La otra historia de Estados Unidos

La otra historia de Estados Unidos

Ilustración: Gemini IA

El historiador Howard Zinn dejó al mundo una obra que es pertinente recordar, a propósito del 250 aniversario de la fundación de Estados Unidos como nación, que se cumplió el pasado 4 de julio. Zinn, activista político y defensor de derechos civiles estadunidense escribió el libro La otra historia de Estados Unidos, lectura obligada para quienes estudiamos la historia del vecino país.

En los capítulos de su obra nos dejó pasajes históricos en donde destaca el rol que han jugado afrodescendientes, indígenas, migrantes, el pueblo de Estados Unidos contra las élites que en numerosas ocasiones se valieron de las demandas populares para establecer su dominio de clase, el cual perdura estos 250 años. Y por ello es importante rememorar algunos pasajes de la fundación de esa nación, para cuestionar el mito fundador y establecer otra historia.

Tras la guerra de los siete años, en 1763, entre Gran Bretaña y Francia, el desencanto de ciertos liderazgos estadunidenses fue mayor contra el liderazgo británico. En parte, porque los costos de la guerra fueron pagados por las colonias. Los costos de la guerra fueron visibles en distintos rubros, la indigencia y la pobreza de un lado, la opulencia por el otro. La guerra benefició a generales y comerciantes.

En su obra, Howard Zinn describe que el ambiente social era de clara confrontación de clase en varias ciudades, previo a la independencia. En Pennsylvania, un comité político animaba a oponerse a los ricos. Destaca Zinn: “una proporción enorme de la propiedad en manos de unos pocos individuos es un peligro para los derechos, y destructivo para la común felicidad de los hombres, por lo tanto, cada estado libre tiene el derecho a limitar la posesión de tales propiedades con su legislación” (p. 46).

Otro ejemplo fue en Carolina del Norte, donde campesinos blancos organizados se opusieron a ricos y poderosos. Lucharon para impedir la recaudación de impuestos. Algunos eran movimientos sociales armados que causaron verdaderas insurrecciones. Una situación similar sucedió en Nueva Jersey entre 1740-1750 y Nueva York, que tuvo rebeliones entre 1750 y 1770.

Sin embargo, la historia estadunidense está marcada por las distintas ocasiones en las que la élite gobernante se aprovechó de las demandas populares para su propio beneficio. Recurrían a los nacientes medios impresos para intentar convencer al pueblo de las entonces 13 colonias de oponerse al mando inglés.

Un debate interesante es el que suscitó el texto Common Sense, de Tom Paine, uno de los precursores de la independencia. Paine cuestionó las razones de seguir unidos a Gran Bretaña y el derecho divino. Fue un argumento que, según narra Howard Zinn, agradó a un amplio sector de la opinión pública molesta contra Gran Bretaña. Pero también generó descontento de personajes históricos como John Adams –otro independentista–, quien abogó por controlar asambleas populares porque “producían resultados precipitados y juicios absurdos”. Paine dejó poco a poco las ideas plebeyas del Common Sense, para después abogar por un gobierno conservador. Se convirtió en uno de los hombres más ricos de Pennsylvania y creó el Banco de Norte América.

Así como Paine y Adams, otro personaje histórico fue Thomas Jefferson, quien en 1755 en el Parlamento de Massachusetts escribió en contra de los indígenas por “rebeldes, enemigos y traidores”. En la Declaración de Independencia, Jefferson escribió un párrafo en donde acusaba al rey inglés del transporte de esclavos. Sin embargo, Howard Zinn recuerda que el interés detrás de esa medida no era prohibir la esclavitud, sino la cantidad de esclavos, pues rondaba el 20 por ciento de la población total –y en algunos condados hasta el 50 por ciento– y constituía una amenaza de revueltas.

Pese a ese diagnóstico, se borró dicho párrafo de la Declaración de Independencia, particularmente porque los propietarios de esclavos querían que el comercio continuara. Así, los conflictos de clase y raza se vivieron antes, durante y después de la independencia de Estados Unidos, llegando a su punto más álgido en la guerra de Secesión entre 1861-1865.

Zinn recupera el texto de Carl Degler Out of our past para señalar cómo la independencia estadunidense era una lucha por el poder, pero entre la clase económica que ya tenía una posición privilegiada. Menciona Degler: “no se hizo con el poder ninguna clase social nueva a través de la puerta que abría la revolución americana. Los hombres que diseñaron la revuelta eran, por lo general, miembros de la clase dirigente colonial”. Además de Paine y Jefferson, George Washington –el más rico de EU–, John Hancock y Benjamin Franklin eran también de los más ricos comerciantes. La independencia de Estados Unidos, puede ser considerada como una revolución burguesa junto con la francesa en 1789 y desde luego, “la gloriosa” revolución inglesa de 1688. Para los indígenas, la independencia implicó un nuevo y largo ciclo de despojo de sus territorios.

Esa élite dirigente que nace con la independencia redactó en Filadelfia en 1787 una Constitución que dio orden legal a sus intereses. Zinn recupera la obra del historiador Charles Beard para dar otra interpretación de la carta magna. En el libro An economic interpretation of the Constitution, Beard estudió a los 55 hombres que redactaron dicho documento. La mayoría eran abogados, ricos esclavistas, terratenientes, dueños de fábricas y comerciantes. Y la mitad de ellos tenían bonos con el gobierno. Por ello, los denominados “padres fundadores” tenían un interés económico en que se instaurara un gobierno federal que les permitiera aprovechar el nuevo régimen para continuar con sus negocios.

En cambio, los que no estuvieron representados fueron indígenas, esclavos, mujeres, no propietarios de tierras y desde luego, criados. Esta visión quedó plasmada en la filosofía política de Alexander Hamilton cuando recuerda que “todas las comunidades se dividen entre los pocos y los muchos. Los primeros son los ricos y bien nacidos, los demás la masa del pueblo. La gente es alborotadora y cambiante, rara vez juzgan o determinan el bien. Hay que dar a la primera clase, pues, una participación importante y permanente en el gobierno. Sólo un cuerpo permanente puede controlar la imprudencia de la democracia” (p. 71).

A Hamilton se agrega otra figura como la de James Madison, quien en sus Federalist Papers abogó por una república grande y federada para mantener la paz. “Una manía por los billetes de banco, por la abolición de las deudas por una división equitativa de la propiedad, o por cualquier otro proyecto impropio o diabólico, tendrá menos posibilidades de cuajar en toda la Unión que en un miembro particular de la misma” (p. 72).

Pese a que la Constitución dio orden legal al dominio económico y político de la clase dirigente de los denominados padres fundadores, debieron ceder a las críticas del pueblo y el naciente congreso de EU aprobó una serie de enmiendas con el nombre Bill of Rights o Ley de derechos. Con esas enmiendas intentaron construir un apoyo popular. Howard Zinn recuerda que lo que no se percibía era “la inconsistencia de las libertades personales cuando éstas quedaban en manos de los ricos y poderosos” (p. 74).

Varias décadas después las leyes no bastaron, había que crear otros métodos de control. Para ello, las escuelas, las iglesias, la literatura popular y los medios de comunicación formaron al pueblo estadunidense bajo la cultura del esfuerzo para perpetuar la idea de que ser rico es señal de popularidad.

Desde finales del siglo XIX, los ricos se convirtieron también en filántropos. Desde entonces hasta ahora, son ellos, los que siguen financiando instituciones educativas, los denominados think tanks, medios de comunicación para perpetuar ese sistema cultural de dominación. Rockefeller lo hizo en la Universidad de Chicago, Andrew Carnegie dio dinero a universidades y bibliotecas.

A 250 años de la fundación, Trump revitaliza el espíritu nacional frente a los enemigos externos, llámese narcoterrorismo o comunismo. En la celebración del Bicentenario en 1976 no fue muy diferente. El gobierno dedicó amplios esfuerzos en la celebración para “reestablecer el patriotismo americano”. Pretendió unir de nuevo al pueblo con el gobierno en un contexto de crisis política marcado por la guerra de Vietnam, Watergate, disturbios estudiantiles, las protestas por los derechos civiles, el surgimiento de las Panteras Negras, entre otras protestas de trabajadores que cuestionaban el orden instituido desde el siglo XIX.

En aquel 1976, William Simón, secretario del Tesoro durante los mandatos de Richard Nixon y Gerald Ford dijo en una reunión de un consejo empresarial: “Vietnam, Watergate, los disturbios estudiantiles, los códigos morales cambiantes, la peor recesión de esta última generación y varias conmociones culturales traumáticas, se han combinado para crear un nuevo clima de preguntas y dudas… Todo se suma a un malestar general, a una crisis de confianza institucional que alcanza a toda la sociedad…” (p. 513).

El vínculo entre el gobierno estadunidense, empresarios y los medios de comunicación ha permitido sesgar el conocimiento del pueblo. Por ejemplo, en la década de los setenta fue evidente que hubo un pacto entre las agencias del Estado, los principales medios de comunicación, como tv y periódicos para impedir que se conociera la verdad sobre la guerra, sobre la corrupción y las violaciones a derechos humanos. 

Howard Zinn refiere que, en aquella década de 1960, el Comité Church utilizó a varios cientos de académicos estadunidenses para proporcionar accesos a información de inteligencia, presentaciones que beneficiaban a la “comunidad de inteligencia”, publicaciones de libros y otros materiales para ser usados en el extranjero. Estos académicos, recuerda Zinn, “están en más de 100 colegios y universidades estadunidenses, así como en instituciones relacionadas con ellas”. El Comité Church encontró que la CIA había promocionado más de 1 mil libros antes de finales de 1967.

Hoy diríamos que, a 250 años, de nuevo, un gobierno como el de Trump es ampliamente cuestionado por las incursiones militares en Ucrania –comenzada por Joe Biden–, por la derrota en Irán; el apoyo a Israel en el genocidio contra la población palestina. En América Latina y el Caribe por secuestrar a un presidente en funciones como Nicolás Maduro, el bloqueo a Cuba, la injerencia en elecciones como Honduras, Argentina, Colombia, Chile. Y a México y Brasil, los amenaza militarmente y promete que irá por “narcoterroristas” y comunistas, el nuevo enemigo externo.

Son 250 años de control del pueblo estadunidense por su élite, sea por métodos como la desinformación de los medios de comunicación, por la cultura, ahora incluso por las drogas o porque aprovecharon el descontento social para sus propios fines.  Son 250 años de explotación laboral, de ataques contra el pueblo y contra otras naciones.

También, de despojo a indígenas y de segregación racial. Todo justificado legalmente en la Constitución que redactaron ricos comerciantes, abogados y terratenientes. Ese ha sido el sello de 250 años. Y hoy más que antes, debemos recuperar la obra de Howard Zinn y tejer alianzas con el pueblo de Estados Unidos para que formen un nuevo régimen, y que la frase “we are the people” incluye a indígenas, migrantes, pobres, afrodescendientes, a la clase trabajadora y subalterna que excluyeron “los padres fundadores”. No habrá manera de combatir el imperialismo sin el pueblo de Estados Unidos.

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La otra historia de Estados Unidos

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