“Hay décadas en las que no pasa nada, y hay semanas en las que pasan décadas”. Esta frase –atribuida a Vladimir Lenin– nos da cuenta de la capacidad que tiene el tiempo histórico para comprimirse y acelerarse. El tiempo es relativo, nos enseñó Albert Einstein, y esto parece ser, no solo un asunto físico, sino también humano. Este es el caso de lo que experimentamos en el tiempo presente con la entrada del segundo cuarto del siglo XXI. Para algunos es una sorpresa, –aunque cada vez es más común aceptar la tesis de la decadencia final de EU– para otros es una denuncia constante que solo ahora se enuncia, finalmente, por el propio núcleo del poder.
Me refiero particularmente al discurso de Mark Carney, primer ministro canadiense, quien no parte del análisis comunista –todo lo contrario, su núcleo es el poder financiero en puestos como el Banco de Inglaterra y cercano a los círculos de Wall Street–, pero enunció una verdad concreta: todo el entramado institucional del orden internacional basado en reglas es una puesta en escena para permitir el saqueo, barnizado de rigurosidad legal bajo un supuesto espíritu de preocupación permanente por la democracia y los derechos humanos, siempre y cuando las ganancias y castigos económicos fluyan con normalidad del sur al norte.
En fin, no se trataba de una convención del pensamiento crítico sino del Foro Económico Mundial de Davos, Suiza, en 2026; ahora se dice a todas luces y con todas las palabras: la globalización ha sido una gran estafa en la que el grupo del G7 participa, incluyendo a Canadá, de forma entusiasta.
Definitivamente, este discurso es del mayor interés analítico porque Carney postula un mea culpa, pero sin algún atisbo de arrepentimiento; en su lugar, proyecta una estrategia acelerada por llegar a un nuevo momento. El sistema unipolar está dando paso al multipolar y no es para nada un detalle menor que este discurso se pronunciara después de una visita para el estrechamiento de lazos con Xi Jinping, en China. El cinismo es estratégico, pero no por ello deja de ser un símbolo meridiano del inminente cambio sistémico en la geoeconomía.
Carney habló de las “potencias medianas” que podrían salir del menú y “sentarse en la mesa”, pero aquí es importante señalar algo que él no podría aceptar: el G6 (G7 menos EU) se convirtió en un cinturón semi-hegemónico y senil debido a su condición de operar de primera mano el colonialismo, para después pasar a ser un protectorado de EU. Primero, gracias al Plan Marshall que proporcionó ayuda económica masiva para la reconstrucción de la post-guerra; luego, el Brexit, que fracturó la Unión Europea; y recientemente, a través de las nuevas expediciones anacrónicas de la OTAN. El discurso del premier canadiense no es un reforzamiento sino un síntoma de la crisis del núcleo occidental de la economía global.
No debe olvidarse que los modos de producción como grandes sistemas unificados tienen como principal componente todo un subsistema ideológico que normaliza las acciones operativas, permite determinar prejuicios masivos en los que se internaliza lo que es, o no, aceptable. Pero insistamos, este procedimiento necesitó de un edulcoramiento particular: debía justificar siempre un bien superior. Es decir, te violento porque te civilizo. No obstante, con este discurso quedó al descubierto también algo de lo que Carney no está consciente: sin los sabores artificiales, el subsistema ideológico entra en crisis y permite −exige− un cambio de paradigma. El modelo unipolar agotó totalmente cualquier contenido civilizatorio. Hoy el principio es “te violento porque puedo”, ¿cómo podría civilizar tremenda barbarie trumpiana?
Lo curioso de este discurso es que surgió solamente cuando la violencia del cénit del imperialismo norteamericano se posó con el mismo cinismo descarnado sobre la propia Europa, pero para nada significó un problema el genocidio en Palestina y nada se dijo de la barbarie con la que ahora intentan montar un complejo turístico sobre Gaza. De hecho, derivado de las palabras de Carney, Trump le retiró la invitación a pertenecer a ese monstruoso bodrio llamado “Junta de la Paz”, con el que un selecto grupo de inversores busca reeditar una ONU, pero ahora totalmente cínica: es decir, bajo la ruta de la ganancia y el interés corporativo como faro guía.
En suma, me parece que este acontecimiento refleja la crisis ideológica del imperialismo norteamericano. Es verdad que muchos romantizaron las palabras de Carney como el “hombre fuerte frente a Trump”, pero esto solo es un remanente del sistema ideológico en cuestión. Lo importante, desde mi punto de vista, es comprender que frente al quiebre de la narrativa civilizatoria, ese terreno ahora se encuentra en disputa. Por ello es importante seguir afirmando los principios y estrategias claras por parte del Sur Global para poner fin al dominio unilateral del mercado mundial. El vaciamiento ideológico del Norte Global abre la necesidad para el Sur Global de dotar de contenido a la interpretación de la historia del siglo XX, sus saldos civilizatorios y la puesta en práctica de otra manera radicalmente diferente para establecer las relaciones globales de producción.
Es necesario tomar conciencia de la relevancia estratégica que significa descolonizar la forma en la que pensamos la realidad global, porque su complejidad amerita una revisión profunda sobre el significado de los múltiples mitos que han sostenido La Gran Mentira y que, por tanto, urge desmontar.
Oscar David Rojas Silva*
*economista (UdeG) con estudios de maestría y doctorado (UNAM) sobre la crítica de la economía política. Es director del Centro de Estudios del Capitalismo Contemporáneo y comunicador especializado en pensamiento crítico en Radio del Azufre y Academia del Azufre. Académico de la FES Acatlán y UAM Xochimilco.



















