Donald Trump y la confusión como mecanismo de la guerra cognitiva

Donald Trump y la confusión como mecanismo de la guerra cognitiva

Ilustración: Gemini IA

Sembrar “confusión” a toda costa, con engaños a destajo, con bombas de estruendo, con camuflajes de todo tipo. Desde una perspectiva semiótico-crítica, “la dictadura de la confusión” es un problema histórico central que no reside exclusivamente en una figura política determinada, pero Trump representa una de las operaciones ideológicas más amplias en la producción capitalista de sentido.

El peligro decisivo consiste en determinadas formas de la “confusión inducida” que se articula con intereses materiales específicos y cómo esa articulación influye sobre la capacidad de las mayorías para interpretar su propia situación histórica. Donald Trump encarna una modalidad burguesa tozuda en el ejercicio del poder ideológico, cuyo rasgo distintivo no radica únicamente en la difusión de informaciones falsas, exageraciones o provocaciones mediáticas, sino en la producción sistemática de un entorno cognitivo inestable donde la capacidad social para distinguir jerarquías de relevancia, relaciones causales y responsabilidades históricas queda sometida a una presión permanente. La confusión adquiere así una función estratégica.

No constituye un efecto secundario de la comunicación política, ni una consecuencia accidental de la improvisación discursiva. Opera como un plan de intervención sobre la percepción colectiva, destinada a alterar los procesos mediante los cuales amplios sectores sociales elaboran interpretaciones acerca de la realidad, sus conflictos y sus protagonistas. En tal contexto, la confusión desquicia a la argumentación, su reiteración desplaza a la reflexión y lo escandaloso sustituye a la deliberación pública. La eficacia de este mecanismo depende de condiciones materiales específicas. Ninguna guerra cognitiva emerge de manera espontánea.

Requiere una infraestructura bélica integrada por corporaciones tecnológicas, conglomerados mediáticos, consultoras de datos, plataformas digitales y complejas arquitecturas algorítmicas capaces de administrar la circulación de estímulos a escala planetaria. La conciencia social se convierte entonces en territorio de disputa. Cada acontecimiento se fragmenta, reempaqueta y redistribuye bajo criterios que privilegian la emocionalidad instantánea por encima de la comprensión estructural. El resultado es una confusión inducida contra la experiencia histórica, lo que hace que los fenómenos aparezcan desconectados de las relaciones económicas y políticas que los producen.

Trump comprendió que la “confusión inducida” constituye una fuerza destructora decisiva. Su intervención pública se apoyó en una economía del sobresalto permanente. Cada declaración extrema, cada confrontación espectacular y cada desplazamiento abrupto de agenda contribuyeron a instalar una dinámica de incertidumbre continua. La discusión pública dejó de organizarse alrededor de programas, proyectos o diagnósticos verificables para girar alrededor de reacciones emocionales inmediatas. La controversia dejó de ser un medio para examinar contradicciones sociales y pasó a convertirse en un fin autónomo.

De esta manera, la paz y el futuro de la humanidad quedaron eclipsados por una sucesión inagotable de polémicas diseñadas para capturar energía afectiva y redirigirla hacia escenarios secundarios. La “confusión estratégica” posee además una dimensión temporal. Al fragmentar la memoria histórica, dificulta la construcción de secuencias explicativas capaces de vincular fenómenos aparentemente dispersos. Las crisis financieras aparecen desligadas de los procesos de concentración monopólica; la precarización laboral se presenta como consecuencia inevitable de innovaciones tecnológicas neutrales; las guerras se reducen a enfrentamientos culturales o identitarios desvinculados de intereses geopolíticos y económicos.

Bajo tales condiciones, la experiencia colectiva pierde profundidad histórica y queda atrapada en una sucesión de presentes efímeros donde cada acontecimiento cancela al anterior antes de que pueda ser comprendido. La operación alcanza una intensidad superior cuando transforma el malestar social en combustible para proyectos políticos funcionales a la reproducción de las desigualdades. Millones de personas experimentan de manera concreta el deterioro de sus condiciones de vida, la inseguridad económica, el endeudamiento, la fragilidad laboral y la erosión de derechos conquistados durante décadas. Sin embargo, la energía crítica derivada de esas experiencias se desvía hacia objetivos cuidadosamente seleccionados; ello, mientras los fabricantes de la confusión siguen enriqueciéndose.

Migrantes, minorías, instituciones públicas, organismos internacionales o adversarios culturales se convierten en blancos preferenciales de una narrativa que evita examinar las estructuras responsables de la acumulación extraordinaria de riqueza en manos de una élite cada vez más concentrada. La guerra cognitiva encuentra aquí una de sus contradicciones más reveladoras. Mientras proclama la paz, contribuye a oscurecer las relaciones sociales que determinan la distribución real del poder. Mientras invoca la paz, fortalece mecanismos de vigilancia, extracción de datos y manipulación conductual sin precedentes históricos. Mientras miente con la paz, preserva la influencia concreta de grupos financieros, tecnológicos y corporativos cuya capacidad de intervención supera ampliamente la de numerosos Estados.

Tal confusión busca precisamente impedir ese tránsito. Su objetivo más profundo consiste en debilitar los vínculos entre experiencia inmediata y comprensión histórica. Al dispersar la atención, fragmentar la memoria y multiplicar estímulos contradictorios, obstaculiza la formación de interpretaciones colectivas capaces de identificar intereses comunes y antagonismos reales. La batalla por la verdad deja entonces de ser una cuestión académica o moral para convertirse en una necesidad política de primer orden. No se trata de defender una abstracción epistemológica aislada de la vida social; se trata de preservar las condiciones intelectuales que permiten a los pueblos comprender el mundo que producen con su trabajo y reconocer las fuerzas que condicionan su existencia.

En este escenario, la tarea fundamental consiste en reconstruir capacidades colectivas de análisis, memoria y organización cultural. Frente a la dispersión programada, pensamiento crítico. Frente a la aceleración compulsiva, investigación rigurosa. Frente a la fabricación industrial de incertidumbre, conocimiento históricamente situado. Allí donde la confusión pretende naturalizar la desigualdad y desorientar la experiencia popular, el conocimiento crítico recupera su papel como fuerza material capaz de transformar la realidad y ampliar el horizonte histórico de la libertad colectiva.

 

Fernando Buen Abad Domínguez*

*Doctor en filosofía

 

Artículo

Cuatro fases del golpe blando en México

En 1954, Estados Unidos perpetró un golpe de Estado contra Jacobo Arbenz, suceso que inauguró la Guerra Fría interamericana, tras el Bogotazo de 1948, donde asesinaron a Jorge Eliecer Gaytán. En dicho golpe, Estados Unidos elaboró lo que podemos denominar como

Saber más »
Ahora en vivo

Contralínea en vivo