México, importador neto de petróleo

México, importador neto de petróleo

De ser uno de los principales exportadores de crudo, México se transformó en importador del energético. Los motivos: el “envejecimiento” de los yacimientos y una política energética contraria al interés nacional. Por pérdidas multimillonarias y medidas que sólo agravan la crisis y sus impactos, la industria se encuentra inerme. Espera pasivamente que los precios se recuperen

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El Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la actual LXIII Legislatura de la Cámara de Diputados publicó desde el mes pasado, en su Análisis del paquete económico 2017, que “los ingresos petroleros en 2017 mostrarán una reducción”, entre otras causas, porque “la producción del petróleo se estima en un nivel de 1 millón 928 mil barriles diarios lo que representa 200 mil barriles menos, con respecto a 2016”.

Lo anterior era previsible. Lo novedoso es la profundidad de la caída: 200 mil barriles es el doble de todo lo que aporta la Región Norte y equivale a la mitad de la producción de Tabasco.

Pero “administrando” la información se empiezan a revelar nuevos datos: hace apenas unos días, el pasado 6 de octubre, no de Petróleos Mexicanos (Pemex) ni de la Secretaría de Energía (Sener) sino de la dependencia que realmente maneja la industria petrolera, la Secretaria de Hacienda y Crédito Público (SHCP), salió la noticia de que la extracción aceitera ya estaba debajo de los 2 millones de barriles diarios. Para contextualizar el asunto, ver la gráfica 1.

La curva de color rojo, en la parte superior nos muestra el comportamiento de la producción aceitera en los últimos 10 años, datos que podemos encontrar en todos las estadísticas oficiales.

La cifra de 2016, corresponde a la producción del 5 de octubre, fecha en que la curva de la producción cruzó la línea de los 2 millones de barriles diarios; y la de 2017 es el promedio estimado para la elaboración del Presupuesto de Ingresos de la Federación para 2017.

Los datos de la curva negra sobre el consumo de petróleo en nuestro país los tomamos del último número del anuario estadístico de British Petroleum (BP), porque aún no contamos con las estadísticas del gobierno y, como se puede observar, las dejamos en 2015.

La gráfica está indicando que hemos perdido la autosuficiencia. Nuestra producción aceitera es inferior a nuestro consumo interno, especialmente de gasolinas, lo que obedece al crecimiento del parque vehicular.

No es responsabilidad del actual presidente de la República, Enrique Peña Nieto; pero su política aceleró este desenlace.

Desde luego que esta nueva situación venía desarrollándose desde hace años, pero la política del presidente Peña Nieto se caracteriza por medidas que agravan la crisis y sus impactos, no sólo porque deja a la rama petrolera inerme, esperando pasivamente, que los precios se recuperen, sino que adopta exactamente medidas contraindicadas.

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La explicación oficial sobre la declinación asegura que se trata de un proceso de “envejecimiento natural de los yacimientos”, lo que es en parte falso porque es también un resultado de una explotación depredadora.

Algunos ejemplos: en junio de 2014 se realizó un eufemísticamente llamado “ajuste estadístico” y se retiraron de la cuenta de los volúmenes extraídos un total de 157 mil barriles diarios de la producción que no llegaron ni al Sistema Nacional de Refinación ni fueron contabilizados entre las exportaciones; esos 157 mil barriles no eran aceite, sino agua mezclada con el crudo.

La contabilidad de agua como crudo se produjo debido a que los sistemas de medición en pozos más viejos son incapaces de diferenciar el petróleo con alto contenido de ese líquido del crudo “real”.

Pero el descontrol del agua es una consecuencia de la falta de inversiones.

Conforme avanza la explotación, el vacío que deja el yacimiento, por una ley de la física, es ocupado por agua, cuyo nivel aumenta en el interior de los pozos; pero, con inversiones oportunas, pudo aminorarse el problema, construyendo plantas llamadas “deshidratadoras” que reciben y separan el agua. Pero los ingresos petroleros, que debían parcialmente dedicarse a esas necesarias inversiones, se desviaron para gastos corrientes.

Un segundo ejemplo es que, probablemente, por deficiencias en el mantenimiento han ocurrido accidentes como el de la plataforma Abkatun “A” Permanente. Ésta es una instalación de recolección y proceso y su explosión afectó no sólo a ese campo que fue gigante sino a la producción de otros cercanos, como Ixtal, Manik y otros.

Tercero y último, una parte de nuestra dotación es de crudos pesados, entre los descubrimientos de los últimos 10 años quizá el más importante es el complejo Ayatsil-Tekel, en el cual se precipitó su explotación se construyeron plataformas para iniciar su desarrollo, pero sus costos de explotación, con la crisis, devinieron más altos que los precios.

Desde 2015, revistas como World Oil estaban advirtiendo que “los proyectos de explotación con costos altos agonizan con precios de 80 y 85 dólares por barril”.

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La gráfica 2, sobre los costos de distintos proyectos, fue presentada en el Senado por Mario Beauregard Álvarez, entonces a cargo del área de finanzas.

Este proyecto de explotación de aceites pesados cuyos costos de producción se ubican en 70 dólares por barril, fue cancelado en marzo de este año 2016.

Estos son algunos de los impactos en México no sólo de una crisis que nos viene del exterior, sobre la cual no podemos incidir, sino también de políticas de este gobierno contrarias al interés nacional y de su incapacidad de entender la situación y perspectivas del mercado mundial que sólo con las tres plataformas de Ayatsil, hoy ociosas, han provocado la pérdida para México de miles de millones de dólares.

Pero ello no es todo, al mismo tiempo estalló el déficit de la oferta de gasolinas, que tampoco es responsabilidad del actual gobierno, pero si acentúo, con la cancelación, en 2013, primer año de su gestión, de la refinería llamada Bicentenario que ya tenía inversiones cuantiosas adelantadas.

Al parecer la decisión de suspender las obras en Tula fue parte de una política más amplia, la carga de las refinerías mexicanas, cayó en casi un tercio, de 1 millón 362 mil barriles diarios, en el sexenio Felipe Calderón, a 1 millón 64 mil, en 2015, es la cifra más pequeña en una década.

Al mismo tiempo dos de las más importantes refinerías mexicanas entraron a una etapa de dificultades. Especialmente Cadereyta, la más “nueva”, inaugurada a finales del sexenio de López Portillo, sufrió en marzo de este año fallas eléctricas que la dejó por semanas semiparalizada. Más tarde sufrió un incendio y luego problemas de falta de agua. Lo anterior ha resultado en que su operación se reduzca al 40 por ciento de su capacidad.

Estas situaciones explican que para septiembre de este 2016 el promedio de crudo enviado al Sistema Nacional de Refinación se ubica en 681 mil barriles al día.

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¿Estos cambios son resultado de la sobreproducción en Estados Unidos? ¿Son medidas que ayudan a mitigar los problemas de cuellos de botella en refinación y en almacenamiento en los ese país? ¿Se trata de coadyuvar a sostener la producción texana de lutitas?

¿Alguien podrá creer que es sostenible esa situación? ¿Los gringos fraqueando sus territorios para abastecer el dispendioso consumo de gasolinas de los mexicanos?

Fabio Barbosa*

*Investigador en el Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México

[BLOQUE: ANÁLISIS][SECCIÓN: ENERGÉTICO]

Contralínea 512 / del 31 de Octubre al 5 de Noviembre 2016

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