Extrema derecha inserta narrativa contra voto femenino

Extrema derecha inserta narrativa contra voto femenino

La figura de la tradwife (la mujer que reivindica el matrimonio, la maternidad y el regreso a los roles tradicionales de género) y la propuesta del household voting (voto por hogar) pueden parecer expresiones distintas, pero ambas colocan en el centro una disputa por la autonomía y el poder de decisión de las mujeres. La primera gana terreno en redes sociales mediante contenidos que presentan la domesticidad como un estilo de vida deseable; la segunda plantea que una sola persona pueda emitir el sufragio en representación de una familia, en lugar de que cada integrante ejerza su derecho de manera individual. Para las académicas Amneris Chaparro y Karen Cortés, entrevistadas por Contralínea, ambas expresiones pueden vincularse con una reacción antifeminista y antigénero más amplia que cuestiona la participación de las mujeres en el espacio público

Sí, de pronto uno escudriña en sus redes sociales, podrá observar la vehemencia de un algoritmo que arroja discursos ideológicos disfrazados de consejos, estilos de vida y métodos para alcanzar una supuesta felicidad. En ciertos ecosistemas digitales, como Tik Tok o Instagram, estas narrativas encuentran un eco a través de influencers o personas que venden un estilo de vida.

 

Así se incrustan las tradwifes o tradwives, contracción en inglés de traditional wives (esposas tradicionales); es decir, mujeres que deciden adoptar de manera voluntaria los roles de género tradicionales, al colocar a la maternidad, como al matrimonio y el cuidado del hogar en el centro gravitacional de su planeta. En esta visión, sus contenidos muestran una cotidianidad pulcramente producida: la de imágenes con hogares impecables, rutinas de cuidado, recetas familiares, consejos domésticos y una estética de la domesticidad que convierte el trabajo no remunerado en una aspiración.

 

Para la doctora Amneris Chaparro, directora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la imagen de la mujer dedicada al hogar tiene un origen mucho más profundo que su reciente proliferación en redes sociales. “La figura de la mujer doméstica nos evoca a ciertas imágenes […]; sin embargo, es una figura que nace con la modernidad en los siglos XVIII y XIX como una reacción a lo que se considera la primera gran ola feminista, que es la ola ilustrada donde las mujeres comenzaron una lucha por adquirir derechos políticos”, sostiene en entrevista para Contralínea.

 

Así, la recuperación de esta figura encierra una dimensión política. Detrás de la imagen de la esposa tradicional subyace una determinada concepción sobre la autoridad, la familia y el lugar que hombres y mujeres deben ocupar dentro de ella. En Política sexual, la feminista estadunidense Kate Millet plantea que las relaciones entre los sexos también son relaciones de poder, incluso, sostiene, el ámbito privado está atravesado por estructuras sociales que distribuyen de manera desigual la autoridad, la autonomía y la capacidad de decisión.

 

Por eso, cuando esa jerarquía se traslada al terreno político, deja de ser solo una forma de organizar la vida familiar y se convierte en una cuestión sobre quién tiene derecho a decidir. Y es en esa frontera, la que existe entre lo privado y lo público, donde la narrativa contemporánea adquiere otra dimensión.

 

En ese sentido, el movimiento tradwife o tradwive, que promueve el regreso de las mujeres al hogar y la recuperación de roles tradicionales de género, puede encontrar vasos comunicantes con expresiones políticas que cuestionan su autonomía y la forma en que ejercen sus derechos. Una de ellas es el household voting (o voto por hogar), una propuesta que plantea concentrar en una sola persona el sufragio correspondiente a una familia. Bajo esta lógica, el hogar deja de ser solo una unidad de convivencia y se convierte también en una unidad de representación política y en un asunto de carácter político, porque sí, “lo personal es político”.

 

“Fundamental mencionar que hay redes y grupos de poder muy importantes que buscan, sobre todo, extinguir la participación de las mujeres y de otros grupos vulnerables colocados históricamente como ‘lo otro’, como las otredades, como lo no hombre, le llaman algunas autoras. ¿Por qué? Porque hay una figura muy específica en el voto por hogar, sobre quién va a emitir el voto”, sostiene la maestra Ana Karen Cortés Hernández, especialista en estudios políticos y sociales por la UNAM, en entrevista con este seminario.

 

Con esas palabras, la politóloga señala, en más de una ocasión, que el household voting (voto por hogar) no puede analizarse al margen de las relaciones de poder que existen dentro de las familias. Esto porque los hogares son instituciones de carácter informal en las que también se establecen jerarquías y relaciones de dominación; por ello, si el voto se convierte en un derecho que se ejerce en “nombre de toda la familia”, la decisión recaería en quien concentra mayor poder.

 

“En esta propuesta del voto por hogar hay una negación muy profunda de los valores de la democracia liberal, sobre todo de uno de sus principios esenciales, el de una persona, un voto. ¿Qué significa esto? Que todas las personas valemos lo mismo, que todas las personas tenemos la misma posibilidad de participar en la toma de decisiones en el espacio público, que nos compete a todas y a todos”, señala la especialista.

 

En Estados Unidos, la idea que anula la igualdad democrática ha encontrado un cuerpo en sectores de la derecha conservadora. En junio de 2026, durante la Women’s Leadership Summit de la organización Turning Point USA, figuras vinculadas con este entorno dieron visibilidad al llamado household voting (voto por hogar). Entre ellas, estuvo la influencer Savanna Faith Stone, quien planteó que el esposo debe tomar la decisión final sobre el voto familiar.

 

La propuesta, sin embargo, no ha quedado estática ni tampoco contenida en el debate estadunidense. Revolotea y encuentra eco en países como este: el vecino, el mexicano.

 

Recientemente, Javier Albarrán, militante del Partido Acción Nacional (PAN) planteó transitar del voto individual a un modelo de sufragio familiar, bajo el argumento de “fortalecer” a la familia como “célula base de la sociedad”. Y aunque se trata de una postura individual, resulta relevante esta propuesta ante un escenario internacional donde estos discursos cruzan fronteras y comienzan a instalarse en otros debates políticos con fines de control.

 

En esta cosmovisión aparece la lectura de la doctora Amneris Chaparro. Ella sostiene que detrás de cada expresión conservadora existe un fenómeno más complejo y mucho más amplio: la reacción antifeminista y antigénero que construye una disputa entre quienes defienden los valores tradicionales y quienes son presentados como una amenaza para ellos.

 

“Yo creo que son parte de un mismo fenómeno, de un fenómeno antifeminista, antigénero, que lo que busca apelar es a una supuesta guerra entre grupos en donde hay que defender una idea de familia tradicional, donde las feministas y las disidencias sexogenéricas son vistas como una amenaza, son vistas como una amenaza poblacional, una amenaza a los valores tradicionales, una amenaza al status quo, a la naturaleza”, sostiene.

 

Otra mirada coincide con la de la académica. La politóloga Ana Karen Cortés considera que el “voto por hogar” y la figura de la esposa tradicional son parte de un fenómeno más amplio. En su análisis, ambas expresiones son apenas una tintura de las propuestas que emergen del auge de la extrema derecha y de los grupos neoconservadores a escala internacional. “Son solamente algunas de las propuestas que encabezan; digamos, es el pico de todo el auge de políticas que están impulsando a nivel mundial”.

 

En entrevista con Contralínea, Karen Cortés sostiene que el alcance de estas narrativas también debe observarse desde una dimensión generacional. No apuntan necesariamente a transformar las reglas políticas de manera inmediata, sino a incidir en quienes el día de mañana van a ocupar espacios de decisión y podrían convertirse en sus promotores.

 

“Estas propuestas comienzan a crear rupturas generacionales muy fuertes y muy amplias. Sobre todo, pienso que están apuntando hacia los líderes del mañana. Están apuntando hacia quién van a promover esto en algunos años. Y sí, están sembrando ahí esas rupturas generacionales y sociales en general”.

 

El eco de estos discursos no se agota en una generación; busca amplificarse por los recovecos de las siguientes, allí donde la memoria histórica puede diluirse y las redes sociales se convierten en nuevos espacios para reproducir ideas, valores y formas de entender más de un mundo.

 

Sin embargo, las cosmovisiones en cada región nunca serán iguales. Aunque las plataformas hagan parecer que las fronteras se desdibujan y que una tendencia puede reproducirse de un país a otro, detrás de cada scroll existen contextos sociales, económicos y culturales distintos. Y las tradwives responden a estas condiciones desiguales de clase y territorialidad que no pueden trasladarse de manera tan automática de un país a otro, advierte la politóloga.

 

Para comprender este fenómeno, la académica propone volver la mirada hacia la historia. La esposa tradicional que hoy en día aparece en redes sociales recupera una figura asociada con el “ideal” doméstico estadunidense de la década de 1950. “Me gustaría retomar un estudio histórico”, menciona la maestra Ana Karen Cortés, al referirse al trabajo de Betty Friedan, quien cuestionó aquella construcción de la mujer en su obra La mística de la feminidad. En ella, la autora mostró cómo el ideal de una mujer realizada únicamente a través del matrimonio, la maternidad y el hogar podría convertirse en una forma de confinamiento.

 

Esta idea de confinamiento también puede leerse desde los espacios que han sido asignados a mujeres y hombres en la historia. Para la doctora Amneris Chaparro es necesario distinguir entre el espacio público (el de la ciudadanía, la calle y los asuntos políticos), el espacio de la domesticidad y el espacio privado.

 

“Tenemos el espacio público, que es el espacio de la calle, de la ciudadanía, los asuntos políticos. Después tenemos el espacio de la casa, el espacio de la domesticidad, donde se configura esta idea de la mujer doméstica a partir del siglo XIX. Y después está el espacio privado, que también es el espacio de la casa, pero es el espacio de los varones, donde los varones pueden tener su privacidad del espacio público”, sostiene en entrevista.

 

La división no es inocente. Bajo esta idea de que las mujeres poseen, por naturaleza, determinadas habilidades para el cuidado y el trabajo doméstico, la casa se convierte en el espacio que les corresponde, mientras que los hombres conservan una relación privilegiada con lo privado y lo público. Sin embargo, advierte la doctora Chaparro, dentro del hogar también existen relaciones de poder.

“Lo que se oculta en esta colocación de espacios es que el espacio de la casa es un espacio de dinámicas de poder muy fuertes, donde no hay necesariamente una igualdad entre quienes habitan los hogares”, señala.

La pregunta, entonces, trasciende las paredes limitantes del hogar; es decir: ¿cómo formar ciudadanía democrática si el primer espacio de socialización es, en sí mismo, un espacio atravesado por relaciones jerárquicas? Para Chaparro, ahí radica una de las claves para entender propuestas como el household voting.

“Si de pronto se promueven ideas como una casa, un voto, el one household voting, lo que tienes ahí es también la perpetuación de esta idea de desigualdad y de poderes jerárquicos entre hombres y mujeres”.

Así, el paso del hogar a la política deja de ser una simple analogía. Si dentro de la familia la autoridad se concentra en una figura considerada naturalmente superior, trasladar esa lógica al sufragio significa convertir una relación privada de poder en una regla para decidir en el espacio público.

En este sentido, la politóloga Ana Karen Cortés lleva esta separación al terreno de la teoría política. Explica que el espacio público no es únicamente la calle o las instituciones, más bien es el lugar donde se deliberan y toman las decisiones que afectan a la sociedad, esto va desde la pavimentación de una calle hasta la asignación de recursos para políticas públicas, salud u otros temas.

 

“El espacio público es el espacio deliberativo de la toma de decisiones. Es el espacio donde se hace la política, donde se llevan los problemas de la sociedad a la agenda pública, donde se crean las políticas públicas y se toman las decisiones que impactan socialmente en nuestro día a día”, explica.

Desde esta perspectiva, aquello que queda fuera del espacio público también puede quedar fuera de las prioridades colectivas. Cortés Hernández pone como ejemplo la investigación sobre problemas de salud que afectan específicamente a las mujeres; si las mujeres no participan en los espacios donde se toman decisiones y se asignan recursos, sus problemas pueden permanecer relegados, tal como ha sucedido en enfermedades, como la endometriosis, asociadas a la salud de las mujeres.

“Los problemas de las mujeres no importan si no están en el espacio de la toma de decisiones, en el espacio de lo público. […] Las mujeres sacan los problemas de las mujeres del espacio de lo privado y lo llevan al espacio de lo público. ¿Por qué? Porque es un problema que colectivamente importa, que a todas les está pasando y que, por lo tanto, si a la mitad de la población le está pasando, entonces es un problema social”, explica.

Es ahí donde la consigna feminista de que “lo personal es político” adquiere un mayor sentido, debido a que las experiencias que ocurren dentro de los hogares pueden convertirse en asuntos públicos cuando dejan de ser entendidas como problemas individuales y se reconocen como parte de una desigualdad colectiva.

Bajo esa lógica, la propuesta del household voting adquiere otra dimensión. Si el hogar se convierte en una unidad electoral y una sola persona concentra la decisión de por quién votar, una relación de poder que existe dentro del espacio privado puede terminar trasladándose al espacio público.

Lo que está en juego, entonces, no es únicamente la forma en que se emite el sufragio, sino la autonomía de las mujeres para decidir políticamente por sí mismas. La politóloga Ana Karen Cortés advierte que restringir esa capacidad forma parte de una cadena más amplia de limitaciones, en rubros como la autonomía económica, financiera y la capacidad de tomar decisiones sobre la propia vida.

La imagen puede parecer distópica, como la que plantea El cuento de la criada de Margaret Atwood. Sin embargo, la discusión obliga a mirar con detalle hasta dónde pueden llegar las propuestas que cuestionan la autonomía política de las mujeres.

“Lo que estaría en juego es la capacidad de las mujeres de devenir ciudadanas, de tener una voz en el espacio público, un espacio que no está construido para nosotras, pero en el que nos hemos insertado a la fuerza. Creo que los riesgos serían enormes. Sería inimaginable pensarnos como sociedades donde más de la mitad de la población no tiene qué decir sobre sus intereses particulares. Ahí la representación es fundamental y es un problema también para la democracia que las mujeres, las disidencias y las minorías no participen”, advierte la doctora Amneris Chaparro, directora del Centro de Investigaciones y Estudios de Género.

Para la especialista, dimensionar este riesgo también exige mirar hacia atrás, hacia la historia, hacia las desigualdades y hacia las luchas feministas. “Sería un retroceso gigantesco a los derechos políticos que las mujeres han conquistado en muy pocos años. Son apenas tres o cuatro generaciones de mujeres en México que somos ciudadanas. Perder ese derecho, e incluso imaginar que hay mujeres que activamente están pidiendo que se pierda, es trágico, triste y peligroso”.

 

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