Más de seis décadas después de que Angela Davis comenzara su militancia política, sus ideas siguen siendo revolucionarias. Muchas de las luchas de las que ha formado parte han contribuido a transformar sociedades y han demostrado que las estructuras que parecían inamovibles pueden cambiar. Pero Davis siempre lleva la pregunta más lejos al cuestionar las estructuras que produjeron esa violencia, si los castigos son de verdad transformadores y, sobre todo, si sirven para evitar que algo vuelva a ocurrir. Esa inconformidad permanente mantiene vigente el carácter revolucionario de su pensamiento y nos invita a imaginar otras maneras de entender y construir la justicia.
Como feminista abolicionista, Davis va mucho más allá de proponer la desaparición de las cárceles. Busca repensar nuestra relación con las instituciones que reproducen violencia, desigualdad y exclusión, así como las respuestas que hemos construido frente a ellas. Su crítica parte de que durante demasiado tiempo hemos asociado la justicia con el castigo y hemos medido su eficacia, muchas veces a partir de la severidad de la sanción. El feminismo abolicionista se pregunta qué ocurriría si buscáramos respuestas desde la reparación, la prevención, los cuidados y la transformación de las condiciones que posibilitan la violencia. Es una práctica que busca construir otras formas de responder al daño y de relacionarnos como comunidad.
Cuestionarnos todo esto es especialmente importante para quienes impartimos justicia. Que nuestro trabajo se desarrolle dentro de instituciones con reglas y procedimientos definidos no significa que debamos renunciar a examinar sus efectos ni a preguntarnos qué implica responder de manera adecuada frente a los conflictos y las violencias. La mirada abolicionista permite ampliar el horizonte y recordar que el sentido último de la ley está en las personas y en sus posibilidades reales de vivir con dignidad.
Valorar esta forma de pensamiento es aún más necesario en el clima político que atravesamos. En distintas partes del mundo avanzan proyectos que vuelven a encontrar respuestas fáciles en el castigo, la exclusión y la restricción de derechos. Regresan discursos que cuestionan el espacio de las mujeres, las personas migrantes y prácticamente cualquier colectivo históricamente discriminado. Ante ese escenario, el feminismo, el abolicionismo y las posturas anticarcelarias ofrecen herramientas para resistir la estrechez de mente y corazón. Davis nos recuerda que las instituciones y las relaciones sociales que hoy parecen naturales fueron construidas. Por ello, pueden ser cuestionadas y transformadas.
Durante su visita a la FILUNI 2026, Davis y Gina Dent enfatizaron que transformar es, ante todo, un trabajo de construcción. El proyecto abolicionista consiste, sí, en desmantelar las estructuras que producen violencia, pero también en crear alternativas capaces de prevenir el daño, atender a quienes lo sufren, asumir responsabilidades, reparar y cuidar. De ahí que el abolicionismo requiera una imaginación y una voluntad incansables.
Tal como recordó Davis, la desesperanza no es una opción. Para quienes trabajamos por los derechos y la justicia, esa frase debe ser una responsabilidad. Nuestra tarea consiste en generar razones para tener esperanza y defender aquello que tantas personas conquistaron antes. El cansancio es un lujo de quienes viven con la certeza de que sus derechos nunca serán cuestionados. A quienes sabemos que los derechos se conquistan, se ejercen y se defienden, toca seguir trabajando para que la justicia que hoy imaginamos algún día deje de parecer revolucionaria.
Ana María Ibarra Olguín*
*Magistrada de Circuito. Licenciada, maestra y doctora en derecho









