La contaminación del aire causó 8.4 millones de muertes prematuras en el mundo durante 2025, de las cuales 6.4 millones correspondieron a la contaminación del aire exterior, mientras que 2 millones se debieron a contaminación en interiores; 300 mil de estas víctimas fueron niñas y niños, alertó Naciones Unidas.
Además de las muertes, diferentes organismos internacionales informaron que la exposición al aire contaminado provocó 5.5 millones de casos nuevos de asma infantil y 2 millones de casos de demencia durante el mismo año.
A esta crisis sanitaria se suma un agravante: el cambio climático está haciendo el aire aún más letal. Los incendios forestales extremos se han triplicado desde la década de 1990, según la Organización Meteorológica Mundial, y su humo –más tóxico que la contaminación urbana– puede provocar hasta 93 por ciento más muertes de las que estiman los modelos tradicionales, agregó la ONU a propósito del Día Internacional del Aire Limpio.
Las concentraciones de partículas finas conocidas como PM2.5 superaron el promedio histórico durante 2025 en el norte de Canadá, parte de Rusia, África centroccidental y el noroeste de España, regiones que fueron azotadas por incendios excepcionales. Mientras las regulaciones europeas y norteamericanas han reducido la contaminación industrial y del transporte, la exposición al humo de incendios continúa en aumento.
Las olas de calor agravan el problema al generar ozono a ras de suelo, un gas que daña los pulmones, destruye cosechas y mata de forma silenciosa. A esto se suman los aerosoles –partículas que viajan miles de kilómetros y contaminan hasta las zonas más remotas– y los microplásticos, de los cuales existen 51 millones de toneladas en la tierra y 22 millones en el océano, sin que exista un monitoreo adecuado sobre ellos, detalló la institución internacional.
Frente a este panorama, Naciones Unidas afirma que se pueden evitar hasta 144 millones de muertes prematuras hacia 2050 con un paquete de 25 medidas en los sectores de energía, industria, transporte, agricultura, calefacción doméstica y gestión de residuos, lo que además generaría beneficios equivalentes al 2.8 por ciento del PIB mundial en 2035, el 4.5 por ciento en 2050 y el 11.4 por ciento en 2100. Por cada dólar invertido en estas medidas, el retorno sería de 15 dólares, agregó.
“No es un gasto, es una inversión”, afirmó Inger Andersen, directora del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). En el mismo sentido, Elliott Harris, responsable de la evaluación, señaló que hay un retorno de 15 a uno, y advirtió que cada año que se retrasa la acción cuesta 1.5 billones de dólares en beneficios que ya no se recuperarán.
Sin embargo, el verdadero obstáculo no es técnico, sino político: la fragmentación de las decisiones, la falta de coordinación y la debilidad institucional pueden retrasar la aplicación de las 25 medidas hasta ocho años, de acuerdo con el informe. Ante ello, los científicos insistieron en que el clima y la calidad del aire no son asuntos separados, sino la misma batalla: la de poder respirar.



















