México está condenado a la integración con Estados Unidos o al derrumbamiento económico. Aunque la integración comercial con este país es un elemento importante de la estrategia de crecimiento económico impulsada desde la década de 1990, no constituye la única variable potenciadora de la economía mexicana. De ahí la importancia de no confundir un tratado de libre comercio con un plan nacional de desarrollo.

Dicho en otras palabras, si el T-MEC llegara a desaparecer en los próximos 10 años, se marcaría el fin del proyecto de liberalización económica, pero no necesariamente el del proyecto de desarrollo nacional mexicano. Máxime si nuestra historia nos ha demostrado que los registros de mayor crecimiento económico en el país han sido alcanzados en momentos en los que se ha combinado una política comercial selectiva, con la protección de sectores estratégicos y la promoción activa de la industrialización basada en el mercado doméstico.

Por eso, independientemente de los resultados de la primera sesión de trabajo entorno a la revisión formal del tratado entre México, Estados Unidos y Canadá, que se llevará a cabo el próximo 20 de julio, la delegación negociadora mexicana debe llegar con una estrategia clara de protección de los intereses nacionales, basada en el Plan Nacional de Desarrollo (2025-2030) y el Plan México. Y esta estrategia debe operar bajo el principio de lo que podríamos llamar “anticipación estratégica”, entendida como la capacidad de prepararse para múltiples futuros posibles sin esperar pasivamente a que otros tomen decisiones.

Y por nuestra parte, como pueblo mexicano, debemos tener presentes las lecciones históricas sobre cómo Estados Unidos ha conducido negociaciones comerciales en otros momentos de la historia. Esto implica estar atentos a las filtraciones, las cuales han sido un recurso predilecto de los estadunidenses para debilitar las posiciones de sus contrapartes en negociaciones, ya que con esta práctica crean la presión mediática y política que frecuentemente les favorece. De ahí la importancia de estar blindados a lo que podríamos llamar “armas de distracción masiva”, que suelen dispararse en campañas mediáticas.

Otro punto de atención detectado a través de los lentes de la historia es el historial problemático de desempeño de agencias estadunidenses en negociaciones bilaterales con México, pes, existen testimonios publicados por expresidentes que dan cuenta de presiones derivadas de acusaciones de funcionarios públicos de la década de 1980 por vínculos con el  narcotráfico, como parte de tácticas de presión extra-institucional que demuestran que a veces lo que ocurre fuera de la mesa de negociación es tan importante como lo que ocurre dentro de ella. Otro precedente revelador se documenta desde Canadá, con el crecimiento exponencial de las presiones estadunidenses, durante la negociación del acuerdo comercial entre Canadá y Estados Unidos –previo al TLCAN–, en la que se llegó a la fuga de capitales como mecanismo de presión dirigido a ceder la apertura de su sector financiero al capital norteamericano.

En suma, este escenario de renegociación del T-MEC nos brinda la oportunidad histórica para que nuestro país redefina su relación con la región norteamericana, sobre las bases del fortalecimiento de un proyecto de desarrollo nacional que se ha venido construyendo desde el año 2018, y que hoy nos ha permitido recuperar la capacidad de ser arquitectos de nuestro propio futuro.

 

Carolina Hernández Calvario*

*Académica de la UAM Iztapalapa. Licenciada y doctora en economía (Facultad de Economía, UNAM). Maestra en estudios latinoamericanos (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). Su campo de especialización es en economía política.

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