Oportunidad estratégica para la revisión bilateral del T-MEC

Oportunidad estratégica para la revisión bilateral del T-MEC

Ilustración: Gemini IA

La primera ronda formal de revisión bilaterial del TMEC entre México y Estados Unidos se llevará a cabo el próximo 25 de mayo. Esta calendarización se proyecta de forma paralela a la visita que Donald Trump realizará a China los días 14 y 15 del mismo mes –originalmente prevista para finales de marzo y pospuesta por la escalada bélica en Asia Occidental–, y de la cual se espera la publicación con mayor información para tasar el rumbo de la configuración del bloque comercial de América del Norte.

Lo cierto es que, con la información que se tiene hasta ahora, Estados Unidos exhibe un deterioro económico palpable –inflación creciente, pérdida de empleos manufactureros, volatilidad financiera y contracción del bienestar popular–, lo que se acompaña de un desgaste político. Ello compromete la legitimidad doméstica de su presidente, como lo arrojan los datos más recientes de encuestas de aprobación, los cuales señalan que Trump presenta niveles de aprobación similares a los que registró el presidente Biden en su peor momento –julio de 2022–, cuando se registró un pico inflacionario atribuible a la post-pandemia. Esto revela que los estadunidenses menores de 45 años son los más críticos con la gestión económica del presidente, lo que evidencia un desgaste estructural del electorado conservador.

En contraste, México llega a la negociación con una posición consolidada como el principal proveedor de las importaciones estadunidenses, y con indicadores macroeconómicos estables y una creciente aprobación del pueblo mexicano hacia el proyecto que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum. En este sentido, la estrategia negociadora mexicana debe partir del reconocimiento de estas ventajas estructurales, y continuar con la postura de “cabeza fría” frente a la lógica dogmática de las amenazas ya típicas del presidente Trump; que francamente comienzan a caer, no solo en contradicciones, sino en abiertas inconsistencias lógicas. El ejemplo de esta semana lo da el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, quien vino a presentar una postura de endurecimiento de las reglas de origen y la imposición de aranceles adicionales, que a estas alturas ya resultan abiertamente incompatibles con la realidad productiva de la economía norteamericana, y como tal, contraproducentes para los intereses de su propio país.

Y es que la evidencia empírica demuestra que la estrategia de Estados Unidos de promover el retorno de la producción a su territorio está fracasando, ya que la política arancelaria ha generado un efecto de sustitución de origen hacia terceros países –México, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), Unión Europea– sin reducir la dependencia tecnológica global del país del norte. Y aun con la caída del 25 por ciento (entre enero y septiembre de 2025) de las importaciones estadunidenses provenientes de China, las exportaciones del país asiático han mostrado resiliencia y crecimiento a principios de 2026 por la diversificación de sus destinos. Y en contraparte, la estructura sectorial de las importaciones estadunidenses refleja una alta dependencia de manufacturas de alta tecnología; tal y como lo muestran los crecimientos acelerados de importaciones en maquinaria, reactores nucleares y calderas –del 25 por ciento–; equipos eléctricos y electrónicos –9 por ciento–; productos farmacéuticos –12 por ciento–; y aparatos ópticos, médicos y técnicos –4 por ciento–.

Un examen detallado de la composición sectorial y geográfica de las importaciones estadunidenses revela la posición de fortaleza desde la cual puede negociar México, pues nuestro país en los últimos meses se ha consolidado como el principal origen de las importaciones estadunidenses, con un crecimiento cercano al 10 por ciento y una participación del 17 por ciento del total de bienes y servicios importados; es decir, entre 3 y 4 puntos porcentuales por encima de China, quien en el año 2028 se ostentaba con una participación superior al 20 por ciento. Y pese a la reducción de exportaciones de vehículos y autopartes –del orden del 3 por ciento–, se observa una recomposición hacia sectores de mayor valor agregado tecnológico, como es el caso del sector de electrónica y equipo de cómputo, que ha experimentado un boom sin precendetes con un crecimiento del 145 por ciento en el año 2025, con lo que superó al automotriz como el principal rubro de exportación mexicana.

Esta dinámica posee una ventaja regulatoria clave: el equipo de computación no está sujeto a restricciones estrictas de reglas de origen, por lo que muchos productos califican automáticamente bajo el T-MEC. El arancel promedio de Estados Unidos sobre electrónica mexicana fue de apenas 0.45 por ciento en 2025, comparado con el 10.53 por ciento aplicado a productos similares de origen chino. Los hubs principales de esta actividad son Chihuahua –46 por ciento del total– y Jalisco –23 por ciento–, que en conjunto concentran casi siete de cada diez dólares exportados en este sector.

Por su parte, Canadá también aumentó en sus exportaciones en 7 por ciento, lo mismo que la Unión Europea que crece a un ritmo del 10 por ciento. Pero sin duda, la sorpresa del periodo la constituye la ASEAN, cuyas exportaciones a Estados Unidos crecieron más del 27 por ciento, con lo que alcanzó una participación del 13 por ciento, superior a la de Canadá. Dentro de este bloque, Vietnam destaca con un crecimiento cercano al 17 por ciento, aunque su participación total aún es modesta –4 por ciento–.

Frente a este panorama, la propuesta emanada de ciertos sectores estadunidenses de endurecer las reglas de origen para exigir que el 100 por ciento de componentes clave –motores, electrónica principal, software– provengan de América del Norte, en sustitución del 75 por ciento actual, resulta insostenible desde el punto de vista técnico y económico.

En este sentido, la revisión del T-MEC representa, no una amenaza para los países que lo constituyen –como se afirma desde Estados Unidos–, sino una oportunidad para reconfigurar los términos de la integración regional sobre bases técnicas, reciprocas y mutuamente beneficiosas.

 

Carolina Hernández Calvario*

*Académica de la UAM Iztapalapa; licenciada y doctora en economía (Facultad de Economía, UNAM); y maestra en estudios latinoamericanos (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). Su campo de especialización es en economía política.

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