A principios de marzo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, organizó y presidió la reunión con doce países latinoamericanos que denominó Escudo de las Américas. Las figuras latinoamericanas más reconocidas en dicha reunión fueron Nayib Bukele de El Salvador, Javier Milei de Argentina y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast. La reunión tenía por objetivo hablar de temas de seguridad y, en específico, del combate al narcotráfico y crimen organizado.
Más allá del sentido de la reunión y del besamanos, quedó a manera de anécdota la desafortunada expresión del presidente Trump al decir a los mandatarios: “no voy a aprender su ‘maldito’ idioma”. Tras pronunciarla, las y los invitados al pleno soltaron una sonora carcajada, como se puede escuchar en numerosos videos de la prensa que cubrió el evento.
Aunque pareciera una más de las formas tan peculiares en las que ejerce la presidencia, la frase revela la falta de interés protocolario en una cumbre de mandatarias y mandatarios, la falta de respeto a sus homólogos, el sentimiento de superioridad dada por la blanquitud. Revela el racismo encarnado en el desprecio por la lengua que, en Estados Unidos, representa al 19% de la población total, lo que lo convierte en el segundo país con más hispanohablantes del mundo.
En Estados Unidos hay actualmente más de 62 millones de personas de origen hispano, de los cuales el 68% habla español en su vida cotidiana y en el ámbito privado, es decir, en sus casas. A nivel mundial, de acuerdo a estimaciones del Instituto Cervantes, más de 600 millones de personas hablan español. Así, ese “maldito idioma” es la segunda lengua materna más hablada en el mundo, es el segundo idioma de comunicación internacional y el oficial en 21 países.
Es importante hacer notar que México ocupa el primer lugar en hablantes de lo que para Trump es un “maldito idioma” que no tiene tiempo de aprender, aun cuando el país que dirige ya supera a Colombia en hispanoparlantes. No es falta de tiempo, es un claro desdén hacia sus contrapartes; es racismo velado, es desconocimiento del crisol cultural y poblacional que componen al país que dirige.
Conocer una lengua diferente no solo implica saber cuestiones de gramática o sintaxis, composición de oraciones, uso de tiempos verbales. No se trata únicamente de la lengua en sí, sino de comunicarse, en su sentido más amplio, con un lenguaje compartido que tiene su propia forma de interpretar al mundo. Cada lengua supone una cosmovisión; por eso, aprender otro idioma distinto a nuestra lengua materna nos permite realmente conocer al Otro, descubrirlo en plenitud, en toda su alteridad. Es entender palabras y expresiones que solo pertenecen a esa lengua, que solo esas y esos hablantes conocen en su forma gramatical y sintáctica, pero también pragmática.
De ahí que sea tan desafortunado el comentario de un presidente que desdeña al Otro, al diferente; una persona que quisiera un mundo a la medida de su propia visión pigmea y que, para él, solo su pequeño universo tiene valor. Por ello, su visión tan reducida de lo que es la paz, de lo que es Medio Oriente, Irán –que confunde con un país árabe–, la solidaridad latinoamericana, Cuba, Venezuela y los procesos progresistas de cada país. Y cómo los va a entender si no tiene tiempo de aprender ese “maldito idioma”, si no le da la vida para acercarse a la cultura y cosmovisión de quienes, hoy, ya representan la segunda lengua más hablada en Estados Unidos.
Ruth Dávila*
*Profesora Asociada de la División de Estudios Multidisciplinarios del Centro de Investigación y Docencia Económicas
Te podría interesar: Pemex aún mantiene 34 empresas privadas 100% de su propiedad



















