Calentamiento global: ir a la raíz

Pablo Moctezuma Barragán - 12 Nov 2021 a las 7:43 pm
sequias, efecto del calentamiento global
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Las protestas de movimientos ecologistas en Glasgow, en la 26 Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP26), fueron en aumento y llegaron a la cúspide el fin de semana en que se realizaron grandes movilizaciones. La ciudad fue fortificada con interminables vallas y miles de policías. Los activistas sufriendo frío y lluvia no pueden ni moverse mientras los líderes se desplazan en 400 jets privados de lo más a contaminantes. ¿Hay razón en las demandas y el descontento de los activistas?

Se habla de que la actividad humana es la responsable del calentamiento global, y la COP26 que se realiza en Glasgow, Escocia, se promociona como la reunión en la que los líderes se comprometerán en la última y mejor esperanza para la humanidad para frenar el alza del calentamiento global. Pero ya habíamos visto y oído algo similar en 2015, cuando se firmó el Acuerdo de París, y ahora resulta que ninguna de las potencias ha cumplido sus compromisos: mucho ruido… pocas nueces. Al fin y al cabo los protocolos acordados no son vinculantes, es decir, no obligatorios. Por ejemplo, Estados Unidos –que consume el 25 por ciento de la energía mundial a pesar de contener sólo el 4 por ciento de la población– no los cumplió. Veamos claro: los países que generan mayores emisiones de gases de efecto invernadero pretenden eludir su responsabilidad con discursos y promesas que no cumplen.

Los líderes de las potencias apoyan un sistema que se centra en la máxima ganancia, la producción y la venta masiva e indiscriminada de mercancías, muchas innecesarias y otras nocivas. La cuestión es vender y vender, con cada vez mayor rapidez, fabricar mercancías en mayor escala. Las corporaciones monopolizan la producción, buscan hacerla insostenible en otros países para venderles a todo el mundo de todo; generar “cadenas de producción” para contar con mercancías globales; concentrar producción y riqueza en pocos países; mantener subordinados y sometidos a la inmensa mayoría que debe aportar sus materias primas y su mano de obra barata… que la obligan a migrar, que ilegalizan y someten a una moderna esclavitud. Dennos sus recursos y su gente –dicen–y nosotros les vendemos todos los productos que requieren.

El modelo económico que promueven las potencias, de despilfarro de recursos, derroche de deshechos, consumo infinito para enriquecer a sus corporaciones al máximo, lleva a un tipo de desarrollo que ya es insostenible y que conlleva un gasto tan exorbitante de energía como innecesario. Todo contamina, también la turbosina de los aviones, los barcos con contenedores, el diésel que usan para transportar por todo el mundo productos que en buena parte se pueden generar dentro de cada país. Recordemos que ni el Protocolo de Kioto, ni en el Acuerdo de París hacen referencia a los gases de infecto invernadero producto de los transportes aéreos y marítimos, aun cuando estos igualan la emisión de dióxido de carbono (CO2) de Inglaterra y Alemania juntos. Además del problema del transporte tenemos el uso de estireno, que es tan contaminante y genera residuos peligrosos y plásticos de poliestireno, para envasar alimentos y distintas mercancías.

El calentamiento global provoca falta de agua, escasez de alimentos, inundaciones y sequias, deforestación, aumento del nivel del mar, incendios, huracanes, incremento de enfermedades… pero para las grandes corporaciones todo se traduce en negocio.

Hoy los líderes hablan de “ser mas ambiciosos” y “aumentar los fondos de ayuda al desarrollo”. Pero no dicen que cuando hablan de “fondos” y “ayudas” son empréstitos para dar múltiples contratos a corporaciones, endeudar más a los países e imponerles su modelo de desarrollo. De hecho, el endeudamiento de los países subordinados aumentó el 12 por ciento durante la pandemia. Ahora quieren endeudarlos más. Además, buscan seguir emitiendo gases efecto invernadero, contaminar al máximo y luego “pagar” a otros países para el cuidado de bosques como si el problema lo generaran los países pobres, en vez de que un puñado de potencias.

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Prometen sumar cerca de 39 mil millones de dólares para ayudar a los países pobres a reducir deforestación, restaurar tierras degradadas y hacer frente a incendios forestales en 4 años (2022-2025) cuando para comparar, Estados Unidos tiene un gasto militar de 811 mil millones y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en su conjunto 1 billón 174 mil millones de dólares anuales. Y hacen parecer que el problema radica en los países oprimidos cuando resulta que Estados Unidos y los países de la Unión Europea son responsables de la mitad de las emisiones a nivel global desde el Siglo XVIII.

En Glasgow se les exigen a los líderes soluciones, pero ellos no van a solucionar nada porque están al servicio y dependen de las grandes corporaciones que los controlan. Un estudio elaborado conjuntamente entre el centro de estudios CDP del Reino Unido (antes conocido como Carbon Disclosure Project) y el Climate Accountability Institute de Estados Unidos, señala cómo sólo un centenar de corporaciones han sido las responsables de más del 70 por ciento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (GEI) desde 1988 –el año en que se estableció el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC)–. Tan sólo 4 corporaciones (Exxon, Shell, British Petroleum y Chevron) emiten el 6.5 por ciento de los gases invernadero desde 1988. Pero ellas controlan a los gobiernos y no al revés.

En la Cumbre COP26, hablan de problemas objetivos que no pueden ocultar pero los usan como otra oportunidad para que sus corporaciones hagan negocios, ahora en “defensa de la ecología”. En Glasgow el presidente de Bolivia, Luis Arce, denunció un nuevo proceso de recolonización mundial, al sostener que los países desarrollados tratan de aprovechar la crisis climática global para imponer un nuevo colonialismo del carbono ligado al capitalismo verde. Dicen que buscan el desarrollo de energías limpias, pero no mencionan que toda producción de energía de una u otra forma contamina ni que absolutamente todas las baterías contaminan incluso la energía solar que es de las que menos afecta a nuestro entorno. Por otro lado está la producción hidroeléctrica, cuyas centrales emiten partículas de metano que en la atmosfera contribuye al calentamiento global.  En el fondo, y lo ocultan, el problema es el “hambre de energía” que provoca la insaciable sociedad de consumo y la irrefrenable acumulación por unos cuantos.

Ocultan que lo que buscan es hacer el negocio “verde”, porque si se trata de reducir gases de efecto invernadero, tendría que actuarse contra el Pentágono que es el mayor consumidor de petróleo del mundo y utiliza el 70 por ciento de esa energía para mover tropas y equipos en todo el planeta. Un informe de 2019 de la Universidad de Brown estima que desde la invasión de Afganistán en 2001, el ejército estadunidense ha emitido 1 mil 212 millones de toneladas métricas de gases de efecto invernadero y que sólo en 2017, las emisiones de CO2 totalizaron 59 millones de toneladas, más que las emisiones de muchas naciones industrializadas.

El Grupo de los Veinte (G20) es responsable del 75 por ciento de la contaminación mundial y genera el 80 por ciento de la riqueza. Agrupa a las principales potencias, pero no ayuda a solucionar en nada la crisis; al contrario, la agrava. La Organización Mundial de la Salud (OMS) les pidió 23 mil 400 millones de dólares para vacunas, pruebas y medicamentos contra la pandemia de Covid-19 en los países pobres para el año que entra y el G20 se negó. Tampoco quiso que las grandes farmacéuticas cedieran sus patentes para la amplia distribución de vacunas. Ni siquiera quieren las grandes potencias y sus grandes corporaciones aportar esa minúscula cantidad. Mientras que un solo país, México, pagó a la oligarquía financiera 36 mil millones de dólares por servicio de la deuda en 2020. No quisieron comprometer 23 mil 400 millones de dólares para la pandemia, mientras un solo estadunidense, Elon Musk, acumula una fortuna de 230 mil millones de dólares, y Jeff Bezos, fundador de Amazon, acumulaba para mediados de octubre de este año de 192.2 mil millones.

No es la influencia humana, los seres humanos en abstracto, quien tiene la responsabilidad de la crisis climática. Son las potencias capitalistas que encabeza Estados Unidos los responsables del calentamiento global. Y actúan con cinismo. De cara a la COP26 sobre el cambio climático el G20 prometió en Roma dejar de financiar nuevas plantas de carbón a nivel internacional para fines de 2021 pero, ojo, no se hizo ninguna promesa de reducir la dependencia de la energía del carbón.

El modelo de desarrollo actual permite que el 10 por ciento de la población con mayores ingresos genere alrededor del 50 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono, mientras que el 50 por ciento de la población con menores ingresos sólo emite cerca del 10 por ciento de las emisiones de CO2, en particular los ciudadanos norteamericanos emiten tres veces más CO2 que los europeos y cerca de 100 veces más que los habitantes de los países empobrecidos.

La humanidad requiere cambios profundos en el modo de vivir, producir, consumir para que exista bienestar y armonía entre las personas y con la naturaleza. El modelo económico actual fracasó. Es necesario generar la autosuficiencia a partir de las comunidades locales, que se desarrolle al máximo la producción, el intercambio, el consumo local y nacional, comer frutas de temporada de tu región. Promover un estilo de vida en el que se desarrolle la capacidad local para que la gente viva, trabaje, estudie, se cure en sus propios lugares, usar la bicicleta, caminar o transporte eléctrico, o el tren. Es imprescindible eliminar la obsolescencia programada por la cual las corporaciones producen para desechar, generan mercancías que se descomponen, se rompen rápidamente, cambian de modelo constantemente para así vender más, desperdiciando los recursos. El Estado debe exigir máxima calidad y durabilidad de los productos para frenar el extractivismo, limitar al máximo el uso de plásticos. Fomentar los cultivos locales, la agroecología, los fertilizantes naturales que produce cada región y no trasladar químicos y plaguicidas que envenenan y se producen a miles de kilómetros. Desarrollar programas de reforestación con especies endémicas y en cada comunidad, así se logrará que el suelo realice un intercambio natural del bióxido de carbono, para que lo absorba y no se vaya a la atmósfera, además las raíces profundas recargan mantos freáticos. Crear empleo local, cosechar agua de lluvia, dotarse de energía solar, desarrollar la agroindustria y las industrias locales.

Toda medida que favorezca al medio ambiente afecta los negocios de las corporaciones, es necesario que los gobiernos dejen de estar al servicio de estas empresas monopólicas, que tomen medidas profundas y favorezcan el bienestar de la población. Eso requiere un cambio en el modo de tomar decisiones, no serán los “líderes del mundo” quienes solucionen los problemas. Será la decisión democrática de los pueblos. Para ello se requiere la renovación democrática y que la gente pueda tomar las decisiones necesarias a beneficio de la población y la naturaleza, e imponer los cambios económicos necesarios y contar con Estados fuertes y controlados por los pueblos que hagan valer las decisiones que reviertan la situación actual.

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