Largas jornadas laborales, incertidumbre económica y agotamiento cotidiano deterioran la salud mental de trabajadores y trabajadoras. Datos del IMSS indican que tres de cada 10 personas desarrollan algún trastorno mental a lo largo de su vida y más del 60 por ciento no recibe tratamiento. La ansiedad y la depresión se concentran en la edad laboral: en personas de entre 20 y 49 años, indica la Conasama. Especialistas consultados refieren que las enfermedades mentales no responden únicamente a factores individuales; también influyen: la pobreza, la precariedad laboral y las condiciones de trabajo, que son con frecuencia detonantes del estrés crónico, la ansiedad y la depresión entre millones de trabajadores mexicanos
Inmóvil, junto a la línea amarilla del andén del Metro, Andrea sentía cómo la silueta de su mente desfallecía lentamente al paso de cada vagón. En su cabeza tintineaban los pendientes inagotables. Cosas por hacer. La letanía del trabajo, la escuela, cuentas por pagar y las rutas que aún debía recorrer. Una sucesión de exigencias que, sin hacer ruido, había terminado por erosionar su estabilidad mental. El colapso llegó de golpe.
Durante unos instantes dejó de reconocer el lugar en el que estaba, el tiempo que llevaba ahí. Así, mientras la estación seguía su rutina de trenes, multitudes y la prisa que se respira en el aire de lo que parecía un día cualquiera en la capital, Andrea permanecía inmóvil, atrapada en un silencio que solo se rompió cuando una desconocida le tocó el hombro para preguntarle si estaba bien.
“Ese día fue mi punto de quiebre. Ese día fue mi límite y aún no recuerdo con exactitud lo que pasó”, relata en entrevista para Contralínea. Semanas después, Andrea recibió una serie de diagnósticos que le dieron nombre a todo aquello que la había dejado paralizada frente a las vías del Metro. Los médicos le dijeron que tenía un trastorno de ansiedad generalizada, un trastorno de estrés postraumático, un trastorno depresivo mayor y uno por déficit de atención. En aquel entonces, ella tenía apenas 24 años.
La historia de Andrea dista de ser un caso aislado. En México, hablar de salud mental aún carga con el peso del estigma y el silencio. Si bien la pandemia del Covid-19 colocó el tema en la conversación pública, el deterioro de la salud mental no terminó con el confinamiento. La incertidumbre económica, la precariedad laboral, las jornadas extenuantes, los largos tiempos de traslado y la presión constante por sostener un empleo han convertido a la ansiedad, el estrés y a la depresión en una realidad cotidiana para miles de personas trabajadoras, en especial para aquellas que habitan en las grandes urbes como es la Ciudad de México.
Para la doctora Ingrid Vargas Huicochea, coordinadora de investigación del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), tratar estos factores, es abordar el bienestar psicológico, el cual no puede entenderse únicamente desde la biología. Es decir, en un país marcado por profundas desigualdades sociales, económicas, de género y culturales, señala, la salud mental también está determinada por el contexto en el que viven las personas.
En ese análisis, la especialista sostiene que las condiciones laborales, el acceso a oportunidades, la violencia, la discriminación y las redes de apoyo interactúan con los factores biológicos, y moldean la salud mental de las personas. Es la pobreza la que constituye uno de los principales determinantes sociales de la salud mental, debido a que atraviesa y profundiza muchas de las condiciones que favorecen la aparición o el agravamiento de trastornos como la ansiedad, el estrés y la depresión.
A esta perspectiva se suma el doctor José Benjamín Guerrero López, jefe del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UNAM, quien advierte que la pobreza constituye un factor de vulnerabilidad que expone a las personas a un estrés permanente. La incertidumbre por cubrir las necesidades básicas, las dificultades para acceder a servicios de salud más oportunos, al igual que la falta de espacios para el descanso, la recreación o la convivencia terminan por incrementar la carga emocional y, con ello, el riesgo de desarrollar trastornos mentales.
“La pobreza al final es un factor de vulnerabilidad para muchas cosas. […] Ahora, la vulnerabilidad en la pobreza está en que muchas personas que están en condición de pobreza viven al día. Y mientras que las tensiones cotidianas pueden aliviarse mediante el descanso, la recreación o la convivencia, quienes enfrentan una situación económica precaria tienen muchas menos posibilidades de acceder a esos espacios. No tienen tanta posibilidad del descanso, no tienen tanta posibilidad de recreación, no tienen tanta posibilidad de socialización y sí la establecen, muchas veces son con más dificultades y más vulnerabilidades”, sostiene en entrevista para este seminario.
El panorama del doctor coincide con la evidencia de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que identifica a la pobreza, la violencia, la desigualdad y otras condiciones sociales y ambientales como factores que incrementan el riesgo de desarrollar afecciones de salud mental. Con esto, el órgano advierte que estos determinantes estructurales moldean el bienestar psicológico de todas las personas a lo largo de su vida, además de que profundizan las brechas de acceso a una atención integral y especializada.
El costo invisible del estrés
La magnitud de este problema también se refleja en las cifras oficiales. De acuerdo con datos del Instituto Mexicano del Seguro Social, tres de cada 10 personas desarrollan algún trastorno mental a lo largo de su vida y más del 60 por ciento de quienes lo presentan no recibe tratamiento. A ello se suma la Comisión Nacional de Salud Mental y Adicciones (Conasama), que reporta que, entre enero y septiembre de 2024, el Sistema Nacional de Salud atendió a 303 mil 356 personas por distintas condiciones de salud mental. De ese total, los trastornos de ansiedad llegaron a representar el 52.8 por ciento de los casos, mientras que la depresión el 25.1 por ciento, lo que las convierte en las afecciones mentales más frecuentes en el país.

Además, otro dato relevante de la Conasama es que tanto la ansiedad como la depresión son afecciones que se concentran principalmente en personas de entre 20 y 49 años, es decir, en la población en edad productiva. Esto, lejos de ser una coincidencia, especialistas consultados por Contralínea advierten que este panorama no puede entenderse sin observar las condiciones en las que millones de mexicanos laboran y sostienen su vida cotidiana en las grandes ciudades.
Desde su experiencia clínica, la doctora Ingrid Vargas Huicochea asegura que la incertidumbre laboral se ha convertido en un factor recurrente entre quienes llegan a consulta. La pérdida de expectativas de estabilidad, las contrataciones precarias, las jornadas laborales que son cada vez más demandantes y la escasa preocupación de las empresas por el bienestar de sus trabajadores alimentan un malestar que, en muchos casos, termina por convertirse en ansiedad o depresión.
“Algo que he escuchado de manera constante en mis pacientes, por ejemplo, es un grado importante de frustración. De repente había hasta hace algunos años esta expectativa de trabajar con la esperanza de jubilarse en condiciones dignas; hoy muchos jóvenes ya no tienen ese incentivo. Hoy, por ejemplo, sabemos que las condiciones para la jubilación de muchos de los que estamos laborando, son muy diferentes a esas condiciones atractivas que de repente se tenían hace unos años. Entonces, ya el adulto joven en condición laboral no tiene ese incentivo, el poder jubilarse de una manera digna, lo que genera un cierto malestar”, explica en entrevista para Contralínea.
A esa desesperanza, añade la especialista, se suman esquemas de contratación que no ofrecen certeza laboral, salarios poco competitivos y, también, ambientes de trabajo cada vez más demandantes. “No hay prestaciones, y con tanta oferta en el mercado de mano de obra profesional de repente los sueldos ya no son tan competitivos. Y claro, las personas tienen que aceptar las posiciones porque finalmente necesitan poder trabajar. Esos son algunos de los ingredientes que aparecen de manera reiterada en los discursos de las personas que viven con depresión o ansiedad, y cuyos detonantes fueron precisamente estos estresores laborales”.
Los planteamientos de los especialistas encuentran respaldo en las estadísticas y en las múltiples investigaciones sobre salud mental. Si bien, en los últimos ocho años el salario mínimo ha registrado una recuperación histórica, es decir del 154 por ciento en términos reales respecto a 2018; la precariedad laboral va mucho más allá del ingreso salarial.
En México, un trabajador labora un promedio de 2 mil 207 horas al año, esto representa casi 600 horas más que el de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE); lo que muestra cómo la calidad del empleo, la estabilidad laboral y el equilibrio entre la vida personal y el trabajo en el país siguen siendo desafíos persistentes.

A lo anterior se suma el tiempo que millones de personas destinan diariamente a desplazarse hacia sus centros de trabajo. Ya la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) hablaba de ello, pues considera los traslados como parte del tiempo dedicado al trabajo para el mercado, al evidenciar que la jornada laboral no comienza ni termina al cruzar en la oficina o en el centro del trabajo, sino que también incluye las horas invertidas en movilidad, particularmente en las grandes zonas metropolitanas, donde el tiempo oscila entre las dos, tres y hasta las seis horas al día.

La huella del agotamiento
Aún con el asomo de lluvia, el frío de la penumbra, y la negrura que antecede al amanecer, Andrea salía de casa con la luna como única testigo. Como miles de personas que habitan en la periferia del Valle de México, cada día abordaba un transporte colectivo rumbo a la capital para estudiar y trabajar. Solo llegar a la universidad le tomaba más de dos horas por trayecto. Cuatro horas diarias que no aparecían en su horario de clases, pero que se sumaban al desgaste físico y mental de una rutina que parecía nunca tener descanso.
Los fines de semana tampoco ofrecían tregua. La herida de la carencia obligaba a Andrea a aceptar jornadas de más de 12 horas por un salario que no alcanzaba ni el mínimo. A esa responsabilidad, se sumaban las tareas de la universidad, las labores del hogar y las múltiples obligaciones que debía sostener sin el respaldo de una red de apoyo familiar. Para ella, el descanso era un lujo que no alcanzaba a tener.
“Tenía una casa y tenía alimento, pero hasta ahí. O sea, eso no me ayudaba con mis estudios. Por eso tenía que salir a buscar un sustento, un salario, algo para ayudarme con mis estudios. Y a partir de ahí fueron creciendo mis presiones”, explica, en medio de una mueca y una suave lluvia entre sus ojos.
La historia de Andrea recuerda que la ansiedad y la depresión rara vez anuncian su llegada. Se instalan lentamente. Se esconden entre cada despertar antes del amanecer, en los trayectos interminables, las jornadas que nunca terminan y los pendientes que se acumulan sin tregua. Y que ambas avanzan, lentamente, en silencio hasta que sostener la rutina deja de ser una posibilidad.
En ella, todo comenzó con el hábito de morderse las uñas. Pero, con el tiempo la ansiedad dejó de manifestarse solo en ese gesto y escaló hasta desgarrarse la piel de los costados de los dedos y hacerla sangrar.
Después llegó el insomnio y las noches en las que, aun durmiendo, era incapaz de encontrar un descanso. Le siguió el bruxismo (hábito involuntario de apretar los dientes), el impulso de arrancarse el cabello, la dificultad para concentrarse, los dolores de cabeza, la pérdida de peso, los sudores fríos y una memoria cada vez más fragmentada, con recuerdos que parecían bloquearse. A la par, el ánimo y el entusiasmo se fueron apagando hasta que, finalmente, sobrevino el desgaste físico. Y cuando apareció la anemia y los episodios de disociación su cuerpo ya había terminado por convertir la rutina en un territorio cada vez más difícil de habitar.
El estrés laboral enferma
Lo que le ocurrió al cuerpo de Andrea nunca fue solo una reacción aislada. En México, alrededor del 75 por ciento de las y los trabajadores presenta fatiga asociada al estrés laboral, una condición que puede provocar agotamiento físico y mental, además de favorecer la aparición de trastornos como ansiedad y, a su vez, depresión. El gobierno federal advierte que, a largo plazo, este desgaste repercute en la productividad, disminuye la calidad de vida, incrementa el riesgo de enfermedades físicas y mentales, deteriora las relaciones familiares y puede propiciar problemas como el consumo de alcohol y otras sustancias como mecanismo para afrontar la tensión cotidiana.
La evidencia científica coincide con ese diagnóstico. En el artículo El estudio científico del estrés crónico en neurociencias y psicooncología de 2014, el investigador Manolete Moscoso explica que el estrés crónico además de alterar el equilibrio neurofisiológico del organismo, se asocia con un mayor riesgo de desarrollar depresión, cefaleas (dolor de cabeza), además de enfermedades metabólicas como obesidad y diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial, artritis reumatoide e incluso algunos tipos de cáncer.
Lo anterior se debe a que el estrés crónico no responde a un episodio aislado; es decir, se manifiesta debido a la exposición prolongada a demandas y presiones que la persona percibe como interminables. Bajo esas condiciones, el organismo permanece en un estado continuo de alerta que, con el paso del tiempo, puede alterar distintos sistemas fisiológicos y aumentar la vulnerabilidad a afecciones físicas y mentales. Con ello, Moscoso también advierte que este fenómeno se observa con mayor frecuencia en personas que viven en condiciones de pobreza, enfrentan conflictos laborales, realizan labores de cuidado o padecen alguna enfermedad crónica.
Y aunque la evidencia científica ha documentado los efectos del estrés crónico sobre el organismo, identificar el momento en que estas respuestas evolucionan hacia un trastorno mental requiere forzosamente de una mirada clínica. En ese sentido, el psicólogo Daniel Ramírez Tetlamatzi advierte a Contralínea de la relevancia de distinguir entre las respuestas emocionales naturales del organismo y los trastornos de salud mental. Explica que la tristeza, el estrés y la ansiedad forman parte de la experiencia cotidiana, debido a que constituyen mecanismos normales de adaptación frente a estímulos internos o externos.
“La tristeza es algo natural, todo el mundo llega a vivirla”, señala. Un recuerdo, una pérdida o incluso un pensamiento pueden detonar esa emoción sin que ello signifique, por sí mismo, la presencia de un cuadro depresivo, agrega.
Eso mismo ocurre con el estrés. Para el psicólogo enfocado en la rama de la terapia cognitivo-conductual, el organismo responde de manera constante a los estímulos del entorno. No obstante, cuando las exigencias laborales, académicas o personales se prolongan y rebasan la capacidad de afrontamiento, la respuesta deja de ser adaptativa y comienza a generar desgaste físico y psicológico.

La fábrica del agotamiento
Para Allison, el agotamiento no irrumpió de golpe. Fue ocupando cada espacio de su rutina hasta convertir la vida en una repetición interminable. Había días en los que sentía que una parte de ella se desprendía para poder avanzar, como si una especie de despersonalización se hubiera apoderado de sus entrañas. Mientras su cuerpo cumplía mecánicamente con las obligaciones y el trabajo, su mente huía de sí. En ese desgaste silencioso apareció la depresión, la ansiedad y el estrés; más tarde, también la ideación suicida.
Su rutina era, aparentemente, simple. Cada mañana sonaba el despertador, y su cuerpo respondía por inercia. Se levantaba, se cambiaba de ropa, desayunaba, tomaba el transporte y comenzaba una jornada que iniciaba durante las primeras horas de la mañana. Después del trabajo venía la universidad. Regresaba a casa entre las diez y las once de la noche. Al día siguiente, la historia se repetía.
Durante cuatro años y medio esa rutina apenas cambió para Allison, una joven de la Ciudad de México. Para ella, estudiar y trabajar al mismo tiempo la obligó a vivir en un ciclo continuo de exigencias que, con el paso de los años, terminó por borrar los límites entre la responsabilidad y el agotamiento. “Sentía la vida en automático”, recuerda.
La depresión era tan profunda que, paradójicamente, el trabajo se convirtió en una forma de desconectarse de sí misma. “Para mí, trabajar era olvidarme del mundo. Iba a trabajar, trabajar y trabajar. En ese momento ni siquiera notaba la explotación laboral, porque para mí eso era una forma de desconexión”.
Con el tiempo, Allison descubrió que también había perdido gran parte de sus recuerdos. “No tengo momentos muy sólidos de esa época”, admite. Lo único que permanece con claridad es la rutina interminable del despertar, trasladarse, trabajar, estudiar, regresar a casa y volver a empezar. Ahora, ella carga con la pesadez de un trastorno mixto de ansiedad y depresión que la obliga a no volver a ese estado físico y mental.
Tanto la historia de Andrea, como la de Allison, no quedaron únicamente en el terreno de las emociones. La ciencia ha demostrado que el estrés crónico sí deja huellas medibles en el cerebro. Estudios recopilados por el investigador peruano Moscoso señalan que la exposición prolongada a situaciones de presión altera el funcionamiento del lóbulo frontal y de estructuras como la corteza prefrontal, la amígdala y el hipocampo, encargadas de regular las emociones, la memoria y el aprendizaje. Al mismo tiempo, se modifica el equilibrio de hormonas y también de neurotransmisores asociados con la respuesta al estrés, como el cortisol y la adrenalina, un desgaste biológico que, sostenido en el tiempo, incrementa la vulnerabilidad a enfermedades físicas y trastornos mentales.
Por ello, hablar de ansiedad, estrés crónico y depresión implica mucho más que referirse a un diagnóstico clínico. La evidencia científica ayuda a explicar por qué muchas personas sometidas a estrés crónico desarrollan dificultades para concentrarse, olvidos frecuentes, alteraciones en la memoria y una sensación persistente de agotamiento físico y mental. En Allison, ese desgaste no era solo una percepción aislada, sino la consecuencia de casi una década de exigencias ininterrumpidas.
Durante casi nueve años, la joven mantuvo ese ritmo. Hasta que el cuerpo dejó de seguirle el paso. “Entre la depresión, la ansiedad, el burnout [síndrome del trabajador quemado] y la explotación laboral llegué al punto de frenarme”, dice.
La pausa llegó cuando decidió renunciar a su empleo. Pero detenerse no bastó para sanar. El cuerpo seguía lastimado. Además de comenzar un proceso de atención psicológica, Allison empezó a enfrentar problemas gastrointestinales que, según le explicaron los médicos, podrían estar relacionados con los años de estrés sostenido.
La terapia, cuenta, le ha permitido reconocer pensamientos y emociones que durante mucho tiempo permanecieron ocultos bajo la rutina. También le enseñó a identificar las señales de alerta antes de que el desgaste vuelva a consumirla. “Si llega una presión muy grande y no la puedo manejar, sé que puedo volver a caer”, reconoce. “Por eso tuve que enfrentarme conmigo misma antes de que el desgaste terminara por consumirme”.
La sociedad del cansancio
Desde la filosofía contemporánea, el surcoreano Byung-Chul Han sostiene que el agotamiento se ha convertido en uno de los signos distintivos de la sociedad del trabajo moderna. En La sociedad del cansancio, Han retoma en 2010 las reflexiones del sociólogo francés Alain Ehrenberg sobre la depresión como una expresión del fracaso del individuo por realizarse plenamente. Sin embargo, va más allá. Para el filósofo surcoreano, el origen del malestar no radica únicamente en la búsqueda del éxito personal, sino en la lógica de una sociedad que convierte el rendimiento permanente en un mandato.
En este contexto, sostiene, el mayor enemigo del individuo deja de ser un agente externo para convertirse en él mismo. En otras palabras, la presión constante por producir, alcanzar metas y responder a exigencias cada vez mayores termina transformándose en una forma de violencia interiorizada para el individuo. De ahí que el síndrome de desgaste ocupacional o burnout no representa únicamente el agotamiento del cuerpo, sino el de la propia vida psíquica del ser. “Lo que enferma no es el exceso de responsabilidad e iniciativa, sino el imperativo del rendimiento”, escribe Han. Más que un “yo” agotado, menciona, la sociedad contemporánea produce “un alma agotada, un alma quemada”.
Byung-Chul Han encuentra incluso un antecedente de este fenómeno en la obra de Friedrich Nietzsche. El filósofo surcoreano retoma la figura del “último hombre”, descrita en el libro Así habló Zaratustra, para sostener que el sujeto contemporáneo dista mucho del ideal del “superhombre” capaz de crear nuevos valores. En su lugar, afirma, emerge un individuo que vive absorbido por el trabajo, el rendimiento y la productividad.
“Precisamente Nietzsche diría que aquel tipo de ser humano que está a punto de convertirse en una realidad de masas ya no es ningún superhombre soberano, sino el último hombre que tan solo trabaja”, escribe Han.
Desde esa perspectiva, el agotamiento deja de entenderse como un fracaso individual para convertirse en el síntoma de una sociedad que mide el valor de las personas por su capacidad de producir. En ella, el descanso deja de ser un derecho y comienza a percibirse como una interrupción de la productividad.

El derecho a descansar
Esa reflexión adquiere una dimensión concreta en el país, donde las largas jornadas laborales, los extensos tiempos de traslado y la precarización del empleo han colocado en el centro del debate la necesidad de garantizar tiempo para el descanso.
No es casual que, en medio de este panorama, el Congreso de la Unión recientemente haya discutido la reducción gradual de la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales, una reforma que busca reconocer que el trabajo no puede seguir absorbiendo la totalidad de la vida de las personas.
La reforma a la Ley Federal del Trabajo establece una jornada ordinaria máxima de 40 horas semanales y aplica el cambio de manera escalonada hasta 2030, sin afectar salarios ni prestaciones. Sin embargo, para especialistas y colectivos laborales, la reducción de la jornada representa apenas un primer paso; pues el debate también ha puesto sobre la mesa otros pendientes históricos del mercado laboral mexicano como garantizar dos días de descanso obligatorio por semana, fortalecer las prestaciones, asegurar el acceso efectivo a la seguridad social y a una pensión digna, así como regularizar los derechos de millones de personas que hoy permanecen en la informalidad o aún bajo esquemas de contratación precarios.
Pero incluso esas medidas resultan insuficientes si no se atienden las condiciones estructurales que deterioran la salud física y mental de la población trabajadora. Para el doctor Benjamín Guerrero, abordar la ansiedad, la depresión o el estrés crónico únicamente como enfermedades implica perder de vista su origen. “Si abordamos estos problemas solo como enfermedades, dejamos de ver que estas situaciones son derivadas de las condiciones de vida de las personas. Entonces le quitamos el peso a la política pública, que es donde tenemos que ponerlo”, advierte.
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