El Mundial de Futbol 2026 no sólo movilizó multitudes y emociones, también dejó al descubierto otra estadística: en México, las denuncias por violencia doméstica crecieron 50 por ciento durante las primeras semanas del torneo, según la estimación hecha por la Red Nacional de Refugios. Esto, no porque dicho deporte origine las agresiones, explican especialistas, sino porque grandes eventos de este tipo suelen intensificar la violencia machista. A este dato coyuntural se suma la estadística aportada por el Inegi, que indica que siete de cada 10 mujeres en el país han experimentado algún tipo de violencia a lo largo de su vida

La escena aparece en picada. Mientras la noche suspendía el cielo y millones de personas apagaban el televisor, tras el silbatazo final que oficializó el triunfo de Inglaterra frente a la Selección Mexicana, lejos, en una casa oriunda de Puebla, el futbol dejó de ser solo un espectáculo y se convirtió en el telón de una tragedia. Al mismo tiempo en el que México se despedía de su participación en la Copa del Mundo, Mónica Sáenz Hernández se desprendía de su cuerpo. Degollada por su pareja, Rafael “N”, a la edad de 40 años, falleció.
Según imágenes que constatan la reconstrucción de los hechos, la pareja de la víctima había pasado toda la tarde consumiendo bebidas alcohólicas mientras seguía el encuentro mundialista; sin embargo, al término del partido se generó una discusión al interior de la vivienda que escaló rápidamente hasta convertirse en una agresión que culminó con la vida de Mónica.
Su historia no es un caso aislado. En América Latina forma parte del patrón que organizaciones feministas dedicadas a la atención de mujeres víctimas de violencia –como la Red Nacional de Refugios (RNR)– han documentado desde las últimas dos décadas. Según sus registros, en el contexto de grandes eventos deportivos, las agresiones en el ámbito familiar tienden a incrementarse.
En México, este patrón volvió a hacerse visible durante la Copa del Mundo 2026. Como parte de la campaña “La violencia contra las mujeres no es parte del juego”, en junio pasado la RNR registró un aumento preliminar de 50 por ciento en las denuncias mediante llamadas telefónicas, mensajes por WhatsApp y solicitudes de apoyo recibidas a través de redes sociales por agresiones domésticas; ello, en comparación con el mes previo.
Para especialistas consultadas, el problema de las violencias no está en el futbol, pues los encuentros deportivos no originan las agresiones, sino que actúan como un catalizador. “La violencia contra las mujeres es una situación preexistente que tanto estudios nacionales como internacionales han demostrado. Precisamente cuando hay eventos masivos, esta agresión, que ya existe en las relaciones de pareja o al interior de una familia, se agudiza. Y hay contextos que favorecen que estas violencias aumenten”, explica Wendy Guevara Morales, directora de la Red Nacional de Refugios, en entrevista para Contralínea.
La experta en estudios con perspectiva de género señala que factores como el consumo de alcohol, la tensión emocional asociada a los partidos o la frustración por los resultados no generan la violencia por sí mismos. Más bien, actúan como detonantes que intensifican relaciones marcadas previamente por el control, el machismo y la desigualdad. Un caldo de elementos que exponen la crudeza de una brutalidad estructural que habita en miles de hogares mexicanos.
La asociación entre estos detonantes y la construcción sociocultural mexicana no es menor, ni tampoco fortuita. El contexto nacional confirma esa advertencia. Según datos de la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (Endireh) del 2021, el 70.1 por ciento de las mujeres de 15 años y más (es decir, siete de cada 10) han experimentado alguna vez en su vida violencia de género. La forma más frecuente es la violencia psicológica que afecta al 51.6 por ciento de las mujeres; le siguen la sexual, con 49.7 por ciento, y la violencia física, con 34.7 por ciento.
Los registros del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública muestran una tendencia similar. Entre marzo de 2025 y marzo de 2026 las carpetas de investigación por violencia familiar aumentaron a nivel nacional. Además, las tres entidades mexicanas que fungieron como sedes de la Copa del Mundo –Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León– se ubicaron entre las de mayor incidencia por este delito.

Para la activista Wendy Figueroa, estas cifras no representan una anomalía, sino la manifestación de un problema estructural que se hace más visible durante acontecimientos de alta exposición mediática. “En México, el 70 por ciento de las mujeres han vivido algún tipo de violencia dentro de sus propios hogares. Eso es importante decirlo porque este tipo de violencia no se ha reconocido con la gravedad que merece, cuando incluso puede ser la antesala del feminicidio”.
Asimismo, la directora de la organización sostiene que la violencia machista encuentra en ciertos eventos masivos un espacio de legitimación simbólica para exteriorizarse. El problema, insiste, no está en el balón, sino en una masculinidad que ha aprendido a convertir la derrota en frustración, la victoria en exceso y el cuerpo femenino en el primer territorio sobre el cual descargar ambas emociones.
“Esta violencia machista, ejercida principalmente por hombres, encuentra en el futbol y en la celebración una justificación para expresar la frustración o incluso la euforia de forma violenta contra las mujeres e infantes. También lo hemos visto en la manera en que muchas personas reaccionan ante los resultados de la Selección Mexicana”, señala a este semanario.
La advertencia no se limita al contexto mexicano. Organismos internacionales han documentado el mismo patrón durante más de dos décadas. ONU Mujeres y Unicef sostienen que los grandes eventos deportivos suelen ir acompañados de un incremento en las llamadas a las líneas de emergencia por violencia familiar, al tiempo que otras expresiones de violencia de género –como son agresiones sexuales, acoso, explotación sexual y trata de mujeres y niñas– encuentran condiciones precisas para agudizarse en entornos marcados por un consumo de alcohol, aglomeraciones y tolerancia social hacia ciertas formas de agresiones.
“La evidencia internacional es clara: los eventos deportivos de gran magnitud coinciden con el aumento de la violencia familiar”, señalan ambos organismos, al citar evidencia que sostiene esta declaración. En Inglaterra, diversos estudios documentaron que los casos aumentan en un 26 por ciento cuando el equipo de la persona agresora gana o empata, y hasta en un 38 por ciento cuando pierde. El hallazgo, además, demuestra que el riesgo no depende del marcador, sino de una violencia que ya estaba presente antes de que comenzara el partido.

Consumo de alcohol incrementa el riesgo de conductas violentas
Horas antes de que los vecinos llamaran a los cuerpos policiales del municipio de Venustiano Carranza, Rafael también había permanecido frente al televisor para seguir el encuentro entre México e Inglaterra mientras consumía bebidas alcohólicas. Cuando en el último minuto se hizo oficial la eliminación de la Selección Mexicana, la transmisión terminó. Pero, dentro de aquella casa la discusión apenas comenzaba. Minutos después, Mónica perdería la vida y, así, de manera trágica, dejaría en orfandad a sus hijas.
En la reconstrucción de estos episodios, el alcohol aparece una y otra vez como un factor de riesgo. Si bien, especialistas advierten que la bebida no explica por sí sola la violencia, ni tampoco convierte a una persona en agresora, su consumo puede facilitar el escalamiento de conductas violentas que ya existían. Entre las diversas investigaciones que han documentado esa relación se encuentra la Revista del Consumidor de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), donde se advierte que el consumo de bebidas alcohólicas mantiene una estrecha asociación con distintas expresiones de violencia en la vida social.
Los datos confirman el anterior argumento. Se estima que en un 35 por ciento de los casos de maltrato infantil, los padres o cuidadores se encontraban bajo los efectos del alcohol al momento de alguna agresión. De igual manera, una de cada tres mujeres que sufrieron agresiones por parte de sus parejas declaró que éstas estaban alcoholizadas. Con ello, la Endireh de 2016 destaca una conexión directa entre el consumo de alcohol por parte de los agresores y los actos de violencia contra las mujeres.
Sobre esta situación, el representante de la Unicef en México, Fernando Carrera Castro, sostiene el argumento de que todos estos antecedentes obligan a fortalecer las estrategias de prevención de violencias antes del arranque de torneos futbolísticos. “Décadas de evidencia lo confirman en distintos países y contextos. No es una especulación, pero tampoco una fatalidad. La violencia puede prevenirse”.
En el mismo sentido, la representante de ONU Mujeres en México, Eleonora Betancur, enfatiza que ninguna celebración deportiva puede convertirse en una justificación para la violencia. “La violencia dentro de los hogares no es normal ni inevitable. La pasión no justifica la violencia. La Copa Mundial nos brinda una oportunidad para fortalecer una cultura de respeto e igualdad”.

Violencia doméstica aumenta hasta 30 por ciento durante partidos de futbol
La pasión futbolística no se estanca en un evento como el Mundial, constituye un fenómeno que va más allá. La Red Nacional de Refugios ha documentado desde antes del torneo que la violencia contra las mujeres tiende a incrementarse cada vez que hay un partido de futbol.
A partir de su sistema de registro, la organización identificó un aumento de más del 30 por ciento de denuncias durante encuentros deportivos, incluso cuando se trataba de “partidos amistosos” o de las llamadas “cascaritas” disputadas los fines de semana en colonias o barrios del país.
“Incluso, cada vez que hay un partido en casa, cuando hay una ‘cascarita’ en la colonia, en el barrio o en algún club, tenemos registrado un aumento en las solicitudes de ayuda. Entonces, hay un 30 por ciento de aumento de denuncias haya o no haya mundial”, explica Wendy Figueroa a Contralínea.
Entre las violencias más reportadas por las mujeres se encuentran la psicológica, la sexual y la económica. Para la organización, este comportamiento permitió amplificar la campaña La Violencia contra las Mujeres no es Parte del Juego, lanzada en el contexto de la Copa del Mundo.
Ahora, con el incremento de 50 por ciento registrado por la RNR durante el Mundial, las cifras representan un análisis preliminar construido a partir de la comparación entre el mes previo al inicio de la campaña, el 26 de mayo, y las primeras semanas del torneo. Y aunque el procesamiento de la información continúa, la tendencia confirma un patrón que la Red venía observando desde años atrás.
Para Wendy, el riesgo no radica únicamente en el aumento de las agresiones, sino en la forma en que muchas de ellas son socialmente justificadas. “Lo que hemos visto no es algo nuevo; son expresiones de euforia o de emoción que terminan manifestándose mediante el abuso, el control, el poder y, por supuesto, la violencia. El panorama es el de un país que justifica la violencia a través de la celebración. No son celebraciones excesivas, es violencia, y es importante nombrarla como tal”.
Nombrar la violencia implica reconocer que detrás de cada llamada de auxilio hay una historia similar a la de Mónica, ultrajada, degollada y asesinada por su pareja. Y así cambien los relatos, las ciudades, los marcadores y, también, los equipos, la violencia se repite en una inquietante regularidad.
“Las violencias son estructurales y sistémicas. Están en una estructura de poder y son sistemáticas en el tiempo, en los espacios y en quienes conforman esa estructura de poder. Por eso es bien importante decir que las violencias se sostienen, permanecen y se perpetúan por la desigualdad y también por la impunidad”, explica la directora general de la RNR.
Desde esa perspectiva, advierte, la respuesta no puede limitarse a campañas de sensibilización o mensajes difundidos durante un torneo deportivo. Combatir la violencia exige forzosamente transformar las estructuras que la sostienen; es decir, desde las instituciones del Estado hasta los espacios familiares, escolares, laborales, comunitarios y digitales.
“Necesitamos que la violencia deje de ser parte de un sistema para resolver conflictos o expresar emociones. Las acciones tienen que ser integrales. No basta con hablar de respeto ni con difundir una postal; necesitamos que ese compromiso forme parte de la vida cotidiana”, sostiene.
Quizá esa sea una de las verdaderas enseñanzas que deja un magno evento como el Mundial 2026. No el resultado que marca el tablero ni el equipo que levanta la copa, sino la certeza de que, mientras el país siga normalizando la violencia contra las mujeres habrá partidos que terminarán con el silbatazo final y otros que continuarán disputándose, en silencio, detrás de la puerta de cada hogar.
Nadie cuestiona la celebración. El futbol, como cualquier otra pasión colectiva, tiene el derecho de desbordarse en abrazos, gritos y calles repletas de festejo y alegría. Pero, lo que no puede confundirse con celebración es la violencia. Ningún gol justifica un golpe. Ninguna derrota explica una agresión. Ninguna victoria debería escribirse sobre el cuerpo de una mujer.
“Ese es el llamado”, reflexiona la activista. “Celebrar con conciencia. Celebrar sin lastimar, sin agredir y sin generar violencias que no solo arrebatan la vida de una persona, sino que también fracturan la seguridad de un país”.
Y aunque un partido siempre termina, la vida, en cambio, puede cambiar para siempre en cuestión de minutos. Entre levantar una copa o levantar un puño existe una decisión. Y, como recuerda la activista, esa decisión puede marcar la diferencia entre seguir habitando este mundo o dejar de hacerlo.
“A todas las mujeres decirles que ellas nunca son responsables de la violencia que viven, nada justifica la violencia. La única persona responsable de esta violencia es quien la ejerce”.
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