¡Es la hora de defender la raíz, la identidad, la razón y el futuro!

¡Es la hora de defender la raíz, la identidad, la razón y el futuro!

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Es la hora de la soberanía de los pueblos. En este momento, en el que el imperio yanki ya entró en decadencia y, a través de la violencia y el saqueo, lucha por mantener una hegemonía mundial que declina, es el momento de que los pueblos asuman su soberanía y su poder de decisión, y establezcan un sistema político y electoral que les permita tomar el poder y mantenerlo siempre en sus propias manos.

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Es la hora de la soberanía y, a la vez, es la hora de defender la raíz, la identidad, la razón y el futuro. Nuestros pueblos ancestrales cuentan con miles de años de experiencia como sociedades que desarrollaron grandes civilizaciones, y esa memoria histórica es la clave para librar hoy las batallas por el mañana. En esa lucha, la construcción de nuestra identidad es fundamental. Rescatarla es recobrar nuestro futuro.

La identidad es la base de la autoafirmación y la autoestima y, para someter a los pueblos, negarles su soberanía y aplastar su resistencia, lo primero que procuran hacer los imperios y las potencias opresoras es atacar, destruir y negar esa identidad.

La forma que utilizaron los invasores españoles para negar la identidad de las naciones originarias fue llamarlas “indias”. Es sabido que Cristóbal Colón se dirigía a las Indias Orientales cuando llegó a nuestras tierras y, por eso, llamó indios a sus habitantes. A pesar de que en estas tierras no existía ningún indio, el término fue utilizado durante la colonia hasta imponerse. Así, “indio” pasó a designar a todos los pueblos originarios.

Hoy, desde la época del neoliberalismo y el neocolonialismo, que ya llevan más de tres décadas, se nos trata de negar nuestra identidad y soberanía diciendo que somos norteamericanos. Desde la época de Carlos Salinas de Gortari comenzó una campaña para imponer la idea de que, según esto, habitamos la región de Norteamérica y que, por lo tanto, debemos “integrarnos” con los demás pueblos norteamericanos: Estados Unidos y Canadá.

Esto es absolutamente falso, porque México se encuentra entre el norte y el sur del continente; basta observar un mapa para comprobarlo. Pero, más allá de las regiones geográficas, nosotros tenemos una gran raíz: el Anáhuac; somos anahuacas. Desde 1943 cobró carta de naturaleza el término “Mesoamérica”, utilizado por un antropólogo y etnólogo alemán, y que significa “América media” o “América intermedia”. Sin embargo, este término también es un equívoco, porque borra la identidad de nuestro territorio: el Anáhuac.

No debemos “integrarnos” a Norteamérica; debemos construir un México soberano, un país que también respete a las naciones originarias. Una cosa es la buena vecindad con los vecinos del norte y otra, una “integración” que implique depender de la alimentación, la tecnología, los bienes de capital, las inversiones, la cultura y el sistema político y electoral de nuestro vecino.

En cuanto a nuestra pertenencia regional, formamos parte de un continente: América, que para nosotros es Anáhuac, Tawantinsuyo y Abya Yala, como lo nombraron nuestros ancestros durante miles de años.

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La dominación extranjera provino de Europa, continente que, además de imponernos el nombre de América, desde el inicio del capitalismo y de la acumulación originaria del capital invadió, saqueó y destruyó, mediante un cruel exterminio, a los pueblos de los distintos continentes.

Luego impuso el eurocentrismo y los métodos crueles que se iniciaron hace 500 años y que continúan hasta hoy. Estados Unidos es la sucursal de Europa en América y, hasta la fecha, cuenta con la complicidad de las principales potencias europeas en todos sus crímenes colonialistas.

Hoy, más que nunca, es claro que, en el interior de Estados Unidos, país que nos robó más de la mitad de nuestro territorio, la lucha contra nuestra identidad es constante y brutal. Nuestra nación mexicana, integrada por 180 millones de personas, está dividida entre el territorio que ocupamos en México y el de Estados Unidos, donde viven más de 40 millones de mexicanas y mexicanos; sin embargo, allá se nos denomina “hispanos” o “latinos”, cuando somos mexicanas y mexicanos.

Es claro que no somos indios, pero durante siglos, bajo el dominio español, así se llamó a los habitantes de esta tierra. Debido al profundo racismo impuesto por los europeos, la palabra adquirió una fuerte carga de discriminación, hasta llegar a considerarse un insulto. Entonces, en diversos ámbitos académicos, jurídicos y sociales, comenzó a utilizarse el término “indígena”, que hoy está generalizado.

El término “indígena” también borra la identidad. Indígena es todo aquel que nace en un lugar. La palabra indígena proviene del latín indigena, formada por indu (“dentro, en el lugar”) y gen- (“nacer, engendrar”). Su significado original es “nacido en el lugar”. De modo que, en todo el mundo, en los cinco continentes, los habitantes originarios de un lugar son indígenas. Así, decir “indígena” no define la identidad específica de cada pueblo.

Por otro lado, la autoidentificación es un elemento esencial y, en México, durante la colonia, solo se tomó en cuenta la óptica mexica. En el mejor de los casos, se denominó a los demás pueblos originarios con nombres impuestos por los españoles, como el de los mayos, porque habitaban cerca del río Mayo; o bien, se les llamó con los nombres que les daban los mexicas en náhuatl, despreciando su identidad y su cultura específicas.

Pero la identidad es persistente. El daño fue muy grave y el trauma, profundo; muchos pueblos desaparecieron, pero no pudieron acabar con los más fuertes. Hoy tomamos conciencia de la necesidad de respetar la autodeterminación y la identidad de cada uno de los pueblos.

Los pueblos originarios de México se autodenominan de diversas maneras, de acuerdo con su propia lengua y tradición. Entre ellos se encuentran los amuzgos (Ñomndaa o Tzjon Non), coras (Náayeri), cucapás (Xawiƚƚ o Kwñchawaay), cuicatecos (Nduudu Yu), chatinos (Cha’cña), chichimecas jonaz (Ézar o Eza’r), chinantecos (Tsa ju jmí o Dsa jmí), chocholtecos (Runixa Ngiigua), chontales de Oaxaca (Slijuala Xanuc), chontales de Tabasco (Yokot’an), huastecos (Tének), huaves (Ikoots), ixcatecos (Xjuani), jacaltecos (Popti’), kaqchikeles (Kaqchikel) y kickapoos (Kikapú).

También se encuentran los kiliwas (Ko’lew), kumiais (Kumiai), lacandones (Hach Winik), mames (Mam), matlatzincas (Bot’una), mayas (Maaya), mayos (Yoreme), mazahuas (Jñatrjo o Jñatjo), mazatecos (Ha Shuta Enima), mexicas (Mēxihcah), mixes (Ayuujk o Ayuukjä’äy), mixtecos (Ñuu Savi), nahuas (Macehual o Nahua), olutecos (Yaak O’t), otomíes (Hñähñu, Ñähñu o Ñuhu), paipais (Akwa’ala), pames (Xi’ói), pimas (O’ob), pápagos (Tohono O’odham), p’urhépechas (P’urhépecha) y popolocas (Ngiwa).

Asimismo, figuran los popolucas de la Sierra (Nuntajɨyi), q’anjob’ales (Q’anjob’al), q’eqchi’es (Q’eqchi’), seris (Comcaac), rarámuris (Rarámuri), tekos (Teko), tepehuas (Masipijni), tepehuanes del Norte y del Sur (O’dam), tlapanecos (Me’phaa), tojolabales (Tojolwinik’otik), totonacos (Tutunakú o Tachihuiin), triquis (Driki), tzeltales (Bats’il winik), tzotziles (Bats’i vinikotik), wixaritari o huicholes (Wixárika), yaquis (Yoeme), zapotecos (Binnizá, Bene Xhon o Diidxazá, según la región) y zoques (O’de Püt).

Las identidades originarias en nuestro territorio predominaron durante miles de años, pero el colonialismo trató de eliminarlas. Se cometió un genocidio de tal magnitud que, de los millones de habitantes indígenas, solo quedaba un millón 200 mil para 1650.

Se arrasaron los pueblos y se satanizó a nuestra gran civilización y cultura. A través de la Inquisición se reprimió a quienes osaran conservar costumbres y tradiciones milenarias. Se cambiaron los nombres de los lugares, los ríos y las personas para europeizarlos.

La colonización se logró, además de por otras causas, porque los distintos pueblos originarios no estaban unidos, y no lo estaban porque no constituían una sola nación y mantenían sus propias rivalidades. Durante la Colonia, las rebeliones de los pueblos del Anáhuac fueron una constante: se registraron más de 100 en el territorio.

De las luchas aisladas y dispersas se pasó a una lucha general que conquistó la independencia. La nación mexicana surgió a lo largo de la Colonia en nuestro territorio, dando lugar a una población, una economía, una cultura y una psicología social específicamente mexicanas. México nació a partir de, y junto con, las naciones indígenas originarias y es un país multinacional.

En la cultura que nos han impuesto durante siglos está muy presente la idea de que los mexicanos somos mestizos, mitad españoles y mitad indígenas, y apenas recientemente se ha comenzado a reconocer la gran presencia de los afromexicanos en nuestra tierra.

Es un lugar común afirmar que “somos mestizos” y defender esa idea con contundencia: los mexicanos “somos mestizos”. Esto también elimina nuestra identidad, porque, en realidad, en todo el mundo, en cada país, la gente es mestiza, puesto que cualquiera que tenga una mezcla de ascendencias es mestizo.

Un mestizo es una persona, un animal o una planta que nace de la unión de dos elementos, grupos o razas diferentes. Y esto sucede en todo el planeta; es un fenómeno generalizado.

Decir que somos mestizos hace abstracción de nuestras raíces específicas en este territorio. Por otro lado, hace referencia a la unión de razas, lo que tiene una connotación claramente racista, puesto que las y los mexicanos somos todas aquellas personas que trabajamos, vivimos y luchamos en nuestro territorio por nuestros intereses y nuestra soberanía, por encima de la raza, el origen nacional, el aspecto físico, la edad, la preferencia sexual o la situación socioeconómica. Esto incluye a millones de nuevos migrantes, de distinto origen nacional, que construyen su vida en nuestra tierra.

Y, en términos étnicos, en 1810, cuando comenzó la lucha por la Independencia, había en México una población aproximada de 3 millones 700 mil habitantes de pueblos originarios; los indomésticos (predominantemente anahuacas), 700 mil; los mestizos, alrededor de 900 mil; los criollos, unos 200 mil; los negros y afromestizos, alrededor de 650 mil, y los españoles, apenas unos 60 mil.

En nuestro país subsisten tanto la nación mexicana como las naciones originarias que sobrevivieron al genocidio y a la destrucción. La nación mexicana tiene como raíz las culturas indígenas, enriquecidas con aportes de población negra, europea-árabe y asiática.

La población mayoritaria en 1810 pertenecía a los pueblos originarios y, entre los mestizos, predominaba la ascendencia indígena; también en la mayoría de los mulatos y aun entre los criollos había ascendencia de los pueblos originarios o anahuacas.

Los mexicanos no somos “mestizos”, según la idea tan difundida de que somos mitad indígenas y mitad españoles; incluso se afirma que España es “nuestra madre patria”. La identidad mexicana surgió de la unión de indígenas, mestizos, mulatos, negros, blancos y asiáticos; de campesinos, trabajadores, rancheros, arrieros y empresarios, en oposición al colonialismo, a los invasores españoles y a su dominio sobre nuestro territorio.

La nueva identidad mexicana se construye en la lucha conjunta de todos los pueblos y comunidades de nuestro territorio que combaten por nuestra soberanía y contra el imperio yanki y sus planes de “integrarnos” y mantenernos subordinados, así como de seguir imponiéndonos el extractivismo y sus megaproyectos depredadores.

La identidad se construye luchando por la vida, el agua y el territorio; por la soberanía popular y nacional; por la soberanía local; por la soberanía de los pueblos originarios del Anáhuac, y por la soberanía económica, agropecuaria, industrial, cultural y militar. Esa es nuestra lucha de ayer, de hoy y de mañana, hasta alcanzar la plena independencia.

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Nuestra soberanía también se construye coadyuvando a la lucha por la soberanía de todos los pueblos del mundo que se ven atacados e invadidos: Palestina, Irán, Cuba, Venezuela, Puerto Rico y los pueblos de todos los continentes que levantan la bandera de la libertad y del fortalecimiento de sus propias identidades, las cuales enriquecen a toda la humanidad.

 

Pablo Moctezuma Barragán*

*Doctor en estudios urbanos, politólogo, historiador y militante social

 

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